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Tres semanas después de los terribles ataques perpetrados contra los Estados Unidos, la emoción de haber participado en tan singular misión había disminuido paulatinamente en Paul Lemer; aunque todavía había mañanas en las que despertaba extasiado por algún sueño o pesadilla relacionado con la Santa Lanza, y todavía habían ocasiones en las que junto a Yasmina repasaba los días vividos alrededor del ex emblema del poder norteamericano.
Una mañana, mientras observaba junto a Yasmina las noticias que daban cuenta de la próxima invasión norteamericana a Afganistán, Lemer no pudo evitar traer a conversación las dudas que aún causaban en él, el hecho de que hayan sido los extremistas de Al Qaeda quienes se llevaron del Pentágono la Santa Lanza, siendo ellos una organización anticristiana. Al francés no le convencía la idea que Homero Karisteas le había participado.
-¿Para qué se habrá llevado Osama bin Laden la Santa Lanza?
-Quizás para dársela a alguien más –Yasmina sí compartía el parecer del Guardián Protector.
-¿Tú crees? –Preguntó incrédulo Lemer –. Estoy seguro que Karisteas no tardará en llamarme.
-Lo dices porque ya se terminó el tiempo que pediste de descanso o por la próxima invasión de los Estados Unidos a Afganistán.
-Da lo mismo –repuso Lemer –. Karisteas debe estar muy ansioso de saber que pasó con la Santa Lanza post once de septiembre; así que cualquier excusa lo hará llamarme.
-Ojala se hayan cansado de esperarte y hayan contratado otro investigador.
-No crees que yo pueda resolver este misterio –dejó de abrazarla –.
-Al contrario mi amor –el tono de su voz se tornó apacible –, temo que llegues hasta el fondo del asunto, y temo más porque ahora te mezclarás con entes que nunca antes has enfrentado –se detuvo un instante –. Al Qaeda es cosa seria mi amor.
-Lo sé, y no creas que no tengo algo de temor –volvió a abrazarla –. Pero al mismo tiempo esa sensación de peligro me agrada y más el hecho de ser parte de algo tan grande como la historia de la Santa Lanza.
-Si vas a volver a ir tras ella, entonces descansemos mientras todavía estás conmigo, o mejor aún –Yasmina decidió cambiar el tema –, dime ¿por qué crees que el rey Arturo, siendo tan mítico y notable como es, no fue uno de los legendarios Señores de la Santa Lanza?
-Sabes que aquel día en la Biblioteca Libre de Filadelfia, debido al escaso tiempo, Karisteas no me contó el porque de su no Señorío sobre la Santa Lanza; sin embargo, hace no muchos días, a insistencia mía me ha enviado un mail en el cual me relata todo sobre el rey Arturo, el emperador Justiniano y el gran Carlomagno.
-Entonces cuéntame.
-D’un accord. –Lemer estiró sus brazos y se dispuso a iniciar su relato. No pudo evitar recordar la pasión con que Homero Karisteas le había relatado a él la historia de la Santa Lanza. Trató de imitarlo –. Comenzaré con Arturo; pero antes debes saber que este rey no fue un candidato de los Guardianes de la Santa Lanza ni mucho menos, él sólo fue el primer gran rey en codiciarla al enterarse del poder que de ella emanaba.
-Eso lo hace más interesante –ambos sonrieron.
-Bon. –Se emocionó. Se sintió un Caballero relatando la historia de su Orden – Lucio Artorio Casto nació en Cornualles, un pueblo situado en el sur de Britania, provincia romana, en el quinto siglo. Artorio provenía de una estirpe de militares romanos afincados en Britania desde finales del segundo siglo, quienes sólo habían dejado la isla en el siglo cuarto para combatir al mando de Constantino el Grande en la toma de oriente. Cuando las legiones romanas abandonaron Britania a su suerte, los Castos no dejaron la isla, sino que trataron de crear un último bastión cristiano en torno a la ciudad de Camulodunum. Para el año 475, Artorio ya era un oficial de caballería al mando de un cuerpo de jinetes de origen germano y sármata. Al ser abandonados por los romanos, Artorio y sus jinetes protegieron al pueblo de los constantes ataques de las tribus sajonas y celtas. En invierno del 476, Artorio fue advertido por su moribundo padre que la única forma de constituir un reino cristiano en aquella sangrienta isla, era obteniendo el poder de la Santa Lanza que llevó el emperador Constantino a cada una de sus batallas por oriente.
Diez años después, Artorio repelió una dantesca invasión celta procedente de Irlanda. Acto seguido fue nombrado y coronado rey por los nobles y Caballeros de su creciente corte. Sus dominios se extendían hasta el antiguo muro del emperador Adriano, y la capital de su reino fue Camulodunum.
Pronto, Artorio y sus caballeros formaron la Orden de la Mesa Redonda. Algunos de los caballeros de esta igualitaria Orden, eran: Bors, Percival, Tristan, Kair, Bedwyr, Gawain, Galahad, y por último, Lancelot, Caballero de Artorio que adoptó este mítico nombre por ser el encargado de buscar la Santa Lanza.
-¿Ese no era su verdadero nombre? –Yasmina estaba sorprendida.
-No, al menos no según la historia de los Guardianes –Yasmina asintió y Lemer decidió proseguir –. En el año 493, mientras Lancelot, por orden de su rey revoloteaba Constantinopla en busca de la Santa Lanza, Artorio derrotó escandalosamente a un gigantesco ejército Anglo en la Batalla de Badon, tras la cual los obligó a firmar un conveniente tratado de paz. Sin embargo, aunque no lo aceptaba ante sus Caballeros, Artorio depositaba todas sus esperanzas en el poder de la Santa Lanza que dos siglos antes le había permitido a Constantino concretar el sueño imperialista que ahora él tenía.
Por su parte, Lancelot logró contactar con nietos y bisnietos de antiguos custodios de la Iglesia de los Santos Apóstoles, por medio de los cuales, el más valiente Caballero de la Orden de la Mesa Redonda, se enteró que la Santa Lanza había sido retirada de aquella monumental iglesia, para posteriormente ser llevada a Roma. Sin perder tiempo, Lancelot se fue en busca de ella. Al llegar a la Ciudad Eterna, se enteró que el rey Artorio estaba a días de contraer matrimonio con Ginebra, doncella de la cual él estaba profundamente enamorado. Así que, desatendiendo su misión, retornó presuroso a Camulodunum. Al llegar, Ginebra ya era reina y esposa de Artorio. Lancelot fue recibido amistosa y cordialmente por su rey, quien esperaba recibir al menos alguna noticia de la Santa Lanza que su padre le recomendó obtener en pos de formar un reino cristiano. Sin embargo, Lancelot, molesto decidió no revelar los logros de su misión a su rey, logrando enemistarse con él. Días después, aprovechando que su amor era correspondido, Lancelot traicionó a Artorio y huyó con Ginebra a Francia, dejando sólo una carta, en la cual le narraba a Artorio, su travesía por Constantinopla y la fortuita manera en que se había enterado del paradero de la Santa Lanza. Al leer que el tesoro que codiciaba se encontraba en Roma, Artorio pospuso la persecución al traidor y, embarcó sus energías en pos de apoderarse de la Santa Lanza. Esta vez, el mismo Artorio se fue en busca de la sagrada lanza sólo acompañado por Percival, uno de sus más allegados y valientes Caballeros.
Dos meses después, al llegar a Roma de incógnitos, Artorio y Percival se sintieron divinamente perdidos en tan extravagante y colosal ciudad. Roma resultó ser para los buscadores de la Santa Lanza, algo totalmente diferente a lo que alguna vez sus provincianos ojos habían contemplado. La Ciudad Eterna los deslumbró con sus monumentales construcciones y la diversidad de sus palacios y basílicas, además del gran coliseo. Artorio no tenía idea alguna de donde comenzar su búsqueda. Al cabo de un año, Valentino, el nuevo y muy joven líder de la Orden del Fénix, enterado de que por toda la ciudad había un par de forasteros indagando sobre la Santa Lanza, los ubicó y se reunió con ellos. En esta no muy documentada reunión, Valentino se presentó como Guardián Protector de la Santa Lanza. Al oírlo, Artorio y Percival mostraron instantáneamente su real sorpresa acompañada de una contagiante alegría. Pero todo concluyó, cuando al final de la reunión, Valentino le dijo al rey británico, que a pesar de su gran personalidad y de sus profundos y arraigados sentimientos cristianos, él no era la persona idónea para convertirse en sucesor de Constantino, debido principalmente, a que sus ideales como rey eran destruir al Imperio Romano, y eso iba en contra de los ideales de los Caballeros de la Orden del Fénix; pues ellos consideraban que el nuevo Señor de la Santa Lanza debía continuar la obra de Constantino, y no destruirla como pretendía Artorio.
-Eso es injusto, es sectarismo –señaló incómoda Yasmina.
-Yo opino igual; pero esa fue la respuesta que Artorio recibió en su intención de convertirse en Señor de la Santa Lanza –ambos gesticularon inconformes y luego Lemer prosiguió –. Años después a la muerte de Artorio, en el año 527 Justiniano se convirtió en emperador. Respecto a su actitud con la iglesia, él se comportó como digno heredero de Constantino. Desde los tiempos del primer emperador cristiano, ninguna corte se había mostrado tan piadosa, como la Bizancio. Justiniano disfrutaba ser considerado un gran teólogo y, a menudo decía frases como: “Sólo el contacto con uno de esos malditos es ya una mancha”.
Soportaba tan poco la filosofía cristiana como la herejía en el seno del cristianismo. En el año 529, mandó cerrar la escuela de filosofía de Atenas.
El principio de gobierno de Justiniano llegó a ser: Un estado, una ley, una iglesia.
En su imperio, la construcción de espléndidas iglesias era considerada tarea esencial del monarca. Las iglesias bizantinas no estaban techadas como las basílicas romanas, sino que remataban en cúpulas y semicúpulas. La obra maestra de este estilo es la monumental y singular Haguía Sofía, templo que se conoce como Santa Sofía. Este templo fue dedicado a la segunda persona de la Santísima Trinidad, como Sabiduría Divina. Fue construido entre los años 532 y el 537 por los arquitectos Artemio de Tralles e Isidoro de Mileto, bajo la directa vigilancia de Justiniano. Su planta era rectangular, de 80 por 70 metros, su cúpula central tenía 31 metros de diámetro y 55 metros de alto –Yasmina sarcásticamente sonrió y se mostró sorprendida, pues ella, amante del arte y sobre todo la historia, conocía al detalle todo sobre la Haguía Sofía –. Después de ver y palpar esta magnifica obra del emperador Justiniano –Lemer sonrió y prosiguió –, los Guardianes de la Santa Lanza consideraron que el Fénix había vuelto a renacer de sus cenizas. Se reunieron en Roma, y los cinco, encabezados por Valerio, el Guardián Protector, deseaban entregarle el emblema de poder para gobernar el mundo. Nadie dudaba en entregarle la Santa Lanza e informarle de sus secretos al emperador Justiniano. Acto seguido a una decisión unánime, Valentino marchó rumbo a Constantinopla. Al llegar a la ciudad, Valentino encontró al imperio Bizantino nuevamente en pie de guerra. Pero la gran sorpresa para él, fue ver que no era Justiniano quien marchaba liderando a su ejército, sino Belisario, el general de las tropas bizantinas. En este hecho, Valentino halló una gran diferencia entre Justiniano y el emperador modelo, Constantino. Él esperaba que un futuro Señor de la Santa Lanza sea el primero en entrar al campo de batalla y el último en retirarse, tal como en sus tiempos lo hacía el rey David; sin embargo, a pesar de la decepción, Valentino se reunió con el emperador. En esta reunión, el Guardián Protector comprobó las habladurías de la gente e inclusive la de algunos obispos. Justiniano gobernaba solamente aconsejado por su esposa, la emperatriz Teodora, quién era pagana, al menos eso indicaban sus actos, pues era una gran defensora de los herejes; y aunque Justiniano se mostraba como un cristiano bien recto, solía ser blando a la hora de castigar a los herejes monofisitas. El dicho, por fuera flores y por dentro temblores, no podía ser mejor expresado que en la realidad del imperio bizantino; al menos así lo consideró Valentino, quien término por convencerse de que Justiniano no era ni por asomo el heredero de Constantino
-Él sí no la merecía –susurró Yasmina.
-Después de esto –continuó apasionado Lemer –, el Guardián Protector retornó a Roma con la Santa Lanza en su poder, y al llegar, le relató a los Guardines todo lo que había presenciado en el Imperio Bizantino, y les explicó el porque de su repentina negativa para entregarle la fuente de poder al emperador Justiniano. Al final, la Santa Lanza quedó oculta una vez más en la Ciudad Eterna.
Dos siglos después, en el año 768, Carlomagno se convirtió en el nuevo rey de los francos. Su principal preocupación siempre fue difundir el cristianismo. Este rey llevaba una existencia austera y, como el emperador Augusto, vestía casi siempre con ropas tejidas por su mujer y sus hijas; sólo en las grandes solemnidades vestía con ropas de gran lujo.
Carlomagno fue un líder militar enérgico. En 774, el reino Lombardo había invadido Roma. El Pontífice apeló al rey de los francos en demanda de auxilio, y Carlomagno atravesó los Alpes con un poderoso ejército, que en poco tiempo acabó con los lombardos. Desde entonces se llamó rey de los francos y de los lombardos.
A fines del siglo VIII, Carlomagno había forjado un gran imperio entre los Pirineos y el Elba y del Tíber al mar del norte. Dueño y Señor de este inmenso territorio, inspiró a los pueblos temor y respeto.
Al extender sus dominios, Carlomagno llevó la religión cristiana a las tierras que había conquistado. Pero además de sus logros militares y religiosos, el rey recibió a eruditos en su corte, fomentó la educación, ayudó a los monasterios y mejoró el sistema legal.
¿Quién mejor que Carlomagno para ocupar la suprema jerarquía del reino de Dios sobre la tierra, de la monarquía universal con que soñamos desde los tiempos de Jesús?
El Papa que sólo pretendía ser jefe espiritual de la cristiandad, veía en Carlomagno a un poderoso protector y, en diciembre del año 800, a su solicitud, el rey lo visitó en Roma.
Mientras el devoto Carlomagno oraba en el altar de la Basílica de San Pedro el día de navidad, el Papa le coronó emperador de los romanos, el primer emperador sacro romano, y le rindió homenaje diciendo: ¡Viva Carlos Augusto, coronado por Dios emperador romano y arbitro de la paz!
Este gran acontecimiento llegó pronto a oídos de los Caballeros de la Orden del Fénix. Los Guardianes empezaron a ver a Carlomagno como el monarca universal soñado. Pero todo el merito que este rey tenía para convertirse en el segundo Señor de la Santa Lanza, se desvaneció cuando él y la emperatriz Irene del imperio bizantino coincidieron en celebrar los esponsales de Constantino, su hijo, y la hija mayor de Carlomagno. Aunque al final este matrimonio no se realizó, los rumores de una posible boda entre Carlomagno e Irene, terminaron por convencer a los Guardianes de la Santa Lanza, de que, él no era el gran rey que ellos aguardaban.
-¿Por qué los Guardianes de la Santa Lanza le tenían tan poca simpatía a la emperatriz bizantina? –Ahora sí estaba sorprendida la española.
-Yo me pregunté lo mismo y, luego de investigar descubrí que la respuesta es simple. La emperatriz Irene era una pagana, y además, ella mandó arrancar los ojos de su propio hijo para así asegurar su trono.
-Suficiente –su sorpresa aumentó –, en esto sí apoyo a los Guardianes.
-El 28 de enero de 814, Carlomagno falleció en Aquisgrán, la causa de su deceso fue fiebres violentas. De los 72 años de su vida, había reinado 45. Con Carlomagno desapareció el gran jefe y héroe popular de la época; el último de una gran serie. Sus contemporáneos y la posteridad coinciden en admirar su personalidad y la obra de su vida. Carlomagno constituyó el modelo de un emperador cristiano. Durante siglos apareció como la figura central en canciones de gesta y leyendas. Su gran personalidad ejerció tanta influencia en la imaginación popular, que llegaron a atribuirle cualidades sobrenaturales.
-Por la forma en que te expresas de él, puedo notar que le tienes mucha admiración.
-Por supuesto Yasmina. Carlomagno fue un gran rey, un modelo de rey cristiano. Estoy seguro, de que, si se le concedía el poder de la Santa Lanza, él hubiese llegado a reinar sobre todo el mundo con la misma justicia que reinó sus pueblos.
-Pero los Caballeros de la Orden del Fénix no lo creyeron así.
-Es verdad, los Guardianes de esa época no lo juzgaron como la historia lo ha juzgado. Ellos se dejaron llevar por algo, creo yo sin importancia.
-Crees que se equivocaron.
-Yo creo que sí. ¿Son humanos no?
Además ese no ha sido el único error en su larga historia como Caballeros de la Orden del Fénix.
-¿A qué te refieres?
2
En los precisos momentos en que Paul y Yasmina platicaban apasionadamente sobre la Orden del Fénix, en Filadelfia los Guardianes estaban reunidos nuevamente. Sus ansias por recuperar la Santa Lanza para su Orden sólo habían aumentado durante estas largas semanas; pues a su forma de ver, ahora más que nunca se hacía imperiosa la necesidad de un nuevo Fénix. Además, ellos, al ver que las tropas norteamericanas estaban próximas a invadir Afganistán, temieron que no sólo estén en busca de Osama bin Laden, sino principalmente de la Santa Lanza.
Con este temor acechando su mente, Homero Karisteas decidió no esperar más y llamó a Lemer.
-Espero ya usted haya descansado lo suficiente –increpó apaciblemente Karisteas.
-No sé si lo suficiente –repuso Lemer –. Pero ya he descansado bastante.
-Necesitamos que venga lo más pronto posible a Filadelfia –la tensión se dejaba sentir –. Es imperioso que usted inicie su segunda misión.
-Ahora no estoy muy seguro de ello.
-Usted no lo entiende, ¿verdad?
-Entender, ¿qué?
-“Cuando el día se haga oscuro para mis ovejas, tan oscuro como ninguno de los que los hijos de Adán han contemplado. Cuando las tinieblas cubran con su espesor toda luz que dispongo sobre ellos. Cuando la sangre de los santos sea derramada sin piedad a causa mía. Cuando los días se hagan eternos en la espera de un salvador y toda esperanza quede menguada por el dolor. Cuando la libertad y el amor sean parte de una antigua y lejana promesa. Entonces vendrá mi paz sobre el mundo y todo llanto cesará, pues mi reino se posará sobre las tinieblas”.
-¿Me está queriendo decir que un nuevo Señor de la Santa Lanza va a aparecer? –Preguntó consternado Lemer, al oír la profecía que anuncia el resurgimiento del Fénix.
-Días oscuros han iniciado señor Lemer, sangre inocente ha sido derramada sin piedad –Lemer se preocupó –. Ahora más que nunca se hace imperiosa la necesidad de un nuevo Fénix. El reinado que Jesús prometió debe cumplirse ahora, y nosotros, los Guardianes de la Santa Lanza necesitamos tener en nuestro poder el amuleto del poder absoluto y sagrado, para condecorar al que se eleve como su nuevo Señor.
-Entiendo y comparto su preocupación señor Karisteas. Iré lo más pronto posible a Filadelfia, y me reuniré cuanto antes con usted.
Esa noche, Yasmina se quedó en el apartamento de Lemer. Ambos sabían perfectamente el riesgo que esta nueva misión traía consigo; más sin embargo, la ferviente pasión de la milenaria historia de la Santa Lanza los había envuelto por completo y, no estaban dispuestos a perderse el final.
Al día siguiente, Lemer se despertó muy de mañana, estaba sumamente ansioso por encontrarse con Karisteas, pues deseaba saber más detalles de la nueva misión que iba a emprender. Al ver que Yasmina aún dormía, desde su sala llamó a la agencia y compró boleto para Filadelfia. El vuelo estaba programado para esa misma noche y así se lo hizo saber a Karisteas.
3
Horas después, mientras Lemer y Yasmina almorzaban juntos en el apartamento de él, en Filadelfia los Caballeros de la Orden del Fénix discutían de cuanto estaban dispuestos a pagar por la Santa Lanza. Todos eran concientes de que esta nueva misión no iba a ser como la anterior; pues ahora sabían a quienes se enfrentarían en pos de recuperar el amuleto del poder absoluto. Por su parte, Ralf Kruger aún no superaba el sentimiento de culpa que producía en él la alta traición que había cometido contra su Orden. Este alemán desfallecía de ganas por decirles a sus compañeros el riesgo que todos iban a correr si se enfrentaban a Al Qaeda; pues ellos, extremistas bien organizados, tenían fichados a cada uno de los Guardianes de la Santa Lanza. Sin embargo, a pesar de la culpa y el desconsuelo que sentía, Ralf decidió arriesgar un poco más antes de verse obligado a confesar su traición; después de todo, era Lemer quien expondría su vida y no uno de ellos; esto sólo a su trivial modo de entender la precaria situación en que se encontraban.
4
La mañana siguiente, después de un aburrido y tedioso viaje, Lemer llegó a Filadelfia por tercera vez. Sin intenciones de dilatar el tiempo, el francés fue al encuentro de Karisteas; él y su Orden aguardaban por la llegada de su investigador en la Biblioteca Libre de Filadelfia. Cuando entró a la oficina privada del griego, todos los Caballeros le recibieron felices y emocionados; todos consideraban que esta vez correrían con mejor suerte y recuperarían al fin la Santa Lanza.
-¿Cómo estuvo su vuelo señor Lemer?
-Nada placentero, la verdad; pero lo importante es que ya estoy aquí, presto a cumplir con mi nueva misión.
-Excelente, entonces será mejor que le explique de una vez en que consiste esta nueva aventura.
-Creo que eso será lo mejor, señor Karisteas; dado que tiempo es lo que no tenemos, pues ya lo hemos dilatado bastante.
-De acuerdo; le explico entonces. En esta oportunidad no necesitamos descubrir nada histórico, tampoco nos interesa saber quien la tiene, aunque sabemos que del Pentágono se la llevó Al Qaeda; en esta oportunidad lo estamos contratando a usted con la única finalidad de que nos la consiga a cualquier costo, pues nos urge tenerla en nuestro poder. Ya no sólo es un capricho de una vieja Orden de Caballeros, ahora es una necesidad imperiosa para todos los que anhelamos el reino de un nuevo Señor de la Santa Lanza, tal como en su momento lo fue el de Constantino u Otón el Grande, y principalmente tal como Jesús lo ofreció.
-Comprendo señor; pues también creo que una vez más la profecía se está cumpliendo. Sólo falta que un nuevo Señor de la Santa Lanza resurja en estos días de oscuridad y derramamiento de tanta sangre inocente.
La mirada de los Caballeros era expectante mientras Karisteas y Lemer platicaban sobre la necesidad de recuperar la Santa Lanza para la Orden del Fénix. En todos se dejaba sentir la tensión del momento que atravesaban; pues no era seguro que tuviesen éxito, el enemigo era muy poderoso, tanto que había logrado quitar a un imperio tan poderoso como el norteamericano, el tesoro que ahora ellos deseban.
-Como en la primera vez –señaló Karisteas –, usted trabajará solo. Si en algún momento necesita ayuda como imagino la va a necesitar, la recibirá antes de que la pida. Nuevamente recibirá un sobre con cincuenta mil dólares semanales en el lugar donde esté usted hospedado. No sé cuanto tiempo le tome encontrar la Santa Lanza señor Lemer, ni cuantos riesgos vaya usted a pasar; pero el pago es de diez millones de dólares por traerla a mis manos. –Hizo una pausa –. Usted no nos llama nunca. Después de esta mañana, nosotros no nos conocemos –Ralf Kruger inclinó la cabeza, la culpa le remordía –. Nosotros siempre tendremos agentes de seguridad protegiéndolo en cualquier parte del globo.
¿Alguna pregunta?
Nuevamente a Lemer le había causado intriga el poder y la seguridad que mostraba Homero Karisteas en representación de su Orden. Resguardo en todo el globo, además de diez millones de dólares, simplemente le sonaban exorbitante. Sin embargo sabía que no era el momento para sus dudas. La Orden ya había mostrado su seriedad y compromiso la primera vez que lo había contratado.
-A parte de la punta impregnada con la Sangre Real de Cristo, la Santa Lanza, ¿tiene alguna otra marca? –Preguntó Lemer curioso, tratando de apaciguar su intriga.
-La verdad, yo nunca la he visto –respondió apenado Karisteas –. Pero sé que tiene grabado el símbolo cristiano del primer siglo en la base.
-Otra pregunta, si me permite.
-Adelante señor Lemer, con confianza.
-Cuando la encuentre, y espero que sea pronto ¿a dónde debo llevarla?
-Cuando la encuentre, y espero que así sea, mis hombres lo escoltarán hasta Cuba.
-¿Cuba?
-Sí, Cuba. De esa manera, si son seguidos por Al Qaeda, ellos pensarán que usted trabaja para los rusos y no tendrán forma de vincularlo con nosotros.
-Entiendo.
-Tome, este es su nuevo pasaporte con visa para los países que imagino querrá usted visitar.
-Gracias señor Karisteas y,… tengo una última curiosidad.
-Adelante.
-Usted me dijo, que en la caja que su abuela le dejó a su padre, entre otras cosas había una pila de documentos en los cuales está detallada toda la historia de la Orden del Fénix, desde José de Arimatea hasta Diana Karisteas.
-Eso es correcto señor Lemer –repuso sereno el Guardián Protector, mientras sentía la atenta mirada de sus compañeros Guardianes –. Me imagino que usted querrá saber donde están esos documentos.
-Creo que me gustaría verlos, si no fuese problema.
-Problema no es… –Se detuvo. Inevitablemente recordó la prueba que su padre le había hecho a uno de los postulantes a Caballero de la Orden que él estaba reagrupando por expreso pedido de su madre. Sonriente decidió repetir el acertijo –. Pero, no se lo haré tan fácil. Sólo le diré, que para llegar a esos documentos existen doce caminos, unos más esplendorosos que los otros; pero cualquiera de ellos le harán triunfar en su búsqueda, sólo tiene que dejarse guiar por la estrella.
-Nunca fui bueno para las adivinanzas –sonrió –. Pero creo que esta la podré resolver.
-Mucha suerte señor Lemer.
-Espero no necesitarla. Gracias nuevamente a todos ustedes y, hasta pronto.
5
Después de darse la mano y mirarse fijamente a los ojos con cada uno de los Caballeros de la Orden del Fénix, Paul Lemer salió bastante confiado de la oficina que Karisteas tenía dentro de la Biblioteca Libre de Filadelfia. Mientras se alejaba, Ralf Kruger lo miraba atentamente y pensaba si ese aventurero y temerario francés sería capaz de recuperar para su Orden la Santa Lanza y resarcir así el terrible y grave error que él había cometido. Por su parte, Lemer enrumbó raudo hacía su hotel y, mientras viajaba en el taxi, no paraba de pensar en cual debería de ser su primer paso a seguir en pos de encontrar y recuperar la Santa Lanza. Esta vez por su mente sólo pasaban Osama bin Laden, Al Qaeda y Afganistán. Cuando bajó del taxi, notó que un elegante automóvil negro se estacionó en la acera del frente del hotel; pero también en esta oportunidad prefirió no prestarle atención, considerando que sólo era parte de la seguridad que Karisteas le había ofrecido. Mientras subía en el ascensor a su habitación, decidió empezar su búsqueda en Afganistán; después de todo, era en ese lejano país donde supuestamente se escondía Osama bin Laden, quien según todas las pruebas, fue el que se llevó la milenaria Santa Lanza.
Cuando por fin salió del ascensor, Lemer advirtió con sorpresa que Homero Karisteas aguardaba por él en la puerta de su habitación.
-Imagino que viene a terminar de relatarme la historia de la Santa Lanza y sus Guardianes Protectores, ¿verdad?
-Efectivamente, señor Lemer –el francés se emocionó. Llevaba días esperando este momento –. Pues no deseo que usted se embarque en esta difícil misión sin antes conocer todo acerca de la legendaria Orden del Fénix. –Hizo una pausa –. ¿En qué nos quedamos?
-Miguel Ángel, sin saberlo recibió la Santa Lanza de manos del Papa Julio II –señaló evidentemente emocionado Lemer –. Ahí fue donde se quedó.
-Está bien –indicó conforme Karisteas –. Veo que la historia de mi Orden es de su completo agrado.
-Por supuesto –repuso Lemer, e inmediatamente abrió la puerta de su habitación.
-Puedo notar que le gusta las comodidades –señaló sonriente Karisteas, al examinar pacientemente la suite.
-Existen trabajos que resultan gratificantes –repuso Lemer, entendiendo que Karisteas se refería a lo superfluo –, y gracias a ellos me permito algunos lujos.
-No lo culpo –señaló el griego –. Yo también soy victima de la vanidad.
–Hizo una pausa, sintió que estaba incomodando a su anfitrión –. E inclusive ahora me estoy alojando en una suite similar a esta, en un hotel no muy lejos de aquí.
-¿Un trago? –Preguntó Lemer, tratando de ser cortés, y principalmente tratando de retomar el tema que los estaba llevando a compartir la velada. Por su parte, Karisteas después de acomodarse y beber complacido un sorbo de güisqui, se dispuso a retomar el relato de la historia de la Santa Lanza.
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Mientras Karisteas decidía como reiniciar la historia que tanto le complacía relatar, Lemer trajo a sus pensamientos los recuerdos más resaltantes de los fascinantes capítulos que hasta ahora el griego le había relatado.
-Desde la adolescencia –indicó con pasión el griego, emocionando a Lemer y devolviéndolo a la suite – Miguel Ángel fue un cristiano lleno de fe y deseos de perfección. Su fe juvenil se inspiró principalmente en Dante Alighieri. Así que, cuando se enteró de la muerte de Julio II, el 21 de febrero de 1513, se entristeció por su alma, pues consideraba que no era el paraíso donde descansaría eternamente. Posteriormente, al enterarse de que en su lecho de muerte el Papa se había arrepentido de sus pecados, Miguel Ángel se sintió culpable por haberlo pintado con cara de demonio en el friso principal de la Capilla Sixtina, esto por haberlo tratado tan bruscamente mientras trabajaba en la cúpula. Entonces, Miguel Ángel recordó la caja sellada que el fallecido Papa le había entregado algunos años atrás. Antes de abrirla, el artista se quedó contemplando la magistral forma en que habían sido talladas las cuatro letras que sobresalían en la tapa de la dorada caja. Pero por más que las observaba, no lograba recordar donde las había visto antes. Estaba seguro que significaban algo, pero no lo recordaba. Con la duda hostigando su mente, Miguel Ángel abrió la caja, sólo para maravillarse más todavía, pues dentro de la caja halló una almohadilla de seda con bordes dorados, y sobre ella una lanza con sangre impregnada en su punta, la cual señalaba una de las esquinas de la caja, esquina en la cual encontró un rollo de pergamino. En dicho documento, Julián de la Rovere le contaba a Miguel Ángel su triste condición de Guardián Protector de la Santa Lanza, además de la última parte de la historia y secretos de la lanza que atravesó el costado de Cristo; y por último, le solicitaba que sea su reemplazo en tan extraordinaria misión –Lemer se emocionó. Ahora compartía plenamente la pasión de Karisteas –. Al terminar de leer el contenido del pergamino, el artista quedó impávido, casi no lo podía creer, sólo alcanzó a exclamar: ¡Yo no merecía este pago! ¡Es demasiado para lo poco que he hecho!
Sintiéndose miserable para tocar tan sagrada reliquia, Miguel Ángel tomó la almohadilla sobre la que descansaba la Santa Lanza, y la alzó, sólo para que su incredulidad creciera aún más, pues en el fondo de la caja, reposaban también uno de los trozos de la corona de espinas y uno de los trozos del letrero que colgaron sobre la cruz de Jesús. Alzando su mirada a lo alto de la habitación, esta vez con más fuerza, el artista exclamó: ¡Señor, yo no puedo servirte!
Al terminar de pronunciar la expresión, Miguel Ángel se dijo así mismo: ¡Eso es! “Y H W H”, es hebreo antiguo y significa “Señor”. Sabía que en algún lado lo había leído.
En los siguientes años, entre su trabajo, sus amistades y su bisexualidad, el artista dedicó algo de su tiempo en buscar a los otros cuatro miembros de la Orden de Sicilia, y pese a algunos esfuerzos, no los logró encontrar.
Sintiéndose incapaz de servir a Cristo como Guardián de su sangre impregnada en la Santa Lanza, Miguel Ángel, quien desde la muerte de Antonio de Sangallo en 1546 había quedado como encargado del diseño de la nueva Basílica de San Pedro, decidió guardar la Santa Lanza en los sótanos ya construidos de su nueva obra, que a su muerte fue culminada por sus aprendices.
El 18 de febrero de 1564, en su lecho de muerte, Miguel Ángel confesó al amor de su vida, Tommaso dei Cavalieri, la misión a la que había sido llamado y a la que tristemente no pudo corresponder. Envueltos en una tela, el moribundo artista entregó a su amante, sus emblemas de Guardián Protector, y con su último aliento, le dijo al oído el código secreto de los Caballeros de la Orden del Fénix. Pero no deseando cometer más errores, Miguel Ángel no entregó la Santa Lanza a su amante y gran amor, ni mucho menos le confió el paradero de la misma. Y confiando en que los Caballeros de la Orden de Sicilia la estén buscando, dejó señales del paradero de la Santa Lanza en sus últimas dos esculturas.
-¿Señales en sus esculturas? –Increpó Lemer –. Perdóneme pero eso si no lo puedo creer, pues yo mismo he visto esas esculturas y ahí no hay ningún mensaje escondido ni nada que se le parezca.
-Eso es a simple vista –repuso Karisteas, manteniendo su serenidad –. Pero permítame seguirle narrando la historia de mi Orden y entonces usted advertirá que lo que le digo es cierto.
-Está bien –contestó Lemer, manteniendo una postura incrédula combinada con una pizca de decepción y temor de que tan fascinante historia empiece a tomar un camino irreal o demasiado fantasioso, de modo que la magia que la envuelve corra el riesgo de acabarse.
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Desde aquella reveladora mañana en la Biblioteca Libre de Filadelfia, reunión en la cual desde un inició Paul Lemer se había mostrado reacio a lo novedoso, fantasioso y espectacular que le resultaba una historia de la Santa Lanza post muerte de Jesús, su apego y complicidad había crecido notablemente a medida que la pasión de Karisteas lo envolvía y seducía, y más aún a medida que él mismo se esmeraba por incluir su nombre en tan singular historia haciendo lo imposible por descubrir los diversos misterios que aún se aglomeran alrededor de ella. Por ello, ante lo mencionado por el Guardián Protector, Lemer tuvo miedo de que todo se derrumbase como un castillo de naipes. Aunque no era fanático, Yasmina le había incentivado a apreciar en demasía las obras de Miguel Ángel, y más aún a conocer la historia de sus obras cumbres, inclusive habían compartido tiempo en visitar muchas de ellas; por ello, la pretensión de Karisteas simplemente se le hacía bastante presuntuosa, además de irreal y fuera de contexto.
–Imposible –pensó –esto si no me lo trago.
El francés aún no estaba preparado, pese a los diversos misterios develados, para las sorpresas que raudamente se disponían a escandalizarlo.
-Lo primero que Miguel Ángel quiso dejar al descubierto –señaló apasionado Karisteas, mientras buscaba algo entre sus documentos, sosegando así la incredulidad de Lemer –, fue que él también había sido uno de los legendarios Guardianes Protectores de la Santa Lanza, y para lograrlo esculpió lo que en la actualidad conocemos como la Pietà dell`opera del duomo, escultura que usted puede apreciar en esta imagen.
-En un principio este trabajo estuvo destinado a la tumba del propio artista –continuó exponiendo Karisteas –. Pues que mejor lugar para dejar este mensaje oculto al resto de Guardianes que venían rastreando los pasos de la Santa Lanza. Ya que como usted puede ver, en esta obra aparece perfectamente esculpido Jesús siendo sujetado por la virgen María y por María Magdalena, y sobre ellos aparece la figura de José de Arimatea con el rostro del propio Miguel Ángel. Con esto el artista dejó constancia de que el mismo cargo que un principio tuvo José de Arimatea como Guardián Protector de la Sangre Real de Cristo, también lo había tenido él, posteriormente.
-Increíble –susurró Lemer, mientras apreciaba detenidamente la imagen que emocionado Karisteas le mostraba, y recordaba que hace no muchos meses había visitado junto con Yasmina en la catedral de Florencia aquella escultura. Siendo informado en aquella visita que efectivamente, sin razón aparente Miguel Ángel esculpió su rostro en el cuerpo de José de Arimatea.
– ¿Realmente Miguel Ángel dejó pistas en sus últimas esculturas? –Se preguntó acucioso Lemer –. Aún no lo creo.
-Después de demostrar su participación como uno de los legendarios Guardianes Protectores de la Santa Lanza –señaló el griego elevando un tanto el tono de su voz, tratando así de imponer su representación –. Miguel Ángel se propuso dejar señalado el lugar donde estaba dejando escondida la sagrada reliquia cristiana que años antes el Papa Julio II inexplicablemente le había dado como pago por sus espléndidos trabajos en la Capilla Sixtina; y para esto, brillantemente el artista esculpió lo que en la actualidad conocemos como la Piedad de Rondanini, escultura a la que la mayoría de los más afamados historiadores y amantes de las artes no le prestan mayor importancia ni le dedican un significativo tiempo de estudio, debido a que como usted puede apreciar en esta otra imagen, no fue culminada.
-En esta obra –indicó el griego – aparece la Virgen extrañamente erguida sosteniendo a Cristo muerto entre sus brazos. Los cuerpos se alargan hacía el cielo, deslizándose uno sobre el otro, sin apoyo posible. La aparente intención del artista al realizar esta escultura fue superar a la primera Piedad del año 1500, dando a esta nueva obra, una visión más amplia y elevada del amor de la virgen María hacía su hijo muerto.
El mensaje para los Caballeros de la Orden de Sicilia estaba oculto en el misterio de esta escultura que intencionadamente Miguel Ángel dejó sin culminar. Sí los Guardianes lograban descifrar el enigma, entonces encontrarían el escondite de la Santa Lanza.
-¿Será posible? –Volvió a murmurar Lemer, sin lograr romper la concentración de Karisteas –. Yo he visto muchas veces la foto de esta escultura y ahí no hay nada –pensó –. Es más, sólo es un trozo de mármol con vislumbres de figuras humanas. –Hizo una pausa –. Aunque ahora que recuerdo los estudiosos y meticulosos afirman que el hecho de que Miguel Ángel no haya terminado esta escultura es un gran misterio para el arte del renacimiento. Sin embargo, eso no es suficiente motivo como para que este anciano afirme lo que está citando.
8
Advirtiendo que había logrado atrapar la atención del incrédulo francés, Karisteas decidió continuar, mientras Lemer aún contemplaba receloso la imagen de la Piedad de Rondanini, sin lograr vislumbrar algún mensaje oculto.
-Nueve años después de la muerte de Miguel Ángel –continuó exponiendo el griego, con singular pasión –, los cuatro nuevos Caballeros de la Orden de Sicilia se encontraron en Roma después de un siglo. No sólo llegaron a la Ciudad Eterna en busca de su líder sino también en busca de la Santa Lanza. Estos cuatro Guardianes sabían que Julián de la Rovere había sido uno de los líderes de su Orden; pero no sabían que él había poseído la Santa Lanza, y mucho menos sabían a quien había dejado como sucesor en su cargo de Guardián Protector.
Las primeras investigaciones de los Guardianes les llevaron a descubrir que Julián de la Rovere no había tenido hijos, y que por lo tanto, su heredero había tenido que ser una cercana amistad. Los Guardianes decidieron investigar a los cardenales que indudablemente trabajaron junto a Julio II, pero no hallaron ninguna pista en pos de resolver su búsqueda. Y en medio de sus constantes indagaciones, la majestuosidad de Roma les invitó a contemplar de cerca sus nuevas maravillas, de entre las cuales destacaban la aún no culminada Basílica de San Pedro y la deslumbrante Capilla Sixtina; y fue en esta última, donde después de varios meses de intensa búsqueda, los Guardianes encontraron una pista a seguir.
En el friso principal de la Capilla Sixtina que el Papa Pablo III ordenó pintar a Miguel Ángel, Julio II aparece con cara de demonio. Desde luego esto llamó la atención de los Guardianes, y dado que esto era lo único llamativo de toda su investigación, decidieron seguir la pista.
Con la firme intención de no desaprovechar su tiempo, los Guardianes decidieron entrevistarse con el nuevo Papa Gregorio XIII.
-Yo era sólo un joven cuando Miguel Ángel pintó el friso principal de la Capilla Sixtina –les dijo el Papa –. Pero sé de muy buena fuente que Julio II ni siquiera le pagó, así que dudo mucho que hayan sido amigos –la emoción disminuyó –. Por lo que sé, sólo le dio una vieja caja con algunas letras grabadas en su tapa.
-¿Una vieja caja con letras grabadas? –Se preguntaron acuciosos los Guardianes. Pero evitando llamar la atención del Papa decidieron marcharse con la nueva pista.
Lamentablemente para los Guardianes, Miguel Ángel ya estaba muerto; sin embargo, aunque tardaron mucho, al final lograron localizar al que había sido su mayor amor y más duradero amante, Tommaso dei Cavalieri, quien aunque aún se encontraba relativamente joven, estaba casi acabado por la tristeza y la soledad.
Al oír la presentación de los Guardianes ante su presencia, Tommaso no pudo evitar emocionarse.
-Tengo algo que les pertenece –les dijo, mientras ordenaba a un criado sacar algo de un viejo baúl. Al instante los Guardianes se emocionaron también, pues especulaban que por primera vez, después de buscarla por tantos años, al fin contemplarían la Santa Lanza; pero su alegría fue menor cuando sólo vieron ante sus ojos uno de los trozos de la corona de espinas y un trozo de madera similar al que ellos tenían, pero que en su grabado decía: “Saquen miles, trucus suben” –.
Antes de que se lleven estas reliquias –indicó Tommaso –, debo manifestarles que Miguel Ángel fue uno de los Guardianes Protectores de la Santa Lanza que ustedes protegen –la emoción aumentó –. Él fue designado por el Papa Julio II, y en su lecho de muerte me dejó estas joyas de la cristiandad, confiado de que ustedes vendrían a buscarlas.
-¿Esto es todo lo que te dejo? –Preguntaron unísonos los Guardianes.
-También me dijo la clave secreta –respondió Tommaso –. Pero imagino que eso es algo que ustedes ya conocen.
-Desde luego –respondieron confundidos los Guardianes, mientras se despedían.
-Antes de que se retiren, necesito que me quiten una duda –prorrumpió Tommaso –. ¿Quiénes son los trucus?
-Los trucus –meditó un instante –, es un nombre que se pusieron hace siglos nuestros antepasados para escapar de la persecución que siempre ha sufrido nuestra Orden –confesó sagazmente Felipe Hernández, el mayor de los cuatro Guardianes presentes –.
Saliendo de la no modesta casa de Tommaso dei Cavalieri, lleno de una repentina emoción, el menor de los Guardianes se dirigió súbitamente a sus compañeros.
-¡Es un anagrama y ya descubrí lo que significa!
-¿Qué significa? –Preguntaron consternados, especulando que hablaba de la inscripción en el trozo de madera que Miguel Ángel le dejó a su amante.
-“Saquen miles, trucus suben”. –Hizo una pausa –. Es un anagrama muy fácil. Sólo hace falta un poco de imaginación.
–El suspenso era total, los segundos se hicieron eternos –. Significa: “Busquen en mis esculturas”.
-¡Increíble! –Exclamaron los Guardianes, mientras miraban admirados al joven Alessandro de Médicis por la facilidad y rapidez con la que había descifrado el anagrama que Miguel Ángel les había dejado como primera pista en pos de descubrir el paradero de la Santa Lanza.
-Aparentemente Miguel Ángel no confiaba plenamente en su amante –los Guardianes asintieron –. Quizá por eso no le dejó el paradero de la Santa Lanza –denunció sonriente Felipe Hernández, e inmediatamente los cuatro se fueron en busca de las esculturas de Miguel Ángel, tarea que no iba a resultar muy sencilla.
Confiados de que la sangre de Cristo los guiaba a su encuentro, los Guardianes iniciaron su búsqueda en Roma, ciudad en la cual el artista había trabajado en varios periodos.
El primer mecenas que Miguel Ángel tuvo en Roma, fue Jacopo Gallo, romano para quien el artista esculpió el Baco ebrio. Pero cuando los Guardianes encontraron su estancia en Roma, éste ya había muerto, más el Baco aún se encontraba en su casa, en manos de su único heredero, su hijo Giuliano Gallo.
-¿En qué año esculpió esta obra Miguel Ángel? –Preguntó acucioso Felipe Hernández a Giuliano.
-Fue en los años 1496 y 97 –respondió algo inquieto el no joven heredero, mientras los Guardianes buscaban alguna pista o señal que el artista les pueda haber dejado en tan perfecta e inquietante escultura.
-Sí en esta escultura hay un mensaje oculto, entonces yo soy Constantino el Grande –dijo en un tono burlón, Alessandro de Médicis, el más joven de los Guardianes.
-¿Dónde sugieres que busquemos entonces? –Le preguntó desafiante Felipe.
-Es sencillo, mi nuevo líder –los presentes prestaron su atención –. Miguel Ángel culminó su primer trabajo en la Capilla Sixtina en septiembre del 1512, y el Papa Gregorio XIII nos dijo que como único pago el artista recibió una caja con letras grabadas en su tapa, en donde nosotros sabemos estuvo la Santa Lanza, además de los emblemas que nos identifican como Guardianes de la misma. Así que, yo sugiero que busquemos en las esculturas posteriores a la fecha de deceso de Julio II, pues dudo de que antes de esa fecha, Miguel Ángel haya escondido nuestro tesoro –una vez más los Guardianes quedaron maravillados por la inteligencia del joven Médicis.
-Tengo entendido de que Miguel Ángel trabajó para tu familia –señaló Felipe Hernández en un tono más amistoso, dirigiéndose a Alessandro de Médicis.
-Por supuesto –asintió Alessandro –. Pero dudo de que en Florencia encontremos algo que nos sirva –Hizo una pausa –. A no ser…
-¿A qué te refieres? –Preguntó lleno de entusiasmo Felipe –. ¿Qué has recordado?
-Hay una escultura que Miguel Ángel hizo en Florencia, la cual no fue hecha a encargo de mi familia –señaló Alessandro –. Y hasta donde tengo conocimiento esa escultura era para su propia tumba –el grupo adoptó esperanza –. Quizás ahí encontremos algo.
Al estar todos de acuerdo, los cuatro Caballeros de la Orden de Sicilia se enrumbaron a Florencia, ciudad donde estaban seguros encontrarían algún nuevo mensaje oculto del arista. Al llegar a la cuna del Renacimiento y hogar de los Médicis, los entusiastas Guardianes casi podían sentir la santa presencia de la sangre de Cristo. Hospedados en el palacio de los Médicis, los Guardianes recibieron después de dos días la noticia que esperaban: La última escultura que Miguel Ángel esculpió en Florencia se encuentra en la catedral.
-Es una Piedad numerosa –les dijo Alessandro a sus compañeros, mientras todos ingresaban raudos a la catedral de Florencia.
Al contemplar la escultura, los cuatro Caballeros advirtieron que el sacerdote que los guiaba les señalaba acucioso el rostro del hombre que yacía detrás de las vírgenes que sostenían a Cristo muerto.
-Este es el rostro de Miguel Ángel –les dijo algo molesto el sacerdote –. No se quien se creía, pero se encarnó así mismo en el cuerpo de José de Arimatea.
Los Guardianes casi no lo podían creer, el mensaje era tan obvio: ¡Yo también soy un Guardián Protector! Parecía gritar la escultura de José de Arimatea con el rostro de Miguel Ángel.
Después de examinar y entender el mensaje oculto que Miguel Ángel dejó en su penúltima escultura, los Guardianes decidieron quedarse unas semanas en Florencia, con la finalidad de brindar algo de tiempo a sus negocios y sociedades. Mientras tanto, enterado de su estancia en la tierra de su poderosa e influyente familia, el Papa Gregorio XIII, nombró arzobispo de Florencia a Alessandro de Médicis, quien complacido aceptó, e inmediatamente aprovechó su nueva influencia para averiguar donde se encontraba la última escultura de Miguel Ángel, y desde luego, debido a la enorme trascendencia de su familia, este asunto no le tomo mucho tiempo.
-La última escultura también es una Piedad –les dijo Alessandro de Médicis a sus compañeros –. Pero no se encuentra en Florencia.
-¿Dónde entonces? –Preguntaron a una voz.
-En Milán.
Un mes después, ya instalados en Milán, los Guardianes localizaron la última Piedad de Miguel Ángel. Esta escultura se encontraba en manos de Antonio del Francese, un antiguo amigo del artista. Sin embargo, para asombro y estupor de los Guardianes, había algo insólito en la escultura, pues aunque Miguel Ángel trabajó en ella hasta su muerte, nunca logró terminarla.
-¿Por qué cree que Miguel Ángel repitió un trabajo? –Le preguntó Alessandro de Médicis a Antonio del Francese, causando mayor estupor entre sus compañeros.
-¿A qué te refieres? –Interrumpió Felipe Hernández –. ¿De qué repetición hablas?
-En Roma –señaló Alessandro –, hay una Piedad donde al igual que esta sólo aparecen la virgen María y Cristo muerto en sus brazos. Pero en esa escultura, María está sentada, en cambio aquí, ambos personajes están parados uno sobre el otro –los Guardianes empezaron a sospechar –. Otra diferencia es que la escultura que yace en Roma sí fue culminada, todo lo contrario a ésta, en donde apenas se vislumbran las formas de los cuerpos.
-¿Crees qué aquí esta el mensaje que buscamos? –Le preguntó Felipe a Alessandro.
-¿Qué estamos buscando? –Replicó el joven Médicis.
-La Santa Lanza, por supuesto.
Al oír la respuesta de Felipe Hernández, Antonio del Francese sintió curiosidad, pero sólo atinó a seguir escuchando.
-Estoy seguro de que acá está nuestro mensaje, pero no tengo idea de cual puede ser –confesó en tono preocupado Alessandro.
-Creo que lo mejor será repasar un poco nuestra historia –propuso Felipe, también en tono preocupado –. Pues por lo que veo, Miguel Ángel nos ha dejado una complicada tarea.
-¿A qué historia se refieren? –Les preguntó lleno de curiosidad, Antonio a los Caballeros de la Orden de Sicilia.
-Te contaremos todo –respondió Felipe Hernández, recibiendo el asentimiento de sus compañeros –. Pero antes debes prometer guardar fielmente el secreto del cual te haremos participe, y prometer también, que nos ayudaras en todo lo que puedas a resolver el misterio que nos trae hasta tu casa.
-Lo prometo –respondió emocionado Antonio del Francese –. Ustedes pueden confiar en mí.
Convencidos de que era su única salida, los Guardianes relataron detalladamente toda su larga historia al desconocido para ellos pero amigo al fin de Miguel Ángel, a quien además, el último Guardián Protector le dejó confiada la pista que los llevaría a encontrar la Santa Lanza. Y mientras contaban su historia, los Guardianes trataban de encontrar algo oculto o algo similar a la última escultura de Miguel Ángel.
-Creo que debemos buscar algo que se repita –indicó Alessandro a un acalorado y casi angustiado grupo. Entonces, cuando la ansiedad se apoderaba de la reunión…
-¡Hay un detalle que se repite! –Exclamó Felipe –. En Constantinopla hubo dos templos, los cuales sirvieron como morada o escondite de la Santa Lanza, desde luego en diferentes épocas.
-Sí, pero ambos templos fueron construcciones terminadas –replicó Alessandro de Médicis, vislumbrando a la Haguía Sofía de Justiniano y la Iglesia de los Santos Apóstoles de Constantino –. Además fueron construcciones distintas y sin semejanza.
-¡Eso es! –Interrumpió Antonio del Francese –. Dos templos semejantes, de los cuales sólo uno ha sido terminado.
-¿A qué te refieres? –Preguntaron unísono los Guardianes.
-Según la historia que ustedes me están relatando –señaló extasiado Antonio –, al no encontrar a los verdaderos Guardianes, el Papa Silvestre escondió la Santa Lanza en los sótanos de la Basílica que Constantino mandó construir sobre la tumba de San Pedro, y ahora, doce siglos después de aquella construcción, una nueva Basílica en honor a San Pedro se construye, y por supuesto aún no esta terminada, al igual que la escultura de Miguel Ángel.
Los Guardianes no lo podían creer…
-Yo menos –interrumpió Lemer –. El mensaje es tan claro –Karisteas sonrió –. Pero como advertir algo que no sabes que existe –dijo en su defensa.
Paul Lemer estaba sumamente sorprendido y extasiado por la historia que venía oyendo.
–No es posible –se decía una y otra vez, sin lograr interrumpir el relato de Karisteas, quien por su parte se apasionaba más a medida que la historia cobraba mayor interés.
-Los cuatro Caballeros quedaron impávidos al oír la magnifica exposición de Antonio del Francese –señaló Karisteas, tratando de hacer caso omiso al nuevo desconcierto que había producido en el francés –, personaje al que inmediatamente ofrecieron el cargo vacante de Caballero de la Orden de Sicilia, y desde luego, Antonio aceptó gustoso.
Antes de volver a Roma en busca de la Santa Lanza, los Guardianes decidieron nombrar un nuevo líder, y para este cargo sólo había dos candidatos. Uno era el español Felipe Hernández por ser el mayor, y el otro era el florentino Alessandro de Médicis, quien al ver el entusiasmo de Felipe, desistió al cargo.
Con Felipe Hernández como nuevo líder, los Guardianes hicieron su entrada en Roma. Era el año 1575, y la Basílica de San Pedro aún no estaba terminada.
Gracias a que en el siglo XVI el colegio de cardenales era dominado por los Médicis, y que además, Alessandro de Médicis era ya un arzobispo muy amigo del Papa Gregorio XIII, los Guardianes de la Santa Lanza no tuvieron inconveniente para ingresar a los sótanos de la aún no terminada pero esplendorosa Basílica de San Pedro. Sótanos en los cuales, después de una breve búsqueda, hallaron escondida una caja rectangular enchapada en oro. En la tapa de la caja sobresalían cuatro letras grabadas, que sirvieron como señal para que los Guardianes no tengan duda alguna de que esa era la caja que Miguel Ángel les había dejado, dentro de la cual esperaban encontrar el motivo de su existencia como Caballeros.
Al abrir la caja, sobre una almohadilla de seda con bordes dorados, los Guardianes contemplaron por primera vez la Santa Lanza, y se maravillaron y emocionaron más todavía, al ver la punta con la sangre de Cristo impregnada en ella.
Fueron momentos de gloria, emoción y satisfacción, que luego de unos minutos fueron interrumpidos por Antonio del Francese, quien angustiado exclamó: ¡Falta algo!
Al oírlo, sospechando a que se refería, el joven Médicis alzó la almohadilla sobre la cual descansaba la Santa Lanza, y para sorpresa de todos, en el fondo de la caja yacía oculto el trozo de madera que faltaba. Aunque inesperadamente se advertía menos deteriorado que los demás trozos.
–Ahora sí soy un Guardián –dijo sonriente Antonio, contagiando su completa alegría al grupo –.
Por decisión unánime, la Santa Lanza fue retirada de los sótanos de la Basílica de San Pedro y llevada por su Guardián Protector a su residencia de Venecia. Esto se determinó sólo hasta que la Basílica quede totalmente culminada o caso contrario, hasta decidir a quien condecoran como nuevo Señor de la Santa Lanza, cargo para el cual, el emperador español Felipe II estaba haciendo variados méritos, especialmente como acérrimo defensor del cristianismo.
9
A Cuba, después de varios días de mantenerse cabizbajos mientras huía lo más posible del país que había soportado su más duro y certero asalto, y después de haber soportado valientemente las desconocidas inclemencias del mar, la temible docena de musulmanes llegó en barco.
En la Habana, los esbirros de Al Qaeda fueron recibidos afablemente por Castro, viejo amigo de los rusos, y antiguo enemigo de los Norteamericanos. La docena de musulmanes fueron recibidos en la playa por una comitiva de recepción, quienes posteriormente los condujeron a la residencia de Castro. Al llegar a la fastuosa mansión, que más bien tenía apariencia de fortaleza, los musulmanes fueron atendidos como mártires. Después de cruzar el patio central, una última habitación, y entonces el encuentro con el anfitrión, quien según palabras de Osama bin Laden, sería el encargado de recibirlos, atenderlos, darles descanso, cuidados médicos si fuese necesario, y por último y más importante, reunirlos con el Zar.
-¿Cómo estuvo la faena? –Preguntó intrigado Castro, luego de ofrecer descanso a sus singulares invitados.
-Bastante dura –respondió sonriente el líder de los musulmanes –. Pero con un merecido final feliz.
-El Zar ya ha sido informado de su llegada –informó Castro –. Tardará unos veinte minutos en llegar hasta aquí. –Sonrió cómplice –. Quizás mientras aguardamos puedan ustedes relatarme como fue y que les significo dar tan formidable golpe a los liberales en su propio corazón, y más aún, dejarlos sin su emblema de poder.
Terminando de oírlo, los musulmanes se miraron entre si como deliberando si tan buen anfitrión merecía el privilegio de oír tan única y monumental hazaña.
-Será mejor que aguardemos la presencia del Zar –contestó el líder musulmán, con demasiada confianza en la voz –. Cuando él llegue tendremos tiempo suficiente para relatar todo lo acontecido en la capital de los infieles.
Ante la inesperada negativa de los musulmanes, Castro se esforzó por no indignarse y más aún por no demostrarlo. A pesar de sus tantos años, el cubano, debido a su posición social no estaba acostumbrado a los rechazos, y menos dentro de su país. Pese a todo decidió que lo mejor sería aguardar la pronta llegada del Zar, después de todo era él quien debía hacer las preguntas y exigir las respuestas, y no él, simple anfitrión y prestador de espacio.
10
En Filadelfia, pese a lo dificultoso que se avizoraba la nueva misión, el ambiente era agradable y por demás apasionado. Homero Karisteas dedicó unos segundos a contemplar la nueva admiración que en su rostro expresaba Paul Lemer por el Divino Miguel Ángel. El francés estaba totalmente hechizado y evidentemente ansioso por oír más aventuras y develar antiguos misterios.
-En 1583 murió Felipe Hernández –continuó relatando el griego –, cediendo su cargo de Guardián Protector a Alessandro de Médicis, quien a su vez fue nombrado cardenal por el Papa Gregorio XIII. El nuevo Guardián Protector y cardenal, era además un ferviente defensor de la contrarreforma, motivo por el cual, apreciaba más de la cuenta el fiel trabajo que hacía Felipe II como defensor del Catolicismo.
En 1589 subió al trono francés Enrique IV, quien aunque fue bautizado católico, perteneció y defendió la religión calvinista, a la cual su madre, la reina Navarra Juana de Albret, también perteneció.
Por temor a la influencia que este nuevo rey protestante pudiese tener en un mundo católico fuertemente atacado, Alessandro de Médicis se vio obligado a entregar el poder de la sangre de Cristo al emperador español Felipe II.
“Cuando el día se haga oscuro para mis ovejas, tan oscuro como ninguno de los que los hijos de Adán han contemplado. Cuando las tinieblas cubran con su espesor toda luz que dispongo sobre ellos. Cuando la sangre de los santos sea derramada sin piedad a causa mía. Cuando los días se hagan eternos en la espera de un salvador y toda esperanza quede menguada por el dolor. Cuando la libertad y el amor sean parte de una antigua y lejana promesa. Entonces vendrá mi paz sobre el mundo y todo llanto cesará, pues mi reino se posará sobre las tinieblas”.
Queriendo anticiparse a estos días oscuros y sangrientos que se veían venir sobre Francia, en un consejo realizado en Roma los Caballeros de la Orden de Sicilia decidieron cuatro votos contra uno, conceder el poder de la Santa Lanza al emperador español. Alessandro de Médicis obtuvo fácilmente el apoyo de los tres Caballeros españoles para su causa. De esta manera, en una fastuosa ceremonia, decidido así por el emperador, los Guardianes entregaron la Santa Lanza en mayo de 1590 a Felipe II, previó juramento de lealtad, honor y servicio fiel a Cristo. La ceremonia tuvo lugar en El Escorial, lugar a donde llegó Alessandro de Médicis con todo su séquito.
En el centro del palacio esperaba ansioso el emperador Felipe II, sentado en su trono. Y alrededor de él, todas las personalidades de España contemplaban curiosos la escena, sin saber que nuevo título iba a recibir el dueño del mundo. Entonces, cual ceremonia religiosa, sonaron las campanas de la Basílica, y todos sin excepción voltearon y dirigieron sus miradas a la entrada del palacio por donde nervioso por la muchedumbre, pero contento por estar cumpliendo con su misión, ingresó Alessandro de Médicis junto con los otros cuatro Guardianes de la Santa Lanza, los cuales se presentaron ante la singular asamblea como los Caballeros de la Orden de Sicilia. Muchos de los asistentes reconocieron al cardenal Médicis, y entonces advirtieron que se trataba de una ceremonia religiosa. Sin embargo, cuando el cardenal llegó a la posición del emperador, sólo alzó hasta lo más alto que sus brazos pudieron una rectangular caja enchapada en oro y sin grabados en su exterior. Luego la entregó.
El murmullo era general, – ¿Qué será? –Se preguntaban los invitados –. Y cuando todos suponían que Felipe II abriría la caja para descubrir al público el presente que recibía, el emperador sólo atinó a recibirlo, contemplarlo personalmente en el contorno de su trono, y luego, mirando a lo alto, prestó juramento ante según sus palabras, la sagrada presencia de Cristo.
Ocho años después de aquella fastuosa ceremonia –indicó Karisteas – el 13 de septiembre de 1598, tras duras batallas con Francia e Inglaterra en pos de defender y mantener el catolicismo, además de promover y ejecutar la Santa Inquisición, murió en El Escorial el tercer legítimo Señor de la Santa Lanza, Felipe II. Antes de morir, el emperador envió de vuelta a Roma el amuleto que lo había llevado a gobernar medio planeta, y junto a él, una carta en la cual le aseguraba a Alessandro de Médicis que pronto sería elegido Papa; además, le pidió al cardenal que sea él quien decida a quien corona como nuevo Señor de la Santa Lanza.
Al terrible dolor que significó para Alessandro de Médicis la muerte de su amigo y aliado, Felipe II, pronto se sumó la terrible noticia de que su familia iba a emparentar con el rey protestante, Enrique IV de Francia.
Debido principalmente a las preocupaciones dinásticas y financieras, el monarca francés decidió contraer matrimonio con María de Médicis, por quien los Médicis, banqueros acreedores del rey francés, prometieron una dote de 600 mil escudos de oro.
En 1605 murió el Papa Clemente VIII, quien había sido como el padre religioso de Alessandro de Médicis y guía espiritual de sus últimos años.
La candidatura para el nuevo Papa estaba dividida en tres facciones: la española, la francesa y la de los cardenales del Papa, de quienes su candidato era César Baronio.
Antes de morir Felipe II, dejó órdenes estrictas de que a la muerte del Papa Clemente VIII, sus cardenales propongan y voten por Alessandro de Médicis como nuevo Papa. Así que, el 10 de abril de 1605, apoyado por los españoles y los cardenales franceses, fue elegido Papa por designio divino y sincero agradecimiento de Felipe II, Alessandro de Médicis.
Semanas antes a la coronación de Alessandro como nuevo Papa, en París el rey Enrique IV nombró a Armand Jean du Plessis, obispo de Luçon. Pero como aún éste no contaba con la edad mínima requerida, tuvo que viajar a Roma para obtener una dispensa del Papa. Y en este viaje, se dio su encuentro con el recién nombrado Papa León XI. En este encuentro, Armand Jean du Plessis se mostró ante el Papa como un activo obispo comprometido con la contrarreforma de la cual el Papa León XI también era partidario. Debido a esto, el Papa no dudó en dispensar al francés y darle su bendición como obispo de Luçon. Además, el Papa invitó a Armand Jean du Plessis a quedarse unos días en Roma para tratar algunos temas preocupantes que se venían desarrollando en Francia. A esta invitación, el obispo francés aceptó gustoso, y en los días posteriores compartió con el Papa su entera preocupación por los protestantes franceses que cada vez aumentaban en número de modo que amenazaban la corona católica que Enrique IV se había puesto. A los pocos días de papado, León XI enfermó, y sintiendo cerca su muerte, decidió ceder su cargo de Guardián Protector a Armand Jean du Plessis, obispo al que consideraba un enviado de Dios. Y no conforme con el alto cargo que le otorgaba, el Papa también le entregó el cuidado de la Santa Lanza. A los pocos días, el 27 de abril de 1605, el Papa León XI murió.
Por su parte, Armand Jean du Plessis retornó a Francia sintiendo que las puertas del cielo se le habían abierto de par en par. Este ambicioso francés fue el segundo Guardián Protector en codiciar para sí el poder que emana de la Santa Lanza. Y aunque no logró ver hecha realidad su mayor ambición, Armand Jean du Plessis sí se convirtió en uno de los hombres más acaudalados de su época, dejando a su muerte unos veinte millones de libras.
Sabiendo que la muerte le rondaba, sin arrepentirse de tomar el poder de la Santa Lanza en sus manos, el cardenal du Plessis dejó su cargo de Guardián Protector, a su amigo, el cardenal Julio Mazarino, a quien también recomendó para sustituirle en el cargo de primer ministro francés.
El duque de Richelieu murió el 4 de diciembre de 1642, sin poder ver el final de la Guerra de los Treinta Años que, sin embargo, terminó con la decadencia del Sacro Imperio y el ascenso de Francia, hecho por el cual tanto había luchado a lo largo de su ambiciosa vida.
Tras la muerte de este cardenal, luego de años sirviendo como diplomático del Papa, el 5 de diciembre de 1642 el cardenal Mazarino fue nombrado Ministro Principal del Estado; y desde 1643, tras la muerte del rey Luis XIII, Mazarino gobernó Francia bajo la regencia de Ana de Austria en nombre del joven rey Luis XIV, de tan solo cinco años.
En 1659, víctima de una extraña enfermedad, el cardenal Mazarino comenzó a ver sus fuerzas desvanecerse lentamente; y tras diecisiete años como Guardián Protector de la Santa Lanza, decidió reunirse con sus compañeros de juramento para decidir por un nuevo Guardián Protector. En febrero de 1660, tras un año de averiguaciones y recopilación de datos dejados por su antecesor, Mazarino logró localizar a los otros cuatro caballeros de la Orden de Sicilia. Dos meses después se reunieron todos en el Castillo de Vincennes.
Esta reunión pasó a ser la más oscura de todas las reuniones de los Guardianes de la Santa Lanza, debido principalmente a que los cuatro Guardianes que llegaron invitados por Mazarino, no lo reconocían a éste como Guardián Protector, por ser delegado del más infame de los Guardianes Protectores, esto a entender de ellos. Pero dado que Mazarino se encontraba en posesión de la Santa Lanza, los otros cuatro Guardianes no tuvieron más opción que aceptar su liderazgo. La segunda gran controversia de la reunión fue la designación del nuevo Guardián Protector, cargo que luego de tres días de discusiones reposó sobre Carlo Albani, un patricio de la ciudad de Urbino y miembro de una noble familia de origen albanés. El tercer y último tema que discutieron los Guardianes fue el posible señorío de Luis XIV sobre la Santa Lanza de poder. Dado los últimos antecedentes, los Guardianes de la Santa Lanza no estaban prestos a entregar el tesoro que cuidaban sin antes estudiar pacientemente al candidato propuesto por alguno de ellos.
El cardenal Mazarino fue quien propuso al rey Luis XIV, y en un principio sólo fue apoyado por el más joven de los Guardianes.
Dos semanas después, tiempo que los Guardianes consideraron suficiente para analizar y estudiar al rey francés, los cinco caballeros se reunieron nuevamente en el Castillo de Vincennes, esta vez la reunión fue más tensa que las anteriores, y sólo después de una reñida votación que por primera vez en su larga historia concluyó tres votos a dos, el rey francés Luis XIV fue elegido como nuevo Señor de la Santa Lanza. Desde luego los Guardianes que votaron en contra de la propuesta reclamaron y señalaron como peligrosa e imprudente tal elección; pero dado que el nuevo Guardián Protector había votado a favor de Luis XIV, la decisión se mantuvo.
El motivo principal por el cual dos de los Guardianes no estaban de acuerdo con que Luis XIV fuese el nuevo Señor de la Santa Lanza, era su falta de experiencia como líder, ya que siempre había estado bajo la tutela de la reina madre o bajo el liderazgo del cardenal Mazarino; y por supuesto, un Señor de la Santa Lanza debía ser una persona capaz de dirigir el mundo bajo una voz firme y justa, cálida y honesta; después de todo, esa era su misión, esa era la razón por que se le entregaba la Santa Lanza y el poder que de ella emana para conquistar el mundo bajo unos mismos ideales.
A pesar de los reclamos, en septiembre de 1660, días posteriores al cumpleaños número veintidós del rey francés Luis XIV, los Caballeros de la Orden de Sicilia le invitaron mediante el cardenal Mazarino, a una cena en el Castillo de Vincennes.
En esta cena, a la cual el rey asistió con su joven y reciente esposa, María Teresa de Austria, Carlo Albani se presentó ante el rey como Guardián Protector de la Santa Lanza. Al oírlo, el rey se puso en pie, y exclamó: ¡A que te refieres con eso!
Luis XIV, debido a que pasó sus primeros años de rey sin gobernar, dedicó su tiempo a estudiar e investigar, y entre las cosas que descubrió estaba la historia de la Santa Lanza, al menos parte de la historia, pero lo suficiente como para saber que la lanza que atravesó el costado de Cristo en la cruz, era custodiada por una orden de Caballeros desde el primer siglo de nuestra era, y que de tiempo en tiempo había sido otorgada a grandes hombres que tenían como misión gobernar vastos imperios bajo los principios cristianos.
Al ver el rostro curioso y descontento del rey, Carlo Albani se apresuró en contarle detalladamente el misterioso legado del cargo que ocupaba, y al final de su historia, incluyó una invitación a recibir el poder de la Santa Lanza.
El joven rey estaba cautivado por la legendaria historia, y antes de articular palabra alguna, miró a su reina, quien se encontraba nerviosa por tantas miradas masculinas y sin ninguna compañía femenina en quien auxiliarse de tan aburrida cena, esto a su juvenil e inculto entender.
Instantes después, volviendo la mirada al Guardián Protector, el rey respondió: “Había oído que Constantino y Otón el Grande, habían sido ensalzados gracias al poder de la sangre de Cristo que yace viva en la punta de esta sagrada lanza, e inclusive oí que Eduardo III se apoderó de ella sin lograr nada a su favor y luego la devolvió arrepentido, más nunca en mi corta vida anhele o considere posible que Cristo me otorgue la sagrada misión de unir al mundo en los fundamentos que Él enseño. Sin embargo, aunque me encuentro gratamente sorprendido, acepto gustoso y decidido a cumplir con esta misión que ustedes me traen por seguro mandato del Señor”.
Los Guardines quedaron complacidos y maravillados con el fiel y sincero discurso del joven rey. Ellos no esperaban encontrar tan nobles y cristianos sentimientos en el hijo de un protestante, y ahora, luego de oírlo, consideraban que el Fénix había resurgido. Así que, seguido a los aplausos y espontáneas felicitaciones, vino el momento solemne, la ceremonia de entrega del emblema de poder, y a continuación, Luis XIV juramentó como nuevo Señor de la Santa Lanza, resaltando su sincero y firme compromiso a cumplir fielmente con su sagrada misión de unir al mundo en los sagrados ideales que Cristo enseñó, y que Constantino, Otón el Grande y Felipe II plasmaron en el corazón de sus imperios.
Seis meses después, el cardenal Mazarino víctima de la extensa enfermedad que lo confinó al Castillo de Vincennes durante sus últimos años, murió siendo el hombre más rico de su época, esto en parte, gracias a los diez millones de libras que Luis XIV le pagó a cambio del magnifico plan que diseño para que todos los Guardianes le otorguen su bendición como nuevo Señor de la Santa Lanza, y de esta manera no tenga que lamentarse tal como lo hicieron Eduardo III y el cardenal du Plessis, conde de Richelieu.
En un principio, el cardenal Mazarino deseaba sinceramente conocer a sus compañeros de misión, pero posteriormente se dejó llevar por su enorme ambición y decidió aprovechar las circunstancias para hacerse más acaudalado de lo que ya era. Y el hombre a quien tenía en mente para usar a favor de su ambición, era el inexperto rey Luis XIV. Mazarino le contó detalladamente toda la historia de la Santa Lanza al rey, cuando éste sólo contaba con dieciocho años; desde luego el joven se entusiasmo por la historia y codició el poder de la Santa Lanza, y entonces fue cuando el cardenal Mazarino echó a andar su plan, contándole al rey los motivos por el cual el rey Eduardo III y el cardenal du Plessis no habían podido lograr la gloria que en antaño tuvieron Constantino y Otón el Grande, aún cuando ellos también tuvieron en sus manos la sagrada lanza. Mazarino le explicó al rey francés que el poder que emana de la Santa Lanza se debe a la Real Sangre de Cristo que en ella yace impregnada, y que dado a su sagrado origen el poder no puede ser tomado a la fuerza, sólo puede ser concedido por sus legendarios Guardianes.
Después de oír pacientemente al cardenal Mazarino y comprender que aún cuando el cardenal tenía en su cuidado la Santa Lanza de nada le serviría a él tomarla, Luis XIV le ofreció diez millones de libras a cambio de que logre que todos los Guardianes lo elijan como nuevo Señor de la Santa Lanza y lo bendigan como tal. Cuatro años después el cardenal lo logró.
11
Tras la muerte de Mazarino, Luis XIV asumió realmente como rey de Francia. El rey encontró su reino al borde de la bancarrota; pero estaba dispuesto a lograr mayor gloria que Constantino.
Posteriormente, tras la muerte de Felipe IV de España, tío y suegro de Luis XIV, el hijo que tuvo con su segunda esposa ascendió al trono español como Carlos II. Por su parte, el rey francés reclamó para su esposa el territorio de Brabante, en los Países Bajos, gobernados hasta ese entonces por los reyes de España. Luis XIV argumentó que María Teresa, su esposa, era hija del primer matrimonio del rey español fallecido, y que por lo tanto, según las costumbres de Brabante, a ella le correspondía heredar esas tierras.
Estas reclamaciones del rey francés dieron pie a la Guerra de Devolución de 1667, en la cual Luis XIV participó personalmente confiado de que el poder de la sangre de Cristo le tenía asegurado la corona imperial que tanto ambicionaba.
En la década de 1680 el poder francés sobre Europa, bajo el mandato de Luis XIV, aumentó enormemente. La gestión económica de Colbert, el Controlador General de Finanzas, produjo un gran cambio en la tesorería real; los ingresos de la corona se triplicaron bajo su supervisión. Las colonias francesas se multiplicaron en el extranjero, tanto en América como en África y Asia, iniciándose relaciones diplomáticas con naciones tan lejanas como Persia y China. En 1682, la cuenca del río Mississippi fue nombrada Luisiana en honor a Luis XIV.
En 1684, Luis estuvo en el apogeo de su reinado, pues uno de sus principales rivales, el Sacro Imperio Romano Germánico, fue desmembrado mientras luchaba contra el Imperio Otomano.
En marzo de 1685, continuando el proceso de unificación religiosa, Luis XIV publicó un edicto que estipulaba la expulsión de los judíos de las colonias francesas. También se prohibió la práctica de cualquier religión excepto el catolicismo. En octubre del mismo año, Luis promulgó el Edicto de Fontainebleau, con el cual revocó el anterior Edicto de Nantes, bajo el pretexto de que la extinción casi total del protestantismo en Francia hacía innecesario un edicto que les concediera privilegios.
La revocación del Edicto de Nantes tuvo grandes consecuencias políticas y diplomáticas, principalmente en los países protestantes, en los cuales dicha revocación contribuyó a crear un sentimiento antifrancés. En 1686, dirigentes tanto católicos como protestantes fundaron la liga de Augsburgo, la cual era una alianza ofensiva contra Francia. La alianza incluía entre sus miembros al Emperador del Sacro Imperio y varios de los gobernantes de los estados alemanes que formaban parte del Imperio, principalmente el Palatinado, Bavaria y Brandenburgo. Las Provincias Unidas, España y Suecia también se unieron a la liga.
Luis XIV, al tener en frente a un enemigo tan grande y poderoso, no dudó en enfrentarlo. Él estaba seguro de que esta situación tan apremiante era sólo una escena en la cual la sangre de Cristo mostraría su real poder. Así que, confiando plenamente en su amuleto imperialista, mandó a sus tropas al Palatinado en 1688, con la firme intención de desbaratar a su enemigo atacándolo en los puntos más débiles de su alianza.
Las acciones francesas unieron a los príncipes en el bando del Emperador. Luis XIV esperaba que Inglaterra, gobernada por el rey católico Jacobo II, se mantuviese neutral en el conflicto; pero la Revolución Gloriosa Inglesa acabó con Jacobo, y fue reemplazado en el trono inglés por su hija María II, quien gobernó junto a su marido Guillermo III, príncipe de Orange y antiguo rival del rey francés. De esta manera, Inglaterra se unió a la liga, la cual pasó a llamarse, “Gran Alianza”.
Las campañas de la que sería conocida como Guerra de los Nueve Años (1688-1697) fueron dominadas, en general, por las tropas francesas. A pesar del tamaño de la coalición oponente, los franceses aplastaron al ejército aliado en la batalla de Fleurus, así como en la batalla de Steenkerque en 1692, y en la batalla de Neerwinden en 1693.
Bajo la supervisión personal del rey, las tropas francesas capturaron Mons en 1691 y la inexpugnable fortaleza de Namur, el año 1692.
La Guerra de los Nueve Años finalizó en 1697 con el Tratado de Ryswick, en el cual, hábilmente Luis XIV hizo varias concesiones al reino de España, consiguiendo así, un favorable sentimiento pro-francés.
En 1700, el rey de España Carlos II, agonizando en su lecho de muerte ofreció su corona al príncipe francés Felipe, duque de Anjou e hijo menor del Delfín.
Carlos II, apodado “El Hechizado”, no tuvo descendencia, motivo por el cual su corona era codiciada por Francia y Austria.
El 1 de noviembre del mismo año, Carlos II murió, y Felipe, duque de Anjou, fue proclamado Felipe V, rey de España. Tras esta victoria sobre Austria, el rey Luis XIV creyó que había alcanzado la gloria imperial, pues sus dominios llegaron a ser inmensamente vastos alrededor de todo el mundo. Pero el sabor de la gloria solo le duro unos pocos meses, pues en 1701 se dio inicio a la Guerra de Sucesión Española, en la cual, Francia unida a España se enfrentó al resto de potencias europeas.
El Señor de la Santa Lanza ya no era un joven, pues tenía más de sesenta años cuando la nueva guerra dio inicio, y pese a esto siguió adelante en pos de mantener la gloria que le significaba ser Señor de medio planeta; pero no por mucho tiempo.
En 1709, año en el que Luis XIV clamaba por la paz, el nuevo Guardián Protector, Giovanni Francesco Albani, hijo y heredero de Carlo Albani, se entrevistó con el rey francés en Avignon. En esta reunión, el Guardián Protector, quien además era el Papa Clemente XI desde el año 1700, le exigió al rey francés que devolviera la Santa Lanza a sus Guardianes, excusando sus exigencias en presuntas irregularidades producidas en el tiempo de ser designado como nuevo Señor del emblema imperialista.
Clemente XI trató de hacerle entender al rey francés que el poder de la sangre de Cristo no estaba con él, debido a que su elección como Señor de la Santa Lanza no fue del todo clara, esto por la reñida votación con la que ganó y que además, contó con el voto del cardenal Mazarino, miembro indeseado de la Orden. Pero ante todo los alegatos del Guardián Protector, Luis XIV quedó inmune, alegando que cualquier problema interno de la Orden no era responsabilidad suya, y que por lo tanto, él no debía pagar por los errores de ellos. Al ver que Luis XIV no estaba dispuesto a ceder, Clemente XI decidió cambiar de estrategia en su intención de recuperar para su Orden, el motivo de su existencia. Por esta razón, le ofreció al rey francés mediar por la paz que Francia tanto deseaba, a cambio de la devolución de la Santa Lanza. Pero Luis XIV tampoco aceptó.
Al final, el rey francés abandonó Avignon sin devolver la Santa Lanza a su Guardián Protector, y regresó a la guerra con la advertencia de que por ir en contra de los designios de Cristo perdería abruptamente todo, incluido la guerra.
Un año después, en 1710, la situación francesa en la guerra empeoró con la caída de Bouchain, puesto que la pérdida de esta ciudad dejó el camino libre al enemigo para llegar hasta París. Pero, la desgracia del rey francés continuó al año siguiente con la muerte de su hijo mayor y heredero al trono, Luis, el Gran Delfín, quien murió dejando tres hijos. El mayor de ellos, Luis, duque de Borgoña, murió en 1712, seguido por el hijo mayor de éste, Luis, duque de Bretaña. Ante tanta desgracia continuada, el rey francés pidió una audiencia al Papa, sólo que esta vez, él tuvo que viajar hasta Roma. En esta reunión los aires eran otros, ahora la mirada altiva la tenía el Papa, y el rey francés sólo era acompañado de su desgracia. Pero sin ánimo de hacer leña del árbol caído, el Papa exigió nuevamente la Santa Lanza y volvió a ofrecer su intervención para lograr la paz. Sin más por alegar, Luis XIV aceptó las condiciones del Papa y devolvió la Santa Lanza a su Guardián Protector, quien inmediatamente se apresuró en guardarla en los sótanos de la Basílica de San Pedro, morada secreta que había sido designada por sus predecesores.
En ese mismo año Francia firmó los primeros tratados de paz con Inglaterra, y posteriormente firmó la paz con todos sus contendores, llegando a la paz absoluta y fin de la guerra en 1714, año en que firmó la paz con el Sacro Imperio en el Tratado de Baden. En este tratado, Felipe V quedó reconocido como rey de España y de las colonias españolas; por su parte, Francia tuvo que ceder varias colonias en las Américas a Inglaterra.
Luis XIV murió de gangrena el primero de septiembre de 1715, pocos días antes de su setenta y siete cumpleaños y tras setenta y dos años de reinado. Este intrépido y ambicioso rey es considerado el más grande de la historia francesa –Lemer asintió –, después de todo tuvo en su poder la Santa Lanza por cerca de cincuenta años y fue conocido en su reino como el “Rey Sol”.
Seis años después, murió en Roma el Guardián Protector Giovanni Francesco Albani, dejando a la Santa Lanza escondida en los sótanos de la Basílica de San Pedro, dentro de una legendaria caja que en antaño había albergado los más grandes tesoros del pueblo de Dios. La caja estaba bañada completamente de oro y con magníficos grabados de las esculturas que Miguel Ángel utilizó como mensajes secretos dejados a los Guardianes de la Santa Lanza.
12
En Cuba, después de treinta minutos de angustiante espera, el Zar por fin llegó a la residencia de Castro. Éste llegó a la reunión acompañado por una docena de guardaespaldas, quienes más parecían osos polares; pues nunca le gustaba ofrecer ventajas, y menos a quienes consideraba peligrosos y traicioneros enemigos.
El Zar, quien ya se había entrevistado con su anfitrión en días anteriores, saludó con discreta ceremonia a los presentes, y raudamente se apresuró en exigir el tesoro que por él aguardaba en manos aún de la docena de esbirros musulmanes. Éstos, haciendo caso omiso a la frialdad y descomedimiento del ruso, y sabiendo de antemano que el pago ofrecido ya había sido entregado a su organización, se apresuraron en entregar el valioso objeto, aunque no para ellos, que tanto les había costado.
La Santa Lanza se encontraba aún en una alargada caja de cristal a prueba de balas. Los esbirros musulmanes habían recibido órdenes estrictas de que bajo ninguna circunstancia el objeto a sustraer debía recibir daño alguno. Es más, esa era una de las condiciones que había exigido el Zar a cambio de los muchos millones de dólares que pagó anticipadamente a exigencia de Osama bin Laden. Por ello, además de no tener como abrirla, y más aun de no encontrar mayor interés en tan antigua lanza, los aguerridos hombres de Al Qaeda no habían abierto la gruesa caja de cristal. Desde luego esto puso contento al Zar, quien al ver el sagrado tesoro, por fin mostró sensibilidad en su parco rostro; pero tampoco se dispuso a abrir la caja, pues considero peligroso hacerlo tan lejos de su país y de la seguridad que él le otorgaba.
-Cuéntenme como lo lograron –dijo por fin el Zar, rompiendo el silencio –. Cuéntenmelo todo.
Al oír la exigencia del Zar, Castro se frotó las manos, pues éste era el momento que había estado aguardando impaciente. Ver la Santa Lanza causó escasa emoción en el cubano. Por su parte, los musulmanes, ante la exigencia del Zar intercambiaron miradas como decidiendo quien se iba a humillar y relatar lo acontecido en territorio Norteamericano, obedeciendo así lo que ellos consideraron una impertinencia de parte del ruso. Pero como aún estaban en misión, fue el líder del grupo quien tomó la palabra.
-El once de septiembre fue un día muy largo y que jamás olvidaremos –confesó el musulmán, consiguiendo la atención de todos los presentes en tan vasta habitación –. Aunque el plan tomó meses en concretarse y definirse, llegado el momento de la verdad nada era seguro y todo parecía fuera de contexto. Todo resultó más allá de nuestra imaginación. Sin embargo estuvimos a la altura de la situación y logramos salir victoriosos. –Hizo una pausa. Respiró profundo. La atención era infinita –. Todo comenzó ordenadamente, tal como estaba planeado. Cada acontecimiento a la hora estipulada. Nuestros hermanos derribaron los aviones contra los blancos con una precisión que sólo se podía exigir en los papeles más nunca la práctica. El primer impacto estremeció el país. El segundo los paralizó. Y para el tercero no estuvieron preparados.
Cuando por fin se abrió la puerta al Pentágono, lugar dónde tan sólo un día antes nos habían confirmado se encontraba nuestro objetivo, nosotros estábamos ocultos a cierta distancia, cubiertos por hechos que empequeñecían nuestra sospechosa presencia a pocos metros del centro militar norteamericano. Luego del impacto, esperamos impacientes que el humo hiciese su tarea. Entonces, cuando todo quedó en tinieblas hicimos lo nuestro, para lo que tan duramente nos habíamos preparado. Primero nos arengamos unos a otros. Después nos formamos y clamamos a una voz la sagrada presencia de Alá. Le suplicamos al profeta que guié la misión, pues era para la gloria y honra de Alá.
Nosotros sabíamos que dentro del Pentágono podíamos encontrarnos cara a cara con la muerte, pero no nos importaba. Eso no nos detuvo en ningún momento. Estábamos avalentonados y listos para todo. Corrimos sigilosamente a través del amplio jardín que nos separaba de nuestro objetivo. Primero todo era calmo. Luego aceleramos el paso. Nuestros corazones latían demasiado rápido como para mantener un ritmo lento y cuidadoso en nuestro avance. Cuando llegamos a la puerta producida por el estruendoso impacto, la respiración se detuvo, era la hora de la verdad. Tres de nosotros iban adelante con sus ametralladoras apuntando al frente. Yo iba tras ellos con el mapa que nos había proporcionado Ali Mohamed, el espía de nuestro líder. Los demás iban detrás con la atención fija en cualquier movimiento o sonido que no fuese producido por nosotros, Sus ametralladoras apuntaban donde sus ojos entrenados en la densa noche, miraban. En el momento de cruzar la gruesa pared destruida, contrario a lo esperado, la sensación no fue de temor o algo semejante. El Pentágono ya no se veía tan atemorizante. Entonces, cuando ordené a mis hombres avanzar a la derecha, nos topamos con tres soldados. En primera instancia ellos quisieron enfrentarnos, pues nuestras ametralladoras, pese a ser fabricadas por su gobierno, les resultaron enemigas. Sin embargo, cuando un ligero viento disipó un tanto la densa humareda, y producto de ello nuestra docena de hombres quedaron al descubierto, ellos se dispusieron a retirarse, pero ya era tarde. En una fracción de segundo nuestras balas alcanzaron sus extremidades y los paralizaron abruptamente. Luego, ni los chalecos antibalas que llevaban consigo pudieron salvarlos de la ráfaga de balas que atravesó sus cuerpos. –Castro y el Zar, hermanados en el regocijo y el odio a los norteamericanos, sonrieron al imaginar tan cruenta escena –. Después –continuó el aguerrido musulmán –, cuando nos sentimos completamente solos, avanzamos a merced del mapa. El impacto había abierto la puerta en el lugar preciso; por ello no tardamos en llegar a nuestro objetivo. Usando explosivos proporcionado por ustedes –señaló, dirigiéndose a los rusos –, abrimos una entrada a la compacta cabina que albergaba la Santa Lanza. Y entonces la vimos; pero aunque lleva la sangre de Jesús, un profeta, no nos entusiasmamos demasiado, sólo lo justo por haber alcanzado el objetivo. Luego dos de nosotros la bajaron del dorado altar donde se encontraba. Y al darnos cuenta que no podríamos sacarla de su caja de cristal, salimos presurosos con ella en brazos de terreno enemigo. Sólo habían transcurrido dos minutos desde que entramos al Pentágono; pero sabíamos que era tiempo suficiente como para que todo se aglomerara de gente que podría advertir nuestra presencia y tratar de detenernos. Y nuestra misión estipulaba pasar desapercibidos. –Un sombrío aplauso se escuchó al fondo de la habitación; pero al no encontrar compañía se disipó rápidamente –.
-Es más de lo que esperaba –señaló satisfecho el Zar, enalteciendo la admiración producida –. Pero por favor continué –suplicó, haciendo ceder su temeraria presencia.
-Salir de Washington no fue problema –confesó el musulmán –, más aún considerando que todo el mudo estaba pendiente de lo ocurrido en New York. Días después, cuando llegamos a la frontera con México, un túnel aguardaba por nosotros. Cuando nos introducimos en él, guiados por dos de sus constructores, atravesamos los varios kilómetros que éste recorría hasta llegar a Tijuana, ciudad donde nos esperaba la tranquilidad y la seguridad de nuestra libertad. Sin embargo, cuando llegamos al D.F. nos dimos con la sorpresa de que todo el mundo estaba congraciado con los Estados Unidos y los devastadores hechos ahí acontecidos. Toda la policía estaba alerta; por ello no nos quedó más alternativa que conseguir nuevos documentos. Dos de nosotros fuimos donde un especialista que alguien nos recomendó, y luego, con nuestras nuevas identidades nos dirigimos en bus hasta las orillas del Atlántico, al mar del Caribe, lugar donde un barco aguardaba nuestra llegada. El Charro II fue el que nos transportó hasta este país.
-¡Fascinante! –Exclamó el Zar –. Sin embargo, tengo una pregunta. Se trata de algo que no me termina por convencer.
-Adelante –dijo el musulmán –. Díganos lo que le inquieta.
-Está bien. Es sólo que al relatar lo ocurrido el once de septiembre, tú sólo has mencionado el impacto de tres aviones secuestrados; pero en las noticias de todo el mundo se dan cuenta de cuatro aviones, ¿qué me puedes decir al respecto?
Una siniestra sensación se apoderó de la habitación.
-Es muy sencilla la respuesta –señalo confiado el musulmán –. Dado que la información de que la Santa Lanza se encontraba oculta en el Pentágono fue confirmada cuando ya teníamos el 9/11 encima, un plan “B” había sido puesto en marcha por la seguridad de la misión. Sabíamos que no tendríamos una nueva oportunidad, así que no queríamos desaprovechar la que nos habíamos fabricado.
En efecto el cuarto avión estrellado fue secuestrado por nuestros hermanos musulmanes, quienes tenían la misión de abrir una puerta en la Casa Blanca para otro grupo de nuestros hermanos que aguardaban listos si es que en el Pentágono no resultaba estar la Santa Lanza. Pero dado que eso no ocurrió, ellos, conocedores de que su asalto al avión ya había sido denunciado, prefirieron el suicidio antes de caer en manos del enemigo y poner así en peligro a nuestra organización.
-Una respuesta bastante convincente.
La reunión en la residencia de Castro culminó con un inevitable agradecimiento de parte del Zar no sólo al anfitrión sino también a la docena de musulmanes que habían conseguido para él el amuleto con el que soñaba recuperar la gloria arrebatada a sus antepasados.
13
Después de un breve receso en el que Karisteas aprovecho para refrescarse la cara mientras Lemer terminaba de asimilar la participación del Rey Sol francés como Señor de la Santa Lanza, el relato continuó.
-En 1780 –señaló Karisteas –, Gregorio Chiaramonti, un erudito cristiano, se convirtió en el nuevo Guardián Protector de los secretos y la historia de la Santa Lanza. Los Guardianes aún permanecían bajo el nombre de los Caballeros de la Orden de Sicilia, aunque ya ninguno de ellos residía en aquella ciudad.
En los últimos años del siglo XVIII, en plena Revolución Francesa, Napoleón Bonaparte entró en la escena europea. –Lemer se tomó un significativo sorbo de vodka. “Napoleón y la Santa Lanza”, de sólo pensarlo se le erizaba la piel –. Napoleón fue un gran personaje que nació en Ajaccio, en la isla de Córcega, el 15 de agosto de 1769. Gracias a su padre, Napoleón y su hermano José se trasladaron a la Francia Continental, para estudiar en la escuela militar francesa de Brienne-le-Château a la edad de diez años. Tras su graduación en 1784, fue admitido en la École Royale Militaire de París, lugar donde además de aprender los secretos de la artillería también conoció la historia de la Santa Lanza, la cual, según la leyenda que contaban los franceses, daba a su portador el poder para conquistar el mundo.
En septiembre de 1785, Napoleón se graduó y fue comisionado como teniente segundo de artillería, pero antes de tomar sus nuevas obligaciones, se tomó una licencia de dos años. Al principio, Napoleón viajó a Córcega para estar con su familia, pero en su segundo año de licencia, viajó a París con la firme intención de descubrir la real historia que se tejía alrededor de la Santa Lanza, que ya hacía palpitar su ambicioso corazón. Y pronto sus esfuerzos dieron resultados. Pues llegaron a sus oídos historias que provenían del Palacio de Versalles, desde la misma María Teresa, ex reina de Francia y esposa de Luis XIV. Las historias narraban un extraño culto en el palacio de Vincennes, en el cual, cuatro desconocidos personajes, sumados al cardenal Mazarino, ex primer ministro francés, le habían entregado a Luis XIV una vieja lanza que llevaba impregnada en su punta máculas posiblemente de sangre. Pero las historias palaciegas no acababan ahí, pues además se contaba entre los rezagos de la antigua nobleza, que Luis XIV había poseído y venerado aquella misteriosa lanza por cerca de cincuenta años, hasta que en plena guerra viajó a Roma, y a su regreso, no se supo más de ella.
Al terminar de oír todas estas historias, Napoleón empezó a creer en la leyenda de la Santa Lanza; y no sólo eso, sino que además, empezó a codiciarla –la emoción de Lemer aumentó; pues él admiraba en demasía al gran emperador francés –.
El nueve de marzo de 1796 –continuó karisteas –, Napoleón contrajo matrimonio con Josefina de Beauharnais, viuda de 35 años. Días después de su matrimonio, Napoleón tomó el mando del ejército francés en Italia.
En 1797, el Papa Pío VI se sumó a la coalición de las potencias conservadoras europeas contra Francia. Por esta razón, al mando de un gran ejército, Napoleón invadió Italia.
El real objetivo de Napoleón era convertirse en el nuevo gran emperador de Europa y el mundo. Deseaba en gran manera construir un gran imperio, y que sea su sangre la que lo gobierne por mil años. Pero sabía que para lograrlo necesitaba el mismo amuleto que llevo a Constantino y a Otón a la victoria imperial. La historia de la Santa Lanza en la cual estaba vertida la Sangre Real de Cristo, había cautivado los oídos de Napoleón, y ahora que sabía que la Santa Lanza había sido devuelta a Roma, él estaba resuelto a tomarla y a servirse de su poder.
Cuando Napoleón invadió Italia, la política francesa como gobierno no estaba en contradicción con los principios de la iglesia cristiana. Al menos, esta era la apreciación de Gregorio Chiaramonti, quien era obispo de Imola cuando el ejército francés penetró en los Estados del norte de Italia. Desde su cátedra, Gregorio aconsejó no resistir al poderoso invasor y predicó el sometimiento a los nuevos señores.
Durante su campaña en Italia, Napoleón se convirtió en una figura influyente en la política francesa; y en diciembre fue recibido como un héroe conquistador en París, llegando a tener mayor fuerza dominante en el gobierno, inclusive más que el Directorio.
En 1798, las tropas francesas comandadas por el general Louis Alexander Berthier, entraron a Roma dispuestos a tomar prisionero al Sumo Pontífice. Unidos a los franceses, los revolucionarios italianos exigieron del Papa la resignación a su soberanía temporal. No sirvió de nada su falta de consentimiento; pues de todos modos se declaró la República Romana, y el Papa fue apresado, recluido en Siena, luego en la Cartuja de Florencia y, finalmente, deportado a Valence-sur-rhone en Francia, donde murió el 29 de agosto de 1799, en calidad de prisionero de Estado.
El 9 de noviembre del mismo año Napoleón dio un golpe de estado, e instaló un Consulado que le daba de forma efectiva poderes dictatoriales, cerrando con esto el capítulo histórico de la Revolución Francesa y dando paso al futuro Primer Imperio Francés –Lemer asintió complacido –.
A diferencia de Francia, la iglesia Católica aún no tenía un nuevo líder, pues a la muerte del Papa Pío VI, la situación en que se encontraba Roma no permitió que se reuniera en aquella ciudad el cónclave que había de designar a su sucesor. Los cardenales se reunieron en Venecia, y allí, el 21 de marzo de 1800, fue coronado Papa, Gregorio Barnaba Chiaramonti, quien pasó a llamarse Pío VII.
Las futuras relaciones entre los Estados Pontificios y Francia quedaron desde entonces en manos del Papa Pío VII y Napoleón Bonaparte.
En la primavera de 1800, Napoleón regresó a Italia, la cual había sido reconquistada por Austria durante su ausencia en Egipto. Al principio, la campaña fue difícil, pero más adelante propinó una rotunda derrota a los austriacos. Y mientras José, el hermano de Napoleón se encargaba de negociar el armisticio, Napoleón Bonaparte aceptó una invitación del Papa Pío VII; y en julio se reunieron en Venecia.
Gregorio Barnaba Chiaramonti admiraba a Napoleón, y veía en él a un futuro gran emperador. Tan es así, que en su condición de Guardián Protector de la historia y secretos de la Santa Lanza, le confió a Napoleón Bonaparte toda la historia de la lanza portadora de la Sangre Real de Cristo. Le contó detalladamente la historia de Constantino, Otón I, Felipe II; inclusive le narró la forma en que Juana de Arco había logrado servirse del poder de la sangre de Cristo impregnada en la Santa Lanza. Por supuesto, también le confió se real paradero.
Gregorio Chiaramonti hizo todo esto sin el consentimiento de su Orden, olvidando así la funesta historia de Eduardo III, Armand Jean du Plessis y Luis XIV, quienes por no contar con el consentimiento total de los Guardianes de la Santa Lanza, no pudieron ensalzarse en la gloria imperial que si tuvieron Constantino, Otón el Grande y Felipe II de España. Sin embargo, Napoleón también pasó por alto estos importantes detalles, y sin esperar más, se aventuró rumbo a Roma en busca de la Santa Lanza. Al llegar a la ciudad del Papa, que por esos días aún se encontraba desabitada, Napoleón no tuvo inconvenientes para buscar incisivamente por toda la Basílica de San Pedro la Santa Lanza, el amuleto que él consideraba imprescindible para llegar al poder imperial.
Cuando entró a los sótanos de la Basílica, sus hombres lo miraban desconcertados, pues no lograban adivinar que cosa tan importante podría estar buscando su líder en los rincones de Roma. Y entonces, por fin la encontró. Era una habitación sellada, tanto así, que parecía decir: “Por favor ábreme, tengo algo para ti”. Al entrar, Napoleón encontró en una de las esquinas de la habitación, una singular caja que inevitablemente se le hacía familiar. Los pensamientos del francés retornaron hasta su infancia en Córcega, años en los que su católica madre le contaba las historias bíblicas antes de dormir. Era una gran caja de madera completamente bañada en oro, su forma era rectangular, y en su parte superior llevaba un querubín a cada extremo, los cuales extendían dos de sus alas en señal de protección a la caja. En la tapa y en la parte exterior principal de la caja se contemplaban dos grabados. Eran dos grupos de personas, y rápidamente Napoleón descubrió de quienes se trataba. Dejando a sus soldados fuera de la habitación, Napoleón abrió la caja, que sin duda era una réplica muy significativa del Arca del Pacto. Dentro de la caja reposaba sobre una almohada de bordes dorados, la Santa Lanza, el amuleto del poder, el símbolo de la gloria, la reliquia más antigua de la cristiandad, el único objeto en el cual reposaba la Real Sangre de Cristo, y ahora le pertenecía a él.
Con la Santa Lanza en su poder Napoleón decidió no continuar las tendencias anticlericales de las primeras fases de la revolución. En su pragmatismo político tuvo bien presente que las creencias religiosas estaban muy enraizadas en el pueblo francés y que era provechoso para sus designios mantener una amistosa relación con los poderes eclesiásticos, en especial con el Papa de Roma.
Esto se produjo, en efecto, y quedó plasmado en el Concordato que Francia y la Santa Sede firmaron en 1801. El Papa había regresado a Roma y había vuelto a ocupar su trono. Desde luego, esto fue en agradecimiento por la substancial información proporcionada.
En 1804, Pío VII partió rumbo a París para oficiar la coronación como emperador de Napoleón Bonaparte. El 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre-Dame, el Sumo Pontífice se limitó a ungir a Napoleón, pues él se coronó a sí mismo emperador de Francia.
Las aspiraciones del nuevo emperador, eran demasiado ambiciosas como para supeditarlas a una buena armonía con el príncipe de la iglesia.
Ya como emperador, y con la Santa Lanza en sus manos, Napoleón se enrumbó a la conquista del mundo. A finales de 1805, derrotó a las fuerzas austro-rusas en la batalla de Austerlitz. Conquistó el reino de Nápoles en 1806 y nombró rey a su hermano mayor, José. Se autoproclamó rey de Italia, desintegró las Provincias Unidas y fundó el reino de Holanda, al frente del cual, situó a su hermano Luis. Después estableció la Confederación del Rin que quedó bajo su protección. A continuación Prusia y Rusia forjaron una alianza y atacaron a la Confederación. Napoleón derrotó al ejército prusiano en Jena y Auerstadt, y al ruso en Friedland. En julio de 1807 estableció el Tratado de Tilsit con el Zar Alejandro I por el que se redujo el territorio de Prusia. Además, Westfalia, gobernado por su hermano Jerónimo, y el Gran Ducado de Varsovia entre otros Estados pasaron a formar parte del Imperio de Napoleón.
Los Estados que todavía quedaban a resguardo eran Rusia y Gran Bretaña, y a esta última, no habiendo podido vencerla militarmente, Napoleón le impuso un bloqueo continental sobre sus mercancías con el propósito de arruinar su comercio. Portugal fue una de las naciones que no se plegó al bloqueo, razón por la cual Napoleón buscó una alianza con España para invadir a Portugal. Cuando España se negó, el mismo Napoleón comandó sus fuerzas e invadió España. También derrotó al ejército inglés que vino en ayuda de España. Finalmente conquistó Portugal en 1807, y en 1808 colocó a su hermano José en el trono de España. Por otra parte, Austria rompió el pacto con Francia, y Napoleón se vio obligado a comandar sus fuerzas en los frentes del Danubio y Alemania, derrotando al ejército austriaco en la batalla de Wagran, el 6 de julio de 1809.
Para el año 1811, Napoleón tenía un imperio que comprendía la mitad de Europa, y que incluía, además de Francia, las anexionadas Bélgica, Holanda y la margen izquierda del Rin. Además, Napoleón gobernaba en la Federación Helvética, la del Rin y la del reino de Italia, sin olvidar los Estados que controlaba mediante la imposición de algún familiar o colaborador, como el reino de Nápoles o España. Además tenía una alianza con el Zar Alejandro I.
En su vida personal, al no tener hijos de su matrimonio con su amada Josefina, estéril desde los 35 años, Napoleón se separó de ella. Pero ansioso por tener un heredero, aceleradamente concretó su segundo matrimonio, esta vez con la princesa austriaca, María Teresa, hija del emperador Francisco I. La unión entre ambos se hizo posible como acuerdo establecido en la paz de Viena, firmada tras la caída austriaca en la batalla de Wagran.
El 20 de marzo de 1811 nació el heredero de Napoleón, llamado Francisco Carlos José Bonaparte. Él estaba destinado a suceder a su padre como emperador y Señor de la Santa Lanza.
Al ritmo que iba, Napoleón se sentía muy seguro de conquistar el mundo. Cada vez que contemplaba la punta de la lanza vertida con la Sangre Real de Cristo, consideraba en que él llegaría más lejos de lo que llegó Constantino u Otón el Grande, inclusive soñaba con gobernar un imperio más vasto que el de Felipe II. Tal era la confianza que Napoleón se tenía, que en 1809 se adueño de los Estados Pontificios, los incorporó al Estado Francés y retuvo a su ex amigo, el Papa Pío VII, como prisionero en Savona.
–Traidor –susurró Lemer –.
Más tarde lo llevó deportado a Francia donde quedó recluido a cautiverio en Fontainebleau.
Conciente del terrible error que había cometido, Pío VII se negó a sumarse al bloqueo continental contra Inglaterra. Después de esta arriesgada acción, Pío VII sospechaba que Napoleón tomaría represalias; por eso, eligió y preparó un reemplazo que continuase su todavía gran misión de Guardián Protector de la historia y de los secretos de la Santa Lanza.
Por otra parte, el terrible gigante ruso marcó el principio del fin napoleónico. La intención de los rusos en un principio era preservar la alianza franco-rusa, esto sobre todo por la admiración que se tenían ambos gobernantes desde su primer encuentro en 1807. Sin embargo, al sentirse traicionado por la no ayuda al bloqueo continental sobre Gran Bretaña, el 23 de junio de 1812 Napoleón emprendió su conquista haciendo cruzar territorio polaco a un ejército de más de quinientos mil hombres, obligando a los ejércitos del Zar Alejandro I a retroceder y practicar una política de tierra quemada que, a la postre, fue uno de los factores decisivos de la derrota francesa. Las victorias menores de Napoleón en Smolensko y Boradino le permitieron ingresar a Moscú, ciudad que debió rápidamente abandonar por falta de provisiones y el intenso frío. Nunca antes Napoleón se había arrepentido de algo, pero bajo esas terribles circunstancias, sintiendo que todo lo que había conquistado se podía desmoronar como un castillo de naipes si es que no lograba derrotar al Zar; además de ver cada día como sus soldados morían uno tras otro, se arrepintió profundamente de no haber llevado la Santa Lanza consigo a esta batalla que estaba resultando ser tan decisiva y desastrosa para sus planes personales y más para el ejército francés.
Antes de salir de Francia y marchar hacía Rusia, Napoleón, en un momento de soberbia decidió por primera vez marchar a combate sin su amuleto sagrado. Al mando de más de medio millón de soldados, el emperador francés consideró que era una batalla de mero trámite, y que el Zar se rendiría en poco tiempo al ver el enorme ejército francés. Así que, creyéndose victorioso de antemano, Napoleón dejó la Santa Lanza dentro de su propia Arca del Pacto, en París.
La retirada de Moscú fue cruel y ominosa para los ejércitos franceses, acosados terriblemente por el enemigo, el extremo invierno ruso y el desánimo. Sólo 18 mil soldados consiguieron arribar a Polonia y, lo que fue peor para el emperador francés, quedó abierto el camino para su derrota definitiva. En el invierno de 1812 y 1813 hubo calma en Europa, mientras rusos y franceses intentaban recuperarse de sus masivas pérdidas. Napoleón, por su parte, aprovechó este paréntesis en la guerra y viajó a Fontainebleau para entrevistarse nuevamente con el Papa. En un principio el Papa se negó a hablar con el hombre que le había confinado a la prisión, pero ante la insistencia y fuerte presión, al final aceptó. Napoleón le contó al Papa la trágica derrota que había sufrido en Rusia, y le exigió que le explicara como era eso posible, siendo él el Señor de la Santa Lanza.
-Creo que me he equivocado –confesó con mucho temor Gregorio Chiaramonti, el aún Guardián Protector de la Santa Lanza.
-¿A qué te refieres? –Preguntó molesto Napoleón –. ¿En qué te has equivocado?
-La Santa Lanza sólo puede ser entregada a un nuevo Señor por un consenso de sus cinco Guardianes y no meramente por uno –el Papa estaba sudando de miedo –. Así sea el Guardián Protector –añadió –.
Al oír la mortificante respuesta, Napoleón enfureció, se levantó de su silla y tiró todo lo que estaba a su alrededor.
-¿Qué se supone que debo hacer? –Preguntó el emperador francés, en medio de su molestia, casi refunfuñando.
-No lo sé –respondió el Papa –. Sólo sé que todos los que han recibido la Santa Lanza sin un consenso general de sus Guardianes, al final han sufrido estrepitosas derrotas. E inclusive han sido derrotados aquellos que poseyendo la Santa Lanza, se van a la guerra sin ella, como Constantino, por ejemplo.
-¿Quizás sólo sea eso? –Pensó en voz alta Napoleón.
-¿A qué se refiere? –Preguntó curioso el Papa.
-Olvídelo –respondió el francés, mientras se retiraba presuroso rumbo a París.
Al llegar a su capital, Napoleón tomó la Santa Lanza y retornó al campo de batalla, al mando de un nuevo ejército de más de ciento treinta mil soldados. Esta vez, Francia tenía al frente a una coalición formada por: Prusia, Rusia, Gran Bretaña, España y Portugal. Pero sin embargo, Napoleón les infligió una serie de derrotas, que culminaron en la batalla de Dresde el 26 de agosto de 1813, donde las tropas aliadas sufrieron bajas de más de cien mil soldados. Dos meses después, cuando todo parecía indicar que Napoleón resurgiría de sus cenizas, se unieron a la coalición, Austria y Suecia, y finalmente en la Batalla de las Naciones en Leipzig, el 16 de octubre, los franceses fueron derrotados en un enfrentamiento en el que los aliados contaban con el doble de las tropas de Napoleón. Después de esta batalla donde murieron más de ciento veinte mil soldados de ambos bandos, Napoleón se replegó a Francia, pero su ejército, de apenas cien mil hombres, ya no era capaz de resistir la embestida de la coalición, que contaba con más de medio millón de soldados.
En marzo de 1814, tras una serie de fracasos militares cosechados por las armas imperiales y poco antes de que Napoleón se viera obligado a abdicar, el Papa fue puesto en libertad. Felizmente pudo regresar a Roma y hacerse cargo del gobierno de los territorios de pertenencia eclesiásticas.
Luego de la invasión de Francia, que terminó con la entrada a París de los aliados el 31 de marzo de 1814, Napoleón Bonaparte fue expulsado y confinado a la isla de Elba, manteniendo su título de emperador; pero restringiendo su imperio a dicha isla.
El otrora soberano europeo aún poseía la Santa Lanza. Así que sin mayores dificultades escapó del Elba en febrero de 1815 y desembarcó en Antibes el 1 de marzo, desde donde se preparó para retomar Francia.
El rey Luis XVI instalado en el trono de Francia por los realistas, envió al quinto regimiento al encuentro de Napoleón. Al encontrárselos en Grenoble, Napoleón se acercó solo al regimiento, se apartó de su caballo y, cuando estuvo en la línea de fuego, alzando en su mano derecha la Santa Lanza, gritó: “Soldados del Quinto, ustedes me conocen. Si algún hombre quiere disparar sobre su emperador, puede hacerlo ahora”.
Tras un breve, escalofriante y tenebroso silencio, los soldados gritaron: ¡“Vive L`Empereur”! Y posteriormente marcharon junto con Napoleón a París, consiguiendo recuperar el poder en marzo de 1815, sin disparar ni un solo tiro y siendo aclamados por el pueblo. Inició entonces, un ciclo llamado los Cien Días, en que, aclamado por las multitudes, Napoleón preparó de nuevo a sus tropas, levantando un ejército regular de ciento cuarenta mil soldados, para la gran conquista. Napoleón se tenía una gran confianza, pero el poder de la Santa Lanza ya no lo acompañaba, pues antes de la batalla de Waterloo, temiendo que el enemigo se apodere de su mayor tesoro, el emperador envió la Santa Lanza de vuelta a casa.
Mediante una carta poco reflexiva, Napoleón le pidió perdón al Papa por la forma en que se había comportado con él, luego de que éste le ayudase a encontrar la Santa Lanza. En breves líneas, Napoleón le pidió a Pío VII que guarde el secreto de la Santa Lanza como un secreto de confesión. Lo único que realmente le importaba al emperador francés, era que nadie se apodere del tesoro que por el momento le confiaba al Papa.
La posterior historia del último emperador de Europa es muy conocida, y más para ti que eres francés –añadió Karisteas –. Y como murió no es el motivo de esta historia, sólo cabe añadir, que antes de su muerte, Napoleón dijo: “Si hubiera dispuesto de tiempo, muy pronto hubiese formado un solo pueblo, y cada uno, al viajar por todas partes, siempre se habría hallado en su patria común”.
Lo importante es, que una vez más la Santa Lanza estaba en manos de sus verdaderos Guardianes. El Papa decidió tener sumo cuidado con respecto a la Santa Lanza; por eso, la Basílica de San Pedro no volvió a albergar a tan codiciado tesoro. En 1823, antes de su muerte, Gregorio Barnaba Chiaramonti entregó sin explicaciones la Santa Lanza al nuevo líder de la Orden de Sicilia, que él mismo había seleccionado con anterioridad.
Durante las siguientes décadas, la historia de la Santa Lanza se hizo una leyenda mundial. Por todo el mundo se contaba la historia de la lanza que atravesó el costado de Jesús, y que dotada del poder de su Sangre Real engrandeció a ilustres personajes de nuestra era, a tal punto, que se convirtieron en los grandes emperadores que el mundo conoció.
Bueno –señaló Karisteas después de una prolongado suspiro –, esta ha sido la historia de la Santa Lanza y de mi Orden –Lemer estiró los brazos. Aún estaba impactado por la participación de Napoleón Bonaparte, y más aún por su desgraciada caída, que a todas luces fue por no llevar consigo el emblema de poder que ahora a él le tocaba encontrar –. Espero la haya disfrutado, y principalmente espero que la sepa guardar en secreto –sonrió con complicidad –. Como si fueras uno de nosotros –añadió.
-Le agradezco la confianza –dijo Lemer, después de recuperar el aliento –. Realmente esta historia es la más fascinante que en mis largos años he tenido el privilegio de escuchar –Karisteas sonrió satisfecho –. Y es más, ahora tengo un mayor entusiasmo y más ganas de recuperar la Santa Lanza para su Orden.
-Excelente –respondió Karisteas. Luego hizo una pausa –. Entonces será mejor que lo deje descansar, pues ya nos hemos desvelado bastante por esta noche. Además mañana empezará su nueva misión.
14
Al día siguiente, rumbo al aeropuerto, Lemer recordó que siempre que había tenido una misión difícil, lo único que le funcionaba para alcanzar el éxito, era confiar en sus instintos y su audacia.
Cuando por fin estuvo en el avión rumbo a Kabul, Lemer empezó a recordar frase por frase las últimas conversaciones que había sostenido con Karisteas, con respecto a la Santa Lanza y sus últimos días en territorio norteamericano. Según su entender y la confirmación del Guardián Protector, el once de septiembre extremistas de Al Qaeda sustrajeron la Santa Lanza del Pentágono y, luego…
– ¿Qué sucedió después? –Se empezó a preguntar consternado el francés –, ¿simplemente la sacaron del país? Pero, ¿cómo podría ser eso posible? –pensó –. Sí después del once de septiembre los únicos que salieron del país fueron los bin Laden y, entre ellos, definitivamente no estaba Osama. Además, todos fueron estrictamente revisados. No, ellos no fueron revisados –se dijo así mismo Lemer –. Los bin Laden que salieron del país después del once de septiembre eran personas muy importantes e influyentes como para ser tratados como simples delincuentes. Pero, si fueron ellos los que sacaron la Santa Lanza de los Estados Unidos, entonces la lanza no se encuentra en Afganistán, sino en Arabia Saudita, o al menos, ahí fue llevada después de ser sustraída de Norteamérica.
En pleno vuelo, Lemer se convenció de que era en Riad donde debía iniciar su búsqueda de la Santa Lanza, y no en Kandahar, que era el lugar a donde finalmente se dirigía.
Lemer no deseaba dilatar más el tiempo, ansiaba resolver esta misión lo más rápido posible. Esta era una historia demasiado antigua como para no darle un pronto y feliz final. Pero, a pesar de sus buenas intenciones no podía bajarse del avión, aún estaban cruzando el Atlántico y todavía faltaba mucho para llegar a Kabul, y lo peor de todo era que el vuelo no tenía escalas.
Horas después, al llegar a Kabul, a pesar del miedo a la invasión norteamericana en que se vivía, Lemer decidió pasear algunas horas por la ciudad, pues consideraba que lo mejor que podía hacer era bañarse del aroma musulmán. Caminaba cual turista por la ciudad. Sólo hablaba en francés para evitar que lo miren mal o con extrañeza. Por todas las calles podía sentir la repulsión a los norteamericanos, y en contraste, veía paredes pintadas con alusivos apoyos a Al Qaeda. “Muerte a Bush”, leía por doquier, “Viva Al Qaeda y el Taliban”.
Esta era la ciudad más importante de Afganistán, más sin embargo la pobreza era extrema. Todas las calles estaban infestadas de mendigos, delincuentes y soldados; además, el comercio casi en su totalidad era dominado por la informalidad. Las construcciones eran precarias y, por todos lados se dejaba sentir el terrible paso de varios años de constantes guerras. En los mercados, era predominante la venta de textiles, mueblería y azúcar; pero aún esto era precario ante la afrancesada mirada de Paul Lemer, quien sólo esperaba, que Riad no fuese tan polvorienta.
–Al menos Riad no va a ser invadida –pensó –.
De pronto sintió miradas extrañas, se sintió acosado y concluyó que era hora de partir.
El primer vuelo para Arabia Saudita salía al día siguiente. Así que, sin tener más opción, Lemer se hospedó en un céntrico hotel de Kabul, el Mustafa Hotel. En este hotel Lemer disfrutó de una poco esperada vista agradable, gracias a que se encuentra ubicado en una de las principales calles de Kabul, junto a un conglomerado de árboles que hacía del entorno algo fresco y natural. Sin embargo, el edificio era relativamente viejo y sólo contaba con cuatro niveles, de modo que interiormente se hacía poco interesante y menos placentero. Los servicios sólo trataban de ser buenos y agradables al público. A pesar de ello, el francés consideraba que esta era la aventura de su vida y estaba dispuesto a pasarla bien, aún en aquel recóndito lugar.
Lemer pasó toda la noche cavilando un plan con el cual abordar la desconocida, para él, Riad. Y así, entre difusos pensamientos, vagos recuerdos y entusiastas visiones, se quedó dormido profundamente, sin imaginar lo que medio oriente le tenía preparado.
15
La mañana siguiente, en el avión, Lemer recordó haber visto en una revista, que uno de los hoteles más caros y lujosos del mundo, se encontraba en Riad. Después del agotador viaje, al bajar del avión el francés fue recibido por un intenso e incomparable calor. Sin dudar, Lemer se hospedó en el hotel de la revista; pues su plan era hacerse pasar por un multimillonario petrolero en busca de nuevas y mejores sociedades.
Sin embargo, Riad, la capital Saudita, causaba extrañas sensaciones en Lemer. Él no estaba seguro si era el ambiente o la sensación de peligro que no podía evitar sentir. Aunque eso le causaba emoción.
Al salir del hotel, mientras planeaba sus primeros pasos a seguir en este centro de la religión musulmana, Paul Lemer no pudo evitar comparar a esta majestuosa y legendaria ciudad, con la precaria y polvorienta Kabul, que felizmente había dejado atrás.
Riad resultaba ser un oasis en medio de tan vastos desiertos, donde las nuevas construcciones conviven con la tradicional arquitectura y los restos de palacios casi mitológicos. Impresionantes monumentos y estatuas contemporáneas contrastan con las edificaciones antiguas y, los barrios parecen ser una parte más del desierto.
En el centro de la ciudad se encuentra la Fortaleza de Masmaj. Lemer la vio desde lejos y decidió adentrarse en sus murallas. Al hacerlo, pudo sentir los ecos de la antigüedad resonar entre los muros de aquella colosal arquitectura del pasado, que deja apreciar su historia hasta en sus más ínfimos detalles.
Lemer nunca había estado en oriente, y ahora, de repente, gracias a la Santa Lanza se encontraba en una ciudad tan lejana que ni aún sus pensamientos habían llegado. Luego de pasear por la ciudad, haciendo sentir su presencia, Lemer volvió al hotel donde se hospedaba, el Sheraton Dammam, hotel que resultaba ser una bofetada a la extrema pobreza que se vivía en países como Afganistán. Este hotel cinco estrellas era visible desde grandes distancias, gracias al singular acabado de su cara externa y a las magnificas torres que acompañan tan rimbombante y acogedor hotel.
Esperando atraer compañía, Lemer se sentó en el bar principal del hotel y confiadamente se pidió un trago. A su lado estaban sentados dos opulentos norteamericanos, comentando sobre variados negocios que habían realizado con Abdela bin Abdel Aziz, el rey de Arabia Saudita.
Era casi ya media noche y los dos norteamericanos estaban solos y muy entrados en copas, motivos por el cual, el francés no dudó en invitarse a la mesa. Les invitó una botella de güisqui y los norteamericanos se la aceptaron gustosos y confiados.
Aprovechando el estado etílico de sus nuevos conocidos, Lemer echó a andar su plan. Se presentó como un acaudalado petrolero y les comentó que había llegado a Riad en busca de nuevas sociedades. Los norteamericanos se sintieron cómodos con Lemer y, cuando se terminó el güisqui, le invitaron a un almuerzo de negocios en el cual le ofrecieron presentarlo con algunos empresarios importantes del reino Saudita. Desde luego Lemer aceptó, aunque trató de no mostrarse tan entusiasmado como en realidad lo estaba.
Esa noche en su habitación, Lemer sentía que estaba en el camino correcto. Sabía que al relacionarse con empresarios sauditas, los bin Laden estarían cerca. Dos días después llegó el almuerzo esperado. Para desconcierto y emoción de Lemer, la cita era en la casa de Yahden bin Laya, un conocido asesor comercial de la familia bin Laden, que también figuraba en la lista de los que salieron de Norteamérica luego de los ataques extremistas. Al llegar, el auto en el que Lemer era transportado, se estacionó a cierta distancia del pórtico principal de la fastuosa mansión, debido a que no eran pocos los invitados para el almuerzo. La parte externa de la construcción no se lograba definir entre moderno y contemporáneo, sin embargo, el pórtico principal era un diseño antiguo con finos y bien cuidados tallados, que resaltaban, como toda la ciudad, la historia del pueblo árabe y su religión.
Alex Smith, uno de los norteamericanos, presentó a Lemer ante el anfitrión como un francés confiable, acaudalado y en busca de nuevos y rentables negocios.
Lemer fue muy bien recibido por los sauditas, gracias a que supo desenvolverse muy bien entre tanto acaudalado personaje. Pero, el trabajo de Lemer consistía en algo más que disfrutar almuerzos y, al final de la reunión, grata y mayor fue su sorpresa, cuando el mismo Yahden bin Laya le invitó a otro almuerzo, con la finalidad de conversar personalmente de negocios. Con un par de historias antiamericanas, el francés se había ganado la confianza del saudita.
De vuelta en el hotel, Lemer empezó a trazar un plan para hacer caer a Yahden bin Laya en sus redes y hacerlo hablar acerca de la Santa Lanza. El tiempo estaba corriendo y el francés sabía que con el saudita tenía una oportunidad única, que no podía y no debía desaprovechar por ninguna circunstancia. Así que no deseando estar desentonado para la ocasión, decidió llamar a Yasmina para informarse de quien era exactamente Yahden bin Laya. Lemer no deseaba tratar con el amigo de los bin Laden, sino con el asesor comercial y empresario que era; pero de éste aspecto suyo no conocía prácticamente nada.
16
En París, Yasmina extrañaba sobremanera a Paul Lemer, y más aún por la extraña sensación que se había apoderado de ella desde la primera vez que su novio le contó sobre esta repentina misión. De pronto, un sonido ausente por demasiadas horas interrumpió bruscamente sus pensamientos. Cuando reaccionó se lanzó en busca de su celular. Se dio cuenta que estaba en el trabajo. La oficina estaba llena. Se avergonzó. Al observar la pantalla del aparato notó que el número que la llamaba era desconocido.
–Quizás sea él –pensó esperanzada. Luego respondió.
-Necesito de tu ayuda –la premura del asunto agobió el amor. Lemer se oyó bastante tenso.
-¿Qué puedo hacer por ti? –Preguntó preocupada Yasmina –. ¿Estás en problemas?
-Necesito que me averigües todo sobre Yahden bin Laya, uno de los asesores comerciales de los bin Laden que estuvo en Norteamérica cuando lo ataques de Al Qaeda tuvieron lugar –Yasmina no se inmutó –. Lo más pronto posible.
-Me puedes haber llamado a casa para eso, ¿por qué al trabajo? ¿Tan urgente es?
-Preferí llamarte al periódico para evitar que te relacionen íntimamente conmigo –bajó el tono de su voz –. Recuerda lo peligroso que está resultando ser esta misión.
-De acuerdo. –Hizo una pausa –. Dame una hora y te tendré un informe.
-Gracias mi amor.
-Creí haberte escuchado que nada de intimidad –sonrió complacida.
17
En aquel mismo momento, ha miles de kilómetros, Ralf Kruger ingresó presuroso al santuario de su Orden en Pula. Después de analizarlo por varios días el Caballero alemán había caído en la cuenta de que sí Al Qaeda los tenía fichados a todos y cada uno de ellos, entonces también conocían todo sobre la Orden, inclusive el recinto de sus secretas e íntimas reuniones. Al llegar al segundo nivel de la casa –la desesperación y el temor lo tenían atrapado –, Ralf entró raudo a la habitación designada sagrada por su Orden, dado que albergaba los documentos históricos y sagrados de los Guardianes Protectores de la Santa Lanza; pero para su feliz sorpresa, todo estaba tal como lo habían dejado en su última reunión.
–Quizás sólo nos siguieron hasta el aeropuerto –pensó el alemán, esperanzado en que su Orden no haya sido del todo descubierta –. Al menos nuestra historia podrá continuar en pie –señaló un poco más confiado.
18
En Riad, después de esperar impaciente, Lemer volvió a llamar a Yasmina. Las ansias del francés por resolver el caso eran imponderables.
-¿Lograste averiguar algo? –Preguntó evidentemente ansioso.
-Por supuesto, mi amor –respondió sumamente coqueta Yasmina –. Pero para poder hablarte de Yahden bin Laya, tengo que hablarte imperiosamente de toda la familia bin Laden, ya que en la actualidad él es uno de sus asesores comerciales más importantes y de mayor confianza, además de prestigio, y por lo tanto conoce todo en cuanto a sus negocios se refiere.
-De acuerdo.
-La familia bin Laden es mundialmente reconocida no sólo por su poder financiero e industrial, sino también por su fama de seriedad. En la actualidad mantiene negocios no sólo con el reino saudita, sino también con diferentes consorcios y trasnacionales, y de entre ellas sobresalen las norteamericanas. Con respecto exclusivamente a Yahden bin Laya, para que te hagas una idea de lo bien reconocido que él es, te cuento que fue uno de los invitados a la comida ofrecida por el presidente Jacques Chirac, el 7 de julio de 1996, durante su visita oficial a Arabia Saudita.
-Vaya, vaya –repuso sorprendido Lemer –. Así que es todo un hombre de negocios y, además está muy bien relacionado.
19
Algunos días después, cuando por fin estuvo reunido a solas con Yahden bin Laya, Lemer echó a andar su nuevo plan. Le platicó al saudita acerca de algunos importantes negocios que tenía con empresarios norteamericanos, e inmediatamente, Yahden comentó la coincidencia, admitiendo que la familia para la que trabaja también tenía negocios con empresarios de los Estados Unidos.
Sintiéndose dueño de la situación, sutilmente Lemer le confesó que después del once de septiembre ya no veía tan segura sus inversiones en los Estados Unidos.
Por un momento Yahden bin Laya quedó en silencio y miró fijamente a Lemer. El francés sabía que ese era un momento crucial y no dio su brazo a torcer. Siguió adelante. De pronto, Yahden sonrió.
-No tienes nada de que preocuparte –no dejaba de mirarlo a los ojos –. Desgracias como esa son muy ventajosas para hombres de negocios como nosotros.
-¿A qué te refieres? –Preguntó Lemer, sintiéndose cerca de alguna pista.
Con una sonrisa más grande que la primera, Yahden bin Laya contestó despreocupado.
-La empresa que asesoro, en los Estados Unidos está proyectada a ganar muchos millones de dólares después del once de septiembre.
Lemer sintió miedo de formular su siguiente pregunta; pero su audacia pudo más y se arriesgó.
-¿Es cierto que la familia bin Laden fue la única que pudo salir de Norteamérica después que se cerraron todos los aeropuertos a causa del ataque terrorista del once de septiembre? –Hizo una pausa – Lo vi en un documental – agregó.
Ante esto, el rostro de Yahden bin Laya se tornó serio. Por su parte Lemer temió haberlo echado todo a perder.
-No suelo hablar de eso –contestó Yahden –. Pero, la verdad es que sí. La familia para la que trabajo recibió permiso del gobierno norteamericano para salir de su país. –Hizo una pausa con cierta nostalgia –. Veinticuatro miembros de la familia se encontraban en Estados Unidos cuando las torres gemelas cayeron, y como el sospechoso número uno era Osama bin Laden, decidimos salir para evitar alguna represalia.
Intrépidamente, sin medir las consecuencias Lemer agregó otra subliminal frase.
-Admiro mucho a Osama bin Laden, me parece un hombre apasionado y audaz.
Inmediatamente, el rostro de Yahden bin Laya se puso totalmente serio.
-Como puede usted admirar a Osama, sí sólo es un rebelde que lucha contra la corriente.
En ese momento Lemer sabía que era hora de cambiar el tema. Una palabra más al respecto y su anfitrión se sentiría acosado.
-¿Qué clase de negocios tiene usted? –Preguntó alegremente el francés.
20
Horas más tarde, en la soledad de su habitación, Lemer analizó palabra por palabra toda su conversación con Yahden. Al final, llegó a la conclusión de que los bin Laden que salieron de los Estados Unidos días después del once de septiembre, eran sólo hombres de negocios, liberales y sin odios personales al país occidental. Al menos esto fue lo que reflejó con sus palabras uno de sus principales asesores.
Lemer consideró poco posible que hayan sido ellos los que sacaron la Santa Lanza de territorio norteamericano. Principalmente, porque advirtió en Yahden bin Laya el poco aprecio que la familia bin Laden tiene a las actividades de Osama, a tal punto, que lo consideran la oveja negra de la familia.
–Pero si no fueron ellos, ¿entonces quién y cómo fue que sacó la Santa Lanza de suelo norteamericano? –
Lemer empezaba a sospechar que el tesoro que buscaba nunca salió de suelo norteamericano, al menos no por aire. Pero antes de cambiar de rumbo, Lemer decidió jugarse el todo por el todo en Riad.
Al día siguiente, Lemer visitó nuevamente a Yahden bin Laya; sólo que esta vez lo hizo sin invitación.
Al llegar a casa de Yahden, Lemer era conciente de que si algo salía mal, el no regresaría a su natal Francia, nunca mas. Al verlo, Yahden sintió gran extrañeza, pero no dudó en recibirlo. Lemer no sabía por donde empezar y, Yahden notó su nerviosismo.
De repente, Lemer, con un tono de voz hasta ahora no usado, pidió permiso para ser atrevido en su tema de conversación.
Con gran soltura, Yahden respondió: Por Alá, habla sin temores.
-Deseo comprar la lanza –dijo Lemer.
-¿De qué hablas? ¿Qué empresa es esa? –Replicó extrañado Yahden bin Laya.
Lemer dudó en continuar, era evidente que Yahden no sabía nada de la Santa Lanza, o peor aún, estaba dispuesto a no decir nada. Pero nuevamente la audacia le ganó.
-He oído una historia –se detuvo, su nerviosismo era evidente –, en la que se cuenta que el once de septiembre Osama bin Laden sustrajo del Pentágono el emblema del poder norteamericano, más conocido como la Santa Lanza.
-¡Que tonterías hablas! –Yahden estaba sumamente exaltado –. Osama no estaba en Norteamérica cuando todo eso sucedió.
-En realidad me refería a Al Qaeda –replicó Lemer, sabiendo que su suerte estaba echada.
-¿Al Qaeda? –Sus ojos se abrieron al límite – ¿Quién eres tú? –Preguntó enfurecido Yahden bin Laya.
Lemer sólo atinó a quedarse en silencio. Pero, debido a la mirada inquisidora de Yahden, sabía que tenía que excusarse de algún modo.
-Sólo soy un comprador de tesoros –las manos le temblaban –, tengo mi propio museo de reliquias en París y, llevo muchos años tratando de comprar la Santa Lanza.
Yahden tenía la expresión de engañado, de traicionado, y se le percibían las ganas de vengarse. Al instante hizo una señal e inmediatamente aparecieron alrededor de la mesa cuatro hombres, que por el tamaño, parecían agentes del 911 al estilo musulmán. Antes de que Lemer pudiese reaccionar o siquiera disculparse, a señal de Yahden, los cuatro hombres lo tomaron por la fuerza y tapándole el rostro se lo llevaron.
21
En los siguientes minutos, el francés sólo sentía que era transportado en un automóvil o camioneta quizá, pero no le incomodaba; lo único que le fastidiaba era saber que él solo se había condenado.
Aproximadamente una hora después, el transporte se detuvo. Estaban cuarenta kilómetros al sur de la capital Saudita, en la prisión de Hayer. Diez minutos después, dos de los hombres que habían ingresado a las instalaciones de la prisión, regresaron a la posición de Lemer acompañados por guardias de seguridad, los cuales tomaron al francés y, luego de leerle sus derechos en un idioma que el francés no entendió y librarlo de la tela con que habían cubierto su rostro, lo introdujeron en las modernas instalaciones de la prisión. Dentro, Lemer fue conducido esposado por tres guardias de seguridad. Minutos después, llegaron a la ubicación de una celda vacía y, al verla, el francés creyó estar contemplando se lecho de muerte.
En el instante en que los guardias lo introdujeron a su celda, Lemer empezó a reclamar sus derechos; pero para su completa mala suerte, ninguno de los guardias hablaba inglés ni español ni italiano y mucho menos francés, esto terminó por desesperarlo y entonces empezó a gritar desaforadamente, acción a la que los guardias respondieron con golpes y empujones. Una vez dentro de la celda, los gritos cada vez más eufóricos de Lemer no se detuvieron; hasta que de pronto, una voz conocida se oyó, no era un personaje amigo, pero si un lenguaje conocido, y esto bastó al francés, quien al oír que en aquel lugar sus derechos no valían nada, se detuvo y lentamente se entregó en manos de la resignación.
22
Esa noche Lemer no pudo dormir. Se pasó toda la noche pensando en Yasmina, su novia española. Recordó la primera vez que la vio. Una ráfaga de recuerdos envolvieron sus pensamientos, y de pronto, su afiebrado cuerpo ya no estaba en Riad. El cansancio, el miedo y la nostalgia lo llevaron en un viaje por el tiempo.
Era julio de 1998, aprovechando las involuntarias vacaciones que su inconstante trabajo le proporcionaba, Lemer fue a conocer las obras de arte que vivían a no muchas calles de su apartamento. Mientras contemplaba las esculturas de Miguel Ángel, advirtió que cerca de él había una escultura más simétrica y mucho más definida que las del artista.
Al principio le ganaba el nerviosismo, pero luego se dejó llevar por su audacia, y lentamente avanzó hasta la posición de ella. Al estar frente a frente, con una timorata voz, le dijo: No estoy de acuerdo con el hecho de que lo llamen “El Divino”.
Al oírlo, la singular joven volteó hacía la posición de Lemer con una mirada ciertamente amistosa. Entonces, él, aprovechando la oportunidad, repitió: No estoy de acuerdo con el hecho de que a Miguel Ángel se le considere “El Divino”, por unas esculturas que no lo divinizan en lo absoluto.
Con una sonrisa curiosa, la joven respondió: A muchas personas sí le parecen divinas, pero parece que usted es mucho más exigente que el común de las personas.
Viendo las puertas abiertas, Lemer añadió: Yo también le consideraba divino, pero al verla a usted, creo que sólo Dios realmente lo es.
La joven no pudo evitar sonrojarse ante el atento halago de Lemer, y justo cuando la sonrisa se le desdibujaba, el francés se presentó.
Una hora después, luego de finalizar el recorrido por el Louvre, Paul Lemer y Yasmina Watson decidieron dedicarse un tiempo para conocerse. Al salir del museo, caminaron rumbo al Sena. Era una tarde preciosa, oportuna para la ocasión. Desde el puente contemplaron a la distancia el Arco del Triunfo. Yasmina era española y recién llevaba poco tiempo en París, así que, Lemer se ofreció encantado a mostrarle las maravillas de la Ciudad Luz; pero, la española sólo aceptó conocer la torre Eiffel, quizá por lo romántica que se avizoraba la tarde. Llegada la noche, Yasmina aceptó a Lemer una cena en el Krep Restaurant bajo la sutil condición, de que ella se encargaba del desayuno, la mañana siguiente.
23
Mientras se alejaban de la singular torre en dirección al restaurant, Lemer recuperó la conciencia, era ya un nuevo día. De pronto, unos pasos se dirigieron a su celda. Lemer no dudó en acercarse a las rejas y ver de quien se trataba. Para su satisfacción, eran dos sujetos que a simple vista se les reconocía como norteamericanos. Al tenerlos en frente, el francés recordó que Karisteas le había dicho que recibiría ayuda antes de solicitarla. Tras de los norteamericanos venía un guardia de seguridad árabe, quien luego de abrir la celda se marchó sin pronunciar palabra alguna. Lemer no estaba seguro de que le esperaba ahora. Los norteamericanos sólo le dijeron: Es necesario que usted se vaya de Arabia Saudita antes de que Yahden bin Laya o los bin Laden se enteren que le hemos liberado de la cárcel.
Fuera de la prisión, a Lemer le esperaba un auto con chofer incluido, el cual lo transportó hasta el aeropuerto. Al llegar, Lemer notó que el chofer no tenía nada para decirle y nada para darle, así que sin mirar atrás, caminó presuroso hasta la entrada. Cuando por fin llegó, giró el cuello levemente, y casi de reojo vio aún la acusadora mirada de Riad y su gente.
Calculando que el francés ya estaba fuera de alcance, el guardia de seguridad de Hayer llamó a casa de Yahden bin Laya para informarle lo ocurrido; pero no logró localizarlo.
Dentro del aeropuerto, Lemer sabía que mientras más tiempo permaneciese en Arabia Saudita, más cerca estaría su muerte.
Casi inconcientemente compró boleto para los Estados Unidos.
24
En el avión las pulsaciones de Lemer estaban totalmente alteradas. Para bajar su nerviosismo, decidió cerrar sus ojos y aprovechar el tiempo en pensar en los siguientes pasos de su misión.
– ¿Qué haré en los Estados Unidos? –Se preguntaba constantemente.
De pronto se quedó dormido y, en lo profundo de su sueño, volvió a revivir las escenas del once de septiembre. Horas después, despertó con cierta angustia ya en aire norteamericano. El vuelo era directo hasta Washington D.C. Al salir del aeropuerto, Lemer empezó a ordenar sus ideas. Ahora tenía claro que los bin Laden que salieron después del once de septiembre no fueron quienes sacaron la Santa Lanza de suelo norteamericano. Por otro lado, era cierto que Osama no se encontraba en el país cuando sucedieron los ataques; pero, también era cierto que fueron sus hombres, los extremistas de Al Qaeda quienes realizaron todos los ataques, al menos así lo señalaban los medios de comunicación y políticos norteamericanos. En conclusión, fueron los de Al Qaeda los que se llevaron la Santa Lanza del Pentágono, pero no la pudieron sacar del país por aire. Entonces, ¿qué fue lo que sucedió realmente?
Lemer estaba muy confundido, pero sospechaba que algo se le estaba escapando. Faltaba algo para revelar el misterio de la desaparición de la legendaria lanza que atravesó el costado de Cristo. Lo primero que se le ocurrió, fue la posibilidad de que la Santa Lanza no salió de los Estados Unidos. Pero si eso era posible, entonces porque la inteligencia norteamericana no la había detectado. Por otro lado, si la Santa Lanza salió, no fue por aire, difícilmente haya salido por mar. Entonces sólo puede haber salido por tierra; pero, ¿en qué dirección?
25
En Riad, devuelta en casa después de cerrar negocios en los Emiratos, Yahden bin Laya fue informado de lo acontecido con Paul Lemer en Hayer. Inmediatamente, deduciendo que el francés ya estaba fuera de sus dominios, con toda la rabia encima Yahden llamó a Osama bin Laden y le increpó la situación en que había colocado a él y a su familia gracias a sus demenciales actividades.
-¡Me están investigando! –Exclamó enfurecido –. A mí que sólo soy un asesor comercial y que no tengo nada que ver con tus actividades secretas.
-¿De qué hablas? –Preguntó consternado Osama –. ¿Quién te está investigando?
-Ha venido un francés a mi casa de Riad y me a tratado de sacar información sobre una Santa Lanza que según el dice tú o Al Qaeda sustrajeron del Pentágono el once de septiembre durante los ataques a las torres gemelas.
-El hombre, ¿estás seguro que era francés? –Preguntó acucioso Osama, recordando que el investigador que la Orden del Fénix contrató para buscar la Santa Lanza hace varias semanas era un francés de nombre Paul Lemer.
-Por supuesto que estoy seguro –la sangre le hervía –, sí hasta lo he tenido en mi mesa.
-Eso es todo lo que necesito saber –su expresión se volvió perniciosa –. Disculpa la molestia, te aseguro que me encargaré personalmente de que nada semejante vuelva a ocurrir.
-¿Entonces es verdad que tú te llevaste la lanza aquella?
-Es mejor que no conozcas mis asuntos. –Hizo una pausa –. Mantente al margen por favor.
Aún en Kandahar, totalmente fastidiado e irritado, Osama bin Laden trató de calmarse para decidir la mejor salida al problema que tenía entre manos.
– ¿Qué debo hacer? –Se preguntó sin ánimo de perder la paciencia –. ¿Quizás sólo deba amedrentarlo a él?
Después de unos instantes llamó por teléfono a uno de sus esbirros.
-¿Creí que la Orden del Fénix ya no estaba tras de la Santa Lanza? –Le preguntó Osama a Hanan Qadir.
-¿A qué se refiere señor? –Preguntó nervioso el esbirro.
-Ha llegado un francés a la casa de Yahden bin Laya, un asesor comercial de mi familia, en busca de la Santa Lanza, ¿eso te dice algo? –La molestia de Osama era evidente, Hanan estaba intimidado.
-Lo siento señor, me encargaré de inmediato.
-¿Qué vas a hacer Hanan? –El esbirro tembló –. Aún no te he ordenado nada.
-Lo siento señor.
-Muy bien –respiró profundamente –. No quiero que toques a la Orden del Fénix, al menos no por ahora, sólo quiero que encuentres a Paul Lemer y le hagas entender que con mi familia y mis asuntos nadie se puede meter. ¡¿Está claro?!
-Por supuesto señor. Inmediatamente ordenaré su búsqueda.
26
En Washington, esta vez hospedado en un hotel menos lujoso, Lemer empezó a investigar las condiciones fronterizas norteamericanas, vía Internet. La frontera con México era la más usada para ingresar al país, y la frontera con Canadá la más usada para salir. Pero era en la frontera del sur donde los norteamericanos ponían mayor volumen de vigilancia.
Debido a lo extenso del país, para un delincuente era muy sencillo llegar a una de las dos fronteras, lo complicado era atravesarla. Lemer trataba de ponerse en el lugar de los extremistas. Si se sintiese atrapado, por cual de los dos caminos huiría. De repente otra idea vino a su mente. Sí los de Al Qaeda habían planeado todo tan detalladamente, era lógico que también hallan planeado la salida del país. Pero la pregunta seguía siendo, ¿por dónde?
Luego de dar varias vueltas en las mismas ideas, Lemer se puso en las dos alternativas. Si fuese extremista y hubiese huido por Canadá, cuan difícil le hubiese sido también salir de ese seguro y antiterrorista país. Todo lo contrario a si hubiese escapado vía México. Sin ánimo de dilatar el tiempo, Lemer se enrumbó a Texas. En este Estado se respiraba el antiterrorismo; por lo tanto, podía convertirse fácilmente en un escondite de tan avezados extremistas. Escondite de doble filo desde luego.
27
Después de un corto viaje en avión, Lemer decidió introducirse lo más posible en la ciudad.
En un bar lleno de inmigrantes casi en su totalidad latinos, el francés tenía la esperanza de encontrar alguna pista.
En el bar Lemer se hizo pasar por espía. El francés era conciente que arriesgaba mucho, pero al mismo tiempo sabía que lo verían como una fuente de dinero. No tardó en acercársele un tipo de apariencia poco confiable, quien se presentó con el sobrenombre de Aduana. Era latino, de mediana estatura y vestimenta sencilla. En su rostro se dejaba ver lo difícil de su vida, y sus ojos reflejaban la angustia del futuro.
-Pregunta lo que quieras, no hay información que no pase por mí –señaló audazmente Aduana, a un todavía desinteresado Lemer.
-Estoy buscando la Santa Lanza –repuso el francés, mirándolo fijamente a los ojos.
-Acá no vendemos armas –respondió Aduana, tratando de mostrar poco interés por el tema.
-Y dices que sabes todo –replicó con sarcasmo el francés, quien luego de una breve pausa decidió arriesgarse un poco más –. Hubo un robo en Washington, una reliquia muy antigua y sumamente importante conocida como la Santa Lanza, ¿sabes algo sobre eso?
Aduana puso cara de pocos amigos, y rápidamente se alejo diciendo que no había oído nada sobre ese tema. Pero antes de que se aleje lo suficiente como para tener que gritar, Lemer se dirigió a él.
-Pago muy bien por la buena información.
Al oírlo Aduana volteo bruscamente.
-No se trata de dinero –su mirada era calma –, simplemente hay temas de los que no se pueden hablar en lugares como éste y menos con extraños –le dijo, y luego continuó su camino. Lemer se sintió invitado a seguirlo, salió presuroso y a las afueras del bar lo alcanzó.
-Quizás podamos ser amigos.
-No lo creo –respondió sonriendo el informante –. Pero creo que podemos hacer buenos negocios.
-Excelente –respondió Lemer, dejándose llevar por sus instintos.
Con la expresión de un cazador victorioso, Aduana invitó a Lemer a tomarse un par de tequilas en un bar cercano. Esta vez el recinto si era de buena categoría.
Después del primer tequila, Aduana, con una expresión que revelaba su no poca ambición se dirigió a Lemer.
-Tengo información sobre la Santa Lanza –dijo con tono temerario –, pero sólo se la pienso dar al mejor postor, pues déjame decirte que tú no eres el primero que viene por ella.
Las pulsaciones de Lemer se aceleraron nuevamente, pues todo parecía indicar que este brusco y audaz latino realmente sabía de lo que estaba hablando.
-¿Cuanto pides? –Preguntó con brusquedad el francés.
-Tú buscas, tú ofreces –replicó Aduana.
-Ahora cuento con 40 grandes. –Hizo una pausa –. Serán tuyos si la información es buena –señaló confiado.
-Por esa cantidad te contaré la historia y como obsequio te diré donde está.
Lemer sospechaba que su informante no bromeaba; así que, nuevamente sin otra opción, aceptó.
-Trato hecho –respondió sonriente.
Con una seriedad inusual para el francés, Aduana le comenzó a relatar como es que Al Qaeda sustrajo la Santa Lanza del Pentágono el once de septiembre.
-Tontamente todos se preocupaban por las torres –señaló Aduana –, cuando el gran robo fue en el Pentágono.
A cada segundo la atención de Lemer crecía, mientras Aduana, aprovechando la atención captada, condimentaba cada vez más su relato.
-En el Pentágono, luego de la explosión, los pocos militares que se preocuparon por la Santa Lanza fueron asesinados con rapidez y sin piedad, por los extremistas de Al Qaeda. La mayoría acababa de recibir información sobre los ataques en las torres gemelas y temían el inicio de una guerra. Se sentían aterrados por una supuesta invasión. Los de Al Qaeda lo tenían todo bien planeado. Ellos sabían que no podían salir del país por aire ni por mar; y sabían también, que si iban a Canadá los cercarían con facilidad. Por eso escogieron la frontera con México. –Hizo una pausa sin quitarle la mirada de encima a Lemer –.
Esa es la historia –finalizó repentinamente Aduana –. Ahora págame.
La brusquedad de Aduana desconcertó a Lemer, él esperaba ser informado de algo nuevo, algo que fuese más allá de su imaginación, pero la situación era otra. El francés se sentía engañado, esa historia él ya la conocía o al menos era la que él deducía.
-Aún no me dices la ubicación actual de la Santa Lanza –replicó Lemer, aún desconcertado.
-Te dije que esa información iba a ser un regalo de mi parte –respondió Aduana –. Pero primero tendrás que pagarme por la historia que ya te he contado, y te recomiendo que no malogres nuestros negocios.
Lemer no se quería arriesgar. Por un lado, reconocía que Aduana sabía de lo que hablaba, y reconocía también, que a lo mucho los 40 mil dólares le servirían para confirmar sus sospechas.
Convencido de que era el único camino a seguir, lentamente, Lemer introdujo su mano en el bolsillo interior de su saco, mientras los ojos de Aduana se agrandaban.
El francés sacó un sobre y lo puso sobre la mesa sin alejar su mano de el.
-Acá está el dinero –el sobre se veía abultado –. Ahora dime donde está la lanza –asentó con firmeza. Pero Aduana no se inmuto en lo más mínimo.
-Dámelo –respondió.
Casi sin ganas Lemer acercó el sobre a la posición de Aduana, quien rápidamente lo cogió y sin revisarlo se lo guardó. Luego se tomó el segundo tequila.
-La lanza estuvo acá en Texas hasta que el presidente Bush apuntó decididamente a Afganistán. Después de eso, cuando todos los norteamericanos miraban hacía medio oriente, la lanza cruzó la frontera. Lo último que supe es que llegó al D.F.
Diciendo esto, Aduana se paró y se dispuso a marcharse.
-¿Sabes cuál era su destino final? –Le preguntó Lemer, mientras dejaba un billete sobre la mesa.
-Sólo sé que Osama bin Laden mandó sustraerla –respondió Aduana, mientras se alejaba de la mesa.
Lemer se quedó sentado, sintiéndose impotente. Si de verdad la lanza había llegado al D.F., era evidente que ya no estaba ahí.
–En estos momentos la Santa Lanza debe estar en manos de Osama, eso significa, en cualquier parte del mundo –pensó airado el francés, mientras Aduana desaparecía en la distancia.
Sintiéndose muy cansado y desanimado, Lemer decidió quedarse unos días en Texas para reorganizar sus pensamientos y esperar un nuevo sobre. La espera fue larga, pero le sirvió para relajarse y meditar con más calma.
Días después, Lemer se convenció que no le quedaba otra opción, tenía que ir a México; después de todo, era la única pista que tenía.
28
Rumbo al sur, nuevamente Lemer sintió temor. Latinoamérica era una experiencia nueva para él. Lo más cercano que había estado de México, era el bar donde conoció a Aduana, y definitivamente esa experiencia no le entusiasmaba en demasía. Pero su audacia e instinto le impedían retroceder, y la recompensa lo animaba a seguir adelante.
Cuando llegó al D.F., al salir del aeropuerto, vio en las cercanías un hotel que se veía agradable y acogedor, al menos a la distancia, y pensó que quizás Latinoamérica no era tan mala como Aduana se lo había hecho pensar. Al llegar al hotel, le tranquilizó y reanimó notar que era de cinco estrellas.
Antes de ingresar, Lemer decidió que lo más conveniente era adoptar una postura de turista; así que se hospedó en una Suites Júnior. Después de instalarse, continuando con su papel buscó una agencia de turismo. En este nuevo terreno, el francés no deseaba pisar en falso. Trazó un plan, y el primer paso era hacerse de conocidos y amigos, y luego atacar.
Fueron diez días de intenso turismo, en los cuales Lemer quedó enamorado de México, pues nunca había oído de importantes culturas en este lado del mundo. Y ciudades como Michoacán, Quintana Roo, Guanajuato, Nayarit y Chiapas, simplemente lo dejaron deslumbrado con su arquitectura, historia, arte, leyendas y tradiciones.
Para estos días Lemer había contratado un guía turístico destinado a su atención personal.
Cuando estuvieron de vuelta en el D.F., Lemer consideró que ya había disfrutado lo suficiente del dinero que todavía no se había ganado, y decidió que era el momento de arremeter, así que le pidió a Miguel, su guía personal, que lo llevara de compras. Desde luego, todo era parte de un plan.
-¿Qué cosas desea comprar? –Pregunto Miguel.
-Soy un coleccionista de antigüedades –respondió Lemer –. Dime tú que de bueno hay en este país.
-Conozco lugares donde puede comprar antigüedades aztecas –señaló con una sonrisa cómplice, Miguel –. Como usted ha podido comprobar personalmente, mi país tiene una cultura precolombina muy rica y variada, así que no dudo en que habrá algo de su interés.
-No te ofendas –respondió Lemer –, pero la verdad estaba pensando en otra reliquia –dudó un instante –. Algo como…. ¿Has oído hablar acerca de la Santa Lanza?
-Lo siento señor –respondió Miguel, casi como ofreciendo disculpas –. Pero entre las antigüedades recuperadas de las culturas mexicanas no existe ninguna lanza santa. –Hizo una pausa. Recordó la época escolar y sus pocos días en la universidad –. Pero sé que en Perú hay una, y además, sé que era bastante sagrada.
-¿Estás seguro? –Preguntó el francés, sumamente emocionado.
-Sí –respondió Miguel –. Pero se encuentra en Perú.
-¿Y dónde queda ese lugar?
-Perú es un país de Sudamérica –respondió Miguel, confiado de que recibiría una gran recompensa por toda la información que estaba proporcionando –. La tierra de los Incas. –Añadió, provocando que Lemer se remontase a las innumerables ocasiones en que Yasmina, su novia española, le había contado como es que gracias al oro de los Incas es que alguna vez España fue un reino importante y predominante en el mundo.
Después de unos instantes de recuerdos y confusos pensamientos, Lemer continuó.
-¿Y qué sabes de esa lanza? –La emoción crecía, los corazones latían cada vez más rápido, y Lemer no dejaba de pensar en los Incas y si alguna vez ellos habían sido poseedores de la Santa Lanza –. ¿Sabes cuando salió de Estados Unidos?
-No sabía que la lanza había estado en Estados Unidos, señor –se detuvo un momento, estaba extrañado –. Pero quizá fue llevada para una exposición –respondió Miguel.
-¿Exposición? –Se preguntó Lemer, mientras su entusiasmo se desvanecía y las dudas retornaban a su mente. Pero, dispuesto a terminar con las dudas, le pidió a Miguel que le cuente todo acerca de la lanza sagrada que se encontraba en Perú.
-No sé mucho –señaló Miguel, temiendo que su recompensa se desvaneciera antes de llegar a sus manos –. Sólo sé, que es relativamente alta y que tiene distintos animales tallados alrededor de todos sus lados –se detuvo a recordar –. Y creo que la llaman Lanzón Monolítico.
Ahora Lemer estaba confundido. La descripción de Miguel sobre la lanza no era nada parecida a la descripción que Homero Karisteas le había dado acerca de la Santa Lanza. Pero dispuesto a salir de dudas, el francés continuó.
-¿Sabes si esta lanza de la que me hablas, tiene sangre impregnada en su punta?
Ahora el desconcertado fue Miguel, pues hasta donde él conocía, el Lanzón Monolítico no era un arma, sino un antiguo dios de la cultura Chavín.
-No creo que tenga sangre impregnada en ninguna parte de ella –respondió contrariado Miguel, a lo que Lemer respondió con más desconcierto; pero sabía que debía continuar.
-¿Sabes cuando y por qué fue llevada a Perú?
-¿De qué habla? –Preguntó Miguel –. Esa lanza fue descubierta en Perú, es parte de su antigua cultura.
Ante la fulminante respuesta de su guía turístico, Lemer se convenció de que ambos estaban hablando de lanzas totalmente diferentes, lanzas que no tenían nada que ver una con la otra. Pero no queriendo rendirse, prosiguió.
-¿Sabes algo de Al Qaeda?
-Sé que es un grupo extremista, y creo que lo lidera Osama bin Laden –respondió desconcertado y tembloroso Miguel.
-He oído que hace algunos días pasó por acá un grupo de Al Qaeda –la tensión creció en Miguel –. Sé que ellos venían de Estados Unidos, y que llevaban consigo la Santa Lanza que estoy buscando, y que no es la misma de la que tú me has estado hablando. ¿Has oído algo sobre eso? –Replicó Lemer, mientras embestía con la mirada.
-Nuevamente disculpe señor, pero no he oído nada sobre eso –bajó la mirada –. De veras lo siento. Me gustaría ayudarlo, pero no se me ocurre como.
-No te preocupes Miguel –Lemer se esforzó en disimular su molestia –, ya pensaré en algo. Ahora puedes retirarte y por favor ven mañana muy temprano.
-Muy bien señor, nos vemos mañana temprano.
Miguel salió del hotel algo confundido y temeroso por la breve historia que le había contado este extraño francés acerca de una lanza santa que aparentemente en los últimos días había mezclado su historia con Al Qaeda. Pero lo que le interesaba era el dinero, y estaba seguro que si encontraba buena información sobre Al Qaeda y la Santa Lanza, el francés lo recompensaría muy bien.
29
Dispuesto a ganarse unos dólares demás, esa misma noche Miguel fue a los barrios bajos del D.F. Ahí vivía un primo suyo que había estado en prisión por falsificar pasaportes y otra clase de documentos. Si había alguien que podía ayudarlo en la empresa que se proponía, ese definitivamente era él.
Al llegar a la casa de su primo, Miguel casi podía sentir dólares en sus manos; pero después de tocar varias veces la puerta y no recibir respuesta, su entusiasmo se apaciguó. Para suerte suya, una de las vecinas le informó que Lucho, su primo, no se encontraba en casa, pero que seguramente lo encontraría en un bar, a sólo unas calles de ahí. Cuando por fin lo encontró, luego de ponerse al día por todos los años que no se habían visto, Miguel le contó que tenía un cliente francés muy rico, que estaba buscando la Santa Lanza que había sido robada del Pentágono por un grupo de extremistas de Al Qaeda.
Al oír la breve historia, Lucho se puso nervioso. Al Qaeda le sonaba a palabras mayores.
-Hablemos en otro lado –indicó Lucho, y dado que Miguel vivía a sólo unas calles del bar, se fueron a su casa.
Minutos después, cuando llegaron, Lucho le pidió a Miguel que por favor le cuente toda la historia de nuevo, pero que esta vez no omita ningún detalle.
-Estoy trabajando de guía turístico para un francés muy rico –expuso Miguel, un poco más sosegado –. Este francés está buscando acá en el D.F. una lanza muy antigua. Lo único que sé, es que la lanza fue robada de los Estados Unidos por un grupo de Al Qaeda. Luego los extremistas cruzaron la frontera con la lanza y llegaron hasta acá, el D.F. –Hizo una pausa, la emoción le ganaba –. Necesito encontrar alguna información más. Estoy seguro que el francés me pagará muy bien por cualquier información que le lleve. Y yo podría compartir ese dinero contigo –los ojos de Lucho brillaron –, si me ayudas.
-O.K. primito –se empezó a frotar las manos –, sólo espero que me recompenses muy bien por lo que te voy a contar.
-Cuéntame todo lo que sepas –Miguel estaba emocionado –. Te aseguro que no te vas a arrepentir.
-Está bien –dijo Lucho –. Confió en ti. –Se detuvo a ordenar sus recuerdos –. Hace poco más de dos semanas vinieron a buscarme dos tipos muy infrecuentes. Tenían la apariencia de musulmanes o árabes, pero hablaban muy bien el inglés, al menos mejor que yo. A simple vista noté que eran prófugos, principalmente por la forma en que se comportaban; pues a cada momento miraban a todos lados, como cuidándose las espaldas. Me dijeron que alguien les había enviado a buscarme. Los tipos querían que les haga una docena de pasaportes y unas identificaciones falsas, y bueno –se sonrió –, como negocios son negocios, yo acepté. Mientras uno de ellos me escribía en un papel todos los datos que querían para sus nuevos documentos, el otro me contó que tenían un paquete para Rusia, pero que primero irían por mar hasta Cuba.
-¿Estás hablando en serio? –Preguntó Miguel –. ¿Qué apariencia tenían ellos? –La excitación era evidente.
-Ya te dije que eran dos tipos muy infrecuentes, muy particulares –respondió Lucho –. Estoy seguro de que eran musulmanes; y claro que es en serio, yo nunca juego cuando se trata de dinero.
-O.K. primo –ahora Miguel se frotó las manos –. Entonces se lo contaré todo al francés, y luego que me recompense vengo con tu parte.
Eran primos con una niñez cercana, quizás por eso no desconfiaron el uno del otro.
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Al día siguiente, Miguel fue muy temprano al hotel donde se hospedaba Lemer. Cuando éste lo vio, no pudo evitar percibir su desmedida alegría.
-¿A qué se debe tanta alegría? –Preguntó extrañado y curioso, Lemer.
-Señor Lemer –Miguel trató de mantenerse sereno –, ayer no pude evitar notar el gran interés que tiene usted por la Santa Lanza, así que, después de irme de acá, estuve haciendo algunas averiguaciones.
Al oír la declaración de Miguel, a Lemer se le pasó el desanimo inaugural con el que había empezado el día.
-¡¿Y qué averiguaste?! –Preguntó, casi desesperado.
-Usted tenía razón –Lemer empezó a sudar –. Los extremistas de Al Qaeda sí estuvieron acá –respondió Miguel –. Eran dos musulmanes muy particulares, y además llevaban una sospechosa prisa. –Hizo una pausa, casi podía sentir los billetes en sus manos –. Acá en el D.F. consiguieron pasaportes e identificaciones falsos y en seguida se fueron por mar hasta Cuba.
-¿A Cuba? –Preguntó Lemer, esta vez algo desconcertado.
-Sí, a Cuba –respondió con firmeza Miguel –. Pero parece que su destino final era Rusia –añadió.
Lemer casi no lo podía creer, después de varias semanas al fin sentía que le estaba siguiendo los pasos a los portadores de la Santa Lanza; pero reconocía que le llevaban una buena ventaja.
-Esta información, ¿es cien por ciento confiable? –Preguntó Lemer.
-Sí señor –respondió entusiasmado Miguel, sintiendo asegurada su recompensa.
-Te voy a recompensar muy bien por esta información que me estás brindando. –Meditó unos segundos –. Pero ahora necesito estar completamente seguro de que la Santa Lanza salió de territorio mexicano, y más importante, si de verdad llegó a Cuba.
Diciendo esto Lemer volvió a su habitación. Al retornar al living le entregó un sobre a Miguel.
-Si me sigues ayudando, recibirás mucho más dinero –le dijo.
Lemer estaba dispuesto a seguirle los pasos a la Santa Lanza, aunque todavía no lograba entender que tenía que ver Rusia en todo el asunto. Sin embargo, satisfecho por lo conseguido hasta ahora, el francés decidió tomarse el día para trazar un nuevo plan, pues los nuevos acontecimientos, definitivamente habían cambiado todo el panorama. Así que, le dijo a Miguel que se tome el día, que disfrute de su recompensa y que vuelva a la mañana siguiente listo para nuevas aventuras. Miguel no dudó en tomarse el día, y luego de agradecerle nuevamente por su gentileza a Lemer, se marchó rumbo al bajo mundo, justo hasta la casa de su primo Lucho.
La recompensa era de cinco mil dólares. Lucho casi no lo podía creer. Llevaba meses sin empleo, y ahora, de pronto recibía dos mil quinientos dólares sólo por dar una información que casi había olvidado.
Al otro lado de la ciudad, en el JR Plaza Hotel, Lemer trataba sin éxito ordenar sus ideas. Ahora estaba completamente seguro de que la Santa Lanza realmente había transitado por México, siendo trasladada por hombres de Al Qaeda. Pero aún no lograba deducir qué tenía que ver Rusia en un asunto de norteamericanos y extremistas islámicos. La tensión se apoderaba cada vez más de Lemer. Sin embargo, era obvio que sólo había un camino que seguir en pos de llegar hasta donde se encontrase la Santa Lanza.
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La mañana siguiente Miguel llegó al hotel muy temprano, pues veía en el francés una muy buena fuente de dinero que no estaba dispuesto a desaprovechar. Al verlo, Lemer le dijo que lo necesitaba como guía, pero esta vez, para salir de México; así que, si tenía algo que hacer, que lo hiciese pronto. Sin pensarlo, Miguel aceptó y pidió permiso para retirarse, indicando que volvería por la tarde para guiarlo hasta donde sus conocimientos se lo permitieran.
Lemer, sin proponérselo se quedó solo por algunas horas. En su habitación, no dejaba de meditar en Rusia y su indeterminada y ambigua relación con la Santa Lanza.
Lemer consideraba prácticamente imposible que Osama bin Laden y Rusia estén trabajando juntos y menos en tan monumental epopeya. Lo único que le venía a la mente con respecto a estas dos fichas, era la sangrienta y brutal guerra que sostuvieron en los ochentas, cuando Rusia invadió Afganistán y Osama ayudó a los afganos a echar a los invasores. Además, fueron los norteamericanos quines financiaron la última parte de la contraofensiva afgana. Por más vueltas que le daba al asunto, Lemer no lograba hallar ningún vínculo posible. Sin embargo, consideraba que si la Santa Lanza fue sacada de Norteamérica por Al Qaeda para ser llevada a Rusia, tal como se lo habían informado, definitivamente tenía que haber alguna conexión entre Osama bin Laden y el enemigo adormilado de los norteamericanos.
Al final Lemer prefirió no adelantarse en sacar conclusiones que quizás lo desvíen del camino correcto. Él prefirió dejarse llevar por su instinto, y su instinto le indicaba que se aseguré de que realmente la Santa Lanza salió de México rumbo a Rusia.
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Por la tarde, cuando retornó Miguel, Lemer decidido a ir tras la Santa Lanza, le pidió que lo lleve rumbo a Cuba, por mar. Al instante, Miguel entendió las intenciones del francés, y le aseguró conocer la ruta más segura para los prófugos de la justicia.
Partieron del D.F. en bus hasta Can Cun. El viaje fue largo y harto difícil.
–Definitivamente Latinoamérica está lejos de asemejarse a Europa –pensó sorprendido Lemer –. Esta clase de viajes deberían ser en trenes.
El francés sentía que los dolores de espalda lo matarían, pero al final, cuando llegaron al Atlántico, sintió placer, pues sus dudas empezaron a despejarse. Durante el camino, Lemer había tenido tiempo suficiente para sacar conclusiones, y ahora que llegaba tan fácilmente al Atlántico y veía que embarcarse hacía Cuba no era nada complicado, se sintió seguro de que esa había sido la ruta usada por los extremistas de Al Qaeda para sacar la Santa Lanza de América.
Sintiéndose completamente seguro de esta interpretación, Lemer se quedó apreciando el amplio horizonte azul del mar del Caribe.
–Volveré a cruzarte –pensó con nostalgia, mientras Miguel se acercaba a su posición.
-Señor Lemer –la premura se dejaba sentir en el mexicano –, ya conseguí dos boletos para embarcarnos a Cuba. –Hizo una pausa, la agitación no le permitía hablar de corrido –. Son para esta misma tarde. –Lemer lo miró contento, con mucho agradecimiento.
-No será necesario ir hasta Cuba –le indicó con un tono suave y grato –. Pues ya encontré la respuesta que buscaba –una media sonrisa se dibujó en su rostro –. Ahora retornemos al D.F.
Miguel quedó confundido. Había hecho un gran esfuerzo por conseguir esos boletos a pedido de Lemer, y ahora, sin mayor explicación, él le indicaba que no los usarían, y que retornarían sin más al D.F.
Horas más tarde, después de un cómodo viaje en avión, cuando estuvieron de vuelta en el JR Plaza Hotel, Miguel se marchó y Lemer subió a su habitación, poco contento, pues sabía que no encontraría nada en Cuba. El francés estaba completamente seguro de que la Santa Lanza ya estaba en Rusia, la pregunta era ¿por qué?
Lemer se quedó en su habitación sin saber que hacer, aparentemente no le serviría de nada ir hasta Moscú, y en Afganistán, después de importunar a Yahden bin Laya, sólo encontraría la muerte en manos de Osama. De pronto, una sensación de soledad lo embargó y decidió llamar a Yasmina.
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La política de Lemer era no hablar de su trabajo hasta que lo haya concluido; pero dado los contratiempos y constantes peligros que hasta ahora venía afrontando, definitivamente esta misión era una excepción. Afortunadamente para el francés, Yasmina comprendía y respetaba el trabajo que éste realizaba, y nunca hacía preguntas al respecto hasta que todo se haya resuelto. Pero esta vez, la española sospechaba que algo siniestro y peligroso venía sucediendo, pues Lemer nunca antes le había llamado más de una vez sin antes terminar con su trabajo, y durante esta misión ya lo había hecho en una ocasión desde Riad, y extrañamente para solicitarle ayuda. Además, Lemer no podía ocultar ni siquiera en el tono de su voz la tensión que sentía por tener que ir a Rusia sin saber lo que ahí le aguardaba.
-¿Cómo estás? –Preguntó Lemer, tratando de disimular lo tenso que en realidad estaba –. ¿Cómo va todo en el periódico?
-Bien, pero con bastante trabajo. –Yasmina había sentido nostalgia y cierto pesar en la voz de Lemer –. ¿Cómo estás tú? –Repreguntó extrañada –. Me sorprende que me llames, ¿acaso ya vas a volver? ¿Terminaste con tu misión? ¿Encontraste la Santa Lanza? –Lemer se sintió apremiado ante tanta pregunta.
-No amor, aún no. –Se detuvo. Yasmina se preocupó aún más –. Es sólo que me encuentro aturdido y desconcertado por los giros que viene dando esta misión. Imagínate que ahora mismo estoy en México –Yasmina se sorprendió.
-¿Por qué no me cuentas? –Lemer se alegró. Esa era la pregunta que venía esperando. Él confiaba mucho en la inteligencia y habilidad de su novia –. Quizás yo te pueda ayudar –añadió Yasmina.
-Está bien –respondió Lemer. Inmediatamente recuperó la sonrisa y la confianza –. Hasta ahora he descubierto que la Santa Lanza fue efectivamente sustraída de Estados Unidos por extremistas de Al Qaeda. Posteriormente fue trasladada a México y de aquí se la llevaron a Cuba, sólo para más tarde transportarla hasta Rusia. –Hizo una pausa –. Es ahí donde comienzan mis dudas y desconciertos, pues no logro descifrar que tiene que ver Rusia en este asunto que involucra a norteamericanos y a Osama bin Laden, ambos antiguos y reconocidos enemigos de los rusos.
-No se ve nada sencilla esta encrucijada –confesó Yasmina –. Así que vamos por partes. –Meditó un breve instante –. Primero, Al Qaeda robó la Santa Lanza por órdenes de Osama bin Laden, pero, ¿para quedársela él o para dársela a los rusos?
Lemer sintió confianza en responder.
-Yo también he estado analizando esa posibilidad, y creo que la respuesta está en la ruta de escape que siguieron los extremistas de Al Qaeda –Yasmina asintió –. Las rutas: Norteamérica – México y D.F. – La Habana, fue trabajo de ellos. Pero una vez en Cuba, probablemente fueron los rusos los que facilitaron el transporte de la Santa Lanza a oriente. Pero si fuese así, no me queda claro si los rusos quieren la Santa Lanza para ellos, o si sólo ayudaron a Al Qaeda en esta intrépida misión.
-Eso nos lleva al segundo punto –señaló Yasmina –. ¿Crees qué Osama bin Laden le haya quitado el emblema de poder a los norteamericanos para dárselo a los rusos?
Ni ella misma sabía la respuesta. Por su parte Lemer se quedó meditando y analizando la situación unos instantes. De pronto, encontró respuesta.
-Osama no tiene porque creer en el poder que emana de la “cristiana” Santa Lanza. –Señaló entusiasmado. Yasmina asintió nuevamente –. Sólo se la quitó a los norteamericanos como advertencia de que su poder está llegando a su fin. –Se detuvo un momento –. Por otro lado, es muy probable que los rusos actuales, ortodoxos ellos, sí crean en el poder de la Santa Lanza, en su historia y en todos sus secretos; por eso ayudaron a los de Al Qaeda en esta dantesca misión. Por último, Osama no debe tener ningún problema en que los rusos se apoderen de la lanza, después de todo, él no cree en el poder de la divina sangre de Cristo que en ella reposa.
-Ahí tienes tu respuesta –señaló Yasmina.
Por su parte Lemer estaba entusiasmado; pero dudaba de haber sido él quien descifró el enigma.
La mañana siguiente, después de analizarlo una y otra vez, convencido de que era lo mejor que podía hacer, Lemer tomó un avión rumbo a Moscú. El avión hacía escala en París, motivo por el cual, Lemer se sentía más que contento, aunque sólo iban a ser tres horas las que pasaría con su amada Yasmina.
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Mientras Lemer disfrutaba de un cómodo vuelo rumbo a su tierra natal, en el D.F. Miguel era interrogado bruscamente por unos extraños sujetos. Horas antes, Lucho había corrido la misma suerte que su primo, pues también había sido golpeado violentamente por hablar de Al Qaeda. Todo parecía indicar que Hanan Qadir, siguiendo las ordenes de Osama bin Laden, había logrado acorralar a Paul Lemer, de otra manera era ilógico que los musulmanes hayan llegado hasta estos intrascendentes personajes.
Ante tan brutal ataque, Miguel estaba mal herido, y no pudiendo soportar más, estaba derribado en el suelo de su casa, sólo alcanzaba oír una y otra vez, ¿Por qué buscas a Osama bin Laden?
Cuando por fin se pudo recuperar de tan dura paliza, Miguel, aterrado contó a los extraños y rudos sujetos todo lo relacionado a Lemer y la Santa Lanza. Inmediatamente Hanan Qadir indagó sobre el vuelo realizado por Paul Lemer hacia Rusia. Posteriormente llamó a Osama para informarle todo lo acontecido en México.
-¿Ya lo encontraste? –Preguntó Osama, con evidente premura en el asunto. Aún no se le pasaba la molestia que había causado en él el hecho de que alguien se haya atrevido a meterse con su familia.
-No señor –respondió timorato Hanan Qadir –. Pero sé que estuvo acá en México, y sé además que ahora se dirige a Moscú.
-¿México? ¿Moscú? –Se preguntó extrañado Osama bin Laden –. ¿Acaso Paul Lemer ha logrado descubrir la ruta por la que la Santa Lanza dejó América? –Hanan Qadir tembló.
-Sí señor –respondió, mientras una gota de sudor se deslizaba desde su frente –. Inesperadamente este francés ha logrado dar con la ruta que siguió la Santa Lanza. –Hizo una pausa –. Al parecer es muy hábil, y además, acá en México recibió ayuda e información de quien facilitó a nuestros hombres los documentos y pasaportes nuevos.
-Imagino que ya te habrás encargado de él.
-Por supuesto señor –se tranquilizó –. Y con respecto al francés, no se preocupe, pues nuestros hombres ya le están esperando en París.
-¿París? –Osama estaba extrañado –. ¿No me dijiste que se dirigía a Moscú?
-Sí señor, Paul Lemer se dirige a Moscú en busca de la Santa Lanza; pero el avión en el que viaja hará escala en Francia.
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En París, antes de abandonar el aeropuerto, Lemer llamó a Yasmina, quien ya aguardaba por él. Para suerte del francés, los esbirros de Osama no lograron reconocerlo. A pesar de ser cuatro los extremistas de Al Qaeda que aguardaban impacientes por él, Lemer sin proponérselo logró pasar desapercibido. Quizás los particulares atuendos que llevaba puesto dificultó la misión de Hanan Qadir. Minutos después, Lemer y Yasmina se encontraron en el apartamento de ella. Luego de aprovechar su brevísima estancia en la Ciudad Luz, Lemer volvió al aeropuerto. En el avión, el francés sintió extrañas miradas. Dos individuos que se encontraban sentados delante suyo y dos que estaban sentados tras de él, no le quitaban la mirada de encima.
Tan fuerte era el hostigamiento, que a Lemer le fue imposible negar que estuviera siendo seguido, y para aumentar el drama, el rostro de estos personajes indicaba que estaba siendo seguido desde Riad.
– Yahden bin Laya es muy rencoroso –pensó –.
Los minutos se hacían eternos en el avión, Lemer no tenía idea de cómo se resolvería todo esto, pero estaba seguro que no iba a ser a su favor.
En un intento desesperado, Lemer se dirigió al baño, pero automáticamente los dos hombres que estaban sentados tras de él le siguieron y se quedaron esperándolo en la puerta; pero Lemer no tenía intenciones de salir, estaba totalmente aterrado, sabía que estos hombres no estaban jugando y sospechaba que no le habían seguido por todo el mundo sólo para hablar con él. Veinte minutos después, el avión llegó a cielo moscovita y las aeromozas invitaron a todos los pasajeros a que se ubiquen en sus respectivos lugares y que se abrochen el cinturón de seguridad. A los dos hombres que esperaban a Lemer en la puerta del baño no les quedo de otra, y resignados volvieron a sus lugares. Por su parte, Lemer no salió por las buenas del baño, él fue obligado por los miembros de seguridad a sentarse en su sitio y velar por su propia seguridad.
– ¿De qué seguridad me hablan? –Se preguntó Lemer –. ¡Si estos tipos me quieren matar! –Exclamó aterrado.
Cuando por fin aterrizaron, Lemer bajó a toda prisa del avión. Salió del congestionado aeropuerto Domodedovo a tropezones.
Lemer no sabía que es lo que iba a hacer en Moscú, sólo tenía la seguridad de que la Santa Lanza se encontraba en esa ciudad, y pese a todo, él estaba dispuesto a cumplir con su trabajo. Al menos deseba confirmar sus sospechas.
Los cuatro hombres del avión le venían siguiendo, pero no se le acercaban, quizás por la gran velocidad con la que él corría o quizás por la vasta muchedumbre que los observaba.
Ingenuamente, quizás aturdido por los nervios, Lemer se dirigió al metro para seguir su camino rumbo al centro de la ciudad, pues ahí esperaba encontrar refugio. Pero en las profundidades del metro, fue interceptado por los cuatro hombres que le seguían desde París. El francés no puso resistencia alguna, pero igual, luego de ser encapuchado, escuchó varios disparos. Por un momento, creyó que ahí moriría, pero, luego de unos segundos de extrema tensión, la calma volvió, al menos en los alrededores. Lemer fue arrastrado hasta un auto, al cual lo subieron sin decirle nada. Sólo oía que uno de sus captores hablaba aparentemente por celular; pero no lograba distinguir el idioma. Lemer, resignado, ya sólo pensaba en Yasmina y en las muchas cosas que deseó, pero que no compartió con ella.
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Nuevamente el miedo, la siniestra soledad y la fatal agitación que produjo en él correr desesperado por la fría Moscú, le hicieron perder la conciencia y sus pensamientos viajaron por el tiempo una vez más. Esta vez, mientras era transportado probablemente a su lecho de muerte, Lemer retrocedió hasta el verano del dos mil.
Era una cálida tarde, y Lemer dispuesto a dejar su larga soltería había invitado a Yasmina a cenar en el restaurant que los vio nacer como pareja. Gracias al nerviosismo de Lemer la cena se prolongó por más de dos horas. Él no deseaba dejar el recinto sin antes comprometerse formalmente con Yasmina. Pero, justo cuando las fuerzas y el valor le volvieron y se envolvió en romanticismo, un extraño alboroto se inició en el restaurant, debido a unas imágenes que estaban transmitiendo por la televisión. Francia se acababa de coronar campeón de la Eurocopa. Al instante, el instinto deportivo y competitivo de Lemer se puso en pie y la romántica cena finalizó. Inevitablemente los enamorados sintieron alegría, gozo y emoción por el logro conseguido en el campeonato de naciones europeas. Insospechadamente Yasmina, fan de los azules desde el último mundial, era la más entusiasta por las noticias, y no fue sino hasta avanzada la noche, que su particular entusiasmo se apaciguó.
Al borde del Sena, luego de que la pareja hiciera un breve repaso de todo lo ocurrido en este emotivo día, Lemer aún dispuesto a dejar su soltería, se dirigió a su amada.
-Yo no esperaba que todo resulte así –Yasmina se puso nerviosa –. Pero no puedo aguardar más –sacó algo del bolsillo derecho de su pantalón.
-¿A qué te refieres? –Preguntó extrañada Yasmina.
Lemer respiró profundamente y abrió el estuche.
-A pesar de lo inconstante que puede ser la vida… –Hizo una pausa. Creyó no haber escogido las palabras adecuadas.
Por su parte, Yasmina quedó maravillada con los dos quilates que sobresalían del anillo.
-¿Aceptarías casarte conmigo? –Preguntó Lemer, después de un acentuado momento.
Por un momento Yasmina quedó en silencio, mientras Lemer no dejaba de mirarla tan enamorado que la española dudó en ser sincera.
-Me quiero casar contigo –respondió con seguridad Yasmina. Lemer retiró el anillo del estuche –. Pero creo no podría vivir tranquila sabiendo lo peligroso que resulta ser tu trabajo.
Al oírla, Lemer entristeció. Él amaba a Yasmina, pero también amaba su trabajo; y aunque su relación siguió igual, él nunca dejó de reprocharse el no haber cambiado de trabajo para casarse con Yasmina, inclusive en estos momentos de angustia que pasaba en Moscú, o quizás ya fuera de ella, se reprochaba lo mismo, posiblemente, hasta con más efusividad, por el miedo de no volver a verla.
37
Lemer fue trasladado en auto hasta las afueras de Moscú. Posteriormente, en un aeródromo informal, cambió de transporte. Ahora iba encapuchado en una avioneta y vigilado por seis extremistas de Al Qaeda, incluido el piloto. En la avioneta viajaron hasta las afueras de Kabul, y desde ahí Lemer fue llevado en camioneta a un campamento en Kandahar, provincia afgana. Cuando bajaron de la camioneta y se instalaron en el campamento, Lemer sólo escuchaba muchos murmullos y un fuerte viento que soplaba incesante. Horas después, el bullicio aumentó. Ahora escuchaba el sonido de camiones que se acercaban lentamente a su posición. Cuando el ruido cesó, Lemer sintió que alguien se acercaba presuroso hacía él. De repente, le sacaron la capucha y el intenso brillo del sol empaño sus ojos. Cuando por fin pudo reponerse, vio que ante él estaba sentado el hombre más impreso en las revistas y periódicos, al menos en las últimas semanas. Lemer no lo podía creer, estaba frente a frente con Osama bin Laden. Al principio, se sintió perdido, pues no sabía como había llegado hasta ahí; y peor aún, no sabía como iba a salir. Presentía que Osama no lo dejaría salir vivo de su territorio. De pronto, el líder de Al Qaeda se dirigió a él.
-¿Por qué buscas la lanza? –Preguntó Osama, casi con una voz de amabilidad.
Lemer pensó mucho antes de responder.
-Soy su Guardián Protector –respondió sagazmente, jugándose el todo por el todo.
-¿Guardián protector? –Osama estaba seguro de que Lemer era el investigador que había contratado la Orden del Fénix para buscar la Santa Lanza –. ¿Estás bromeando? –Preguntó incrédulo –. ¿No eres tú el investigador que los Guardianes de la Santa Lanza contrataron para recuperar su preciado tesoro?
Lemer quedó atónito, había pretendido salvar su vida haciéndose pasar por el Guardián Protector de la Santa Lanza, pero su verdugo no se tragó el cuento; es más, aparentemente Osama bin Laden conocía toda la historia de la Santa Lanza y de sus Guardianes Protectores.
-¿Qué quieres decir con eso? –Insistió Lemer –. Yo soy su Guardián Protector y he venido a llevármela –señaló con firmeza.
-No es necesario que mientas –indicó Osama, y de repente, intempestivamente recordó que uno de los cinco Caballeros de la Orden del Fénix que sus esbirros habían seguido desde Pula, era francés –. Además los Guardianes de la Santa Lanza tienen emblemas que los identifican como tales. –Hizo una pausa –. ¿Acaso tú tienes emblemas que te identifiquen como Guardián Protector? –Pregunto aún con amabilidad el extremista más buscado del mundo.
Lemer se dio un respiro antes de responder.
-Claro que sí –contestó, creyendo estar ganando la partida –. Yo como Guardián Protector tengo uno de los cinco trozos de la corona de espinas y uno de los cinco trozos del tablero que pusieron sobre la cabeza de Jesús en su cruz. –Al ver la cara de sorpresa de Osama, Lemer prosiguió –. Lastimosamente ahora no las traigo conmigo, pues las he dejado a buen recaudo en París, que es el lugar donde yo vivo.
Osama se sintió burlado. Sabía perfectamente que Lemer venía desde México y que antes había estado en Arabia Saudita, y que nunca había dicho ser un Guardián Protector. Osama sabía que el francés era un impostor.
-Tú no eres un Guardián Protector –estaba sumamente molesto –, eres un espía –replicó Osama.
Lemer decidió continuar.
-Si fuese espía no arriesgaría mi vida como lo estoy haciendo. –Hizo una pausa –. Arriesgo mi vida porque juré proteger la Santa Lanza de cualquiera que se apodere de ella por la fuerza.
-¡Mientes! –Exclamó Osama bin Laden –. Hace sólo unas semanas mis hombres siguieron desde Pula a los cinco Caballeros de la Orden del Fénix, y definitivamente tú no eras uno de ellos –Lemer se asustó –. Tú no apareces en ninguna de las fotos –añadió.
-Eso es cierto –repuso Lemer, dejando atónito a Osama –. Yo no estuve en la reunión de Pula. Yo no fui seguido por tus esbirros –Lemer no sabía que más inventar para salvar su vida –. Pero justamente por ello es que ahora soy un nuevo Guardián Protector de la Santa Lanza.
-¿A qué te refieres? –Pregunto Osama. Estaba sumamente confundido.
-En el momento en que juramentamos como Caballeros de la Orden del Fénix –explicó Lemer –, cada aspirante hace un pacto en el cual se estipula que estando en peligro de muerte, cada Caballero debe ceder su juramento a alguien más –Osama estaba estupefacto –. Por esta razón –Lemer rezaba para que sus palabras sean tomadas como verdaderas –, luego de ser seguido por tus esbirros, Ralf Kruger, el Caballero alemán, me cedió su juramento.
Al terminar de oírlo, Osama se rindió, la historia del francés le parecía veraz y bien estructurada, y sin más por replicar, bajó la guardia, sin recordar que era justamente Ralf Kruger, quien le había estado pasando información a Hanan Qadir, su hombre clave en occidente.
-Lo siento, pero de nada te sirve ser el Guardián Protector, pues la lanza ya tiene otro Señor.
-¿Cómo qué otro señor? –Preguntó Lemer –. La Santa Lanza sólo puede ser entregada por sus Guardianes, de nada sirve si es robada.
-Además, para que la quieres –increpó Osama a Lemer –. Para guardarla por quinientos años más hasta que el Fénix resurja de sus cenizas, o para dársela al infiel de Bush –el nerviosismo de Lemer aumentó –. Después de todo, si tu Orden tanto la quería, ¿por qué no se la pidieron a él? ¿O no sabías que ha estado en su país los últimos cincuenta años? ¿O quizás piensas, que él sí es un buen Señor para tu querida lanza sagrada?
Lemer se quedó sin defensa ante la apabullante declaración del líder de Al Qaeda. El francés era conciente de su frágil situación. Una frase equivocada y Osama lo colgaría sin dudarlo y sin nadie que se lo impida. Por un momento, Lemer prefirió el silencio. Segundos después, Osama aún esperaba que Lemer justifique sus actos.
-La Santa Lanza debe estar al cuidado de sus Guardianes –respondió con poca seguridad Lemer –. Hasta que ellos decidan a quien condecoran como su nuevo Señor.
La situación del francés era sumamente incierta y precaria; desde hace un buen rato, lo único que se respiraba en el campamento era tensión y miedo. Pero de un momento a otro, casi como un repentino cambio de viento, la moribunda suerte del francés mejoró.
-Te repito que lo siento –señaló Osama –. Pero tu sagrada lanza ya no está en mi poder, ahora la tiene otro crédulo como tú.
Al oír el tono de voz de Osama bin Laden, Lemer se dio cuenta que ya no tenía nada más que hacer en ese remoto lugar.
-¿Me dejarás libre? –Preguntó casi confiado.
Osama no dudó en responder.
-Mis hombres te cubrirán el rostro y luego te llevaran a Kabul, de ahí podrás marcharte –indicó amablemente Osama a un temeroso Lemer, considerando que éste ya había pagado lo suficiente por haberse metido con Yahden bin Laya, personaje al que los bin Laden estimaban como a uno de los suyos.
-Está bien –respondió Lemer –. Gracias –añadió, tratando de mantener una postura serena, aunque en realidad se moría de miedo. El cuerpo le temblaba todo, y pese a que se dio cuenta, Osama no quiso hacer leña del árbol caído.
38
En el avión, rumbo a París, Paul Lemer no podía creer todo lo que estaba viviendo, todo lo que le había pasado hasta ahora le hacía recordar escenas de películas norteamericanas de las cuales él no era muy fanático. Por largas horas, el francés disfrutó recordar paso a paso toda esta aventura que parecía estaba llegando a su fin. El cuerpo le volvió a temblar cuando recordó su paso por Riad y su poca agradable prisión, y más tembló cuando recordó la forma en que los musulmanes lo habían capturado en Moscú, después de perseguirlo por todo el mundo. Sin embargo, una sonrisa se dibujó en su palidecido rostro cuando recordó su estancia en el hotel de Riad y en el del D.F., y más aún, cuando volvieron a su mente los días de tours por México. Con todos estos recuerdos y pensamientos, Lemer se sentía muy agotado física y mentalmente, pero no podía evitar pensar en que es lo que le tocaba hacer ahora. Desesperadamente deseaba terminar con esta suicida misión lo más pronto como le fuese posible. Después de analizarlo y meditarlo, decidió que lo mejor que podía hacer, era ir a Filadelfia y contarle detalladamente a Karisteas todo lo que había sucedido, y esperar paciente que él juzgue su trabajo. En el fondo, lo único que deseaba era días de paz y ver pronto a su amada Yasmina.
Al llegar a París, Lemer sintió el agotador y asfixiante ritmo de las últimas semanas, y decidió pasar unos días en su residencia. Cuando salió del aeropuerto y se enrumbó en un taxi a su apartamento, Lemer sintió como lentamente la paz le volvía al cuerpo y a la mente. Él deseaba como nunca compartir sus experiencias con Yasmina. De pronto, el tráfico parisino en la concurrida y singular avenida Champs – Élysées, lo despertó de un sueño de paz. Al frente tenía una pila de autos que no dejaban avanzar al taxi que lo transportaba. Lentamente, casi sin proponérselo, Lemer alzó la mirada y vio a unas cuadras de él, el imponente Arco del Triunfo.
Luego de pagar por el servicio, Lemer se bajó del taxi y caminó directo hacía la inmensa y formidable Place de L’étoile. Al llegar a sus bordes caminó un poco más hasta llegar al imponente Arco que Napoleón mandó construir para conmemorar sus múltiples victorias. Cuando por fin estuvo frente a él, alzó la mirada hasta que sus ojos encontraron el cielo.
–Cielo parisino –pensó –, mientras una sonrisa se dibujaba en su aún cansado rostro.
Esa noche, Paul Lemer durmió como si no lo hubiera hecho en varios días. Aunque estaba cansado, se sentía ansioso por saber que pasaría al día siguiente. Aún sentía una extraña sensación de miedo, de temor de no despertar.
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