domingo, 23 de septiembre de 2007

resurgiendo de las cenizas

1
–Espero no ser el último en llegar –se decía una y otra vez Ralf Kruger, mientras caminaba presuroso por unas estrechas calles de Pula, la ciudad más grande de Istria en Croacia. El calor aún era muy intenso y poco benévolo con los visitantes; sin embargo, no era eso lo que parecía apresurar los pasos del alemán, quien constantemente consultaba ansioso su reloj, casi como queriendo detenerlo.
A medida que se introducía en el centro de la ciudad, los ojos de Ralf se iban llenando de nostalgia. Las casas medievales, los pequeños parques y los numerosos turistas eran todo lo que éste espigado y ario alemán recordaba de su primera, única y tan reveladora visita a Pula, y de eso ya varios años.
–Todo es tal como lo recuerdo –pensaba –. Inclusive ahora tampoco puedo servirme de un taxi –murmuraba sintiéndose presa del cansancio –. Todo sea por la seguridad de mi Orden.
Después de muchas y tantas pequeñas avenidas, Ralf Kruger al fin logró divisar entre tantas casas semejantes, una sobre la cual yacían grabadas las cuatro letras que forman el Código Real de los Caballeros de la Orden del Fénix; y al instante…
– ¡Al fin eh llegado! –Exclamó, mientras caminaba sonriente en línea recta hacía la casa –. La Morada del Fénix –susurró, conociendo los distintos y milenarios secretos que guardaban las blancas y rústicas paredes que se alzaban frente a él.
Al llegar a la entrada introdujo su mano en el bolsillo derecho de su pantalón y sacó presuroso una llave plateada con la cual abrió la puerta que lo separaba de la reunión que llevaba horas aguardando por él. Cruzando el umbral, olvidándose del cansancio Ralf caminó aún más diligente que antes y rápidamente se dirigió al segundo nivel de la casa, sin poder hacer caso omiso al legendario Ave Fénix que desplegaba sus luminosas alas en una amplia pared del recibidor, casi como abrazando los múltiples misterios que se ciñen alrededor de él, o quizás como imponiendo su divina presencia ante los mortales que osaban pasar frente a él. Esta idea última fue la que abordó nuevamente los pensamientos de Ralf, quien tal como la visita anterior a tan secreto lugar, hizo reverencia al pasar frente a tan imponente fresco. Luego, terminando de subir las escaleras, tan sólo girando un poco hacía la derecha, Ralf divisó una nueva puerta que lo separaba de la reunión en la cual aún lo esperaban. Al ingresar a esta nueva habitación, Ralf Kruger volvió a tener ante sus ojos el antiguo y bien conservado ropero que quince años atrás le había causado extrañeza ver por ser el único mueble que trataba de llenar el no poco espacio de aquella amplia habitación.






2
Al igual que Homero Karisteas, Ralf Kruger había recibido el cargo de Guardián de la Santa Lanza por sucesión de su padre. Su ceremonia de iniciación como nuevo Caballero de la Orden del Fénix tuvo lugar en el verano de 1986, en las mismas instalaciones en las que ahora se disponía a entrar. En aquella ocasión Ralf contaba con cuarenta y dos años, su cabello aún era totalmente castaño y sumamente poblado, su agilidad y fuerza aunque limitadas superaban con creces las actuales. Después de ser interrogado por el líder de la Orden y demostrar ampliamente su sincero compromiso con el sagrado legado de Cristo, en presencia de cuatro Guardianes de la Santa Lanza y delante de la corona de espinas y el mordaz tablero de la cruz, aunque cercenados, Ralf Kruger juró lealtad, fidelidad y responsabilidad para con el sagrado emblema de poder que docenas de generaciones de Guardianes habían protegido antes que él. Acto seguido al juramento, el alemán estiró sus brazos de tal manera que sus blancas y grandes manos se posaron relajadas sobre el fuego purificador. Inmediatamente después, Homero Karisteas le entregó sus emblemas de Guardián y en tono solemne le transmitió lo que su padre había obviado: el Código Real.

–Después de tantas lunas al fin he vuelto –pensó Ralf Kruger, mientras se esforzaba por mover el ropero que lo separaba de la habitación secreta en donde le esperaban sus compañeros miembros de la milenaria Orden del Fénix.
Después del ropero una nueva y última puerta, y al pasarla, el dorado resplandor de una caja nada pequeña obligó al alemán ingresar a la Habitación Sagrada con los ojos entreabiertos.
-Perdonen la demora Caballeros –expresó con tono pausado Ralf, mientras la mirada atenta de ocho ojos lo acechaban –. Quise llegar antes a éste repentino llamado, pero por más que traté me fue imposible.
-No es necesario que te disculpes Ralf –dijo Homero Karisteas, el Guardián Protector y líder de la Orden –. Nosotros también tuvimos problemas para llegar, así que no llevamos mucho tiempo esperando. Lo importante es que ya estás acá y ahora sí podemos iniciar nuestra reunión.
Terminando de oír a Karisteas, los otros cuatro Caballeros empezaron a murmurar entre sí. – ¿Acaso habrá un nuevo Caballero? –. La curiosidad se dejaba sentir en cada uno de ellos, pues el llamado a esta reunión había sido totalmente súbito, sorpresivo e inesperado. Habían pasado quince años desde la última vez que la Orden se reunió en Pula, y ahora, aparentemente sin motivos, el Guardián Protector convocaba a reunión. De pronto, el silencio acentuado por Karisteas invitó a los Caballeros a guardar más silencio todavía. Entonces, cuando el silencio se convirtió en solemnidad, Karisteas puesto en pie, se dirigió a sus compañeros Guardianes.
-Apreciados Caballeros, según la historia que mi padre y predecesor en el cargo de Guardián Protector me contó antes de concederme el honor de su juramento; posterior al emperador francés Napoleón Bonaparte, la Santa Lanza fue buscada sin descanso en cada rincón de Europa a lo largo de todo un siglo. Gobernantes y reyes ofrecieron grandes y poco despreciables recompensas a cambio de alguna pista que los llevase a su paradero. A raíz de estos hechos, la historia de los Caballeros de la Orden del Fénix se convirtió en una obsesión de todo aquel que la oía; y ellos, los Caballeros, sólo pudieron sobrevivir al acecho ocultados bajo el nombre de los Caballeros de la Orden de Sicilia, nombre que los Guardianes de la Santa Lanza con Tito como Guardián Protector tomaron en los primeros años del siglo XIV, con la firme intención de mantenerse ocultos de los siniestros y poderosos personajes que años atrás habían aprisionado a toda la Orden del Fénix. Sin embargo, después de Napoleón, el ardid sólo sobrevivió poco más de un siglo, pues en el año 1929, tras largos y constantes trabajos de inteligencia, el dictador italiano Benito Mussolini los encontró. Uno a uno, sistemáticamente nuestros predecesores fueron torturados y posteriormente asesinados por negarse a revelar el paradero de la Santa Lanza. El último Guardián en ser encontrado por la gente de Mussolini fue mi abuela Diana Karisteas, el Guardián Protector, quien al sentirse totalmente acorralada en Atenas, trató de huir por barco hasta Turquía; pero antes de llegar a mar turco, los esbirros de Mussolini la atraparon, y a pesar de la tenaz resistencia que puso, ellos lograron apoderarse de la Santa Lanza que mi abuela llevaba consigo. Seguidamente, acatando las órdenes que se les habían impartido, los esbirros la asesinaron sin piedad. Treinta años después de éste funesto y sangriento día, como ustedes ya saben mi padre encontró en una vieja casa de la familia una misteriosa caja que en su interior guardaba un testamento, el último que mi abuela redactó. Lo extraño era que el documento no llevaba su firma, pues sólo cuatro desconocidas iniciales sellaban el testamento, o al menos esa fue la primera impresión que tuvo mi padre al observar esas letras. Al retirar el testamento, mi padre notó que la caja tenía un doble fondo. Minutos después, ayudado por un cincel mi padre logró destapar la caja. Entonces, ante sus ojos aparecieron unos objetos tan sagrados e históricos, que ni aún en sus más recónditos pensamientos había esperado ver. En el segundo fondo de la caja yacía oculto un tablero bastante deteriorado y cercenado en una de sus esquinas, y junto a él unas espinas tan bien tejidas entre sí que a pesar de su evidente deterioro formaban una perfecta “U”. Me estoy refiriendo al tablero que colgaron sobre la cruz de nuestro Señor y a la corona de espinas con la que sarcásticamente lo coronaron los soldados romanos. Mi padre encontró en esa caja dos de las tres reliquias que José de Arimatea y los suyos guardaron fielmente por tantos años como les fue posible. Ahora, dos mil años después, nosotros aún sólo tenemos aquellas dos reliquias que mi padre encontró, incompletas y totalmente deterioradas, por eso me he sentido en el sagrado deber de convocarlos a reunión, pues casi todos nosotros llevamos más de veinte años como Guardianes de algo que nunca hemos visto y que aparentemente ni siquiera pretendemos ver.
-No es pertinente que te expreses así –interrumpió Pierre Doucet, otro de los Caballeros.
-No sé si sea pertinente –repuso Karisteas –. Pero es la verdad. Muchos acá llevamos más de veinte años como Guardianes de la Santa Lanza y aún no hemos hecho nada por tratar de recuperarla o siquiera averiguar su paradero actual. Por eso los he reunido hoy aquí en Pula, porque creo que ha llegado la hora de que nuestra Orden resurja de sus cenizas y de una vez por todas cumpla sus juramentos, juramentos que cada uno de nosotros a hecho.
-¿A qué te refieres exactamente? –Preguntó Pierre Doucet en un tono más sereno.
-La respuesta es obvia –respondió Karisteas, dirigiéndose a todos los Caballeros reunidos –. Lo último que sabemos de la Santa Lanza es que el dictador italiano Benito Mussolini se apoderó de ella hace poco más de setenta años, antes de la Segunda Guerra Mundial; después de eso sólo hemos oído rumores acerca de sus posibles paraderos, pero nada de eso es algo concreto, en ninguno de esos rumores nos podemos confiar, por eso los convoqué a esta reunión, para que juntos hallemos la forma de descubrir el real paradero de la Santa Lanza y para que juntos encontremos la manera de regresarla con nosotros, sus Guardianes Protectores y legítimos dueños.
-Yo estoy de acuerdo contigo –indicó con cierto entusiasmo Athan Dalaras, uno de los tres Caballeros griegos –. Creo que ya es hora de que cumplamos nuestros juramentos de lealtad, fidelidad y responsabilidad para con la Santa Lanza.
-Yo también estoy de acuerdo –señaló Dymas Vissi, el otro Caballero griego.
-Y yo también –añadió Ralf Kruger –. Sin embargo considero que va a ser una empresa muy difícil de llevar a cabo.
Después de oír al alemán, los tres Caballeros griegos quedaron pendientes de lo que opinaría Pierre Doucet, el Caballero francés, quien al notar que sus compañeros esperaban ansiosos su opinión, se levantó lentamente de su silla y los miró detenidamente a cada uno.
-Llevo meses aguardando por esta reunión –confesó –, pues hace tiempo considero que no estamos cumpliendo con nuestro sagrado título de Guardianes Protectores de la Santa Lanza.
-Que importante es que todos estemos de acuerdo –resaltó Karisteas –. Me satisface saber que no soy el único al que le entusiasma la idea de que nuestra Orden resurja de sus cenizas y de una vez por todas cumpla con su misión de proteger la Santa Lanza y velar por la llegada de un nuevo Rey de Reyes y Señor de Señores.
-A mi también me alegra –interrumpió el Caballero alemán –. Pero ahora lo importante es buscar la forma de rastrear los pasos de la Santa Lanza post Mussolini.
-Yo ya he estado formulando un plan –indicó bastante entusiasta el Caballero francés, sorprendiendo con sus palabras a todos los reunidos –. Creo que debemos contratar a un investigador privado y confiarle la misión de rastrear los pasos de la Santa Lanza post Mussolini, y descubrir donde se encuentra actualmente o en su defecto que nos averigüe que paso con ella después de que Mussolini se la apoderó. Si corremos con suerte en poco tiempo sabremos el paradero actual de la Santa Lanza y entonces podremos ir en busca de ella y reclamarla como nuestra, después de todo nosotros somos sus verdaderos dueños; además tenemos nuestros emblemas de Guardianes para corroborar nuestra posición de Guardianes de la Santa Lanza, o más bien, Caballeros de la Orden del Fénix.
-Si que has estado preocupado por el resurgimiento de nuestra Orden – señaló Karisteas, con una leve sonrisa dibujada en su anciano rostro –. Esta idea que propones me agrada muchísimo y además me convence –se detuvo un momento –. Es más, doy mi apoyo y mi voto para que con algunos ajustes éste sea el plan que llevemos acabo en pos de recuperar la Santa Lanza.
Ante la complacencia de su líder, todos los Caballeros se pusieron en pie en señal de aprobación y contentamiento con lo propuesto por Pierre Doucet. Con el transcurrir de los minutos las ideas y propuestas fueron aflorando y poco a poco el plan se fue perfeccionando. Al cabo de una hora el único inconveniente terminó siendo el como iban a convencer al investigador de que toda la historia de la Santa Lanza era real y no una burda charlatanería de parte de estos veteranos.
Considerándolo una dificultad menor, Ralf Kruger propuso que se le enseñen al investigador los documentos históricos de la Santa Lanza que el padre de Homero Karisteas encontró junto con el tablero y la corona de espinas.
Al oír la propuesta del alemán, un fuerte escalofrío invadió a Karisteas. Su temor era evidente.
-¡Eso ni pensarlo! –Exclamó el Guardián Protector –. Esos documentos son el mayor tesoro que tenemos. Ahí están escritos toda nuestra larga historia como Guardianes de la Santa Lanza; comenzando en el celebre día en que el mismísimo José de Arimatea como primer Guardián Protector escribió detalladamente el inicio de nuestra Orden, continuando con Apolonio, quien fue el primer Guardián Protector en entregar la Santa Lanza y, nada menos que al emperador Constantino, nuestro primer gran Señor de la Santa Lanza. Además de ellos, también Gregorio Barnaba Chiaramonti y el Divino Miguel Ángel dejaron nuestra historia escrita en esos históricos documentos. Evidentemente los últimos en escribir la historia fueron mi abuela y mi padre. Mostrarlos a alguien ajeno a nuestra Orden sería ponerlos en un grave riesgo.
-Todo lo que has dicho es cierto –indicó Pierre Doucet, mirando fijamente a Karisteas –. Pero que otra alternativa propones, pues no va a ser fácil convencer a un profesional como el que necesitamos contratar, que la historia de la Santa Lanza que lleva cerca de dos mil años sobreviviendo al tiempo es real.
-Sé que no va a ser una tarea fácil –señaló confiado Karisteas –. Sin embargo se me ocurre algo. –Hizo una pausa –. Creo que tú no sólo pensaste en contratar a un investigador privado para que rastree a la Santa Lanza post Mussolini, ¿verdad?
-¿Qué insinúas? –Interrumpió curioso Ralf Kruger, provocando una leve tensión en la Habitación Sagrada.
-Nada malo –contestó Karisteas –. Sólo que estoy seguro de que nuestro amigo Doucet ya ha pensado en un investigador en particular, así que nos va a ahorrar el trabajo de buscar.
-Eso es cierto –confesó Doucet –. Como les dije anteriormente, hace meses que llevo esperando esta reunión, pues llevo ya un buen tiempo deseando el resurgimiento de nuestra Orden; sin embargo no me he quedado con los brazos cruzados, más bien he aprovechado el tiempo y hace poco encontré un investigador privado digno de la misión que nosotros estamos dispuestos a comisionar.
-¡Lo sabía! –Exclamó entusiasmado Karisteas –. Cuéntanos de él por favor.
Advirtiendo que Pierre Doucet se disponía contar acerca del investigador que probablemente tendría la difícil misión de averiguar que pasó con la Santa Lanza después que Benito Mussolini se apoderara de ella hace más de setenta años, todos los Caballeros se inclinaron levemente hacía el francés para oírlo mejor. Todos estaban concientes de que la misión era harto complicada.
-Bueno –contestó nervioso el francés, temiendo no impresionar a los Caballeros que evidentemente esperaban oír acerca de un talentoso y reconocido investigador –. Es francés como yo, su nombre es Paul Lemer, tiene 40 años de edad, y desde los 25 trabajó como agente en la DST. Aunque sólo cuatro años después decidió retirarse. Definitivamente es implacable, sumamente profesional y dedicado de lleno a su trabajo. –Tomó más confianza –. Como investigador se ha especializado en obras de arte y afines. En sus largos años de experiencia ha participado en misiones como la del cuadro “Hervidor y frutas” de Cézanne, cuadro que fue robado en 1978 al coleccionista Harry Bakwin; el caso se resolvió favorablemente en 1999. También ha participado en las investigaciones del robo al museo Isabella Stewart Gardner, en Boston, el cual es considerado el mayor robo de arte de la historia, debido a que incluye doce cuadros de Vermeer, Rembrand y Manet, todos valorizados en 500 millones de dólares. Lamentablemente en éste caso Paul Lemer no ha tenido éxito aún; pero en la misión que sí ha tenido un éxito muy sonado es en el caso de “los apuntes perdidos de Miguel Ángel”, y no me refiero a sus escritos como Guardián Protector, sino a sus escritos como artista y arquitecto. Según la historia que se ha tejido alrededor de estos apuntes, todos quedaron perdidos en un antiguo monasterio de Florencia, al menos así fue hasta hace sesenta años, pues en plena Segunda Guerra Mundial los aliados de los nazis descubrieron estos apuntes y se los adueñaron; posteriormente, con la llegada de los norteamericanos a Alemania, los apuntes de Miguel Ángel quedaron perdidos entre tantos escombros producidos por la guerra; pero sólo hasta que Paul Lemer, contratado por un coleccionista norteamericano, luego de meses de intensa investigación los descubriera ocultos en poder de una modesta familia en el sur de Munich.
-¿Y qué paso finalmente con esos apuntes de nuestro predecesor?
-No estoy muy seguro, creo que el coleccionista los donó a un museo; pero en todo caso eso no es lo importante, lo importante es que Paul Lemer tiene buenos antecedentes. Al menos eso es lo que yo creo –respondió confiado el francés.
-¿Crees qué podemos confiar en él? –Preguntó inseguro Karisteas.
-Paul Lemer no sólo es muy profesional, sino que también es muy reservado en su trabajo –respondió sumamente convencido Pierre Doucet –. No acostumbra llamar la atención ni antes ni después de concluir la misión que se le confía. Además, como si todo lo mencionado fuera poco, él tiene por novia a alguien que debería estar ocupando uno de nuestros lugares.
-Entonces él será nuestro investigador –concluyó Karisteas, no deseando profundizar en el delicado asunto referido por el Caballero francés, mientras observaba el precoz asentimiento de los demás Caballeros, como si no les fuese necesario oír más.
-Sin embargo aún falta resolver como le convenceremos de que nuestra historia es real –señaló preocupado Ralf Kruger, tratando de cambiar el tema –. Aún no decidimos si es prudente mostrarle los documentos históricos de nuestra Orden.
-Creo que eso no será necesario –interrumpió bruscamente Karisteas –. Yo mismo me reuniré con él en Filadelfia, en la biblioteca donde reposan mis emblemas de Caballero de la Orden del Fénix, y desde luego, como muestra de nuestra real existencia se los mostraré; pero sólo si la situación lo amerita.
Ante tan rauda determinación del líder de la Orden, todos los Caballeros mostraron su conformidad con la decisión. Todos confiaban en el criterio de Pierre Doucet y más aún en el de Homero Karisteas.
Terminando la reunión, todos los Caballeros se dirigieron presurosos al aeropuerto. El llamado había sido tan inesperado que habían dejado sus países con distintas responsabilidades pendientes.










3
En el aeropuerto internacional de Croacia, una docena de musulmanes liderados por un relativamente joven árabe de nombre Hanan Qadir, aguardaban impacientes en sus diferentes posiciones el retorno de los Guardianes de la Santa Lanza que su líder Osama bin Laden les había ordenado seguir e interrogar.
El mandato de Osama, líder de la organización internacional extremista Al Qaeda, para su docena de esbirros había sido bastante explicito.
–Síganlos hasta Croacia. Descubran donde se reúnen. Fotografíen a cada miembro de la Orden. Y por último interroguen a uno de ellos y averigüen donde está escondida actualmente la Santa Lanza.
Sin embargo, a pesar de superarlos en número y estar estratégicamente posicionados en el interior y exterior del aeropuerto, los liderados por Hanan Qadir no lograron seguirles el paso a los liderados por Homero Karisteas, quienes uno a uno se retiraron del aeropuerto sigilosamente, tal como lo habían previsto desde que Pula se convirtió en la nueva morada secreta de la Orden, y de eso ya hacía varias décadas.
A pesar de haber sido el último en llegar a Pula acudiendo al llamado de Homero Karisteas, Ralf Kruger iba a ser el primero en abandonar Croacia, pues su avión tenía el vuelo programado antes que los de sus compañeros. Pero mientras el alemán se despedía de los miembros de su Orden, el numeroso grupo de musulmanes, que bien ataviados con indumentaria moderna y afrancesada trataban de pasar desapercibidos, se aglutinó alrededor de todos los Guardianes de la Santa Lanza. Cuando Ralf se alejó del grupo para enrumbarse a los pasadizos de abordaje que lo conducirían al avión, sin levantar sospecha alguna, dos musulmanes caminaron junto a él. El resto de ellos se quedó marcadamente cercano al grueso de Caballeros. Al estar lo suficientemente alejados del grupo, cubiertos por la muchedumbre que caminaba presurosa de un lado a otro, los musulmanes se acercaron intempestivamente a Ralf, quien al sentirse incómodo por la presión que bruscamente estaban imponiendo sobre él, trató de zafarse; pero no lo logró. Después de unos segundos de forcejeo, los musulmanes le advirtieron que si no los acompañaba sin poner resistencia, sus compañeros Guardianes serían asesinados. Ante tal amenaza, inmediatamente el alemán giró drásticamente el cuello para ver a sus compañeros, y grande fue su pesar cuando a la distancia los vio totalmente rodeados por musulmanes que le hacían señas de muerte, desde luego sin que los Caballeros lo advirtieran.
–Nos han descubierto –se dijo Ralf Kruger, sumamente nervioso y aterrado por la vida de sus compañeros –. Pero, ¿cómo?










4
En el avión, sin poder evitarlo Ralf se encontró sentado con uno de los musulmanes a cada lado. Cuando la nave despegó, el que se encontraba a su izquierda se presentó como Hanan Qadir, y desde aquel lúgubre momento no dejó de acecharlo con la mirada. Mientras tanto el alemán sólo pensaba en lo peor, su temor era evidente.
– ¡Voy a ser secuestrado! –se decía aterrado.
-Si colaboras con nosotros nada malo te sucederá –le dijo Hanan Qadir, con una voz sumamente calma.
-No sé en que pueda yo ayudarles –contestó Ralf, ciertamente compungido.
-Conocemos todo acerca de tu Orden y sabemos que están tras de la Santa Lanza.
Ralf se sintió perdido. Era evidente que estos musulmanes, probablemente de Al Qaeda, estaban enterados de los planes que la Orden del Fénix tenía en pos de resurgir de sus cenizas.
– ¿Cómo podré zafar? –Se preguntaba mientras las miradas acuciosas de los musulmanes lo acechaban.
-Todos tus compañeros han sido seguidos –Ralf empezó a sudar –, así que no tienes más alternativa que colaborar con nosotros; caso contrario tú y tu Orden desaparecerán del mapa, y te aseguro que nosotros no dejaremos huella de ustedes –Hanan hizo una pausa –. Nadie sabrá que alguna vez existieron.
Ahora el temor de Ralf era mayor, pues evidentemente éste musulmán conocía al detalle la historia de su Orden, a tal punto que se atrevía a mencionar tácitamente el episodio con Mussolini.
-Insisto en no saber de que forma puedo yo ayudarles.
-Nosotros también estamos tras de la Santa Lanza –señaló Hanan Qadir. Ralf se aturdió –, lo único que nos falta saber es su real paradero. Necesitamos que nos digas si el emblema de poder cristiano se encuentra en el Capitolio, la Casa Blanca o en el Pentágono.
-¿Quieres decir que la Santa Lanza se encuentra en los Estados Unidos?
-Vamos, eso es algo que todo el mundo sabe –respondió un tanto sorprendido el musulmán.
-Nosotros no lo sabíamos –respondió Ralf, muy aturdido –. Es cierto que lo sospechamos; pero aún no lo confirmamos.
-¿Aún no lo confirman? Quieres decir que lo están averiguando, ¿cierto? –Se detuvo – Ten mucho cuidado con lo que me vas a responder Caballero de la Orden del Fénix. Recuerda que la vida de tus compañeros depende de ti.
La mirada del alemán estaba totalmente perdida. – ¡¿Qué puedo hacer?! –Se preguntaba una y otra vez, mientras visualizaba a todos sus compañeros rodeados por numerosos musulmanes.
-Hemos decidido contratar un investigador para que averigüe donde se encuentra la Santa Lanza –inclinó la cabeza –. Aún no sabemos donde está.
-Puedo notar que no me estás mintiendo –señaló complacido el musulmán –. Así que haré un trato contigo, ¿de acuerdo?
-Está bien.
-Cuando tu investigador dé con el paradero actual de la Santa Lanza, inmediatamente me lo informarás. –Levantó la voz –. Si estás considerando la idea de engañarme, delatarme o traicionarme, sólo recuerda que dentro de unas horas mi compañero y yo sabremos donde vives, y a eso súmale que mis demás compañeros sabrán dentro de breves momentos donde residen el resto de los Caballeros de tu Orden.
Al llegar a las afueras de su casa en Hamburgo y notar que los musulmanes aún le venían pisando los talones, Ralf Kruger trató de encontrar una solución satisfactoria a tan burda situación para él y su Orden, pero por más que se esforzó no logró ningún éxito. Todo parecía perdido.
– ¿Qué hubiese hecho mi padre en esta situación? –Se preguntó una y otra vez tratando de hallar respuesta a tan difícil dilema –. ¿Qué haría Miguel Ángel o Alessandro de Médicis? ¿Qué hubiesen hecho José de Arimatea, Apolonio o Barnaba Chiaramonti?
Al final, al darse por vencido resolvió que lo primordial era preservar la Orden del Fénix. El alemán consideró que la Santa Lanza podía ser extraviada otra vez, total llevaba muchos años lejos de sus verdaderos Guardianes.
Por su parte, al notar que el Caballero alemán estaba realmente dispuesto a colaborar con él, Hanan Qadir decidió reportarse con su líder para informarle lo acontecido y recibir nuevas órdenes.




5
Al Qaeda, que en castellano quiere decir “la base”, tiene sus orígenes en la sublevación contra la ocupación soviética de Afganistán. Los millares de voluntarios alrededor del Oriente Medio acudieron a Afganistán como guerreros en defensa de musulmanes compañeros. Estos incólumes guerreros fueron cruciales para derrotar a las fuerzas soviéticas. Y posterior a la guerra se unieron a la organización internacional que nacía con la única intención de defender a su religión y su gente. Al Qaeda es una organización extremista con alcance en diversos países especialmente musulmanes. Su líder y fundador, Osama bin Laden, lleva como ideología primordial unir a todos los musulmanes y establecerlos, por la fuerza si es necesario, en una única nación islámica. Osama tiene como centro de operaciones y seguro refugio la inhóspita Kandahar, provincia afgana. Y es hasta éste remoto lugar al que Hanan Qadir lo llamó desde se plateado celular satelital.
-Pronto nos confirmarán el paradero del emblema de poder cristiano, señor –reportó Hanan Qadir, con suma pasividad y con profundo respeto.
-¿Quién lo confirmará? –Preguntó sereno Osama bin Laden.
-Lo confirmará Ralf Kruger, señor, el Caballero alemán.
-¿Han seguido a todos los miembros de la Orden?
-Sí señor, tal como usted lo ordenó. Y siguiendo sus órdenes sólo hemos tenido contacto con uno de ellos, a los demás sólo los hemos seguido para conocer su domicilio en caso de que necesitemos proceder de manera distinta.
-Si ya han tenido contacto con uno de ellos, ¿por qué aún no tienes confirmado el paradero actual del emblema de poder de los infieles? – Preguntó Osama, en un tono menos cordial.
-El Caballero alemán nos ha informado de que su Orden aún no tiene confirmado el actual paradero de la Santa Lanza, pero que recientemente han decidido contratar los servicios de un investigador privado para que les averigüe y les confirme dicha información.
-¿Y tú confías en las palabras de ese Caballero?
-El susto que le dimos fue suficiente para conseguir que nos hablase con sinceridad. Estoy completamente seguro que Ralf Kruger me dijo la verdad, y estoy más seguro aún de que no tardará en comunicarse conmigo para confirmarme el actual paradero de la Santa Lanza, que es como ellos llaman a su burdo emblema.
-De acuerdo, confiaré en tu juicio.
-Gracias señor –dijo en tono cortante Hanan Qadir, con evidente entusiasmo por finalizar la comunicación –. Entonces me volveré a comunicar con usted cuando reciba la confirmación que esperamos.
-Espera –señaló Osama, en un tono misterioso que sin proponérselo preocupó en demasía a Hanan Qadir –. ¿Han logrado dar con la ubicación del recinto donde se llevan a cabo las reuniones secretas de la Orden del Fénix?
Al oír la pregunta de Osama, una siniestra sensación recorrió el cuerpo de Hanan Qadir; pues esa era la interrogante que tanto había deseado no recibir, debido a que a pesar de la premura del asunto y de las claras órdenes de su líder, ni él ni sus hombres habían logrado seguir a los Caballeros de la Orden del Fénix luego de que estos abandonasen el aeropuerto para dirigirse a su reunión en Pula.
-No señor –respondió amilanado –. Lastimosamente no pudimos seguirlos luego que abandonaron el aeropuerto. Aparentemente ellos son concientes del peligro latente que corre su Orden, y debido a ello toman rutas alternas a las comunes, de modo que imposibilitan que alguien los pueda seguir.
-Ya arreglaremos cuentas tú y yo –replicó sumamente molesto Osama –. Por ahora continúa con la misión, y asegúrate de no cometer más errores.
6
Una semana después, a unas pocas calles de la Place de L’étoile, en un amplio apartamento ubicado en la avenida Víctor Hugo, una de las doce que confluyen en esta singular, histórica y monumental plaza, un bullicioso timbre de teléfono despertó a Paul Lemer.
Eran las seis de la mañana cuando Homero Karisteas, instalado recientemente en Filadelfia, llamó por teléfono a París. La llamada no sorprendió a Lemer, pues el día anterior había recibido una carta proveniente de la cuidad norteamericana de Filadelfia, de parte de Homero Karisteas, en la cual se le solicitaba sus servicios como investigador privado. La carta indicaba además, que al día siguiente se le llamaría por teléfono para recibir una respuesta, lo cual sí sorprendió mucho al francés, pues la carta no describía el asunto de la investigación ni mucho menos los pormenores del contrato.
-Alo –respondió Lemer, casi entusiasmado.
-¿Acepta usted el trabajo?
La voz que oyó Lemer se oía muy distante, definitivamente era la llamada que estaba esperando. La voz del personaje misterioso era suave y pausada, casi hasta senil.
-¿Cómo puedo aceptar el trabajo si ni siquiera sé de que se trata? –Replicó inquieto Lemer –. Al menos dígame que tengo que investigar, o si tengo que buscar algo.
-Está bien –respondió Karisteas –. Usted tendrá que buscar algo; se trata de una reliquia cristiana muy antigua que ha sido robada. Los demás detalles se le darán en Filadelfia si acepta usted la misión.
-D’un accord –respondió confiado el francés dejándose llevar una vez más por su intrepidez –. Mañana tomaré el primer vuelo a Filadelfia; sólo espero que no me decepcione con la misión.
-No se preocupe señor Lemer, esta misión no le decepcionará en lo absoluto.
-¡Aaaa! Cuando llegue a Filadelfia ¿cómo se supone que lo encontraré?
-No se inquiete por eso señor Lemer, pues cuando usted llegue a Filadelfia yo me comunicaré con usted. Lo llamaré por teléfono al hotel donde se hospede.
-Bon, entonces estaremos en contacto señor Karisteas.
-Hasta pronto señor Lemer.
Después de colgar el auricular, Paul Lemer decidió volver a la cama, pues aún era muy temprano en la Ciudad Luz. Al medio día se despertó algo sobresaltado, pues recordó que tenía una cita en el Krep Restaurant, un vistoso y céntrico establecimiento.









7
Una hora después, cuidadosamente arreglado y bien perfumado, Lemer ingresó presuroso al restaurante. En una mesa ubicada en la zona de no fumadores lo esperaba Yasmina, una joven y bella periodista española, quien al ver que Lemer se aproximaba, cambió su sonriente y romántico gesto por un rostro reservado y parco.
-Llevo más de veinte minutos esperando –señaló aparentemente fastidia la española.
-Je le sens –respondió Lemer, con un gesto anonadado –. La verdad es que me desperté muy de mañana y en seguida me volví a dormir; luego me desperté hace unos minutos y me vine lo más pronto que pude.
-¿Te llamaron?
-Oui. No me informaron mucho sobre la misión que me van a confiar, pero acepté y mañana me voy a Filadelfia. Nunca he estado en esa ciudad, así que espero me guste.
La noticia del repentino viaje no agradó mucho a Yasmina, quien sensibilizada por ello, acarició apaciblemente el rostro de Lemer; y justo cuando se disponía a susurrarle algo al oído, un atento y lozano mozo se les acercó. Para salir del paso ambos ordenaron la especialidad de la casa; luego, mientras el mozo se alejaba, Yasmina miró fijamente los desconcertados ojos de su novio.
-Prométeme que te vas a cuidar –suplicó, con evidente preocupación.
-Por supuesto que sí Yasmina, sabes que siempre lo hago. –Acarició su rostro –. Cuando vuelva te contaré detalladamente todo sobre esta nueva aventura y tú me contarás todo lo que habrás hecho en mi ausencia. –Hizo una pausa –. Espero me extrañes.
-Espero no te demores mucho en volver, así no tendré que extrañarte tanto.
-Me dijeron que tengo que buscar algo –mencionó emocionado Lemer, recostándose en su silla.
-¿Algo?
-Una antigua reliquia cristiana que ha sido robada. Sólo eso me adelantaron; el resto de la información me la darán cuando llegue a Filadelfia.
-No quiero alarmarte –indicó Yasmina, aún mirando fijamente a Lemer –. Pero tengo un extraño presentimiento acerca de todo esto. Me parece muy extraño la forma en que te han contactado y más aún la forma tan repentina y misteriosa en que te piden que vayas a Filadelfia.
-¿Crees que me pasará algo malo? –Preguntó extrañado.
-No malo –respondió Yasmina –. Simplemente creo que todo esto es muy infrecuente. Creo que esta nueva misión no se avizora tan sencilla como las anteriores.








8
El almuerzo culminó con un beso, y al beso le continuó un pródigo paseo por la avenida Champs-Élysées. Al paseo le siguió unas horas de placer en el apartamento de Yasmina, el cual se encontraba a sólo unas calles del apartamento de Lemer.
Varias horas después, cuando Lemer se percató del tiempo, ya había pasado la media noche. Yasmina estaba dormida y se veía tan frágil y bella ante los ojos del francés, que él se resistió a despertarla; así que cogiendo sus cosas se fue. Debido a la hora Lemer decidió esperar hasta el día siguiente para comprar su boleto de avión. Minutos después llegó a su apartamento, por su mente no pasaba otra cosa que la misión que le iban a encomendar. Lemer no conocía Filadelfia y eso lo tenía un tanto nervioso, debido a los desfavorables comentarios que había escuchado referente a esa ciudad; sin embargo, él era muy audaz, además de arriesgado y temerario; así que especulando sobre su nueva misión se quedó dormido.








9
Al día siguiente, después de un largo viaje, bastante cansado Lemer se hospedó en el Windsor Hotel. El francés no deseaba llamar la atención, por ello se alojó en este hotel poco fastuoso, ubicado en la avenida Benjamín Franklin de Filadelfia. Desde su llegada al hotel, Lemer no hacía nada más que comerse con la vista el teléfono de su habitación. Hasta que cerca de las nueve de la noche el teléfono al fin empezó a timbrar.
-¿Cómo estuvo el vuelo? –Preguntó una voz senil. Esta vez la voz se oía más cercana.
-Agotador –respondió compungido el francés –. Pero ya reposé. Llevo horas aguardando su llamada.
-Muy bien –repuso Karisteas –. Mañana nos reuniremos en la Biblioteca Libre de Filadelfia; está a sólo unas calles del hotel donde usted se hospeda. Cuando llegue encontrará un vigilante en la entrada, a él pregúntele por mí; yo estaré aguardando por usted desde las nueve de la mañana en el salón principal de la primera planta.
Después de colgar el auricular, la curiosidad de Lemer empezó a llegar al límite, ya que nunca antes había dado tantas vueltas antes de saber los detalles de una misión.







10
La mañana siguiente, habiendo dormido sólo unas horas, Lemer se despertó sobresaltado, pues la ansiedad lo tenía atrapado. Después de un refrescante y veloz chapuzón, se vistió con su traje especial. El de la suerte. Una camisa crema pastel de Christian Dior, sin corbata debido al penetrante calor; un terno negro intenso con suaves relieves plateados de Hugo Boss, y en la muñeca derecha un rolex dorado que, al abrochárselo dudó en llevarlo.
Casi sin poder evitarlo el francés llegó temprano a la biblioteca indicada por Karisteas, pero decidió esperar antes de ir al encuentro de su cita.
La Biblioteca Libre de Filadelfia, que resultó enorme e imponente ante los ojos de Lemer, se encuentra en la street vine, calle de la vid 1901, entre las diecinueveavo y vigésimas calles en el Parkway. La sede actual fue abierta al público el 2 de junio de 1927. En sus inicios, allá por el año 1898, la Biblioteca Libre tenía la circulación más grande del mundo, con 1`778,387 volúmenes.
Cuando dieron las 9:05, Lemer se acercó diligente al portal principal de la biblioteca. Ahí, bajo las múltiples columnas de la segunda planta, un amable vigilante, que en realidad parecía bien entrenado para la ocasión, luego de ser consultado por la presencia de Homero Karisteas, presto guió al francés hasta la biblioteca popular de Philbrick, en la primera planta del edificio. En éste nada pequeño espacio, donde se puede acceder a los materiales recién lanzados, la ficción, los libros audio y los videos; es donde aguardaba paciente Karisteas, el Guardián Protector de la Santa Lanza.
El griego, de buenas facciones, yacía sentado junto a una mesa. Vestía un terno negro muy elegante, bastante diferente al de Lemer, sobre todo por el corte clásico que lo distinguía. Un anillo de oro sobresalía en sus blancas manos.
-Por fin nos conocemos señor Karisteas –le estrechó la mano –. Es en placer poder saludarlo.
-Había oído mucho sobre usted en estos últimos días señor Lemer, y realmente es usted como me lo imaginaba.
-Espero no decepcionarlo.
-En lo absoluto. En todo caso eso dependerá del servicio que me brinde.
-Quizás sea tiempo de que me explique al detalle la misión que me va a encomendar.
-Es cierto –indicó seguro Karisteas, respirando profundamente –. Para eso lo cité en esta biblioteca; pues no hay otro lugar en Filadelfia donde se pueda conversar con más tranquilidad. –Lemer dio un amplio vistazo a todo el rededor de la sala. Realmente era grande y tranquilo –.Pero antes de abordar los detalles de la misión, debo hacerle una pregunta crucial.
Ahora si la curiosidad de Lemer había llegado al límite de lo que podía resistir. Tanto preámbulo simplemente enloquecía al francés. Sin embargo, trató de mantener la calma y lentamente se inclinó en dirección a Karisteas para poder oír su pregunta.
-¿Es usted cristiano?
Ante tan inesperada pregunta, repentinamente el cuerpo de Lemer se volcó para atrás. Eran incontables las veces que éste francés había sido consultado sobre su fe; sin embargo, esta vez todo parecía diferente, había algo en el entorno que le hizo detenerse a pensar. De pronto, luego de hacer un breve recorrido por las pocas frases que había intercambiado con Karisteas, Lemer recordó que lo único que se le había mencionado sobre la misión era que tenía que buscar una reliquia “cristiana” que había sido robada.
-No voy todos los domingos a la iglesia –respondió sonriente –. Pero definitivamente creo en algo superior, algo divino.
-Con eso me basta –dijo complacido Karisteas –. Ahora hablemos de los detalles de la misión que le voy a encomendar.
-Perfecto –se frotó las manos con impaciencia.
-Se trata de la Santa Lanza o también conocida como Lanza de Longinos o Lanza del Destino, ¿ha oído usted sobre ella?
-Si se refiere a la lanza con la que atravesaron el costado de Cristo para asegurarse si había muerto, por supuesto que he oído de ella.
-Excelente; entonces continuemos –el entusiasmo creció –. Como usted bien dice la Santa Lanza fue el arma con que Cayo Casio, el soldado romano, se aseguró de que efectivamente Jesús estaba muerto; sin embargo, contrario a las creencias y antojos populares, la historia de aquella lanza no acaba ahí, todo lo contrario, recién inicia aquella tarde de viernes en el Gólgota…
-¿Recién inicia? –Interrumpió consternado el francés –. ¿A qué se refiere?
-Tal como le digo –Karisteas se mostró muy confiado –. La historia de aquella lanza recién inicia en el Gólgota. En realidad es un cuento muy largo, pero debido a las circunstancias sólo le contaré lo necesario para que usted se oriente.
-¿Contarme? –La contrariedad era evidente – ¿Acaso me está queriendo decir que hay una historia en relación a aquella lanza post muerte de Jesús?
-Eso mismo señor Lemer. –La seguridad de Karisteas era impoluta –. El caso es que para poder exponerle la misión que le voy a encomendar, antes debo ponerle al corriente de la historia de la Santa Lanza; pues la reliquia cristiana que usted tendrá que buscar no es otra que el arma con que Cayo Casio atravesó el costado de nuestro Señor.
Los ojos de Lemer se abrieron por completo al oír las palabras de Karisteas. El francés simplemente no daba crédito a lo que oía.
-Creo que no oí bien –replicó sumamente extrañado –. Me pareció entender que la reliquia cristiana que voy a buscar es la Santa Lanza.
Advirtiendo el evidente trastorno de Lemer, el griego sonrió y asintió con la cabeza.

11
Paul Lemer había oído diversas historias y leyendas relacionadas con Jesús. En sus múltiples misiones inclusive había aprendido que en el arte y la religión todavía existen temas poco conocidos y vagamente difundidos. Sin embargo, nunca, en sus largos años de raciocinio había oído algo siquiera lejanamente similar a lo que Karisteas le argumentaba.
-Permítame contarle un resume de la historia –expresó seguro el griego –. Ya verá que después todo le será más fácil de entender.
-Está bien –respondió inquietado Lemer.
-Le recomiendo que se ponga cómodo señor Lemer –el francés se acomodó –, porque a pesar de que sólo le contaré un resume, son más de dos mil largos años los que abarca esta misteriosa y reveladora historia, aunque la verdad es que muchos han tratado de enterrarla en el tiempo apelando que sólo es una vieja leyenda. –Lemer no lo dudó –. Esta historia tiene sus orígenes en los registros bíblicos, para ser mas exacto comienza en los evangelios. –Hizo una pausa –. Disculpe por dar tantas vueltas –la impaciencia de Lemer era evidente –, pero estoy algo nervioso, la verdad es que aparte de mi, esta historia sólo la conocen unos pocos personajes. Yo nunca se la he contado a nadie, pues después que mi padre me la contó hace ya muchos años, juré no revelársela a nadie, a menos que fuese mi sucesor, y desde luego usted no lo es.
Lemer estaba más que inquietado por la demora de Karisteas. La molestia lo consumía.
–Me arrepiento de haber venido –pensó, inconforme con la situación.
-Todo comenzó durante la última semana de Jesús... –el francés miró al techo totalmente desilusionado –. No ponga ese gesto de decepción señor Lemer. Esta no es una fábula religiosa. Esta es una historia real que aún no termina. Además, después de oírla usted mismo será parte de ella.
-En serio –se oyó decir Lemer, revelando algo más que sarcasmo en su rostro y más en el tono de su voz.
-Como le iba diciendo –continuó Karisteas, sin otorgarle mayor importancia –, la historia de la Santa Lanza tiene sus inicios durante la última semana de Jesús, justo cuando cuatro sabios atenienses, encaminados por la historia de un rey nacido en Belén llegaron a la Cuidad de David en busca del rey prometido. Era el día que conocemos como Domingo Ramos cuando Jesús de Nazareth hizo su entrada triunfal a Jerusalén. La vasta muchedumbre que se había congregado para verle en Betania junto al resucitado Lázaro, le acompañaba ansiosa de presenciar su recepción en la capital. Una gran parte de la multitud que iba en camino a Jerusalén para celebrar la Pascua se unió a la muchedumbre que acompañaba a Jesús, y entre ellos los cuatro sabios atenienses que habían llegado a Jerusalén afanosos de entrevistarse con Él.
Henchido de ganas y entusiasmo por cumplir todas las profecías dadas sobre Él, Jesús había enviado de antemano a Felipe y Andrés a conseguirle un pollino nunca antes montado. Al hallar al animal en el lugar que su Señor les había indicado, los discípulos lo desataron y se lo llevaron presurosos. Con jubiloso entusiasmo, tendieron sus mantos y abrigos sobre el animal y en seguida sentaron encima a Jesús; pero dado que Él había viajado siempre a pie, los discípulos y seguidores se sintieron extrañados de que ahora decidiese viajar montado en un pollino; sin embargo, los griegos no se extrañaron, ellos estaban totalmente maravillados y extasiados al ver que Jesús se disponía entrar de esa manera a Jerusalén, cumpliendo así lo predicho por el profeta Zacarías: “Regocíjate sobre manera, hija de Sión. Da voces de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde y montado en un asno, en un pollino, hijo de asna”.
Treinta años antes, después de presenciar, adorar y honrar a Jesús, dejando relegados a sus dos compañeros, Baltasar marchó de Belén rumbo a Atenas con la excusa de tener que encargarse de asuntos y negocios personales. Sin embargo, la verdadera intención que le impulsó para dirigirse a la capital griega, fue su extrema ambición y sus ansias de poder bien maquilladas por su aparente devoción al divino rey que sus conocimientos le habían permitido descubrir. Baltasar estaba completamente seguro de que Jesús era el Rey de Reyes prometido, y debido a esto, había planeado mantenerse cerca de Él para lograr sus más grandes ambiciones. Al llegar a Atenas, el sabio oriental conciente de sus limitaciones y obvias necesidades para lograr sus objetivos, se trazó como meta convencer a algunos de los más poderosos, eruditos y acaudalados atenienses, que Jesús, gracias a su procedencia divina, era quien los liberaría de la opresión romana. Sin embargo, contrario a todo lo que Baltasar esperaba, los griegos sólo le dieron burlas y lástima, pero nada de credibilidad y mucho menos apoyo. Después de largos meses y constantes humillaciones, Baltasar, sintiéndose totalmente derrotado, decidió volver a su país. Con el pasar de los años la historia del sabio oriental se hizo muy popular. En plazas y mercados se contaba la historia de un rey prometido que había nacido en Belén. La historia del rey justo y redentor llegó a todo oído curioso y ávido de justicia y salvación. Varios años después, cuatro atenienses relativamente jóvenes y entregados a la búsqueda de la verdad, se toparon con las historias de Baltasar. Estos cuatro griegos, decididos a descubrir si la historia del Rey de Reyes prometido era cierta, decidieron estudiar detalladamente las profecías judías. Una vez convencidos de que las historias de Baltasar eran verdaderas, los cuatro griegos decidieron ir a Jerusalén en busca de Jesús, coincidiendo su llegada a la Ciudad de David con la Pascua judía.
Por su parte, siguiendo la costumbre de los judíos en cuanto a una entrada real, Jesús cabalgó el animal que montaban los reyes de Israel. Al verlo, la muchedumbre le aclamó como Mesías y como su Rey. Los doce discípulos y los cuatro griegos recibieron esto como una prueba de que sus esperanzas se harían realidad y que pronto le verían establecerse en su trono. Todos alrededor estaban convencidos de que la hora de su liberación estaba cercana. Desde los más jóvenes hasta los más respetables ancianos, pasando por mujeres y varones, judíos y griegos, pobres y ricos, todos veían en su imaginación a Jerusalén libre de los ejércitos romanos.
Al acercarse cada vez más a las puertas de la cuidad, la procesión se engrosaba por las muchedumbres de Jerusalén. De las multitudes reunidas para asistir a la Pascua, miles salieron para dar la bienvenida a Jesús. Le saludaban agitando palmas y entonando sagrados cantos. Siendo fieles y gozosos testigos de tan glorioso momento, los griegos, entusiasmados por el jolgorio general y convencidos plenamente de que Jesús era el Rey de Reyes prometido y predicho por los múltiples profetas judíos, decidieron que era el momento oportuno para presentarse ante el Rey y tratar de conseguir una audiencia con Él. Pero al no poder siquiera acercársele debido a la incontenible muchedumbre, los griegos se aproximaron a Felipe, uno de los doce escogidos, y le rogaron diciendo: Señor, queremos ver a Jesús.
Temiendo de que estos griegos fueran espías de los romanos o de los fariseos, Felipe fue donde Andrés y le puso al tanto de la intención de los griegos. Al no llegar a ningún acuerdo, los dos discípulos fueron donde Jesús y le contaron lo ocurrido. Para sorpresa de los discípulos y especialmente de los cuatro griegos que les habían venido siguiendo sigilosamente, Jesús les respondió, diciendo: “¡Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado!”.
Horas después, mientras el sol poniente teñía de oro los cielos, Jesús escoltado por su séquito y seguido por los cuatro griegos se dirigió a la casa de Martha, hermana de Lázaro, en Betania, lugar donde había previsto reunirse con los griegos. Cuando por fin llegaron a la casa de Martha, Jesús pidió a sus discípulos que le dejaran solo con sus invitados. Todos, incluidas las mujeres se dispersaron en los alrededores de la casa, menos Judas Iscariote, quien desconfiando de las intenciones de los griegos, se quedó escondido cerca de la habitación.
Al creerse a solas con Jesús, como en antaño, los sabios honraron al Rey entregándole regalos y saludando su triunfal entrada al camino real. Por su parte, Jesús no deseando ser descortés sólo atinó a observarlos y agradecerles el gesto, pues aunque en su corazón sabía que ciertamente Él merecía todas esas honras y más, su humildad y su real propósito no le permitían enseñorearse o glorificarse banalmente. Al término de los saludos y de las honras, invitados por Jesús los griegos se sentaron. Seguidamente, poniéndose en pie y respirando profundamente, Jesús miró fijamente a los griegos y les dijo: Sé porque han venido a buscarme y sé también de sus buenas intenciones, por ello, para su regocijo les digo que Yo Soy el Rey de Reyes del cual les han hablado y del cual ustedes han leído y estudiado; pero les digo también, que aún no ha llegado mi hora, pues mi reino no es para este siglo sino para el venidero. –Hizo una pausa –. “Cuando el día se haga oscuro para mis ovejas, tan oscuro como ninguno de los que los hijos de Adán han contemplado. Cuando las tinieblas cubran con su espesor toda luz que dispongo sobre ellos. Cuando la sangre de los santos sea derramada sin piedad a causa mía. Cuando los días se hagan eternos en la espera de un salvador y toda esperanza quede menguada por el dolor. Cuando la libertad y el amor sean parte de una antigua y lejana promesa. Entonces vendrá mi paz sobre el mundo y todo llanto cesará, pues mi reino se posará sobre las tinieblas”.
Después de oír las contundentes revelaciones y profecías de Jesús, un silencio reservado invadió la habitación. Los griegos se quedaron inquietos, sorprendidos y emocionados con sus palabras; pues Él mismo se había declarado el Rey Prometido, e inclusive había señalado el tiempo de su reinado. Sin embargo, aún cuando los segundos se hicieron eternos y más eterno el silencio, no hubo repuesta de parte de los griegos a tan gloriosa declaración. La aceptación era contundente, pero más lo era la afirmación de que aún no había llegado la hora de su reinado. Pronto, una inevitable invitación llegó a los griegos, pues aunque no se oía nada, el silencio lo decía todo. Era hora de marcharse, la entrevista había concluido.
Al retirarse de la casa de Martha, los griegos fueron acompañados en su camino por una resplandeciente luna que parecía mostrarles intencionalmente el camino a Jerusalén. Las tinieblas aún no los habían cubierto.
Mientras marchaban por el no largo camino entre Betania y Jerusalén, los cuatro griegos iban compartiendo unos con otros sus dudas e inquietudes, sin lograr resolver ninguna de ellas, a pesar del esfuerzo impuesto. La mañana siguiente, luego de pasar la noche en una guarnición romana, debido a la falta de hospedaje que producía la Pascua, los cuatro griegos aún emocionados y al mismo tiempo confundidos, reconocieron que sólo existía un lugar al que podían ir en pos de despejar sus dudas. Estos cuatro griegos eran hombres sabios, ricos y muy prestigiosos; así que dieron por sentado que no era donde los humildes discípulos donde encontrarían las respuestas que buscaban. Sus dudas los llevaron directo al Templo de Jerusalén, en busca de los príncipes y eruditos de la religión judía. Los cuatro sentían que sólo encontrarían respuestas en sabios de su real alcurnia.
Al llegar al templo y narrar a los príncipes y miembros del Sanedrín las historias por las que habían venido desde tan lejos, además de su memorable entrevista con Jesús, los griegos sólo encontraron rechazos y burlas por parte de Caifás y su corte. Pero justo cuando las altas paredes del templo les privaron del matutino brillo solar dejándolos a merced de las sombras, en los precisos instantes en que las esperanzas por obtener respuestas parecían fenecer, dos miembros del Sanedrín les invitaron a conversar con ellos.
José de Arimatea y Nicodemo fueron los príncipes judíos que aceptaron reunirse con los cuatro griegos. La reunión fue en casa de Nicodemo, un joven muy rico y sabio entre los príncipes judíos.
Una vez reunidos, los griegos relataron detalladamente a los judíos el motivo de su presencia en Jerusalén. Luego de oírlos atentamente, los miembros del Sanedrín mostraron su total sorpresa en cuanto a los no escasos conocimientos de los griegos acerca de Jesús y de las profecías judías.
Fue sólo después de una larga y bastante reflexiva discusión, que los sabios reunidos concluyeron y aceptaron que Jesús de Nazareth era el Rey de Reyes prometido en las antiguas profecías judías. Sin embargo esto no sació las dudas de los jóvenes griegos. Ellos necesitaban entender el significado real de lo que Jesús les había profetizado en su reunión con Él. Ellos necesitaban saber si el reino de Jesús se cumpliría en esos años de cruel, sangriento y pagano dominio romano, o aún tenían que aguardar años más tenebrosos.
Instantáneamente, al ser informados de todo lo acontecido en la reunión de Betania, los judíos se sintieron algo confusos, pues a diferencia de los griegos ellos no habían escudriñado las profecías sobre el Mesías relacionándolas íntimamente con Jesús; pero a pesar de ello no tardaron en dar sus opiniones.
Jesús había declarado explícitamente que su reino no era para este siglo, sino para el venidero, para cuando los días se hagan oscuros y la sangre de los santos sea derramada sin piedad.
Los seis sabios estaban concientes de que Jesús había profetizado su propia muerte y al mismo tiempo había aceptado ser el Rey de Reyes prometido; además de todo esto, sus obras y sus palabras lo calificaban y ensalzaban para ser el gran rey que al menos ellos esperaban y que seguramente muchos soñaban. Todo parecía difícil de entender para los sabios reunidos, las declaraciones de Jesús eran aparentemente contradictorias, sin embargo ellos estaban dispuestos a no darse por vencidos y finalmente confiaban en hallar una respuesta real y contundente a sus dudas. Pronto los griegos soltaron la idea de que Jesús reencarnaría y que así cumpliría su destino. Pero automáticamente los judíos rechazaron y condenaron la idea de la reencarnación, pues ni Moisés ni los profetas les había enseñado tal cosa.
Los dos judíos por su parte creían que Jesús era el Hijo de Jehová, el Todopoderoso; así que entusiastamente promovieron la idea de que si había venido al mundo bajo la figura humana de Jesús, también podría venir al mundo como otro hombre, y así ser el rey que ellos tanto deseaban. A esta idea que en esencia no era distante a la reencarnación, los griegos respondieron unísonos: ¡Cómo el ave Fénix!
-¿A qué se refieren? –Preguntó contrariado Nicodemo.
-En nuestra mitología –respondió el más joven de los griegos – el ave Fénix es un enorme pájaro envuelto en llamas y de plumaje rojo anaranjado como el fuego. Es un ser mágico y fabuloso que en la antigua cultura egipcia simbolizó al astro sol que muere por la noche y renace por la mañana. El Fénix es considerado un semidiós por griegos y egipcios, y según la leyenda, esta ave se consume por sus propias llamas cada quinientos años, para más tarde renacer de sus propias cenizas como un Fénix joven y nuevo.
Al terminar su exposición, considerando la postura ultra conservadora de sus anfitriones, el joven griego esperó toparse con rostros asombrados o cuando menos extrañados, pero no fue así.
-En nuestras historias –replicó confiado José de Arimatea – se cuenta que en el Jardín del Edén hubo un ave al cual Adán nombró “Chol”, el cual no probó del fruto prohibido, y que gracias a esto, cuando el querubín del Señor echó a Adán y Eva del jardín, esta ave conservó su inmortalidad, y cada mil años se renueva y torna nuevamente a su juventud. Además, se cuenta también de que en el arca de Noe había un ave que no necesitaba alimentarse, y que aún así, permanecía saludable y vigorosa. Y por último está Job, quien en uno de sus escritos declaró: “En mi nido moriré. Como el Chol multiplicaré mis días”.
–Ante estos relatos la aceptación de los presentes fue evidente –.
Creo que estamos de acuerdo en que el reinado de nuestro Señor será como el del legendario e inmortal ave Fénix –concluyó José de Arimatea –. Nunca morirá, pero indudablemente a de tener variados rostros hasta que llegue el día final.
Seguidamente de oír a José de Arimatea, todos los sabios reunidos asintieron conformes con la exposición y conclusión dada por el más anciano de la reunión, e inmediatamente voluntaria y solemnemente uno a uno juró velar por el bienestar de Jesús. Los seis sabios hicieron un pacto en el cual estipularon como medidas primordiales el cuidado y la protección de su Señor, además de un apoyo total y desinteresado para que Jesús cumpla su destino y sea el rey justo y poderoso que mencionan las profecías judías; esto en cuanto sus posibilidades se lo permitieran.
El mensaje de paz, justicia y amor que Jesús predicaba y practicaba, había calado hondo en los corazones de los cuatro griegos y de los dos judíos, por eso, ellos deseaban ver a Jesús como rey del mundo, o en todo caso, esperaban ver algún día a un rey con sus características uniendo las naciones y gobernándolas con justicia.
Como miembros del Sanedrín, aunque recientemente apartados por su estrecha relación con Jesús, a quien Caifás y sus aliados consideraban un peligro para su fe; José de Arimatea y Nicodemo conocían las malvadas intenciones del Sumo Sacerdote judío para eliminar a Jesús; así que sin dudarlo compartieron sus preocupaciones con sus nuevos amigos y hermanos de pacto.
Al final de esta primera, solemne e histórica reunión, José de Arimatea se comprometió a usar su influencia con los romanos para evitar que Jesús sea dañado o asesinado obedeciendo las envidias y rencores de los fariseos, saduceos u otros judíos.
Cuatro días después, antes del amanecer del sexto día, al enterarse que Judas Iscariote, comprado por treinta monedas de plata, había entregado a Jesús en manos de Caifás y su corte, José de Arimatea trató de usar su influencia con los romanos para liberar a Jesús de la injusta sentencia que el Sanedrín había dictado sobre Él sin antes juzgarlo formal y legalmente; pero por más que insistió no pudo persuadir a Pilato de que le ayude a salvaguardar a Jesús. Sin embargo, aunque le costó mucho dinero, logró reunirse con la esposa de Pilato. Claudia era muy romana en su forma de pensar y creer, pero los argumentos de José terminaron por convencerla de que Jesús era inocente; por eso Claudia prometió que a medida de sus posibilidades protegería a Jesús. Minutos después, cuando los soldados romanos llegaron a los aposentos de Pilato para informarle de lo que venía aconteciendo fuera de sus paredes, Claudia oyendo que era a Jesús a quien traían para que su esposo lo sentencie, decidida a cumplir con su promesa le dijo a Pilato que no condene a Jesús, excusando su pedido en que por medio de sueños se le había revelado que Él era un santo. Al oírla, Pilato no pudo evitar perturbarse. El romano ya le había dado su palabra a Caifás de que sentenciaría a muerte a Jesús, sin embargo las palabras de su esposa le hicieron dudar.
Posteriormente, al estar en frente de tan vasta muchedumbre que le gritaban unísonos que crucifique a Jesús, las palabras de Claudia retumbaron con fuerza en sus oídos, y casi sin proponérselo decidió no sentenciarlo a muerte.
José de Arimatea, Nicodemo y los cuatro griegos al ver que Pilato estaba resuelto a no crucificar a Jesús creyeron haber ganado la partida; pero pronto todo se derrumbó y a pesar de tener el apoyo de Claudia y en parte el de Pilato, José de Arimatea y los suyos no pudieron evitar que su Señor sea crucificado.
Una vez en el Gólgota, luego de que Jesús expiró, el soldado romano Cayo Casio le atravesó el costado con una lanza para comprobar si efectivamente estaba muerto, y al instante salió agua y sangre. De esta manera los griegos contemplaron el cumplimiento de otra profecía y sus esperanzas fueron fortalecidas.
Con una profunda tristeza embargando su corazón, José de Arimatea tramitó y recibió permiso de Pilato para sepultar a Jesús. Cuando José y Nicodemo volvieron al Gólgota y mostraron el permiso, los soldados les permitieron que se lleven el cuerpo de Jesús. Pero, José de Arimatea no sólo se llevó el cuerpo muerto de Jesús, pues también se llevó consigo del Gólgota: la corona de espinas, el letrero que decía rey de los judíos y la lanza con que traspasaron el costado de Jesús. En la punta de esta lanza romana quedó impregnada la Sangre Real de Jesús, el Hijo de Dios Altísimo, el Rey de Reyes prometido.
–Lemer estaba extasiado con lo que oía. Las ganas de interrumpir con alguna de las muchas preguntas que se formulaban en su mente eran muchas; pero con no poco esfuerzo se contenía –.
Al amanecer del domingo –continuó Karisteas –, Nicodemo, José y los cuatro griegos se volvieron a reunir en la casa del joven judío. Todos lamentaban y sufrían en gran manera la muerte de Jesús, pero la comprendían. Caída la tarde les alcanzó la noticia de que Jesús había resucitado. Nadie lo podía creer, así que sin perder tiempo, José los llevó a la tumba, pero para su sorpresa, la encontraron vacía. Posteriormente, los seis sabios trataron de encontrar a Jesús o a sus discípulos, pero todo intento fue inútil, los discípulos estaban escondidos por temor a los romanos, Jesús aparecía en un lugar y en otro de modo que nadie sabía donde estaba realmente, y nadie les dio alguna pista para localizarlos, el hermetismo era total y, con el pasar de los días sus esperanzas de ver a Jesús vivo, se agotaron.
Semanas después, la casa de Nicodemo fue testigo de una nueva reunión. Esta vez, después de una larga conversación en la que los cuatro griegos y los dos judíos reafirmaron su fe en que Jesús resurgiría como el ave Fénix para reinar en el siglo venidero tal como Él mismo lo había declarado, los seis sabios decidieron hacer un pacto que fuese más allá de sus propias vidas.
El pacto consistía en velar sigilosamente la llegada del nuevo Cristo, del Rey de Reyes y Señor de Señores, el cual posaría su reino de paz y justicia sobre un reino tenebroso que el mundo estaba destinado a vivir. Cuando el nuevo Cristo apareciese, ellos o sus sucesores le entregarían como símbolo de poder, santidad y gloria, la lanza con la Sangre Real de Jesús.
De esta manera, estos seis hombres se convirtieron en “los Guardianes de la Santa Lanza”, en guardianes del único objeto que conservaba la Sangre Real de su Señor. Pero para evitar ser presas fáciles de los soldados romanos, que por esos días continuaban buscando y aprisionando a los seguidores de Jesús, se bautizaron con el nombre secular de “los Caballeros de la Orden del Fénix”.
Bajo este nombre secular, los Guardianes de la Santa Lanza esperaban ocultar su verdadera identidad por todo el tiempo que su misión los requiera. Todos juraron guardar en secreto este pacto. Acordaron también llevar la Santa Lanza a la ciudad de Atenas, ciudad donde construyeron un templo pequeño dedicado al Dios Invisible y Creador de todas las cosas, y ocultaron en su sótano la Santa Lanza que se había convertido para ellos en un símbolo de poder sagrado.
El pacto estipulaba que cuando cualquiera de los seis Guardianes estuviese cercano a la muerte, debía elegir a alguien para que lo reemplace como Guardián de la Santa Lanza; pero primero debía de instruirlo en sus responsabilidades como tal.
Días después, cuando ya no hubo tema por tratar entre los seis Guardianes de la Santa Lanza con respecto al sagrado pacto que habían hecho, escogido como líder y Guardián Protector de la Santa Lanza en mérito a sus años y por haber sido quien consiguió para su Orden los valiosos tesoros que los distinguen, José de Arimatea con la Santa Lanza entre sus manos, puesto en pie frente a una fogata, recibió los votos de lealtad, fidelidad y responsabilidad, de parte de cada Caballero de la Orden del Fénix. Acto seguido a cada juramento, los Caballeros extendieron sus manos sobre el fuego; esto lo hicieron para ser purificados simbólicamente, y en seguida recibieron un trozo de la corona de espinas y un trozo del letrero que decía rey de los judíos. Estas piezas pasaron a ser los emblemas de los Guardianes de la Santa Lanza. Pero buscando mayor seguridad, los Guardianes decidieron tener un código secreto. El miedo a los romanos era grande y terrible, y ellos no deseaban dejar que se pierda en la historia y el tiempo, la lanza con la Sangre Real de su Señor.
El código de los Caballeros de la Orden del Fénix se llamó “Código Real”, y consta de cuatro letras, las cuales forman una enigmática y antigua palabra, que sólo debía ser conocida por los miembros de la Orden. Los seis Caballeros de la Orden del Fénix juraron no compartir el secreto del Código Real ni aún siquiera con un futuro Señor de la Santa Lanza.
-Increíble –se oyó decir Lemer, totalmente hechizado por la historia que apasionadamente Karisteas le venía relatando –. Simplemente extraordinario.
El francés respiró profundamente una y otra vez. Como si con cada respiro tratase de asimilar el comienzo de la historia de la Santa Lanza post muerte de Jesús.
-Sin embargo debo preguntarle algo –señaló Lemer, tratando de controlar su ímpetu.
-Adelante –respondió Karisteas, lleno de confianza, como si supiese de antemano la pregunta que se venía en camino.
-Al principio de su relato usted mencionó que esta historia tenía sus orígenes en la Biblia. ¿Podría decirme en que evangelio se relatan todos estos acontecimientos?
-Por supuesto –contestó el griego, con una nueva sonrisa dibujada en su rostro, mientras acercaba a la posición de Lemer una enorme Biblia que yacía en una mesa contigua –. La visita de los griegos a Jesús se encuentra registrada en el capítulo doce del evangelio de Juan…
-Pero acá sólo dice que unos griegos rogaron a Felipe ver a Jesús –replicó Lemer, señalando incisivamente los versículos veinte y veintiuno del capítulo mencionado por Karisteas –. No dice nada de la reunión que usted hace referencia.
-Evidentemente ya no dice nada de aquella memorable reunión ni de los acontecimientos posteriores –indicó Karisteas, causando extrañeza en el francés –. La Biblia sólo narra la intensión de los griegos y la sorprendente respuesta de Jesús ante tal iniciativa. –Hizo una pausa. No pudo evitar sonreír al imaginar el rostro de asombro que pondría Lemer con la siguiente declaración que se disponía hacer –. Todo lo demás fue arrancado de la versión original con la única intención de proteger y encubrir la existencia de la Orden del Fénix y el sagrado tesoro que custodiaban.
-¿Arrancado? –Preguntó Lemer, totalmente sobrecogido e impresionado –. ¿Por quién?
-Por el primer Señor de la Santa Lanza, el primer Rey de Reyes y Señor de Señores a quienes los Guardianes entregaron como símbolo de poder sagrado y absoluto la lanza con la Sangre Real de Cristo impregnada en su punta.
Ante tal respuesta Lemer tuvo un extraño temor de saber o siquiera imaginar a quien se refería Karisteas; pero antes de que alcance reaccionar el griego prosiguió.
-Me refiero a Constantino el Grande, el soberano del Imperio Romano. Él fue quien a pedido de la Orden arrancó de la versión original los versículos donde se narran la mayoría de acontecimientos que le vengo relatando. Especialmente la reunión en Betania. –Se detuvo un instante. Casi sentía culpa por el trastorno de Lemer –. Estos hechos tuvieron lugar en el famoso y ecuménico Concilio de Nicea.








12
En Washington, una docena de musulmanes aguardaba impaciente la señal de ataque. Cual turistas, aprovechando la soleada mañana se disponían a visitar, fotografiar y filmar los alrededores de la Casa Blanca; sabiendo de antemano que el itinerario incluía una inspección por la tarde al amplio contorno del Pentágono; y por la noche desplegar toda su atención sobre el Capitolio. Estos doce musulmanes sabían desde su llegada a Norteamérica que su sagrada misión requería asaltar uno de estos tres bien resguardados lugares; pero aún no se les indicaba cual. Sin embargo, el cruento entrenamiento al que se habían sometido los tenía más que listos para el día de la acción. Después de todo, esta era la única información que poseían. 9/11.














13
-Tres siglos más tarde –continuó relatando Karisteas, tratando de apaciguar el prolongado desconcierto de Lemer –, “cuando el día se hizo oscuro para los cristianos, tan oscuro como ninguno de los que los hijos de Adán habían contemplado. Cuando las tinieblas cubrieron con su espesor toda luz que Jesús disponía sobre ellos. Cuando la sangre de los santos fue derramada sin piedad por mandato de Diocleciano. Cuando los días se hicieron eternos en la espera de un salvador y toda esperanza quedó menguada por el dolor. Cuando la libertad y el amor se hicieron parte de una antigua y lejana promesa. Entonces vino paz sobre el mundo y todo llanto cesó, pues el reino del nuevo Cristo se posó sobre las tinieblas”.
La Orden del Fénix vio finalizada su tan larga espera en las múltiples hazañas que el emperador Constantino realizó en nombre de Jesús.
-Un momento –interrumpió por fin Lemer, evidentemente desconcertado y muy contrariado –. ¿Quiere decir que los Caballeros de la Orden del Fénix del siglo cuarto consideraron a Constantino como Cristo resurgido de las cenizas? –Hizo una pausa. Trató de ordenar sus ideas –.Yo tengo entendido que ni siquiera era cristiano, es más, creo que fue bautizado en su lecho de muerte.
-Eso es sólo lo que cuenta la tradición popular –replicó con firmeza Karisteas.
-¿Acaso existe otra versión?
-Aunque nos tomemos más tiempo del previsto creo que será conveniente que le describa detalladamente el episodio entre los Caballeros de la Orden del Fénix y el emperador Constantino.
-Está bien –respondió Lemer, con un cierto tono de incredulidad, pues aún se le hacía inverosímil una historia relacionada con la Santa Lanza post muerte de Jesús.
-Después de la muerte de su padre, Constantino recibió el apoyo de todo el ejército romano que se encontraba en Britania. El ejército lo proclamó Augusto, y pronto Constantino se embarcó en una guerra por el poder total del Imperio Romano.
El 28 de octubre del año 312, Constantino derrotó a Majencio en la batalla del puente Milvio y así se hizo dueño de todo el imperio de occidente.
-¿El puente Milvio? ¿No fue en esa victoria donde Constantino dijo haber sido guiado por Cristo?
-Exactamente señor Lemer. El mismo Constantino contó que antes de la batalla del puente Milvio soñó que Jesús le ordenó pintar en los escudos de sus tropas el monograma cristiano y entrar en batalla armado con ese signo. Desde luego la historia confirma que el emperador Constantino obedeció a Jesús.
-¿Y fue entonces que los Guardianes de la Santa Lanza entraron en escena? –Preguntó el francés, con cierto sarcasmo.
-¡Todavía no! Después de hacerse dueño de occidente, Constantino se reunió en Milán con Licinio.
-Licinio era emperador de oriente, ¿verdad?
-Exacto.
En esta reunión se reconocieron mutuamente como emperadores. Pero lo más importante fue que ambos emperadores firmaron el Edicto de Milán, en el cual se acordó la restauración de la libertad de cultos religiosos, y se acordó también, permitir a los cristianos recuperar sus propiedades confiscadas en la gran persecución de Diocleciano.
Fue después de que Constantino promovió y firmó este edicto que a los Guardianes de la Santa Lanza no les quedaron más dudas de que indudablemente Constantino era el nuevo Cristo resurgido de sus cenizas que tanto tiempo habían aguardado.
Los cinco Caballeros se reunieron en Atenas, en los escombros de lo que alguna vez había sido el refugio de la Santa Lanza. Después de planear detalladamente la visita a Constantino, los cinco Caballeros partieron al encuentro del emperador.
En todo el imperio era conocido que Helena, la madre de Constantino, era una devota de Jesús. Por esta razón, los Caballeros de la Orden del Fénix decidieron revelar los secretos y la historia de la Santa Lanza al emperador y a su madre. De esta manera, a principios del año 316, los Caballeros de la Orden del Fénix con su tesoro en manos fueron recibidos en Roma por el emperador Constantino y la emperatriz Helena. Fue Apolonio, el Guardián Protector, quien contó la historia y secretos de la Santa Lanza y el sagrado poder que ella simboliza gracias a la Sangre Real que en ella reposa; pero contrario a lo esperado por los Caballeros, Constantino ni se inmutó por la historia; sin embargo, Helena quedó pasmada al contemplar que en la punta de la lanza estaba impregnado un color rojo ya deteriorado por los años. Según la historia de Apolonio, esa mácula correspondía a la Sangre Real de Jesús, y la emperatriz casi no lo podía creer. Luego de un breve momento de miradas contrariadas, Constantino quiso tomar en sus manos la Santa Lanza, pero Apolonio no se lo permitió. El Guardián Protector le dijo al emperador que antes de poseerla debía aceptar el poder que la lanza simbolizaba y comprometerse a usar el poder de la Sangre Real de Cristo para unir el mundo y gobernarlo bajo los principios que Él había enseñado. Constantino tomó las palabras de Apolonio como una afrenta a su poder; pero al ver el gran entusiasmo de su madre ante la singular historia, decidió seguirles el juego, y por respeto a su madre aceptó las responsabilidades que poseer la lanza conllevaban y, luego de juramentar como Señor de la Santa Lanza, juró ante los seis testigos que no descansaría hasta unir al mundo bajo los principios que Jesús predicó. Años después, debido a la fuerte influencia de su madre, lentamente y sin proponérselo el emperador comenzó a tener fe en el poder que manaba de la Santa Lanza.
En los años siguientes, el emperador Constantino, movido por el poder se embarcó nuevamente a una guerra. Esta vez quería tomar posesión del imperio oriental.
En la guerra por oriente, Constantino se sentía completamente seguro de obtener la victoria, pues su madre le había convencido de que la sangre de Cristo lo ungiría como rey del mundo.
En el año 324, con la Santa Lanza como emblema de su poder, Constantino derrotó a Licinio y se erigió como único dueño y señor de todo el vasto Imperio Romano. A su llegada a oriente, el emperador se enfrentó inmediatamente al problema del arrianismo, corriente religiosa que promovía la idea de que Jesús no era un dios, que sólo era una criatura creada por Dios Altísimo, el comienzo de la creación, el principio de todo cuanto se conocía, hecho de la nada, pero no un ser consubstancial a Dios tal como el cristianismo lo aceptaba y veneraba.
Junto con esta nueva afrenta religiosa, llegaron a Constantino las quejas de Helena, su madre, y de Apolonio, el Guardián Protector. Ambos le exigieron al emperador que cumpla el juramento que hizo como Señor de la Santa Lanza y como rey sucesor de Cristo en la tierra. Constantino sólo pudo aguantar la constante presión de Helena y Apolonio unos pocos meses, pues en el año 325, el 20 de mayo, la mañana de las fiestas de conmemoración de su victoria sobre su rival Licinio, el emperador romano convocó al Concilio de Nicea. Esta asamblea pasó a la posteridad como el Primer Concilio Ecuménico. En este concilio se reunieron aproximadamente 300 obispos. Para comprender la importancia de este concilio, recuerde que varios de los que ahí estuvieron presentes habían sufrido cárcel, tortura o exilio poco antes, y que algunos llevaban en sus cuerpos las marcas físicas de su fidelidad. Y ahora, pocos años después de aquellos días de pruebas, todos estos obispos fueron invitados a reunirse en la ciudad de Nicea, y el emperador cubría todos los gastos. En su Vida de Constantino –Karisteas mostró el texto a Lemer –, Eusebio de Cesarea nos describe la escena: “Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios, de Europa, Libia y Asia. Una sola casa de oración, como si hubiera sido ampliada por obra de Dios, cobijaba a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de Palestina y de Egipto, tebanos y libios, junto a los que venían de la región Mesopotámica. Había también un obispo de persa y no faltaba un escita en la asamblea. El obispo de la ciudad imperial no pudo asistir debido a su avanzada edad, pero sus presbíteros lo representaron. Constantino es el primer príncipe de todas las edades en haber juntado semejante guirnalda mediante el vínculo de la paz, y habérsela presentada a su Salvador como una ofrenda de gratitud por las victorias que había logrado sobre todos sus enemigos”.
Tras haber logrado la unificación y uniformidad total del imperio bajo su persona, Constantino trató de hacer lo mismo con el cristianismo a imagen del propio imperio.
Constantino tenía mucha presión sobre los temas que se trataron en el concilio de Nicea; pero el tema de mayor interés para el emperador y a la vez el tema más escabroso era la eliminación de los textos bíblicos que develaban la existencia de una Orden de Caballeros iniciada por los cuatro griegos que se reunieron con Jesús, por José de Arimatea y Nicodemo. Sin embargo, ante el público en general el tema principal del concilio era la controversia arriana.
En el concilio había un pequeño grupo de arrianos convencidos, capitaneados por Eusebio de Nicomedia. Puesto que Arrio no era obispo no pudo participar del concilio; pero Eusebio fue su representante, y a la postre fue quien dio la más dura batalla para defender el arrianismo. Por su parte, Constantino no deseaba dar grandes muestras de sus intereses personales en los temas eclesiásticos, por eso en un principio sólo se limitó a ser representado ideológicamente por un grupo de obispos católicos que estaban convencidos de que las doctrinas de Arrio atentaban contra el centro mismo de la fe cristiana y que por tanto era necesario condenarlas. El jefe de este grupo era Alejandro de Alejandría.
Cuando el tema del arrianismo se puso sobre la mesa, Eusebio de Nicomedia pidió la palabra para exponer su doctrina; él estaba totalmente convencido de que lo que decía era la verdad, por eso consideraba que sólo bastaba exponer sus doctrinas para que los demás obispos creyeran igual que él; pero la situación fue otra. Cuando Eusebio término de exponer sus creencias, fue vapuleado, insultado y condenado por la mayoría de obispos presentes en el concilio. El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió. Mientras antes la mayoría quería tratar el tema con suavidad, y así evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia. Al final, la asamblea decidió componer un credo que expresara la fe de la iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Tras un proceso poco conocido, pero que incluyó entre otras cosas la intervención de Constantino sugiriendo que se incluyera la palabra “consubstancial”, se llegó a la fórmula que se conoce como el Credo de Nicea o Credo Niceno.
Los obispos se consideraron satisfechos con este credo y procedieron a firmarlo. Sólo unos pocos se negaron, entre ellos Eusebio de Nicomedia. Estos obispos rebeldes fueron condenados por la asamblea y posteriormente depuestos de sus cargos; pero eso no fue todo, pues a esta sentencia Constantino añadió la suya. El emperador ordenó que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Desde luego, Constantino hizo esto sólo para embelesar a su madre y para congraciarse con Apolonio por haberlo consagrado como Señor de la Santa Lanza. Posteriormente, al quedar el concilio completamente compuesto por obispos congraciados con Constantino, éste promovió la eliminación de textos bíblicos “innecesarios”, según sus propias palabras, además de “poco espirituales”. Lo único que pretendió y finalmente logró, fue desaparecer el diálogo que sostuvo Jesús con los griegos, además de el hecho de que José de Arimatea no sólo se llevó del Gólgota el cuerpo muerto de Jesús, sino también la corona de espinas, el sarcástico letrero trilingüe y la lanza romana con la que Cayo Casio atravesó a nuestro Señor.
Finalmente, luego de esta gran obra de Constantino en su lucha por unir el mundo bajo los principios cristianos, los Guardianes de la Santa Lanza quedaron más que satisfechos. El sueño de un Rey de Reyes que uniera al mundo se había echo realidad. Constantino no sólo era el hombre más poderoso del mundo, sino que además, había logrado unir a sus pueblos en una sola religión.
La misión de los Guardianes parecía haber llegado a su fin. Ya no había lanza que proteger, pues la lanza ya había encontrado a su Señor.
Ahora, sin enemigos religiosos ni políticos por vencer, Constantino puso toda su confianza en la Santa Lanza; ya no tenía dudas de que era la Sangre Real de Cristo vertida en la Santa Lanza, la que lo llevaba a obtener victoria tras victoria. Pero el emperador también empezó a temer que si la lanza se alejaba de él, entonces perdería toda su grandeza y todo lo que había conseguido gracias al poder que la lanza le otorgaba. Constantino no tenía dudas de que la lanza era la fuente de su poder, y estaba totalmente convencido de que cualquiera que la tuviese se convertiría en el nuevo amo del mundo. El emperador no tardó en contarle sus temores a Apolonio, y pronto, éste compartió los temores del emperador. El Guardián Protector temía que en algún momento la lanza cayera en manos equivocadas y su poder sea usado para fines alejados del bien. Tan grande llego a ser el miedo de Constantino por perder la Santa Lanza y con ella el poder que tenía sobre el mundo, que mandó a construir un gran templo para guardar en sus interiores su tesoro mas preciado.
El templo u morada de la Santa Lanza fue conocido como la Iglesia de los Santos Apóstoles. La única persona que compartió este secreto con Constantino, fue Apolonio. Una vez terminada la construcción del templo y luego de haber sido consagrado; Constantino y Apolonio decidieron ocultar la Santa Lanza en la parte inferior del altar principal del templo. De modo, que por ser considerado lugar santo, nadie se atreva a rebuscar en sus interiores.
El templo era una construcción magnifica, digna de albergar la Santa Lanza y digna representante del arte bizantino. El emperador no pudo tener mejor elección a la hora de decidir los aposentos de tan valioso y sagrado tesoro. Pero la Santa Lanza no era un amuleto para tenerlo guardado, la lanza debía ser usada como emblema de victoria, como símbolo de la presencia de Cristo; después de todo era su sangre la que la bañaba de poder.
En las batallas que tuvo el emperador Constantino para apoderarse del imperio oriental, siempre llevó la Santa Lanza consigo; pero en las guerras que tuvo para defender el imperio, no la llevó. Tal era su miedo de perderla, que sólo fue a la Iglesia de los Santos Apóstoles para ver y tocar la lanza una vez más, y así sentirse bendecido por la sangre de Cristo.
Constantino dirigió con éxito las guerras contra las tribus germanas, y más tarde contra godos y sármatas en la frontera del Danubio. Pero en el año 337, en los preparativos para una gran campaña en Persia, Constantino murió. El emperador fue bautizado en su lecho de muerte, y su cuerpo llevado a Constantinopla y sepultado en su Iglesia de los Santos Apóstoles. Los monumentos de los doce apóstoles fueron dispuestos seis a cada lado del emperador, de manera que se presentó así mismo como un nuevo Cristo.

Lemer estaba más que hechizado por la historia que envolvía a Constantino, la Santa Lanza y a sus Guardianes Protectores. La gran emoción que le albergaba se dejaba observar en su fascinado rostro, e inclusive parecía desear que el relato continué, pues por unos breves segundos se quedó en completo silencio mirando ansioso a Karisteas.
-Increíble –señaló cuando logró recuperar el aliento –. Nunca había oído esta fascinante versión de la vida de Constantino. Ahora todo parece tener sentido, pues porque otro motivo el emperador se hubiese sepultado rodeado por los doce apóstoles, a no ser que se considerara así mismo Cristo resurgido de sus cenizas.
-Correcto –dijo Karisteas –. Aunque en realidad fueron mis predecesores los que promovieron esa idea en la cabeza de Constantino al entregarle la Santa Lanza y hacerlo juramentar como Señor de la misma.
-¿Predecesores?
Por un momento Karisteas dudó en responder; era evidente que se había puesto al descubierto; sin embargo no consideraba apropiadas las circunstancias para tener que revelar su verdadera identidad. El temor era innegable, y aunque el griego trataba de disimular su pesar, ya era demasiado tarde, pues a Lemer ya no le hacía falta la confirmación.
-Es tal como usted lo está especulando –señaló con timidez Karisteas –. Yo soy el actual Guardián Protector de la Santa Lanza, y es bajo este sagrado cargo que he decidido contratarlo para que busque el emblema de poder sagrado.
A pesar de que creía cada palabra de Karisteas, Lemer aún estaba susceptible. En su rostro se veía la lucha interna de creer o no creer en una historia de la Santa Lanza post muerte de Jesús, en especial en esta que le resultaba tan increíble.
-Sólo hay un modo para que yo crea plenamente en sus palabras –replicó decidido el francés –. Usted tendrá que mostrarme sus emblemas de Caballero de la Orden del Fénix; sólo así creeré en la fascinante historia que usted me viene relatando, y además, podré entonces aceptar la misión que usted procura encomendarme.
-Imaginé que usted me pediría ver esos tesoros –repuso el griego –. Por eso lo cité en esta biblioteca, pues aquí los guardo, o quizás deba decir: aquí los oculto.
-Excelente señor Karisteas, entonces no habrá inconvenientes en que me los muestre.
-Claro que no; pero tendrá que aguardar un momento.
-Por supuesto señor, acá lo espero.
Lentamente Karisteas se introdujo en las habitaciones posteriores de la biblioteca; mientras Lemer especulaba que todo era parte de una gran broma o que estaba frente a una milenaria historia llena de secretos y misterios. De cualquier forma las ansias lo consumían.



14
En su vasto campamento de Kandahar, Osama bin Laden llevaba meses planeando con suma diligencia el ataque más grande y devastador que el mundo cristiano occidental iba a sufrir.
En agosto del año dos mil, un poderoso y bien estructurado grupo pro imperialismo ruso, conformado alrededor de un autonombrado descendiente de la Gran Duquesa Anastasia, que se hacía llamar “Zar”, logró contactar con Osama bin Laden, quien teniendo aún en la retina y sus más frescos recuerdos la década de los ochenta y sus cruentas batallas, tardó en aceptar una reunión con ellos. Pero al cabo de dos meses la reunión se realizó, y producto de ella nació un acuerdo que estipulaba el financiamiento logístico y económico para dar un golpe en la capital norteamericana, ataque en el cual Al Qaeda se comprometió a sustraer la Santa Lanza, dejando así a los Estados Unidos sin su emblema de poder.
La reunión se había realizado en Kabul, capital afgana, por exigencia y condición de Osama bin Laden. En una arcaica casa, que más parecía una antigua fortaleza, Osama a su pesar había aguardado por varios desesperantes minutos la llegada del Zar y su comitiva. Veinte minutos después de la hora acordada, cuatro camionetas negras como la noche que ceñía la ciudad, y resplandecientes por la luz de la luna como las estrellas del cielo, se aparcaron frente al portal de la residencia. De tres de las camionetas bajaron doce miembros de seguridad. De la cuarta camioneta el primero en descender fue el chofer personal del Zar, quien inmediatamente se dirigió a la puerta contigua y la abrió, permitiendo así el descenso del enérgico, temerario y ambicioso ruso. En la entrada de la residencia aguardaban por ellos una decena de musulmanes fuertemente armados, quienes al advertir que los rusos los superaban en número, y que además las armas que blandían eran evidentemente superiores a las suyas, temieron por el cumplimiento de su misión, pero no lo demostraron.
Osama había ordenado a diez de los doce hombres que aguardaban con él al Zar, que no flaqueen ni por un instante ante la presencia de quienes aún consideraba enemigos mortales. La misión desde luego era asegurar el bienestar de Osama bin Laden; sin embargo, el orgullo y permanencia de su cultura, religión y raza, también estaba en juego, al menos así lo entendía el líder de Al Qaeda. Y más cuando se tenía que enfrentar a enemigos tan poderosos que en su debido momento ya habían amenazado con conquistar y subyugar el alma musulmana.
Cuando la reunión dio inicio, ambos bandos estaban liderados por tres hombres. Desde luego uno más importante que los demás. Por la fila de Al Qaeda la voz pertenecía a Osama bin Laden, y por el lado de los rusos al autonombrado Zar. Los otros cuatro personajes eran consejeros. Por su parte, la fuerte seguridad de ambos bandos aguardaban tras de sus primeras filas cualquier minúsculo movimiento que señalase amenaza para sus líderes, para abrir fuego contra el enemigo. La escena era sin lugar a dudas una clásica de las películas norteamericanas.
Los primeros segundos fueron de absoluto silencio y profundo recelo. Nadie se atrevía a tomar la palabra, aún cuando sabían de antemano el motivo de la reunión. Osama observaba detenidamente al Zar, y se preguntaba si la historia de la Santa Lanza que tan siniestro personaje le había relatado por teléfono era la verdadera razón que lo había traído hasta tierras enemigas, o en el fondo había un interés mayor que le hacía arriesgar su existencia; pues las ganas de tomar su vida no eran pocas.
Después de unos eternos segundos, muy decidido el Zar se irguió delante de Osama, y expuso con lujo de detalles la misión que pretendía que Al Qaeda realizara a favor de su ambiciosa causa. Luego de oírlo atentamente, Osama miró de reojo a sus consejeros, y en seguida se dirigió a los rusos.
-¿Qué seguridad me dan de que todo esto es real y no una mera treta para enemistar a éste pueblo con Estados Unidos y dejarnos así sin ayuda para una repentina y traicionera avalancha de ataques rusos? –La voz de Osama fue categórica y afilada; pero no amilanó ni mucho menos sorprendió al Zar y su comitiva.
-Primero –dijo el Zar con bastante energía –, nosotros no representamos al régimen ruso. Nosotros somos una organización independiente con ambiciones propias que en la teoría y en la práctica nada tienen que ver con el gobierno de mi país. Nuestra ideología es otra, diferente, mucho más elevada.
Segundo y más importante, por supuesto que la historia de la Santa Lanza es real, y más lo son mis intenciones de apropiarme de ella. Desde luego las razones de mis actos no es asunto de esta reunión.
Todo lo que aconteció y lo que se dijo posteriormente en tan perniciosa reunión, fueron meras formalidades y precisos acuerdos que después de no pocas horas complacieron a ambos bandos.
Ahora, a pocos días de la fecha estipulada para el mortal ataque, sólo faltaba confirmar en que lugar se encontraba cobijada la Santa Lanza. Osama sabía que la fecha del ataque no podía y no debía ser cambiada, pues ya todo estaba perfectamente planeado y determinado. Por ello, esperaba ansioso que Hanan Qadir, el encargado de descubrir el escondite del emblema de poder norteamericano, no tarde en llamarlo para confirmar el lugar exacto donde sus mortales y bien entrenados esbirros debían asaltar.


15
En la Biblioteca Libre de Filadelfia, después de unos breves momentos...
-Espero no haberle echo esperar demasiado tiempo señor Lemer.
-No se preocupe; pero veo que retorna con las manos vacías.
-No esperará que ventile mis tesoros –replicó con seriedad el griego –. Por favor sígame.
-Pensé que era una biblioteca pública.
-Bueno, la verdad es que he aportado mucho material literario para el desarrollo cultural de este establecimiento, por ello me permiten ciertos privilegios.
-¿Cómo tener una oficina privada?
-Mas bien un depósito para mis objetos personales de significativa importancia –señaló Karisteas, mientras recordaba la fortuita circunstancia en que se había hecho amigo del director de la Biblioteca Libre –. Bueno ya llegamos. Siéntese por favor, mientras aseguro la puerta.
-Está bien.
Mientras el francés esperaba sentado casi al borde de la angustia, Homero Karisteas descolgó de su cuello un collar de plata. Lemer se sorprendió al ver que del collar colgaba una gran llave, de esas que sólo se ven en las películas donde se descubren grandes tesoros. Con la misteriosa llave Karisteas abrió la puerta de un mueble que resplandecía con la blanca luz que llenaba la habitación. El mueble parecía antiguo, o al menos el modelo sí lo era. Del mueble Karisteas sacó una pequeña caja fuerte, la cual tenía dos combinaciones.
Hábilmente Karisteas dio la espalda al francés y abrió la caja. –Lemer no le quitaba la mirada de encima –. Paulatinamente sacó dos pequeños objetos y luego la cerró. Al instante miró hacía el techo, e inmediatamente, aún dándole la espalda al francés, contempló lo que había sacado de la caja y respiró profundamente.
-Muy bien –indicó Karisteas, mirando fijamente a Lemer –, aquí están las pruebas de que yo soy uno de los Caballeros de la Orden del Fénix.
-Increíble...., ¿los puedo tocar?
-Desde luego, pero por favor tenga usted mucho cuidado.
-Simplemente extraordinario....
Por un momento el francés se quedó sin poder hablar, ni siquiera articulaba una sílaba, sólo contemplaba y palpaba tan valiosas y antiguas reliquias.
Paul Lemer no era un cristiano devoto ni mucho menos, pero sabía muy bien que los tesoros que estaban ante sus ojos eran una prueba fehaciente de que Jesús realmente existió; y además, probaban la historia que Karisteas le estaba relatando, y certificaba que realmente él era un Guardián de la Santa Lanza o Caballero de la Orden del Fénix, como prefería que lo llamasen.
-Es realmente increíble que éstas reliquias de la cristiandad estén ahora en mis manos, y más increíble es que la fascinante historia que usted me viene relatando sea real; pues debo confesarle que todo esto me parecía sólo charlatanería pura, una singular treta de viejos que se quieren divertir; pero ahora que veo sus emblemas de Caballero de la Orden del Fénix no me queda más que aceptar que sí existe una historia de la Santa Lanza post muerte de Jesús, y sin embargo no logro salir de mis asombro.
-Sólo le puedo recomendar que guarde un poco de asombro y emoción señor Lemer, pues recién le contado el principio de la historia, aún quedan muchos misterios por revelar y muchos personajes que descubrir en estos largos dos mil años que la Santa Lanza viene brindando su sagrado y absoluto poder a grandes reyes y legendarios emperadores. Sin embargo, y a pesar de la exquisita emoción que me produce compartir estas viejas historias con usted, no será hoy el día en que le comparta todas las aventuras que se han vivido alrededor de la lanza, pues el tiempo y las circunstancias sólo me permiten contarle lo suficiente como para que usted se oriente y pueda así realizar con éxito la misión que le voy a encomendar.
Lemer estaba más que hechizado por la historia del griego; por ello, cuando escuchó a éste decirle que no continuaría relatándole los singulares e históricos acontecimientos que se vivieron a causa de la Santa Lanza, su rostro languideció paulatinamente. Su descontento era evidente; pero al final el profesionalismo se impuso y la reunión de trabajo continuó tal como Karisteas lo había previsto.
-Si me permite señor Karisteas…
-Adelante por favor –indicó el griego, al notar que una nueva duda aquejaba a Lemer.
-Está bien. Es sólo que en todo lo que usted me viene relatando encontré una incongruencia que no me deja de dar vueltas en la cabeza.
-¿A qué se refiere?
-Al principio de su historia eran seis los personajes que pactaron como Caballeros de la Orden del Fénix, y posteriormente, cuando los Caballeros fueron al encuentro de Constantino usted mencionó que sólo eran cinco.
-Con que era eso –repuso sereno el griego –. Verá señor Lemer, José de Arimatea era un hombre anciano cuando formó parte de los Caballeros de la Orden del Fénix; así que muy pronto buscó reemplazo. En el año cincuenta José murió y su reemplazo fue otro judío muy rico; pero veinte años después este judío murió cuando los romanos destruyeron Jerusalén. Él aún era relativamente joven, por ello no buscó reemplazo. Al final, él y sus tesoros quedaron enterrados en Jerusalén.
-¿Y Nicodemo?
-Él estaba en Atenas cuando ocurrió todo eso –señaló Karisteas en tono cortante –. Ahora si me permite continuaré con mi resumen.
-De acuerdo.
-Pero antes permítame guardar mis preciados emblemas.
Con el pesar evidenciado en los ojos de Lemer, Karisteas retiró el trozo de la corona de espinas y el del tablero que colgaron sobre la cruz de Jesús, de manos del francés. Nuevamente después de alzar la mirada en dirección al cielo, el anciano griego contempló risueño sus emblemas y en seguida los guardó en la pequeña caja fuerte. Luego de cerrar el mueble y colgarse en el cuello su collar de plata, Karisteas se dirigió a Lemer.






















16
Estando aún perturbado y emocionado por lo sorpresivo y revelador que estaba resultando esta reunión de trabajo, Lemer recordó las proféticas palabras de Yasmina: “Creo que esta nueva misión no se avizora tan sencilla como las anteriores”, había dicho la española, al considerar la repentina y misteriosa forma en que habían contactado con su novio.
-En su lecho de muerte Constantino escribió una carta para su hijo mayor –prosiguió relatando Karisteas, sacudiendo de su desconcierto al francés –. En la epístola, el agonizante emperador le reveló a Constantino II todos los secretos y toda la historia de la Santa Lanza; desde luego también le reveló el lugar donde él y Apolonio, el Guardián Protector, la habían ocultado. Sin embargo, ignorantes de la última voluntad del emperador Constantino, los Caballeros de la Orden del Fénix decidieron esperar la proclamación del nuevo emperador, y ver si éste seguía los pasos de su predecesor o se desviaba de la luz.
Después de múltiples asesinatos en pos de permitir una sucesión dinástica ordenada y libre de disputas entre las diferentes ramas de la familia imperial, el imperio fue dividido y otorgado a los tres hijos del emperador Constantino. De esta manera Constantino II, el heredero de la Santa Lanza quedó lejos de ella; pues Constantinopla quedo en manos de Constancio, quien por más insistencias que recibió no permitió a su hermano entrar a sus dominios. Entre ambos había una fuerte rivalidad, no sólo política sino también religiosa.
Es así que sin saber si la historia que su padre le había revelado era veraz, Constantino II murió. Fue suprimido por su hermano Constante, quien a la postre y después de no muchos años fue eliminado por Constancio.
Al ver que Constancio se había convertido en el nuevo emperador de todo el Imperio Romano, los Caballeros de la Orden del Fénix, encabezados aún por Apolonio, especularon que Constancio había sido elegido por Constantino para reemplazarlo como Señor de la Santa Lanza. Al menos los hechos así lo parecían demostrar. Sin embargo, los Guardianes no podían y no debían pasar por alto los principios cristianos que Constancio no tenía y que por el contrario, rechazaba.
Apolonio era ya muy anciano cuando decidió entrevistarse con el emperador Constancio. El Guardián Protector tenía planeado encaminar al nuevo emperador en sus caminos religiosos, tal como creyó hacerlo con Constantino el Grande; sin embargo no le fue fácil conseguir audiencia, pues Constancio se había marchado a Roma. Al no poder entrevistarse con el emperador, Apolonio decidió visitar la Iglesia de los Santos Apóstoles.
En su visita a este templo, Apolonio descubrió que la Santa Lanza no había sido movida del lugar donde hace 25 años, él y Constantino la habían ocultado. Esto causó muchas dudas en Apolonio con respecto a Constancio y a su posible condición de nuevo Señor de la Santa Lanza, pero a pesar de la incertidumbre sintió una extraña alegría en su interior.
Apolonio consideraba que luego de que Constantino pereciera sin tener la Santa Lanza consigo, el nuevo Señor de la lanza no se apartaría de ella para asegurarse de que el poder de la sangre de Cristo lo acompañase siempre.
Algunos días después Apolonio fue informado de que Constantino el Grande sólo había dejado una carta, la cual tenía como único destinatario a su hijo mayor, Constantino II. Al enterarse de esta nueva evidencia Apolonio decidió no revelarle nada a Constancio con respecto a la Santa Lanza. El Guardián Protector decidió respetar la voluntad del primer Señor de la lanza, después de todo, quien mejor que el padre para saber cual de sus hijos era merecedor de su más grande tesoro.
En los años siguientes a la muerte de Constantino y su descendencia, a pesar del dolor causado por la desaparición del primer Fénix resurgido de sus cenizas, los Guardianes de la Santa Lanza continuaron fieles a sus juramentos y al pacto que habían hecho con la Sangre Real de Cristo. Inclusive, al ver tanta corrupción en el imperio, y ver como uno tras otro los emperadores eran asesinados y reemplazados por sanguinarios militares, los Guardianes decidieron que Constantinopla ya no era la otrora casa del Señor de la Santa Lanza, sino que se había convertido en una casa de asesinos paganos. Por esta razón, ellos decidieron retirar el sagrado emblema de poder de Constantinopla y llevarlo a Roma, ciudad que por aquel tiempo se presentaba más segura. Fue así, que Mario Victorino, el Guardián Protector del año 364 viajó a Constantinopla y retiró la Santa Lanza de su escondite. Mario no tuvo problemas para entrar y salir de la iglesia de los Santos Apóstoles, y con la misma facilidad regresó a Roma con el valioso tesoro en manos. Ya en Roma, Mario se reunió con los Guardianes, y juntos guardaron la Santa Lanza en una recóndita habitación ubicada en el sótano de la Basílica San Pedro que años antes el emperador Constantino había mandado construir en memoria de Pedro, el apóstol de Cristo.
-Nuevamente disculpe la interrupción señor Karisteas, pero, ¿cómo es que los Guardianes de la Santa Lanza tuvieron acceso al sótano de la Basílica de San Pedro?
-Muy buena observación señor Lemer –contestó paciente Karisteas –. Le explico, en el año 364 se llevó acabo el concilio de Laodicea. El tema central de la asamblea era la observancia del domingo. No todos, pero si la mayoría de obispos estuvieron en esta reunión, y desde luego también estuvo el obispo de Roma.
Los cristianos de Phrygia habían caído en la práctica Judía de abstenerse de trabajar en los días sábados, y estaban insistiendo en que otros cristianos hicieran lo mismo. Contra estos judaizantes, el concilio de Laodicea actuó, advirtiendo a los fieles, que debían trabajar los sábados y no descansar como los judíos. De esta manera se dio el primer decreto conciliar en la historia de la observancia del domingo, decreto que quedó estipulado y firmado en el canon 29 del concilio de Laodicea.
-Entiendo –señaló convencido el francés –. Aprovechando la ausencia del obispo fue que los Guardianes lograron descender al sótano de la Basílica de San Pedro, y guardar en una de sus habitaciones la Santa Lanza.
-Exacto –respondió Karisteas, recordando que lo que realmente facilitó la entrada de los Guardianes a los sótanos de la Basílica de San Pedro era el hecho de que uno de sus miembros era un prominente cardenal romano –. De ahí en más –continuó –, siglo tras siglo transcurrió y los Caballeros de la Orden del Fénix sólo vieron desfilar no muy convincentes aspirantes al cargo de Señor de la Santa Lanza. Entre los más resaltantes postulantes estuvieron el rey Arturo de Britania, el emperador Justiniano y el gran Carlomagno. Desde luego todos grandes y singulares reyes; pero ninguno lo suficientemente notable como para alcanzar el sagrado cargo de Nuevo Cristo, y como tal, Señor de la Santa Lanza.
-Me es difícil comprender como personajes tan notables como los que usted ha mencionado no se hicieron merecedores del título que sí ostentó Constantino; siendo ellos protagonistas más populares de la historia mundial.
-Para serle sincero –repuso emocionado Karisteas, invadido por una sonrisa cómplice –, yo comparto su sentir, al menos con respecto a Carlomagno; pero la verdad es que cada uno de estos personajes tuvo una historia muy particular, la cual fue en su momento muy observada y escrutada por los Caballeros de la Orden del Fénix de sus respectivas épocas, quienes al final decidieron en conjunto no enseñorear a ninguno de ellos sobre el poder de la Santa Lanza.
-Tienen que haber habido motivos muy infortunados para que los Guardianes de la Santa Lanza no hayan condecorado a tan ilustres personajes.
-Efectivamente señor Lemer; pero dado que no es tiempo lo que nos sobra, será en otra oportunidad cuando le cuente los motivos que impulsaron a los Caballeros de mi Orden a no escoger de entre ellos a un nuevo Señor de la Santa Lanza.
-Está bien. –Contestó el francés con poco entusiasmo, pues evidentemente ansiaba conocer los motivos que llevaron al rey Arturo, el emperador Justiniano y a Carlomagno, a no ser merecedores del poder de la Santa Lanza.
-Bueno, mejor continúo.
Ya para el siglo X, la Santa Lanza en la cual estaba vertida la Sangre Real de Cristo, se convirtió en un tesoro codiciado por grandes reyes. La carta que Constantino el Grande había dejado para su hijo, en la cual le contaba todos los secretos de la Santa Lanza y el lugar donde se encontraba, había sido descubierta en un templo de Marsella. De esta manera, rápidamente la historia de la lanza que atravesó el costado de Cristo se divulgó por varios reinos. Aunque muchos sólo la consideraban una leyenda cristiana.
En el 936, Otón se convirtió en rey de Alemania. Éste rey tenía como ideal monárquico a Carlomagno. Otón se esmeró en fortalecer la unidad del reino. Sometió a los eslavos y adquirió sobre ellos un gran ascendiente moral mediante una acción misionera bien organizada, atrayendo a los eslavos occidentales a la Iglesia de Roma.
En el 955, los húngaros consiguieron aliarse con Ludolfo, hijo de Otón; y Conrado, su yerno. Los alemanes estuvieron a punto de ser cercados por sus enemigos. Pero el ataque de los alemanes fue tan impetuoso que terminó por quebrar a los húngaros.
La batalla en el río Lech quitó para siempre a los húngaros el deseo de devastar territorio alemán. Desde aquel día, se cantaron en todos los países cristianos, alabanzas a Otón el Grande. A su corte acudieron embajadas de Italia, Francia e Inglaterra, e incluso de Córdova, África, Bizancio y Rusia.
Después de esa gran victoria, Otón el Grande empezó a desear la corona imperial que llevó su gran predecesor Carlomagno.
Otón tenía derechos sobre la corona imperial por ser descendiente de Carlomagno. Pero aún así, sabía que el camino hacía ella iba a ser difícil.
La historia de la Santa Lanza llegó pronto a oídos de Otón. Al principio la consideró una leyenda popular y demasiado fantasiosa. Pero cuando tuvo la carta con el sello imperial de Constantino el Grande, en sus manos, no dudó más.
Otón, deseoso de tener el poder que en antaño había tenido Constantino, envió Caballeros de su entera confianza a Constantinopla. Al llegar a la ciudad, los Caballeros de Otón se dirigieron a la Iglesia de los Santos Apóstoles, lugar donde esperaban encontrar la Santa Lanza. Pero aunque pagaron mucho dinero para que se les permitiera escrutar, no encontraron la milenaria lanza. Sin embargo, la noticia de que un grupo de extranjeros habían revoloteado la Iglesia de los Santos Apóstoles se regó por toda la ciudad. Para entonces, Antonio Tomassi, un erudito católico romano que vivía ya muchos años en Constantinopla a causa del desorden en que había caído la Ciudad Eterna, era el nuevo Guardián Protector de la Santa Lanza. Y al enterarse de que hombres extranjeros habían revoloteado el templo que alguna vez fue refugio del preciado tesoro que él y su Orden protegían, se puso un tanto nervioso; pero luego de reunirse con los Caballeros de la Orden del Fénix, fue en busca de los forasteros. Al principio los Caballeros de Otón no confiaban en Antonio; pero luego de que éste les revelase su condición de Guardián Protector de la Santa Lanza, ellos le revelaron la misión que su rey les había encomendado. Entonces, Antonio se reunió nuevamente con los Caballeros de su Orden, y juntos decidieron que los méritos del rey Otón lo hacían digno de ser el nuevo Señor de la Santa Lanza; además lo era necesario, pues nuevos días oscuros estaban asolando el mundo, y sangre de santos e inclusive de Papas se estaba derramando en Roma. La decisión fue unánime.
Antes de emprender el largo viaje a Alemania para entregar personalmente la Santa Lanza a su nuevo Señor, temiendo que otros reyes estuviesen tras de ella, Antonio dejó reemplazo de su cargo en Constantinopla.
Cuando el Guardián Protector llegó al prominente y vasto palacio del rey Otón, encontró un rey misericordioso y justo. Esto hizo que Antonio no tuviese dudas de entregarle la Santa Lanza y revelarle los secretos de la misma. En agradecimiento, Otón nombró a Antonio, Consejero Real.
Con la Santa Lanza en sus manos, Otón consideraba que el poder de la sangre de Cristo le acompañaba. Ahora sólo esperaba una señal del cielo para reclamar la corona del Imperio Romano.
Meses después, Otón se enteró, de que, un usurpador había tomado la corona romana; y que además, había encarcelado a la viuda del rey difunto, a la bella Adelaida. Sin dudar, al frente de su gran ejército, Otón se encaminó a libertar a la bella reina. En Italia, Otón fue recibido con aclamaciones por doquier. Hizo una entrada triunfal en Pavia, y se adjudicó desde entonces el título de rey de Italia. Más tarde Otón se casó con Adelaida.
En el 962, Berengario “el Usurpador”, acariciaba el proyecto de someter a Italia y hacerse proclamar emperador de los romanos. El Papa, el joven Juan XII, de apenas 18 años, atemorizado solicitó ayuda a Otón. Ello proporcionó a éste la tan esperada ocasión de realizar su sueño imperial. El rey cruzó por segunda vez los Alpes al frente de un poderoso ejército. Adelaida y la Santa Lanza le acompañaban. El poderoso monarca germánico entró a la Ciudad Eterna junto con su reina. Ambos fueron recibidos por el Papa en la Basílica de San Pedro y, rodeados por altos dignatarios eclesiásticos fueron coronados como emperador y emperatriz.
Posterior a su coronación, Otón trató de aliarse con el Imperio Bizantino del mismo modo que en antaño lo tratase de hacer Carlomagno. Pero las ambiciones de Otón no eran las mismas de Carlomagno ni de Constantino ni mucho menos las que los Guardianes esperaban.
Otón el Grande logró emparentar con la casa imperial de Bizancio casando a su hijo Otón con la bella princesa bizantina, Teófana.
El imperio creado por Otón tuvo un carácter distinto al de la época carolingia. Para Carlomagno significaba el derecho al dominio universal. Otón el Grande se conformó con el titulo de Principal Defensor de la fe cristiana y el prestigio que la corona imperial daba a su propio país.
Sin embargo, la alianza de Otón con el joven Papa duro poco, ya que el Sumo Pontífice cambió pronto sus ideas políticas. Otón marchó entonces sobre Roma y lo depuso, pero los romanos no cedieron, no aceptaron al nuevo Papa, León VIII, impuesto por el emperador, y a la muerte de Juan XII eligieron a Benedicto V. Sólo tras una nueva campaña en 966, Otón consiguió consolidarse, y lograr que su hijo fuese nombrado emperador.
En 973, Otón el Grande murió inesperadamente, a la edad de 61 años.
-¿Y la lanza?
-Lamentablemente Otón no devolvió la Santa Lanza a sus Guardianes Protectores. Antonio Tomassi ya había muerto y los otros Caballeros se encontraban en Constantinopla. El único hombre en que Otón confió plenamente para que entregase el amuleto sagrado a sus Guardianes, fue Silvestre, un francés muy culto.
-¿El Papa?
-Sí, el Papa.
Silvestre era un sabio muy versado no sólo en literatura clásica y cristiana, sino también en las matemáticas y ciencias naturales de los árabes. Iba siempre a la caza de los libros. Sin embargo, no guardaba para el solo los conocimientos que adquiría. Su reputación de maestro se extendía por todo el occidente.
Como maestro, Silvestre ejercía gran influencia. Procuraba ampliar las estrechas perspectivas de sus discípulos. Entre sus ignorantes contemporáneos provocó admiración sin límites, construyendo órganos a vapor, cuadrantes solares y otros instrumentos de astronomía.
Otón el Grande admiraba en gran manera a Silvestre, y antes de que éste sea nombrado Papa, fue nombrado por Otón, Guardián Protector de la Santa Lanza, al menos hasta que encuentre a los verdaderos Guardianes.
Después de la muerte del segundo Señor de la Santa Lanza, los Caballeros de la Orden del Fénix instalados aún en Constantinopla, decidieron esperar el desenlace de la escena. Lo único que ellos sabían era que Antonio había muerto. Pero de la lanza no sabían nada, sólo especulaban que Otón se la había dejado como herencia a su hijo, después de todo, Otón el Grande había hecho lo imposible para que Otón II fuese su sucesor en la corona imperial; por lo tanto no era nada descabellado pensar que también le había heredado la Santa Lanza, al contrario eso hubiese sido lo más lógico, al menos para los Guardianes.
Silvestre había sido encomendado por Otón el Grande para devolver la Santa Lanza a sus Guardianes originales; pero la única pista con la que contaba para encontrarlos y así cumplir con su misión, era Constantinopla, de modo que la situación se veía harto complicada. Además, el imperio occidental había quedado en manos del joven Otón II, de tan solo 18 años de edad, quien lleno de ardor combativo acompañado por su enorme complejo de superioridad dirigió sus armas contra los sarracenos que se dedicaban a saquear Italia, y los desafió cerca del golfo de Tarento. Sedientos de victoria los alemanes perdieron la prudencia y fueron rodeados por masas de enemigos. El ejército alemán fue derrotado por completo. En ignominiosa huida Otón II logró escapar a duras penas con un puñado de hombres.
Estos penosos y preocupantes hechos retrasaron a Silvestre de ir en busca de los Guardianes de la Santa Lanza, que ahora él protegía.
Silvestre era consejero y preceptor de Otón II y también lo fue de Otón III.
En 983, Otón II murió agotado por el pesar y las preocupaciones. Otón III fue coronado nuevo emperador. Debido a su corta edad reinó bajo la regencia de su madre durante 8 años, y después, al morir ésta, su abuela Adelaida lo ayudó a reinar.
Hasta el 995, Alemania no tuvo año sin guerra contra los eslavos. Otón III cumplió entonces 15 años y fue en persona a luchar contra ellos. En consecuencia Silvestre se sentía moralmente impedido de abandonar occidente.
En 999, Silvestre fue nombrado Sumo Pontífice, y se le conoció como el Papa Silvestre II.
Silvestre era un hombre de avanzada edad, y al reconocer que no podría ir en persona en busca de los Caballeros de la Orden del Fénix, envió una comitiva a Constantinopla, conformada por valientes y leales Caballeros Teutónicos, tal como anteriormente lo había hecho Otón.
Por su parte, los Guardianes de la Santa Lanza sintieron temor al enterarse que un grupo de extranjeros los estaban buscando, y decidieron esconderse. Por esta razón, Silvestre nunca encontró a los Guardianes originales del emblema que Otón el Grande le había encomendado proteger y devolver. Sin embargo, éste había transmitido a Silvestre todos los secretos de la Santa Lanza, motivo por el cual, el Papa temía que la fuente de poder absoluto cayera en manos equivocadas. Así que sin más por hacer escondió la Santa Lanza en una habitación ubicada en el sótano de la Basílica de San Pedro. En el mismo lugar que anteriormente había sido escondida por Mario Victorino, Guardián Protector de la Santa Lanza en el siglo IV. Junto a la Santa Lanza, Silvestre colocó una carta en la que contaba todos los secretos de la misma y revelaba los nombres de los que en vida fueron sus Señores, y como los había servido.
En el 1003, antes de morir, Silvestre envió una carta sellada a la Iglesia de Santa Sofía. En el exterior de la carta decía que sólo debía ser leída por algún Caballero de la Orden del Fénix. No se sabe si la carta llegó a Santa Sofía; el hecho es, que el contenido de la misiva nunca se supo.
-¡Un momento! –Exclamó Lemer, interrumpiendo bruscamente el relato de Homero Karisteas –. ¿Qué motivó al Papa Silvestre a enviar esa carta a la Iglesia de Santa Sofía? ¿Qué tiene que ver esa iglesia con la Santa Lanza o con sus Caballeros guardianes?
-Buena observación señor Lemer. Me alegra notar que está usted muy atento a mi relato. Con respecto a Santa Sofía le diré que fue el emperador Justiniano quien la mandó construir, y es debido a esta singular proeza en bien de la cristiandad que los Caballeros de la Orden del Fénix consideraron al emperador bizantino como posible Señor de la Santa Lanza, es más, en una reunión que se llevó a cabo en Roma los Guardianes decidieron otorgarle a Justiniano el poder de la sangre de Cristo. Por esta razón, Valentino, el Guardián Protector de esa época, viajó a Constantinopla y contempló con sus propios sentidos la maravilla arquitectónica que Justiniano había regalado a la iglesia de Cristo. Sin embargo, Valentino no encontró la misma grandeza de Santa Sofía en el gobierno de Justiniano; por ello se vio obligado a retornar a Roma con su tesoro en manos. Sólo algunos años después la Ciudad Eterna fue invadida por los Godos. Tan feroz fue la invasión, que los Caballeros de la Orden del Fénix sólo alcanzaron huir con sus tesoros pagando a los Godos por su libertad. Aunque les fue difícil y en un momento pensaron en dejarla escondida, los Guardianes también alcanzaron llevarse de Roma la Santa Lanza.
Después de estos hechos sólo había un lugar en todo el mundo que podía servir de refugio a tan invalorable tesoro.
-La Haguía Sofía –murmuró Lemer –.
-Exacto –repuso el griego –. Es así que Santa Sofía se convirtió en el nuevo hogar de la Santa Lanza. Desde luego todos estos hechos quedaron registrados en la historia y secretos del sagrado emblema de poder; por ello, el Papa Silvestre, informado por Otón de todo lo acontecido alrededor de la Santa Lanza envió una misiva a Santa Sofía, pues esperaba en que siendo aquella iglesia la última morada del tesoro que cuidaba, quizás pudiera ser frecuentada por alguno de los Caballeros de la Orden del Fénix que él tanto había tratado de encontrar.
-Pero no fue así, ¿verdad?
-Tengo entendido que la carta se perdió en la historia y el tiempo; pues nadie sabe lo que el Papa Silvestre escribió en aquella desesperada misiva.
-Que extraño –susurró Lemer, y luego, guardando absoluto silencio se quedó observando a Karisteas con una evidente expresión de ansiedad por saber más acerca de la historia que éste misterioso griego le venía relatando con tanto placer.
-Después de esos acontecimientos –continuó Karisteas –, más por costumbre que por juramento los Guardianes continuaron con su misión por mucho tiempo. Aún eran Guardianes de los secretos y de la historia de la Santa Lanza. Además, tenían la corona de espinas y el letrero que colgaron en la cruz de Jesús para corroborar sus sagrados cargos.
El emblema de poder quedó oculto en el sótano de la Basílica de San Pedro sin que nadie sepa su real paradero.






17
En Hamburgo, Ralf Kruger se encontraba totalmente apesadumbrado. La angustia de no saber lo que los siguientes días traía consigo lo consumía. La culpa producida en él por la alta traición que iba a cometer contra su Orden no lo dejaba tranquilo. Sabiendo que su líder se encontraba reunido con Paul Lemer en Filadelfia, sólo aguardaba que un repentino cambio de marea mejore la funesta y tensa situación.
Después de haber sido seguido por Hanan Qadir y uno de sus temerarios cómplices, Ralf Kruger había enviado a toda su familia a su residencia de Berlín. Por ello, ahora se encontraba solo en su amplia, fortificada y lujosa residencia de Hamburgo, que sin embargo ahora se le hacía minúscula y vulnerable, simple y accesible, indefensa y nada acogedora. Sus vastas y múltiples habitaciones ya no brindaban a Ralf la otrora y extrañada calidez que ahora tanto anhelaba. Sus gruesas columnas hechas especialmente para soportar las inclemencias de la naturaleza, de pronto se veían frágiles y lánguidas ante las terribles escenas que invadían sus pensamientos.
– ¿Qué hubieses hecho tú? –Se oyó decir, mientras recordaba el día en que su difunto padre le heredó su juramento de Guardián de la Santa Lanza. Y así, con la presión sobre sus hombros, no paraba de dar continuas vueltas alrededor del teléfono de su sala, aguardando que suene, aguardando la confirmación.

18
–Oculta en los sótanos de la Basílica de San Pedro –murmuró incrédulo Lemer –. ¿Será posible? –Reflexionó, mientras sus pensamientos se perdían en no muy recientes recuerdos.
-Tres siglos más tarde –continuó relatando Karisteas bastante entusiasta, interrumpiendo bruscamente el paseo que Lemer daba por sus recuerdos –, Felipe IV “el Hermoso” llegó al trono francés.
Éste rey mantuvo constantes disputas con el Papa por limitar su poder temporal.
En esta dura reyerta el pontificado sufrió un duro golpe, cuya secuela fue la ausencia de los Papas en la sede romana y el gran cisma de occidente. Felipe favoreció el traslado de la Santa Sede a Avignon y colocó al frente a su amigo Bertrand de Got, quien pasó a llamarse Clemente V. Nada puso en tanto peligro el ideal universalista. El Vicario de Jesucristo quedó convertido en vasallo del rey de Francia y, en determinados momentos hubo dos papas, incluso alguna vez hubo tres, quienes llegaron a excomulgarse mutuamente. Nada podía evitar que la cristiandad se disipara en bandos distintos ni que la Santa Sede perdiera gran parte de su prestigio. El poder temporal iba ganando terreno, sobre todo en Francia e Inglaterra.
El monarca francés deseaba un poder absolutista, y para lograrlo, su mayor estorbo era la bien organizada y mundialmente distinguida Orden del Temple, debido a su exención jurisdiccional y su poderío económico, el cual humillaba a Felipe, pues él estaba lleno de deudas. En un principio esta era la única razón por la cual Felipe el Hermoso deseaba terminar con los Caballeros Templarios; pero, pronto llegaron a sus oídos unas leyendas que referían que emperadores como Constantino el Grande y Otón I, habían alcanzado su gran apogeo como soberanos debido al colosal poder que un enigmático y antiguo amuleto les había proporcionado.
Lo que Felipe más deseaba era ser emperador, y cuando la historia de la Santa Lanza llegó a sus oídos, su furia contra los Caballeros Templarios se hizo mayor; pues también era conocida por Felipe la leyenda que relataba que la Orden del Temple poseía el Santo Grial, y que gracias a este enigmático y misterioso objeto, se habían vuelto tan poderosos.
-¿Santo Grial? –Preguntó consternado Lemer.
-Sí, Santo Grial –respondió categórico Karisteas –. Verás, de este enigmático objeto se han contado muchas historias, de entre las cuales resalta la leyenda que enfatiza que el Santo Grial es la continuación de la línea consanguínea de Cristo; es decir, la historia que cuenta que Jesús se casó con María Magdalena, y que luego de la crucifixión, ella fue llevada embarazada a Francia por José de Arimatea. Pero la historia que Felipe el Hermoso conocía, era la que contaba que el Santo Grial era la lanza que atravesó el costado de Cristo, lanza en la cual quedó impregnada su Sangre Real –Lemer asintió poco convencido –.
Conocedor de las dos leyendas –continuó presuroso Karisteas –, que convenientemente se convirtieron para el monarca francés en historias reales, Felipe no dudó más en su intención de eliminar a los Caballeros Templarios para apoderarse de sus tesoros, especialmente de su tesoro milenario, la lanza con la Sangre Real de Cristo, amuleto con el que esperaba convertirse en sucesor de Constantino. Sin embargo, eliminar a los Caballeros Templarios no iba a ser tarea fácil, ni siquiera para el rey.
-¿Qué pasó entonces? –Preguntó contrariado Lemer.
-Quien mejor ayudó al rey Felipe en esta contingencia –señaló Karisteas –, fue Esquino Floriano, un delincuente que decía haber sido confidente de un Caballero Templario en las mazmorras de Tolosa, y que se proclamaba conocedor de los vicios de la Orden. Otros dicen que era un miembro expulsado de la Orden, sin que hayan trascendido los motivos. El caso es que el rey acogió con agrado aquel saco de falsos argumentos.
El punto débil de los Caballeros Templarios era que formaban una sociedad secreta. Nadie sabía a ciencia cierta en qué consistían sus ceremonias y rituales, y cuando la gente no sabe algo, está dispuesta a creer lo que le cuenten.
Felipe IV pensaba lanzar contra la Orden del Temple una campaña de desprestigio similar a la empleada contra Bonifacio VIII, pero no era conveniente hacerlo mientras Jacobo de Molay, el Gran Maestre, estuviera fuera del país, pues entonces tendría la oportunidad de defenderse. Por ello Felipe IV y el Papa Clemente V invitaron a Francia a los principales miembros de la Orden del Temple para discutir, supuestamente, la organización de una nueva cruzada. Los caballeros acudieron sin sospechar nada, de modo que en el resto de Europa sólo quedaron Caballeros de menor grado, pues los líderes acudieron a la invitación real.
Continuando con el plan trazado, el Papa envió órdenes selladas a todos los rincones del reino, las cuales debían abrirse el viernes 13 de octubre de 1307. La madrugada de aquel día todas las órdenes selladas fueron abiertas. El Maestre Molay y ciento cuarenta Caballeros fueron encarcelados intempestivamente; pero la acción no quedó ahí, continuó, puesto que lo que más le interesaba a Felipe el Hermoso eran los tesoros de la Orden, y en especial, la Santa Lanza.
La noche y el día terminaron sin que los hombres de Felipe encontrasen nada de los tesoros encomendados a buscar. Desde luego esto fastidió muchísimo al rey, tanto, que mandó torturar a los Caballeros con la única finalidad de que confiesen donde habían escondido el Santo Grial, a su entender, la lanza que llevaba impregnada la Sangre Real de Cristo. Por su parte, extrañados los prisioneros decían a una sola voz no saber nada de la Santa Lanza.
En estas crueles torturas a las que fueron sometidos los Caballeros Templarios, murieron unos 36 de ellos, los demás fueron condenados posteriormente a la hoguera, acusados de practicar culto a un ídolo pagano, escupir sobre la cruz en los rituales de admisión, entregarse obligatoriamente a la sodomía, omitir intencionalmente en sus misas las palabras de consagración, etc. De esta manera, Felipe IV prácticamente acabó con la Orden del Temple, sin lograr apoderarse de sus tesoros y sin encontrar alguna pista que lo llevase tras la Santa Lanza.
-Incroyable –susurro Lemer, evidenciando el encandilamiento que venía produciendo en él tan singular y exquisita historia.
-Fueron en estos años de desordenes occidentales, en pleno inicio del siglo XIV, que los Caballeros de la Orden del Fénix aparecieron nuevamente en escena. –Una notoria tristeza embargó repentinamente a karisteas –. Los cinco Guardianes de la Santa Lanza se reunieron en Sicilia.
Por más de un siglo los Guardianes habían estado esparcidos en diferentes reinos, luego de que Constantinopla fuera tomada y quemada por un ejército occidental.
La reunión fue en Sicilia, no sólo porque era una ciudad segura y cristiana, sino también, porque el nuevo Guardián Protector era de esa ciudad.
Felipe era descendiente del rey Federico II. Él había sido educado con maestros estrictamente cristianos y, aunque era muy joven, poseía una gran riqueza material y espiritual. Con Felipe a la cabeza, los Caballeros de la Orden del Fénix, post renovación de juramentos y purificación en el fuego, acordaron buscar la Santa Lanza. Los Guardianes conocían la historia y los secretos de la lanza; por eso, conocedores del poder que la lanza otorgaba, juraron vivir para encontrarla.
Antonio, un ex Guardián Protector había entregado la Santa Lanza a Otón el Grande. Con el sagrado amuleto en su poder, Otón se adueñó del imperio occidental. Seguido a estos hechos, los Guardianes le habían perdido el paso a la Santa Lanza, motivo por el cual, sostenían la idea de que se encontraba en occidente. Además, en mas de tres siglos ningún emperador había dominado el mundo; por esta razón, los Guardianes consideraron que el emblema de poder estaba escondido y no en manos de algún impostor Señor de la Santa Lanza. Y en todo occidente, el único lugar que alguna vez sirvió de escondite para su sagrado tesoro, era la Basílica de San Pedro.
Sin perder tiempo y aprovechando los desordenes de las guerras, Felipe y los Guardianes se dirigieron a Roma. Al llegar a la Santa Sede, no había ni rey ni Papa que les impidiese el paso.
Felipe entró a la Basílica aduciendo que como descendiente de Federico II, él sería el próximo rey, motivo por el cual, los obispos católicos no le estorbaron el paso. Cuando Felipe descendió al sótano de la Basílica, buscó ansioso en todas las habitaciones, pero no encontró la Santa Lanza. Frustrado, Felipe volvió a las afueras de la Basílica e ingresó nuevamente. Esta vez, los Guardianes lo acompañaban.
En la habitación más tenebrosa y oscura, en la de menos estampa, los Guardianes encontraron sobre un pequeño altar, una caja de madera finamente tallada. En la tapa de la caja sobresalía tallada una figura de lanza. La caja estaba llena de polvo, pero bien conservada, teniendo en cuenta el tiempo que llevaba escondida en aquel frío sótano. Después de respirar profundamente, Felipe abrió la caja con mucha delicadeza. Dentro estaba la Santa Lanza envuelta en finas telas púrpuras y brillantes. Al desenvolver por completo la lanza, el Guardián Protector encontró una carta con el sello del Sumo Pontífice. Inmediatamente la tomó en sus manos. Pero no podía dejar de contemplar la lanza que, según la historia de su Orden, era la lanza que hace mas de mil años atravesó el costado del Hijo de Dios.
Luego de unos breves momentos de sorpresa, admiración y regocijo, el Guardián Protector abrió intrigado la carta, que en sus líneas decía:

“Así como la luna recibe su luz del sol,
el poder temporal recibe su esplendor
del poder pontificio”.

Inocencio III.

¡Sella esta caja!
Felipe quedó estupefacto al leer estas líneas. Y al instante, los Guardianes fueron rodeados por tantos hombres que de nada sirvió la resistencia que pusieron. Los cinco Guardianes fueron llevados a un claustro en las afueras de Roma. Encerrados en habitaciones separadas, se les leyó sentencia: Quedan sentenciados a la sombra, por disponer del sagrado poder del cielo con su débil y pecador raciocinio.
La sentencia había sido sellada por el Sumo Pontífice.
Al oír la funesta sentencia, los Guardianes sospecharon que iban a morir encerrados en aquel monasterio, lejos de la sociedad y de la riqueza material que tantas veces habían disfrutado. Lejos de los placeres de la vida. Sin embargo, su temor como Caballeros de la Orden del Fénix era mayor, pues dotados de vigor y juventud, ninguno de ellos había dejado reemplazo. Y sus emblemas de Guardianes habían quedado ocultos en Sicilia. Felipe quiso enviar cartas a su casa, pero sabía que las leerían antes de entregarlas.
-¿Qué hicieron entonces? –El relato se tornó seductor. El ambiente era perfecto.
-Aproximadamente diez años después, Felipe fue encontrado por sus familiares; los cuales dieron una gran contribución económica al monasterio para poder ver a su apreciado familiar.
Dos Guardianes ya habían muerto, presas de enfermedades, y no había posibilidad alguna de que Felipe quede libre de su sentencia, así que no tuvo más opción que revelar los secretos y la historia de la Santa Lanza a cinco familiares suyos. Debido a que todos los emblemas de los Guardianes estaban ocultos en la habitación personal de Felipe en su casa de Sicilia, no fue difícil para los nuevos Guardianes encontrarlos. De esta manera, los nuevos Guardianes de los secretos e historia de la Santa Lanza, con Tito a la cabeza como Guardián Protector, renovaron sus juramentos. Esta vez, no había Santa Lanza delante de la cual juramentar, pero al menos, el fuego de purificación estuvo presente.
Estos nuevos Guardianes no eran movidos por el amor a la historia de la Santa Lanza, pero el respeto a la Sangre Real de Cristo les hizo guardar en secreto sus juramentos y seguir la tradición que hace catorce siglos iniciarán José de Arimatea y los suyos.
Tito, como Guardián Protector y líder de la Orden del Fénix, convenció a los Guardianes, de que, lo mejor que podían hacer por el momento era permanecer escondidos al igual que la Santa Lanza lo estaba en la Basílica de San Pedro, lejos de manos y pensamientos movidos por el mal.
Por miedo a ser condenados igual que Felipe y los otros Guardianes, esta nueva generación adoptó el nombre de los Caballeros de la Orden de Sicilia, nombre que los protegió de reyes y buscadores de tesoros por algunos siglos.





19
El 13 de noviembre de 1312, cinco años después de que Felipe el Hermoso en pos de adueñarse de la Santa Lanza, aprisionase a la Orden del Temple, nació en el castillo de Windsor, el primogénito del rey de Inglaterra Eduardo II, y de su reina, Isabel de Francia.
En 1320 Eduardo II nombró a su primogénito, conde de Chester, y en 1325 lo designó duque de Aquitania, motivo por el cual, Eduardo III viajó con su madre a Francia para administrar dicho ducado, quedando allí bajo la tutela de su tío, el rey Carlos IV de Francia.
Al príncipe inglés, Eduardo III, sólo le bastaron dos años de estancia en Francia para enterarse de los verdaderos motivos que habían impulsado al rey francés, Felipe IV, a exterminar sin piedad a los Caballeros Templarios; y dado que las historias que pululaban entre los castillos franceses contaban que Felipe IV se había quedado con todos los tesoros de la Orden del Temple, Eduardo III concluyó, que la Santa Lanza que atravesó el costado de Cristo, y que había llevado a Constantino y a Otón el Grande, al poder imperial, se encontraba en poder de los franceses. A sus escasos catorce años, Eduardo III era ya un príncipe muy ambicioso, y desde esa edad se puso como objetivo ser emperador. Pero el príncipe sabía que el camino no iba a ser fácil, y que por el momento lo más conveniente para él, era aliarse con su madre, ofreciéndole la gloria y poder que en su momento tuvo Elena, la madre de Constantino. Por su parte, Isabel de Francia, movida por la ambición y el deseo de venganza por las múltiples humillaciones a las cuales Eduardo II la había expuesto, además de creer que era ella quien llevaba las riendas del plan imperialista en sus manos, presionó a su esposo para que corone formalmente al príncipe heredero. De esta manera, el 25 de enero de 1327, obligado por el parlamento y presionado por la reina Isabel, el rey inglés coronó rey a Eduardo III. Entonces, creyéndose victoriosa, la reina empuñó las riendas del poder como regente del reino.
En 1330, el rey Eduardo III, ya con dieciocho años encima, sintiéndose preparado para continuar su camino imperialista, decidió tomar el control del reino, y confinó a su madre al castillo de Hereford. Ahora lo que Eduardo III deseaba era el control de Francia, para de esa manera tener plena libertad de buscar la Santa Lanza y no tener que compartir su poder con nadie.
En pos de alcanzar sus objetivos, su primer paso fue casarse con la sobrina del rey francés Felipe VI. Pero al ver que esta unión no le trajo ningún resultado favorable, volvió a buscar desesperadamente una excusa para tomar el control de Francia, y en poco tiempo se le ocurrió un método, mediante el cual, esperaba no derramar sangre. Entonces, lleno de confianza hecho a andar su plan, sin imaginar todas las atrocidades que su ambición traería consigo.
El pretexto usado por Eduardo III, fue su legítimo derecho a la corona francesa. Dado que él era sobrino directo del último rey francés, Carlos IV, y dado que éste no había dejado descendientes propios, al él le correspondía la corona francesa, o al menos así lo alegaba. Ante este alegato, los nobles franceses respondieron que la corona no podía heredarse por línea femenina, por lo que el trono fue ocupado por Felipe VI, primo del rey fallecido.
Al no recibir una respuesta positiva a su reclamo, el rey Eduardo III trató de apoderarse de la Santa Lanza, que él suponía estaba en manos del rey francés, enviando constantemente grupos de soldados entrenados especialmente en alto espionaje y ataques sorpresas. Pero, estas invasiones y constantes ataques de parte de soldados ingleses, sólo ocasionaron el deterioro de las relaciones entre Francia e Inglaterra, llegando a su punto máximo el 24 de mayo de 1337, día en que se dio inició la Guerra de los Cien Años. En este día, Felipe VI, codiciando el cobro de los impuestos, arrebató Aquitania a los ingleses, a lo que Eduardo III respondió con la guerra. Una excusa es lo que el rey inglés había estado esperando para invadir Francia, y al fin su par francés se la había dado.
En 1338, Eduardo III se proclamó rey de Francia e invadió desde el norte del reino. En cada tramo de tierra que el rey inglés avanzaba no dejaba castillo sin revisar minuciosamente; pero tras dos años de guerra en la que ninguno de los dos reinos había tenido una victoria resaltante, lo único que Eduardo III encontraba era sangre inglesa derramada por doquier.
En 1340, la flota inglesa derrotó a la flota francesa frente a la ciudad de Sluis, con lo cual Inglaterra se hizo del control del canal de la Mancha.
Eduardo III, sintiéndose cansado de buscar sin resultado alguno, y sólo ver como sus soldados morían por algo que ni siquiera sabían que existía, decidió firmar una tregua en 1343. Pero en realidad la tregua no fue con Francia sino consigo mismo, pues tres años después volvió a la carga en busca de la lanza.
El 26 de agosto de 1346, el rey inglés condujo a su ejército a una gran victoria sobre los franceses en la batalla de Crécy, y en 1347 conquistó la ciudad de Calais. Tras estas contundentes victorias los franceses pidieron tregua y Eduardo III se las dio.
Habían pasado diez años de guerra y el rey inglés estaba cansado y casi sin esperanzas de encontrar la llave del imperialismo. Pero en 1355 todo cambió, pues Eduardo, el Príncipe Negro, hijo del rey Eduardo III, tomó Burdeos, con lo cual la guerra dejó de ser manejada por las ambiciones personales de Eduardo III, y pasó a ser una guerra de reinos que ni siquiera estaban seguros de cómo es que todo aquel gran desastre había comenzado. Pero, con el rey inglés o sin él la guerra continuó. Inglaterra ya tenía un nuevo general, y con él a la cabeza, usando como base la ciudad de Burdeos, los ingleses arrasaron todo el sur de Francia.
En septiembre de 1356, el ejército inglés, al mando del Príncipe Negro, obtuvo una gran victoria en Poitiers. En esta batalla fue capturado el rey francés Juan II, sucesor de Felipe VI desde 1350. A este duro golpe a los franceses, el Papa Inocencio VI, quinto instalado en Avignon, respondió con una súplica de paz a ambos bandos, y al no recibir respuesta, conocedor de las ambiciones personales de Eduardo III, el Papa le ofreció lo que este rey tanto deseaba.
-¿La Santa Lanza estaba en Avignon? –El rostro de Lemer denunciaba una repentina y nueva extrañeza –. ¿Creí que había quedado oculta en los sótanos de la Basílica de San Pedro?
-En abril de 1317 –continuó disoluto Karisteas –, el Papa Juan XXII, quien a diferencia de Clemente V sí conocía la historia de la Santa Lanza, ordenó traer de Roma el objeto sagrado que por tantos años había sido manipulado por sus Guardianes. Desde esa fecha la Santa Lanza quedó en manos de los Papas en Avignon. –Lemer asintió poco convencido –. En octubre de 1359, el Papa Inocencio VI, después de una constante insistencia se reunió en secreto con el rey Eduardo III de Inglaterra en Poitiers. En esta reunión el Papa trató de convencer al rey inglés de que a cambio de la Santa Lanza él retire a todas sus tropas de territorio francés. Pero el rey no accedió a las peticiones del Papa. La reunión culminó sin ningún acuerdo, y contrario al Papa, el rey se retiró tranquilo, pues ahora sabía donde se encontraba el tesoro que tantos años llevaba buscando.
En 1360, la paz se firmó. Eduardo III ya no quería guerra, ahora lo único que buscaba era la forma de tomar el poder en sus manos, y para esto volvió al plan inicial. Nuevamente envió grupos de soldados entrenados especialmente para la ocasión.
Al sentirse constantemente atacado, el Papa Inocencio VI incrementó las fortificaciones de Avignon; pero antes de que pudiera terminarlas, fue asaltado y obligado a entregar a los asaltantes el tesoro más grande que la cristiandad no sabía que existía. De esta manera, en agosto de 1362, la Santa Lanza pasó a poder del rey inglés Eduardo III.
Un mes después, antes de morir, Inocencio VI le contó toda la historia y todos los secretos de la Santa Lanza al príncipe francés Carlos V, hijo del rey prisionero Juan XII. Siete años después, en 1369, el monarca francés Carlos V, quien tras enterarse del incomparable robo del cual su reino había sido víctima, dedicó todo su tiempo y todas sus energías a reorganizar las tropas francesas en pos de recuperar sus tierras y principalmente la Santa Lanza, tesoro que ahora el rey francés también codiciaba. Reinició la guerra.
En 1372, aliados a las fuerzas navales de la Corona de Castilla, los franceses destruyeron una flota inglesa en el golfo de Vizcaya. Los años siguientes fueron favorables a los franceses debido a que en la muerte del Príncipe Negro los ingleses perdieron a su mejor jefe militar, y además, en 1377, año posterior a la muerte del príncipe, murió el rey Eduardo III, dejando como heredero de su corona a su nieto Ricardo II; pero sin dejar heredero del tesoro por el cual había iniciado esta guerra que ya llevaba más de cuarenta años.
Quizás motivado por la corta edad del rey heredero o quizás incitado por la triste realidad de no tener en quien confiar, antes de morir Eduardo III envió la Santa Lanza de vuelta a Avignon.
Gratamente sorprendido, el Papa Gregorio XI recibió una caja de madera cubierta en finos adornos de oro. Pero, el mensajero del sequito real antes de entregar la caja al Papa, le entregó primero una carta con el sello real inglés. Al leer la carta, grande fue la sorpresa del Papa, pues él no tenía conocimiento de la existencia de tan formidable tesoro, pero mayor fue su sorpresa cuando leyó que en la misiva, el rey inglés le pedía que devuelva la lanza a su verdadera casa, la cual era, la Basílica de San Pedro.
A cambio de tal favor el rey inglés le ofreció al Papa múltiples regalos, entre los cuales resaltaban tierras en el norte de Francia y al sur de Inglaterra. No se sabe si el Papa aceptó tales regalos, el hecho es, que devolvió a Roma la sede del papado y con ella la Santa Lanza. Después de casi un siglo Roma recuperó su brillo. Pero la guerra continúo hasta 1386, y diez años después se firmó una nueva tregua, la cual duró hasta 1414, año en el que el rey inglés Enrique V, aprovechando la guerra civil que sufría Francia en ese período, reiteró la pretensión de la monarquía inglesa al trono francés. Es así, que el soberano inglés inauguró una nueva etapa de la guerra al invadir el territorio francés en 1415. Francia, debilitada por el conflicto entre los duques de Borgoña y de Orleáns, los cuales se disputaban el control de la regencia que gobernaba el país en nombre del enfermo rey Carlos VI, fue derrotada.
Enrique V, aliado con los duques de Borgoña, conquistó todo el territorio francés al norte del río Loira, incluida la ciudad de Paris.
El 20 de mayo de 1420 se firmó el tratado de Troyes, por medio del cual, el rey francés Carlos VI se vio obligado a casar a su hija, Catalina de Valois, con Enrique V, de modo que el monarca inglés pasaba a ser heredero, además de regente de Francia. Asimismo, el rey francés tuvo que declarar ilegítimo a su hijo Carlos, heredero al trono. El príncipe francés rehusó someterse al acuerdo y continuó la guerra contra Inglaterra, cuyo ejército arrojó a sus tropas más allá de Loira e invadió el sur de Francia.
El 28 de septiembre del mismo año en que se firmara el tratado de Troyes, el Papa Martín V, tras tres años de papado hizo su entrada triunfal a la Ciudad Eterna, en donde sólo halló un montón de ruinas. Entonces se dedicó intensamente a la reconstrucción de Roma, motivo por el cual, le fue inevitable toparse con los bien recónditos aposentos de la Santa Lanza, junto a la cual, encontró una carta del Papa Gregorio XI. Al leer la carta, Martín V no supo que hacer, pues la misiva contaba que fue Eduardo III quien entregó tal reliquia a la Santa Sede, y que aunque a dicho rey no le había servido como amuleto imperial, si lo había hecho con Constantino y con Otón el Grande. Al terminar de leer la misiva, el Papa sólo atinó a sonreír brevemente, y luego, al contemplar detenidamente la habitación en la que el Papa Gregorio XI había guardado tan curiosa reliquia, concluyó que la lanza no era más que un medio por el cual Eduardo III se había burlado de la santa iglesia, sino porque otro motivo Gregorio XI la confinó a tan recóndito aposento, y más aún, si de veras es la llave al imperialismo, entonces porque Eduardo III la devolvió en vez de usarla contra Francia, ya que la guerra aún no terminaba.
No encontrando lugar para la mofa extranjera, Martín V decidió enviar la Santa Lanza de vuelta a Inglaterra. Es así, que cubriéndola de seda y paños de oro, envió la Santa Lanza junto a una sarcástica misiva de agradecimiento por la confianza depositada al papado. Pero la guerra continuaba, y el Papa tuvo la desdichada idea de enviar la encomienda por tierra, al menos ese era el plan hasta llegar al canal de la Mancha.
En 1426, en un abandonado pueblo de Francia llamado Domrémy, una niña de tan sólo catorce años que iba todos los sábados a recoger flores del campo para llevarlas al altar de la Virgen, encontró en el camino a un hombre que por las circunstancias parecía haber sido asaltado por el hambre y el calor. Junto al hombre había una caja bastante maltratada a la cual Juana no dejaba de mirar fijamente mientras se acercaba lentamente a la posición del hombre. Al acercarse lo suficiente, el agonizante hombre la vio, y le dijo: Esta es una encomienda del Santo Padre, y ahora es tu responsabilidad. Diciendo esto, el misterioso y abatido hombre, murió.
Debido a su pobre educación, Juana, al no poder leer la misiva que yacía junto a la Santa Lanza, la desechó, y sólo se concentró en las palabras del forastero. Quizás por su inocencia o por las fábulas que su devota madre le contaba, Juana concluyó que aquel extranjero era un ángel enviado por el Santo Padre Dios, y que la lanza envuelta en seda y paños de oro era el arma que Jehová de los ejércitos le otorgaba a ella para combatir a los ingleses. De ahí en más Juana no dejó de soñar que la virgen María le hablaba y la alentaba a combatir a los invasores. Por temor no contó nada al principio, pero después, las voces en sus sueños fueron más incisivas en que ella, pobre niña campesina e ignorante, estaba destinada para salvar la nación y al rey, y entonces contó todo a sus familiares y vecinos. Desde luego nadie le creyó, pero ante la insistencia, un tío suyo la llevó donde el comandante del ejército de la ciudad vecina. Ella le dijo al comandante que Dios la había escogido para salvar a Francia y al rey, pero el militar no le creyó y la regresó para su casa.
En 1428, Juana viajó hasta Vaucouleurs con la intención de unirse a las tropas del príncipe Carlos, pero fue rechazada. A los pocos meses, el asedió de Orleáns por los ingleses agravó la delicada situación francesa y obligó al delfín a refugiarse en Chinon, localidad a la que acudió Juana con una escolta facilitada por Roberto de Baudricourt, para informar a Carlos acerca del carácter de su misión. Éste, tras hacerla examinar por varios teólogos, accedió al fin a confiarle el mando de un ejército de cinco mil hombres, con el que Juana de Arco consiguió derrotar a los ingleses y levantar el cerco de Orleáns, el 8 de mayo de 1429. Posteriormente, Juana de Arco realizó una serie de campañas victoriosas que franquearon al delfín el camino hacía Reims y permitieron su coronación como Carlos VII de Francia, el 17 de julio de 1429. Acabado su cometido, Juana dejó de oír sus voces interiores y pidió permiso para volver a casa; pero ante la insistencia del ejército francés, continuó combatiendo, primero en el infructuoso ataque a Paris en septiembre de 1429, y luego en el asedió de Compiègne, donde fue capturada por lo borgoñones, el 24 de mayo de 1430.
Entregada a los ingleses, Juana fue trasladada a Ruán, ciudad donde luego de constantes torturas declaró que el origen de todo fue su encuentro con el mensajero del Santo Padre. Al oír la historia de Juana y aquel sábado en los campos de Domrémy, los eclesiásticos que la interrogaron y juzgaron comprendieron el origen de toda la fábula que Juana había hecho de su trajinada vida.
Cuando la verdadera historia de Juana de Arco llegó a oídos del rey Enrique VI y su regente Juan de Lancaster, la doncella fue obligada a confesar el paradero de la Santa Lanza, pues aunque el rey era demasiado joven para conocer los secretos de la Santa Lanza, su tío no lo era. Juan de Lancaster conocedor de la historia y secretos de la Orden del Fénix, al oír la descripción que Juana de Arco había hecho sobre la supuesta arma que Dios le había dado para combatir a los ingleses, se dio cuenta que era la misma arma que quince siglos antes había atravesado el costado del Señor, y que sólo algunos años antes había estado en manos de Eduardo III. Sin embargo, el paradero de la Santa Lanza fue revelado sólo después de que Juana fuese sentenciada culpable de herejía y hechicería. Puesto que estos cargos significaban la muerte en la hoguera, Juana de Arco confesó el paradero de la Santa Lanza o Arma de Dios, como ella la llamaba, motivo por el cual su sentencia pasó a ser cadena perpetua. Días después, al sentirse culpable de entregar tan preciada y santa arma en manos del enemigo, Juana se retractó de sus palabras, acto al cual los eclesiásticos que la juzgaban, respondieron con la hoguera.
El 30 de mayo 1431, mientras Juana de Arco era quemada en la plaza del mercado viejo de Ruán, una compañía real inglesa saqueaba, quemaba y destruía Domrémy. La consigna era encontrar la Santa Lanza, pero al no hallarla, las órdenes eran quemar el pequeño poblado.
Semanas antes a la llegada de los ingleses a Domrémy, al enterarse que Juana había sido sentenciada por herejía y hechicería, su padre, Jaime de Arco, preso del remordimiento por no haber creído nunca en las palabras de su hija, cayó enfermo de tristeza, y al volverse grave la situación, su esposa le confesó que antes de partir, Juana dejó un regalo para él. Mientras Jaime abría impaciente la caja, su esposa le contó como es que Juana había recibido ese regalo de parte del Santo Padre. Al oír detalladamente la historia de Juana y el mensajero en los campos de Domrémy, Jaime entendió por fin el motivo que había llevado a su querida hija por aquellos caminos de sueños y heroísmo.
Post recuperación de ánimos y salud, Jaime, por miedo a que los ingleses tomen represalias contra él o su familia, huyó de Domrémy rumbo a Orleáns, ciudad que por estar en manos de los franceses brindaba mayor seguridad.
Veinticinco años después de la muerte de Juana de Arco en la hoguera, ya fallecido su padre; su madre y su hermana acudieron al rey francés Carlos VII, para pedirle que promoviera la revisión del injusto y calumnioso proceso del que Juana de Arco había sido víctima. De esta manera, el 7 de julio de 1456, el Papa Calixto III rehabilitó plenamente a Juana de Arco, y en agradecimiento, su madre le envió como obsequio, la Santa Lanza.
Junto a la lanza, la madre de Juana envió una carta en la que le contaba al Papa la forma en que su hija había encontrado esta misteriosa lanza vertida con sangre en su punta, y como es que luego de encontrarla, Juana se convirtió en una heroína de Francia.
20
En Paris, Yasmina Watson aguardaba ansiosa que su novio se reporte con ella, tal como era su costumbre. En la Ciudad Luz ya había caído la noche, debido a ello la española consideraba dable que Lemer ya haya definido los pormenores de su nueva misión, aunque en realidad deseaba que no llegue a ningún acuerdo, pues el mal presentimiento aún persistía.
Yasmina era la menor de tres hijos. Sus dos hermanos mayores eran historiadores como su padre, el gran historiador español, aunque de ascendencia inglesa, Felipe Watson de la Cruz y Castillo. Ella, por diversas razones, pero que aún no definía cuales eran las más importantes, había decidido no estudiar historia, aunque la amaba, y contra todo pronóstico se había decidido por la carrera de periodismo. Cuando los largos años de universidad terminaron, la minúscula alegría que producía tal acontecimiento en Yasmina se vio aplacada por la repentina, al menos para ella, muerte de su relativamente joven padre, quien sólo contaba con cincuenta y tres años de edad cuando un fatídico cáncer terminó con su trajinada vida. En respuesta a tan funesto acontecimiento, Yasmina dejó su amada Madrid y se enrumbó a la prometedora y frenética ciudad de París. Recién en el tren que la alejaba de la ciudad que la vio nacer y de sus más bellos y tristes recuerdos, Yasmina se permitió llorar a su padre. La joven española se rendía al llanto y al dolor con más severidad cada vez que un nuevo y antiguo recuerdo desbordaba sus pensamientos. Desde que tenía uso de razón su afectuoso padre siempre le había contado fascinantes historias reales y universales mientras la arropaba; pero pese a lo fascinante que resultaban los cuentos, el relato no lo era. El modo en que su padre los relataba era triste y sombrío, pálido y menguado; nada comparado con el alegre y entusiasta modo en que su madre, María Hernández, le relataba las historias bíblicas, que sin embargo no se comparaban a las que su padre le relataba.
–Quizás debido a lo real y al profundo y singular tono épico –, había considerado siempre la exigente Yasmina.
La sospechosa tristeza con que su padre relataba la historia que tanto amaba, era algo que en sus años de adolescencia Yasmina se dispuso a descubrir. Pero pese al esfuerzo, sólo había conseguido una ligera y poco convincente explicación de parte de su madre.
–Todo cambió en el segundo año de universidad –había contado María Hernández –, después de un repentino viaje que tu padre hizo a Grecia. A su retorno, su vasto amor por la historia no había mermado; pero su alegría había desaparecido casi por completo. Algo lo había desilusionado grandemente, y pese a los años y a nuestro amor, nunca me lo reveló.
Además de otras confusas razones, debido al secretismo que había alrededor de su padre, además de la tristeza que no superaba, y que se hacía más evidente cuando de historia se hablaba, Yasmina había decidido estudiar periodismo y no historia, ciencia que sin embargo no podía alejar de su fascinación.









21
– ¿Calixto III? –Se preguntaba una y otra vez, Paul Lemer, tratando de recordar algún dato sobresaliente sobre éste Papa que ahora refería Karisteas –. ¿Calixto III, Juana de Arco, la Santa Lanza? ¿Qué es todo esto?
Después de un breve respiro, al advertir el desconcierto de Paul Lemer, con un ligero temor de perder su atención, Homero Karisteas decidió continuar con su relato.
-El Papa Calixto III era un hombre sumamente ambicioso –señaló de repente, motivando un inesperado asentimiento de parte del francés, quien pareció haber recordado alguna referencia del mencionado Papa –. Su atención como Pontífice se centró en al reconquista de Constantinopla, que había caído en manos turcas en 1453. Para ello intentó organizar una cruzada enviando delegaciones a los reinos cristianos europeos. Contrario a lo que se esperaba, la indiferencia de los soberanos europeos no mermó los ánimos del Papa, puesto que había recibido el mejor regalo que su ambición podría recibir. La Santa Lanza que la madre de Juana de Arco envió al Papa Calixto III, fue recibida por éste como una señal de que los caminos de él y su familia estaban destinados a la gloria imperial.
Alfonso Borgia no sólo ambicionaba la gloria de Constantino u Otón, de quienes conocía plenamente su historia como Señores de la Santa Lanza, sino que además ambicionaba la santa gloria que llevó a Juana de Arco a sendas victorias sobre los ingleses antes de que sus propios paisanos la entreguen al enemigo.
Con la Santa Lanza en sus manos, y teniendo pleno conocimiento de su historia y poder, Alfonso Borgia se sintió mas dios que nunca. Y con el poder recorriendo sus venas, derrotó a los turcos y recuperó Constantinopla. Pero, sabiendo que sus días de gloria no iban a ser tantos como los que él deseaba, cedió el poder a los suyos. El 1 de marzo de 1457, confió a Rodrigo Borgia, de tan solo 26 años de edad, el cargo de vicecanciller de la Iglesia de Roma, y a su hermano Pedro Borgia lo nombró gonfalonero de los ejércitos pontificios.
A la muerte de Calixto III, en 1458, la plebe romana asaltó los palacios protegidos del difunto Papa, y entre muchas cosas de valor se llevaron una fastuosa caja enchapada en oro, dentro de la cual descansaba la Santa Lanza con la cual Alfonso Borgia había soñado que su familia reinaría en la Santa Sede por mil años. Pero ante tal perdida, Rodrigo Borgia supo mantenerse en su puesto de vicecanciller de los siguientes Papas gracias a su astucia. Así, hasta el cónclave de sucesión de Sixto IV en 1484, donde empezó a sonar su nombre como nuevo Papa. Pero los recelos que levantaba el cardenal Borgia impidieron su elección. Inocencio VIII fue el sucesor.
En agosto de 1492 llegó la segunda oportunidad de Rodrigo Borgia. Esta vez se enfrentaba por el papado con Julián de la Rovere, quien fue su eterno enemigo. Su elección la noche del 10 de agosto de 1492 le costó decenas de miles de ducados, así como múltiples favores y títulos. De esta manera, la mañana del 11 de agosto fue proclamado Papa, con el nombre de Alejandro VI. La elección del nombre se debió a Alejandro Magno, lo que hizo presagiar las futuras ansias conquistadoras de los Borgia.
Los primeros actos de Rodrigo Borgia como Papa, fueron: Deshacerse de los cardenales que lo habían elevado al solio papal, declaró suyos todos los bienes que dejaran al morir todos los sacerdotes, llevó a los suyos al poder, y por último, ofreció una gran recompensa por la Santa Lanza que había sido robada de entre las propiedades de Alfonso Borgia, su predecesor.
Con el aviso de la recompensa propalado por todo Roma e Italia, los Caballeros de la Orden de Sicilia aparecieron en escena nuevamente.
Aunque el Papa Alejandro VI tenía todas las ventajas para recuperar la Santa Lanza debido a la alta suma de ducados que había ofrecido como recompensa, fue el Guardián Protector Julián de la Rovere, cardenal y eterno enemigo de los Borgia, quien se apoderó de la Santa Lanza. Desde luego, el caza recompensas que la tenía buscaba al Papa, debido a la alta suma de ducados que éste había ofrecido, pero por azar del destino, el caza recompensas pidió ayuda a Julián de la Rovere para llegar hasta la posición del Papa, y al oír los motivos que traían a tan oscuro personaje a los Estados Pontificios, el cardenal no dudó en ofrecer una mayor suma de ducados a cambio de la Santa Lanza, y sobre todo, de absoluta discreción.
Julián de la Rovere nació en Albissola el 5 de diciembre de 1443. Desde muy joven perteneció a la Orden de los Franciscanos. Su tío, el Papa Sixto IV lo nombró obispo de Carpentras, y posteriormente cardenal-obispo de Lausana en el año 1471, arzobispo de Avignon en 1474, y legado en Francia desde 1480. Y fue en estas tierras donde conoció a los miembros de la vieja y extraviada Orden de Sicilia, que por entonces estaban siguiéndole los pasos a la Santa Lanza.
Bajo el liderazgo del nuevo y anciano Guardián Protector, Gregorio de Luca, los fieles Caballeros de la Orden de Sicilia, quienes en su mayoría eran españoles, llevaban cuatro años rastreando las huellas de la Santa Lanza. Habían pasado casi dos siglos desde la última vez que un Guardián la había tenido en sus manos, y ahora lo único que sabían de ella, es que el Papa Martín V la había enviado por tierra hasta Inglaterra, envuelta en paños de oro, dentro de una caja.
Cansado y agotado por la infructuosa búsqueda, Gregorio de Luca dejó su cargo a Julián de la Rovere, quien para entonces ya era cardenal de Ostia. El anciano Guardián Protector murió sabiendo que la Santa Lanza había vuelto a Roma en 1456, entregada por la madre de Juana de Arco al Papa Calixto III, en agradecimiento por la rehabilitación de su hija.
Como Guardián Protector y líder de la Orden de Sicilia, Julián de la Rovere, luego de perder en su contienda por el papado contra Rodrigo Borgia, se dedicó pacientemente a planear su venganza. Tal era el odio y rivalidad de Julián de la Rovere hacía los Borgia y en especial hacía Rodrigo Borgia, que terminó por ser uno de los Guardianes Protectores más inescrupulosos de toda la historia de la Santa Lanza.
-Guardián Protector, ¿inescrupuloso?
-Exacto; pues en 1503, luego de una paciente espera el líder de la Orden de Sicilia logró tomar venganza.
-¿Venganza? –Lemer estaba contrariado – ¿Contra el Papa? Está bromeando, ¿verdad? –Karisteas lo miró con tanta seriedad que al francés no le quedaron dudas.
-Fue en una cena preparada especialmente para envenenar a los nueve prelados más ricos de la corte papal, los cuales habían sido nombrados cardenales en el día de San Pedro, que Julián de la Rovere en una brillante acción consiguió que el vino envenenado fuese ingerido por los Borgia y no por sus ilustres invitados. Sí el veneno hubiese cumplido con el propósito de los Borgia, estos se hubiesen vuelto tan poderosos al heredar las nueve fortunas, que nada los hubiese detenido.
La jugada del Guardián Protector trajo como consecuencia la muerte de Alejandro VI. Por su parte, César Borgia salvó de morir; sin embargo, se había quedado sin protección, y para su total descalabro, el día de todos los muertos, su más terrible enemigo fue elegido Papa, tomando el nombre de Julio II.
-Increíble –repuso aún contrariado Lemer –. Sólo en el cristianismo –susurró con sarcasmo.
-Por mandato del nuevo Papa –continuó presuroso Karisteas, advirtiendo en su reloj que ya pasaban las doce –, César Borgia fue hecho prisionero y entregado a Gonzalo Fernández de Córdova para ser juzgado en España. No muchos años después, la familia Borgia vio lentamente como uno a uno iban muriendo sin lograr recuperar la gloria que por medio siglo habían disfrutado. –Hizo una pausa –.
Julián de la Rovere fue el primer Guardián Protector de la Santa Lanza en codiciar el poder de la sangre de Cristo para sí mismo –afirmó convencido Karisteas, continuando así con su relato –. Al llegar al poder papal, tomó el nombre de Julio en alusión al emperador romano Julio César, mostrando así su voluntad de realizar una obra de restauración y conquista. Su principal objetivo, fue hacer de la Santa Sede la principal potencia italiana y liberar a la península de la ocupación de los bárbaros. Con esto, Julio II esperaba tener la oportunidad de volverse emperador de los Estados Italianos, además de los Pontificios.
En el último año de su existencia, Julio II gozó de un amplio reconocimiento en Italia al aparecer como abanderado de la lucha contra los extranjeros, ya que tras algunas victorias, los franceses tuvieron que retirarse de la península y el papado recuperó sus antiguos territorios. Pero reconociendo que sus ambiciones imperialistas no iban a concretarse debido a su avanzada edad, Julián de la Rovere entregó sin explicaciones la Santa Lanza a uno de los personajes que más admiraba y con quien por años había compartido una estrecha relación de amor y odio.
-¡¿El Divino?! –Se preguntó sumamente extrañado Lemer. Karisteas no se detuvo.
-El 31 de octubre de 1512, antes de descubrir al público la majestuosa obra que Miguel Ángel había realizado en la Capilla Sixtina, el Papa Julio II dio como único pago al artista una caja enchapada en oro, en la cual sobresalía un tallado, que más bien eran cuatro letras que a simple vista no significaban nada.
Miguel Ángel recibió la caja sabiendo que era lo único que recibiría por sus cuatro años de trabajo constante.
-¡Imposible! –la incredulidad de Lemer era innegable –. ¿También Miguel Ángel fue uno de los Guardianes de la Santa Lanza?
-Y no sólo eso, señor Lemer –Karisteas estaba excitado –, sino que además, fue a mi modesto entender el Guardián Protector más significativo y trascendente en toda la historia de la Santa Lanza.
-¿Significativo y trascendente? –Se preguntó contrariado el francés, mientras un repentino escalofrió lo sacudió, debido a que la historia que tanto le venía fascinando estaba a punto de tomar un camino tan inimaginable que inclusive a él, después de todo lo que había oído, le daba recelo y emoción ingresar.
-Exacto –respondió inmutable Karisteas –. Significativo y trascendente, además de brillante claro. Pero dado que el tiempo es nuestro peor enemigo, será mejor que por ahora la historia deje de ser narrada y continúe siendo escrita.
-¿A qué se refiere? –Preguntó Lemer, temiendo lo peor para su singular curiosidad, que además venía siendo bien alimentada por tan fascinante historia.
-Estimado señor Lemer, es hora de que juntos continuemos la historia de la Santa Lanza –el francés empezó a sudar –. Es tiempo de que usted vaya en su búsqueda.
-Pero aún no me ha contado cuando fue que su Orden la vio por última vez –replicó esperanzado el francés, deseando que Karisteas le termine de narrar toda la copiosa historia de la Santa Lanza.
-Tiene usted razón –repuso Karisteas –. Después de Napoleón…
-¿Napoleón? –Interrumpió acucioso Lemer –. ¿También él?
-Sí, bueno –Karisteas empezó a comprender y respetar la sorpresa de Lemer –, Miguel Ángel, Napoleón, son muchos los ilustres personajes que forman parte de la historia de la Santa Lanza, pero como le dije hace un momento, el tiempo es nuestro peor enemigo, así que será en otra oportunidad cuando le cuente el resto de esta fascinante y reveladora historia, que además veo lo ha encantado.
-No lo puedo negar –asintió –, pero por favor continúe.
-De acuerdo. Después de Napoleón, por un siglo entero la Santa Lanza fue buscada sin descanso. Gobernantes y reyes ofrecieron grandes recompensas por alguna pista que los lleven al paradero de la Santa Lanza. La historia de los Caballeros de la Orden del Fénix se convirtió en un mito, y estos sólo pudieron sobrevivir al acecho ocultados bajo el nombre de los Caballeros de la Orden de Sicilia. Pero, en la tercera década del siglo XX, tras largos y constantes trabajos de inteligencia, Benito Mussolini los encontró.
-¡¿Los encontró?! –Preguntó Lemer, con evidente ansiedad por oír más acerca de la Santa Lanza –. ¿Cómo es eso posible?
-Aún no sabemos como fue eso posible –contestó Karisteas, refiriéndose a él y sus compañeros Guardianes –. El hecho es que los encontró y los asesinó por no cooperar con él y sus planes imperialistas. El último Guardián en ser encontrado fue el Guardián Protector, conocido en su época como el líder de la Orden de Sicilia. Al sentirse acorralada por Mussolini, Diana Karisteas trató de huir de Grecia a Turquía, en barco.
-Perdón, dijo usted, ¿Diana Karisteas? –El francés sentía que no daba más.
Esta historia estaba dando demasiados giros, y los personajes iban apareciendo uno tras otro, sorprendiendo y atrapando uno más que el anterior.
-Sí, señor Lemer. –Hizo una pausa –. Imagino que le sorprende; pero Diana Karisteas, mi abuela, fue también un Guardián Protector de la Santa Lanza. Aunque dadas las circunstancias a ella se le conoció como el líder de la Orden de Sicilia.
-¿Y qué paso con ella?
-Antes de que llegue a mar turco, los esbirros de Mussolini la atraparon, y luego de apoderarse de la Santa Lanza, la asesinaron.
-Si Mussolini asesinó a toda la Orden de Sicilia, o más bien, a los cinco Caballeros de la Orden del Fénix; y además, se apoderó de la Santa Lanza, ¿cómo es que los Guardianes aún existen?
-Antes de zarpar hacía Turquía, mi abuela dejó guardada en una antigua casa de la familia, una caja, que 30 años después mi padre encontró.
En la caja estaba guardado un testamento, el último que ella escribió, lo extraño era que no llevaba su firma, sino más bien cuatro iniciales, o al menos eso fue lo que mi padre pensó en un comienzo. Pero, lo más sorprendente para mi padre fue encontrar un segundo fondo en la caja, en el cual halló una incompleta corona de espinas y un cercenado tablero con un mensaje escrito en tres idiomas. Ambas cosas estaban aparentemente unidas, pero cuando mi padre trató de tomarlas, ambas reliquias se separaron en cinco partes cada una. Al retirar una a una las piezas, mi padre encontró una gran pila de documentos, unos más antiguos que otros, y sobre ellos había una carta, y el destinatario era él.
En la carta mi abuela le pedía enérgicamente a mi padre que sea el nuevo Guardián Protector de los secretos e historia de la Santa Lanza, y que busque cuatro personas de su entera confianza para que le acompañen como la nueva y resurgida generación de los Caballeros de la Orden del Fénix. La carta también indicaba, que cada nuevo Guardián debía poseer uno de los trozos de la corona de espinas y uno de los trozos del tablero que colgaron en la cruz de Jesús. Y por último, la carta hacía mención a la pila de documentos que yacían en la caja. Estos documentos narraban al detalle toda la historia de la Orden del Fénix. Desde José de Arimatea hasta mi abuela, todos y cada uno de los Guardianes Protectores habían escrito la historia que les tocó vivir como Guardianes del legado de Cristo. Después de leer atentamente todo lo referente a la Orden, mi padre comprendió de que se trataba todo, y que las cuatro iniciales que encontró en lugar de la firma de mi abuela era el Código Real de los Guardianes de la Santa Lanza, de los cuales, ahora él iba a formar parte esencial.
Por último, mi abuela dejó señalado a mi padre, que si no volvía de su repentino viaje era porque había muerto y la Santa Lanza había caído en manos poco confiables.
Algunos meses más tarde, después de distintas pruebas para seleccionar a los indicados, hubo nuevamente un grupo de Caballeros. Y el lugar de su primera reunión, fue Atenas, como en antaño.
La Orden del Fénix es desde sus orígenes una Orden autodenominada sagrada, debido a la divina sangre que baña su real tesoro –los ojos de Karisteas rebosaban de emoción –. Por ello mantiene unos rituales fundamentales por los que deben pasar todos los que en ella se ordenan. La ceremonia de admisión de un Caballero se lleva a cabo en total secreto y siempre en las horas que preceden al amanecer. Y fue así, que en una habitación ambientada tal como José de Arimatea lo describe, que los nuevos aspirantes a Caballeros de la Orden del Fénix se comprometieron a guardar todas las reglas estipuladas por la Orden para ceremonias de iniciación. Posteriormente, cada uno fue interrogado individualmente por mi padre, el nuevo Guardián Protector, con el fin de conocer sus verdaderas tendencias. Esta parte del ceremonial tuvo lugar en el portal de la habitación, y tras un rotundo asentimiento, cada uno ingresó y se instaló frente al fuego purificador. Acto seguido, puesto en pie frente a la fogata y en frente de los aspirantes a Caballeros, mi padre, con la corona de espinas y el tablero que colgaron sobre la cruz en sus manos, recibió el juramento de fidelidad, lealtad y responsabilidad, de parte de cada uno de ellos para con la Santa Lanza. Luego, cada uno de ellos extendió sus manos sobre el fuego purificador, y en seguida tomaron posesión de sus emblemas y uno a uno fue informado del código secreto, y desde luego sólo lo memorizaron. Al final de la reunión, los cinco nuevos Caballeros de la Orden del Fénix se comprometieron en hacer todo lo posible para recuperar la Santa Lanza; pero los años transcurrieron y no lo consiguieron. Ellos sólo lograron descubrir que la Orden entera había sido asesinada por esbirros de Mussolini; por eso ahora hemos contactado con usted.
-Específicamente, ¿qué es lo que esperan de mí? –Preguntó emocionado y ansioso, el francés.
-Mi Orden y yo hemos decidido contratarlo para que investigue que pasó con la Santa Lanza después que Benito Mussolini se apoderó violentamente de ella. Desde luego esperamos que al final de su investigación nos diga en que lugar o en poder de quien se encuentra nuestro preciado tesoro.

La excitación en la sala se dejaba sentir. Tanto Lemer como Karisteas estaban extasiados. Uno por la respuesta que tenía que dar y el otro por la que iba a recibir.
Debido a las recomendaciones de Pierre Doucet, Karisteas sospechaba que no había mejor alternativa en el mundo para investigar lo que ocurrió con la Santa Lanza post Mussolini; por ello esperaba ansioso la respuesta de quien estaba seguro ya había convencido de todo lo referente a los Guardianes Protectores de la Santa Lanza.

-Desde luego que acepto –contestó convencido el francés –. Una oportunidad como esta que usted me ofrece es la que había estado esperando para mostrar mis innatas cualidades.
-Excelente –repuso el griego, mientras recuperaba el aliento.
-Sin embargo necesitaré que usted me proporcione más datos. Cualquier detalle servirá. Necesito una pista que seguir, pues dudo mucho que en Italia encuentre algo que me ayude a seguirle los pasos a la Santa Lanza.
-Hasta los días en que Mussolini se apoderó de ella, todo es historia concreta; de ahí en más sólo existen especulaciones, y la más resaltante es que de alguna forma Hitler obtuvo y mantuvo consigo la Santa Lanza durante la Segunda Guerra Mundial, al menos hasta que los norteamericanos la encontraron. Pero como le digo, esto sólo es especulación, simple leyenda.
-Al menos es algo –repuso Lemer.
-Bueno, entonces contamos con usted para localizar el actual paradero de la Santa Lanza.
-Por supuesto.
-Perfecto, entonces mañana revisaremos lo referente al contrato. En lo que resta del día descanse usted bien, pues mañana comenzará una exhaustiva y singular misión. No se preocupe por nada, pues mañana le daré los recursos suficientes para hacerlo.
Eso es todo por hoy, mañana lo espero nuevamente.
-¿Acá mismo?
-No, creo que será mejor reunirnos en el living de mi hotel. Es preferible no llamar la atención.
-D’un accord. Hasta mañana entonces.
-Hasta luego.


22
Después de ver como Lemer se alejaba de la biblioteca, Karisteas les informó por teléfono a todos sus compañeros Guardianes que el investigador francés había aceptado gustoso la misión. El último Caballero al que el griego llamó fue a Ralf Kruger, quien inmediatamente después de felicitar y despedirse de Karisteas, se comunicó con Hanan Qadir, el siniestro musulmán a quien sin desearlo le ofreció información sobre la Santa Lanza.
-Ya tenemos investigador –reportó totalmente humillado el alemán.
-Perfecto –respondió agradecido Hanan Qadir –. Ahora me quedaré aguardando su confirmación del actual paradero del emblema de poder cristiano.
Temeroso de que la confirmación no llegue en la fecha determinada por su organización, Hanan Qadir se comunicó presuroso con Osama bin Laden, su líder.
-Señor, en pocos días me confirmarán la ubicación de la Santa Lanza.
-Recuerda que tenemos una fecha límite Hanan. Por ningún motivo podemos pasarnos de ese día o todos nuestros planes se vendrán abajo.
-Lo sé señor, y le pido que no se preocupe. Mis hombres y yo lo tenemos todo bien calculado.
-Eso espero Hanan, sino el que tendrá que preocuparse vas a ser tú.
Más nervioso que al inició de su llamada, Hanan Qadir colgó el auricular e inmediatamente ordenó a sus hombres en Filadelfia que no se despeguen ni por un instante de Paul Lemer. –Síganlo hasta el fin del mundo –les dijo –. Eviten que tenga contratiempos en su misión.
Por su parte, Osama bin Laden, cimentado en Afganistán desde que su plan “Fin del Imperialismo Norteamericano” dio inicio, llamó a Ali Mohamed, su mano derecha en esta importante y trascendental misión.
-Todo está siguiendo su curso –la confianza se dejaba sentir a pesar de la distancia –. A este ritmo no habrá ningún inconveniente en llevar acabo la operación en la fecha acordada –hizo una pausa –. ¿Cómo están nuestros hombres en Washington?
-Listos señor –respondió con seguridad y firmeza Ali Mohamed, haciendo sonreír de satisfacción a Osama –. Aguardando el gran día.
-Perfecto. Es bueno que estén listos, pues faltan muy pocos días para entrar en acción.





23
En Filadelfia, al llegar a su habitación Lemer estaba deseoso de llamar a Yasmina y contarle todo sobre la Santa Lanza y sus Guardianes Protectores, al menos todo lo que hasta ahora sabía; pero prefirió no hacerlo, pues temió involucrarla en un tema que aún él mismo no dominaba. Al día siguiente, Lemer se despertó muy de mañana, estaba sumamente ansioso por encontrarse con Karisteas, el líder de la Orden del Fénix, y saber mas detalles de la misión que había aceptado. Mientras caminaba hacía el hotel, pensaba:
–Bueno, llegó el gran día. Si todo sale bien pasaré a la historia y, quien sabe, quizás me convierta en un Guardián Protector; pero primero debo descubrir que ocurrió con la Santa Lanza post Mussolini.
Al llegar al living del hotel…
-Monsieur bonjour.
-Buenos días señor Lemer. ¿Descansó usted bien?
-Sí; pero la verdad desperté muy ansioso.
-Entonces será mejor que no dilatemos el tiempo y le explique de una vez los pormenores del contrato.
-Excellent.
-Usted trabajará solo; si en algún momento necesita ayuda, la recibirá antes de que la pida. Nosotros siempre tendremos agentes de seguridad protegiéndolo en cualquier parte del globo. Semanalmente recibirá un sobre con cincuenta mil dólares en el lugar donde esté usted hospedado. Para gastos de la misión desde luego; ya sabe, información y detalles como ese. No sé cuanto tiempo le tome descubrir lo que sucedió con la Santa Lanza, pero el pago por su ubicación actual es de cinco millones de dólares.
¿Alguna pregunta?
-¿Cómo es que me ofrece tanta protección y tanto dinero? ¿Acaso su Orden es tan poderosa? –Lemer estaba desconcertado, pues nunca antes le habían ofrecido tanto dinero a cambio de resolver una misión.
-Eso no es asunto suyo, señor Lemer –suspiró y apaciguo el tono de su voz –. Lo único que le puedo decir es que mi Orden está dispuesta a pagar cualquier costo con tal de recuperar la Santa Lanza y así resurgir de las cenizas en que nos dejó el infame de Benito Mussolini. –Hizo una pausa mientras miraba fijamente a Lemer –. ¿Alguna otra duda?
-No señor Karisteas, eso era todo.
-Entonces es hora de despedirnos. Mucha suerte señor Lemer.
-Jusqu’à monsieur prompt.









24
Inmediatamente después de darse la mano y mirarse fijamente a los ojos, sellando así el trato, Lemer se retiró del hotel. Mientras caminaba, Karisteas lo miraba fijamente y pensaba si ese francés con apariencia de actor de cine épico sería capaz de encontrar la Santa Lanza y, acabar así, con tantos años de intrigas y misterios.
Por su parte, Lemer se enrumbó al Windsor, hotel donde se hospedaba. Durante su viaje en el taxi, no paraba de pensar en cual debería de ser su primer paso a seguir en pos de descubrir lo ocurrido con la Santa Lanza. Por su mente sólo pasaba Mussolini, Hitler y la Segunda Guerra Mundial. Cuando bajó del taxi, notó que un elegante automóvil negro paró en la acera del frente; pero prefirió no prestarle atención. Ya en el ascensor rumbo a su habitación, decidió empezar su búsqueda en Italia. Después de todo, ese era el país natal de Mussolini, y según la historia de Karisteas y su Orden, fue él quien se llevó la Santa Lanza.
La mañana siguiente, antes de enrumbarse al aeropuerto, Lemer decidió pasar nuevamente por la Biblioteca Libre de Filadelfia con la finalidad de investigar un poco a Mussolini. Al zambullirse en los libros que narraban distintos aspectos de la vida del dictador italiano, Lemer encontró una posible pista a seguir. Se trataba de una información que daba cuenta de que en el año 1929, en el Tratado de Letrán, después de casi sesenta años de disputas, Benito Mussolini autorizó la conversión de la Ciudad del Vaticano en un Estado Independiente. Al leer acerca de este tratado, Lemer sospechó que esta deferencia de Mussolini para con la Santa Sede, no fue gratis, sino quizás a cambio del paradero de los Caballeros de la Orden del Fénix. Después de todo no era descabellado pensar que luego de ser parte de la Orden, los Papas hayan dejado de conocer al menos el paradero de los Guardianes de la Santa Lanza. Mientras más lo analizaba más lo consideraba posible. Pues de que otro modo Mussolini pudo localizar tan fácilmente a todos los Caballeros. Con esta idea retumbando en su cabeza, Lemer marchó hacía Roma.

























25
En el avión, el francés no pudo evitar visualizar escenas trascendentales de la historia que Karisteas le había relatado con tanta pasión, tan tendidamente. Casi podía ver a Juana de Arco tomando por primera vez la Santa Lanza en sus manos creyendo que el Santo Padre Dios se la había enviado para luchar contra los ingleses. Igualmente visualizó al emperador Constantino ordenando construir su tumba con los doce apóstoles dispuestos alrededor de la misma, de modo que el mundo descubra que él había sido Cristo resurgido de las cenizas.
–Que merveilleuse et impactante une histoire –pensaba, mientras cansado se entregaba a los brazos de Morfeo.
–Pero, ¿comment culminera-t-il? –Se preguntó inquietado, cuando bajó del avión.
Al llegar a la Ciudad del Vaticano, una extraña sensación recorrió el cuerpo de Lemer. Era una sensación nueva más no agradable. Pero a pesar del engañoso temor que empezó a sentir, estaba resuelto a descubrir el misterio para el que le habían contratado. No sólo el dinero le impulsaba, sino también las ansias por conocer el desenlace de esta antigua historia. Pues tal como se lo anticipó Karisteas, él mismo estaba siendo parte de la milenaria historia de la Santa Lanza, y casi no lo podía creer, menos aún ahora que pisaba los Estados Pontificios en busca de los años perdidos de la Santa Lanza. Al estar en frente de tan invaluables monumentos de la religión y de la historia del arte mundial, Lemer recordó que según la historia de la Orden del Fénix, también ahí había reposado la Santa Lanza.
Antes de ir en busca de los datos que investigaba y que ansiaba confirmar, el francés no pudo evitar desviarse un tanto de su misión y visitó la Basílica de San Pedro, que aunque no era la misma construcción en la que Mario Victorino junto con sus compañeros Guardianes habían ocultado la Santa Lanza hace varios siglos, sí estaba situada sobre la misma colina que fue testigo de la crucifixión del más férreo apóstol de Cristo, y que ahora, dos mil años después, aún guardaba en sus entrañas sus sagrados restos. Y pese a que no le fue posible adentrarse en sus sótanos, se emocionó al visualizar los hechos relatados por Homero Karisteas.
Dejando atrás enormes columnas, como ninguna de las que en sus escasas visitas a iglesias había contemplado, Lemer aceptó sin más que está era la madre de todas las iglesias. De pronto, una atrayente luz anaranjada se apoderó de la atención del francés. La luz provenía de debajo de la superficie, justo en el centro de la basílica. Cuando llegó a su objetivo, Lemer recordó que se trataba del célebre santuario construido bajo el altar principal. La historia más pululada sobre lo que contenía el dorado cofre, contaba que ahí yacían los restos de San Pedro, la reliquia más valorada de la Iglesia Católica. Pero ahora, al ver la pomposa cámara subterránea, y con el relato de Karisteas resonando en su mente, Lemer consideró la posibilidad de que tan agraciado ornamento sólo podía albergar un tesoro tan sagrado y milenario como la lanza que llevaba vertida en su punta la Sangre Real de Cristo, la cabeza de la iglesia.
Minutos después, saliendo de la monumental Basílica, tan sólo doblando un poco a la derecha, Lemer se topó con curiosos personajes que vestían unos llamativos uniformes dorados y azules, aparcados simétricamente en la entrada de la Capilla Sixtina. El francés tardó unos escasos segundos en advertir que se trataba de la legendaria y temida Guardia Suiza. Al acercarse a la entrada que éstos custodiaban, Lemer observó estupefacto y con gran admiración las enormes armas que blandían los corpulentos Guardias Suizos. Cada uno portaba una lanza de aproximadamente dos metros y medio de alto, con una guadaña bien afilada que lo dejó paralizado.
–Espero que no sea éste el tipo de lanza que estoy buscando –se oyó decir aún estupefacto luego de unos instantes.
A Lemer se le hacía aterradora la idea de que una de aquellas lanzas fuese la usada por Cayo Casio en el cumplimiento de su sanguinario deber como soldado romano. Y aunque tampoco le dio el tiempo para visitar la extraordinaria y fascinante Capilla Sixtina, debido a la vasta muchedumbre que aguardaba en la entrada, sí pudo visualizar al personaje que más curiosidad le causaba de todos los que habían tomado parte en la historia de la Santa Lanza. Esta vez, arrebatado por el delirio Lemer visualizó al Divino Miguel Ángel recibiendo sin saber la Santa Lanza de manos del Papa Julio II.
Lemer ya había visitado esta enigmática ciudad anteriormente; pero ahora lo veía todo diferente. La Ciudad del Vaticano ya no sólo era para Paul Lemer el centro de la religión Católica, ahora también era una de las principales moradas de la Santa Lanza.





26
Horas después, una vez dentro de las instalaciones de la colosal y exorbitante Biblioteca del Vaticano, Lemer inició su búsqueda de datos que apoyen y sustenten la idea que lo llevó hasta ahí. Estaba convencido de que entre tantos documentos encontraría algo que inculpara a Pío XI de entregar en manos de Mussolini a los Caballeros de la Orden del Fénix, a cambio de su independencia. Pero después de no pocas horas de leer documento tras documento, Lemer no logró encontrar nada que inculpase al Papa. Sin embargo, sí encontró algunos datos que señalaban al Cardenal Gasparri como posible denunciante del paradero de los Guardianes. Este Cardenal fue quien negoció con Mussolini la independencia del Estado Papal, negociación que fue del todo secreta hasta el último momento por decisión del entonces Primer Ministro Italiano. Sin embargo, no fue la única actividad secreta que realizó; pues en 1906 eligió como colaborador en la Secretaría del Estado al sacerdote Humberto Benigni, quien meses después organizó desde Roma una central de información utilizando en todo el mundo los recursos de la Secretaría del Estado. Más tarde esta agencia fue incorporada a las campañas de represión y de instrumento informativo. A este primer error Benigni le añadió otro: Creó un ambiente de secretismo, sectario, en orden a una mayor eficacia y concibió el “Sodalitium Pianum”, red internacional de personas escogidas por su valía y apego a la Santa Sede, que debían constituir una especie de Guardia Pretoriana del Pontífice. Al final, Lemer descubrió que el Cardenal Gasparri contó en sus memorias que la Sagrada Congregación Católica fue informada de todos los movimientos del Sodalitium, y que tal agencia fue disuelta mediante carta el 25 de noviembre de 1921. “No cabía admitir por más tiempo la existencia de una asociación cuya finalidad era el espionaje y, además, por encima e independientemente de la jerarquía”.
Según los historiadores y el mismo Cardenal Gasparri, el sacerdote Humberto Benigni aceptó la orden y disolvió la asociación; sin embargo eso no era del todo cierto, pues los hechos demostraban que la red de espionaje no llegó a desaparecer. Con todo esto, Lemer consideró más posible su teoría; pues quien mejor que Gasparri para conocer el paradero de los Guardianes de la Santa Lanza, y finalmente, conociendo los ambiciosos deseos de Mussolini, negociarlo por la independencia de la Ciudad del Vaticano.
Antes de culminar su investigación en la Biblioteca, Lemer descubrió que después de firmar el Tratado de Letrán, Gasparri le entregó a Mussolini una pluma de ave con mango de oro. El francés sospechó que fue en este objeto donde el Cardenal Gasparri, luego de asegurarse la independencia del Vaticano, le entregó a Mussolini el paradero de todos y cada uno de los Caballeros de la Orden del Fénix; pues al recibirlo, el Primer Ministro murmuró mordazmente: “Será para mí uno de los mejores recuerdos que haya recibido”.



27
En Filadelfia, Homero Karisteas fue informado por uno de los agentes de seguridad que había enviado tras de Paul Lemer, de que éste había pasado casi todo el día en los distintos edificios del Vaticano; pero que fue en la biblioteca donde dedicó más tiempo.
Cuando Karisteas fue informado de que Lemer iniciaría su búsqueda en Italia, no le cabía la menor duda de que el primer paso del francés iba a ser investigar a Benito Mussolini; sin embargo, la visita a la Ciudad del Vaticano que ahora le describía el agente, le dejo confuso. Si bien era cierto que en siglos anteriores dicha ciudad había albergado en sus más seguras construcciones a la Santa Lanza, ello no tenía nada que ver con la actual misión de Lemer, pues era totalmente descabellado pensar o siquiera considerar que el dictador italiano también la haya ocultado ahí. Eso era imposible, y más por que fue él quien dio la ansiada independencia a dicha ciudad.
Los pensamientos de Karisteas divagaban por diversas posibilidades. Su confusión era tal, que prácticamente ignoraba el extenso informe que tan profesionalmente el agente le proporcionaba. Sin embargo, la última frase pronunciada por el agente devolvió a Karisteas la claridad.
–Ahora se dirige a Milán –había informado el agente.
De pronto todo cobró sentido para el griego. Era evidente que una visita de Lemer a Milán sólo podía significar una cosa.
–Está tras los pasos de Mussolini –le oyó susurrar el agente a Karisteas.
Después de una necesaria confirmación del último dato proporcionado, Karisteas felicitó a su agente, y en seguida terminó la comunicación.
28
Con su nueva pista, según él bien sustentada, Lemer decidió retomar la investigación a Mussolini; pues todavía le faltaba descubrir que hizo él con la Santa Lanza. Después de todo la historia no lo registra como uno de los grandes emperadores que el mundo conoció. Y para su nuevo cometido, decidió dirigirse a Milán, ciudad donde el dictador fue sentenciado y ejecutado. Al llegar a esta cosmopolita ciudad, después de varias horas sin lograr localizar algún historiador local que le informe de todo lo ocurrido alrededor de la muerte de Benito Mussolini, Lemer ubicó en las cercanías de la frontera con Suiza a un extraño hombre que según sus vecinos más inmediatos era descendiente del ex dictador italiano, pero que por alguna escondida razón prefería mantener su identidad en secreto.
Ante la persistente insistencia del francés, este misterioso personaje le narró detalladamente lo acontecido en los últimos días de abril de 1945.
-Todo comenzó el 25 –señaló evidentemente entristecido el italiano –. Ese día, el Duce impaciente emprendió el camino a Suiza; pero al hallar la frontera cerrada, retrocedió y se unió a su joven y bella amante, Claretta Petacci. El 28, uno de los jefes de la resistencia italiana reconoció al Duce en uno de los camiones que su gente estaba registrando. Al ser identificado, quedándose inmóvil, se dejó quitar la metralleta que llevaba en sus rodillas. Horas después, Walter Audisio, comunista y ex combatiente de la Guerra Civil Española, apodado Coronel Valerio, llegó hasta donde el Duce descansaba con su amante y le comunicó que tenía órdenes de rescatarlo; pero todo era mentira, pues en realidad lo llevó ante un muro y le dijo fríamente que por orden de la jefatura del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad debía hacerse justicia en nombre del pueblo italiano. Al oír la sentencia el Duce sabía que ese sería su final. Por su parte Claretta se abrazó fuertemente a él. Por más que se le ordenó retirarse, ella no abandonó al que había sido el sincero amor de su vida. Al final, por mucho que ella trató de evitar su muerte, ambos fueron derribados por una ráfaga de ametralladora. Al acercarse y notar que el Duce todavía respiraba, Walter Audisio le disparó al corazón.
-Lo siento mucho –repuso compungido Lemer, al notar la tristeza que colmaba al italiano mientras narraba la historia que seguramente prefería haber olvidado.
-Grazie.
El ambiente era incierto, pero Lemer estaba dispuesto a todo.
-Si me permites, me gustaría hacerte una pregunta.
-Adelante –respondió el italiano, tratando de recuperar la serenidad.
-El Duce tenía entre sus pertenencias más valiosas una antigua reliquia cristiana conocida como la Santa Lanza, ¿sabes tú algo sobre ese tema? –Preguntó Lemer –.
Al oír “Santa Lanza”, un gesto de duda apareció en el rostro del italiano. Como si lo mencionado por Lemer le hubiese hecho recordar algo que no deseaba compartir, algo totalmente enterrado en lo más profundo de su ser, uno de esos recuerdos que las personas con pasado tormentoso dejan olvidados en el sótano de la caja de sus más significativos recuerdos.
-No sé nada sobre ese tema –contestó, con evidente molestia y ánimo de concluir la reunión –. Así que será mejor que se retire de mi casa. –La habitación se llenó de tensión a voluntad del italiano; pero a pesar de la rotunda negativa de éste, Lemer vio en la escena una oportunidad; presentía que el italiano conocía más de lo que decía. Sin embargo, dudó en ofrecerle dinero a cambio de información, pues evidentemente dañaría su sensibilidad.
-Sólo deseo ayudar –indicó sereno –. Mi única intención es develar el misterio que se ciñe alrededor de la muerte del Duce.

Ante el oportuno y bien calculado comentario de Lemer, la expresión del italiano cambió. Con inminente impunidad estudió con su mirada al francés; pues necesitaba estar seguro si lo que éste le decía era verdad. Por su parte, Lemer, al darse cuenta de la nueva y oportuna situación, develó en sus ojos sus buenas intenciones.
-Existe una carta que el Duce le escribió a Claretta Petacci, cuando éste decidió huir a Suiza sin ella. –El corazón de Lemer comenzó a latir muy rápido ante la posible nueva pista que éste extraño italiano le estaba a punto de revelar.
-¿Dónde puedo encontrar esa carta? –Preguntó timorato, sin siquiera imaginar lo que estaba a punto de suceder.
-Espere acá un momento –indicó el italiano –. No tardaré mucho.
En seguida, el pretendido descendiente del Duce lentamente se alejó de la habitación en dirección a la planta superior; mientras tanto, nuevamente Lemer aguardó impaciente, tal como ya lo había hecho en la Biblioteca Libre de Filadelfia cuando Karisteas le dejó esperando para ir en busca de sus emblemas de Guardián Protector; sólo que esta vez, a diferencia de la biblioteca esta casa resultaba ser lúgubre e insociable como su propietario. Los muebles, aunque nuevos tenían una apariencia muy antigua, las paredes no llevaban cuadro alguno, ninguna foto se divisaba a pesar del esfuerzo, sólo las grises paredes acompañaban la puerta de entrada y la escalera al segundo nivel.
Después de soportar el transcurrir de uno pocos minutos, que en realidad parecieron eternas horas, Lemer vio complacido retornar al italiano con un sobre evidentemente deteriorado.
-Esta es la carta que el Duce le envió a Claretta Petacci días antes de su muerte –confesó el italiano, mientras le entregaba la misiva a Paul Lemer –. Quizás en estas líneas usted pueda encontrar alguna información sobre el tema que me consultó hace un momento. –Hizo una pausa –.
Le dejaré solo unos minutos para que la revise, y luego, encuentre o no lo que busca se tendrá que marchar, ¿de acuerdo?
-Perfecto –contestó Lemer –. Prometo no tardar mucho.
Al quedarse solo en la habitación, Lemer no daba crédito a la suerte que le estaba acompañando en esta soberana misión. Era simplemente inverosímil e improbable que una carta escrita por el mismísimo Benito Mussolini, hace poco más de medio siglo, ahora esté en sus manos llana a ser escrutada por él. Así que sintiéndose un descubridor de la historia aún no develada, retiró lentamente y con suma delicadeza la carta de su sobre y, con supremo cuidado desenvolvió la hoja en la que según el extraño y solitario italiano, el Duce había escrito con su puño y letra. Al advertir el idioma del contenido, tontamente Lemer se sorprendió, pues era de esperarse que siendo Benito Mussolini y Claretta Petacci italianos, también la misiva esté escrita en ese idioma. Sin embargo, aunque no dominaba correctamente el idioma, y lo hablaba mejor de lo que lo leía, Lemer logró percibir lo esencial de la carta que en sus no muchas líneas decía:

Mio molto amava Claretta, io sono impaurito che la lettera attuale non incoraggerà il vostro cuore a voi; allora in questa occasione scrivo voi sotto la realtà triste che affligge a me e forza per allontanare verso me verso me del vostro amore fortunato.
Devo confesarte che nell'oggetto sicuro non eh sia sincero con voi; allora e non confessato a voi che non pochi anni, adorned dalle mie ansie di potere ho assassinato alla gente non colpevole con l'unico scopo di autorizzazione a me di un amulet vecchio che hanno protetto. Ora, molti anni, più successivamente spiacenti di quell'atto del infame confesso il mio sin a voi perché considero che quello ora sto pagando, perché quel relic di cui io ha grippato bruscamente non è tranne quello famoso e la Santa coveted Lanza.
Li aspetto posso pardon questo atto dell'un infame, anche se più non è da me da chi suplico i vostri orations, ma dal mio buon alleato Adolph Hitler, perché è lui che ora ha in suo tesoro così sacred di alimentazione.
Che sarà difficile voi da capisca che fuggiscono senza voi; ma dovete capite che non desidero a voi fare la vittima della punizione che singolo merito dal mio sin terribile. Ora, più triste che mai, gli prendo il permesso, agradeciéndote avendo dadi a me pace durante tanti anni militari.

Vostro amava buon, Benito.


A medida que iba descifrando y escrutando cada una de las líneas y se iba adentrando en la intimidad de Mussolini y Claretta, Lemer sentía la emoción recorrer su cuerpo como nunca antes lo había sentido, a pesar de sus muchas aventuras. Resultaba fascinante descubrir esta nueva faceta del dictador italiano; pues después de oír a Homero Karisteas relatar como fríamente el Duce había asesinado a todos los Caballeros de la Orden de Sicilia, ahora le resultaba imposible de creer que aquel mismo personaje amaba con la intensidad que escribía en su carta. Sin embargo, no todo era amor, pues en las últimas líneas de la misiva, Lemer encontró la pista que buscaba. El mismo Mussolini aceptaba y declaraba que él había poseído la Santa Lanza, pero que para el momento en el que escribió la carta ya no la tenía en su poder; pues era Adolfo Hitler quien la poseía. La carta no señalaba como es que Hitler se había apoderado del amuleto de poder sagrado, así que descubrir eso resultaba ser la nueva misión de Lemer.
Veinte minutos después de confiarle al francés la carta firmada por Benito, el reservado italiano reapareció en escena y acercándose a Lemer extendió su mano. Lemer, entendiendo que su tiempo se había terminado, guardó en el bolsillo de su camisa la copia que había hecho de la carta y entregó la original a su propietario. Posteriormente, muy agradecido se marchó de Milán rumbo a Berlín, ciudad donde esperaba continuar resolviendo el misterio que se tejía alrededor de la Santa Lanza.

29
Antes de aterrizar en suelo alemán, Lemer se dio cuenta que no tenía a donde llegar; pues dudaba que alguien en Alemania gustase de hablar de tan sanguinario y maquiavélico personaje que dejó en la miseria a toda la nación. Sin embargo, y para su real sorpresa, la situación en Berlín fue muy distinta a lo que esperaba. Tanto en la capital como en el resto del país pululaban leyendas sobre Hitler y la Santa Lanza. Inclusive historiadores relataban con placer y cierta emoción estos pocos descabellados relatos, que en esencia contaban que desde sus jóvenes años en Viena, Adolfo Hitler ya ambicionaba el poder que vertía de la Santa Lanza. Pero dado que todo lo que oía eran sólo rumores y fábulas no aprobadas por la historia universal y ni siquiera por la local, Lemer decidió visitar la Universidad Libre de Berlín, institución en la que esperaba verificar sus datos. Al adentrarse en la Facultad de Historia y Estudios Culturales, el francés se dio con la sorpresa de que las clases ya se estaban retomando después del periodo de vacaciones.
–I’été se termine –pensó con cierta nostalgia, al notar que un nuevo otoño se asomaba a Europa.
Debido a los cincuenta mil dólares que Homero Karisteas le había proporcionado para gastos de la misión, a Lemer no le fue problema conseguir un catedrático dispuesto a disipar sus dudas. Por decisión del profesor alemán, la entrevista tuvo lugar en la biblioteca de la universidad, que a la distancia más parecía un melón gigante o un cerebro, que era como en realidad se le conocía, “el Cerebro de Berlín”. Al adentrarse en sus instalaciones, el catedrático alemán le indicó a Lemer que no había en toda Alemania un lugar más apacible que aquel, para platicar acerca del revoltoso de Adolfo Hitler.
La incógnita que más acechaba los pensamientos del francés, era, ¿qué atractivo podía ofrecer la Santa Lanza, una reliquia cristiana, al ex católico y anticristiano Adolfo Hitler? Sí él ya se había entregado a violentos desvaríos antisemitas; además sostenía su condena del cristianismo como “la última consecuencia del judaísmo”. Después de todo, la sangre que se vertía sobre la punta de la lanza era sangre judía, sangre que él perseguía y derramaba ferozmente.
-La respuesta se encuentra en la mentalidad ocultista de Adolfo Hitler –respondió presuroso el catedrático, después de oír paciente la interrogante de Lemer –.
Según la tradición ocultista medieval, todo instrumento usado sin intención en un propósito importante, se convierte en un foco de poder mágico; y para Hitler, la Santa Lanza era uno de esos instrumentos; ya que según la historia bíblica de la Santa Lanza, el soldado romano que hirió el cuerpo de Cristo cumplió, sin saberlo, la profecía del Antiguo Testamento, que recita que ninguno de sus huesos sería quebrado. Sí no hubiese hecho lo que hizo, el destino de la humanidad sería otro. San Mateo y San Marcos, recitan: “Viendo el centurión que estaba frente a Él, de que manera expiraba, dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.
-¿Quiere decir que Hitler basaba su fe en la lanza y no en la sangre de Cristo que bañaba su punta? –Preguntó, incrédulo Lemer.
-Exacto –respondió el alemán –. Para Hitler, la lanza en sí misma era fuente de un poder absoluto.
-Increíble.
Después de disipar su mayor interrogante, Lemer y el alemán pasaron algunas horas intercambiando datos y verificando hechos históricos en libros y computadoras. Como resultado de la reunión, el francés logró colocar nuevas piezas en el rompecabezas histórico de la Santa Lanza post Mussolini. Habían pasado sólo unos días desde que aceptó la misión, pero avivadamente el círculo se estaba cerrando y ahora su nueva parada era Washington.

30
Al día siguiente, en el aeropuerto, mientras aguardaba la hora de su vuelo, Lemer decidió armar un bosquejo del informe que pronto entregaría a Karisteas. Eran muchos los datos históricos que el francés había logrado reunir en pos de armar el rompecabezas que el líder de la Orden del Fénix le había encomendado.
El rompecabezas iniciaba con el intercambio perpetrado entre el entonces Primer Ministro Italiano y el Cardenal Gasparri; ya que fue éste último quien según las investigaciones de Lemer, reveló a Mussolini el paradero de cada uno de los Caballeros de la Orden de Sicilia.
La siguiente escena encontraba a los esbirros del Duce localizando y asesinando a todos y cada uno de los Guardianes de la Santa Lanza por negarse a entregarla.
En la tercera escena aparecía el nuevo e infame Señor de la Santa Lanza, soñando con realizar espectaculares conquistas militares mediante las cuales pretendía formar un nuevo imperio. En los años siguientes a su sangrienta obtención de la Santa Lanza, Mussolini se impuso con mayor energía en el concierto europeo, en especial cuando se trataba de los Balcanes o del sudeste europeo en general, pero a partir de 1935 su atención se centro en Abisinia, último estado independiente que quedaba en África.
El 3 de octubre de 1935, el ejército italiano invadió el territorio abisinio, los italianos eran muy superiores a las tribus etíopes, de armamento primitivo y sin disciplina.
En 1936, Hitler ocupó la zona desmilitarizada de Renania. Las afinadas ideologías de ambos invasores tomaron forma en el llamado Eje Roma-Berlín, acordado ese año. Hitler admiraba a Mussolini; pero el italiano, poseedor de la Santa Lanza, sólo decidió usar al germano, mientras sus ambiciones imperialistas se hacían realidad.
La cuarta escena tuvo lugar a partir del 28 de octubre de 1940, día en que sin informar a Berlín, Mussolini, sintiendo los vientos de guerra a su favor, además de que suponía que el poder de la sangre de Cristo vertida en la Santa Lanza lo acompañaba, invadió Grecia desde las bases italianas de Albania. Sin embargo, a pesar de toda la confianza que Mussolini se tenía, sus tropas fueron derrotadas por los griegos, quienes inmediatamente penetraron en Albania. Para evitar el total descalabro de Italia y de él, principalmente, Mussolini, sintiendo acercarse velozmente la derrota, decidió cambiar sus planes. Este italiano conocía perfectamente los sueños e ideales imperialistas de Adolfo Hitler, y además sabía, que desde antes de la Primera Guerra Mundial, el germano ya conocía y codiciaba los poderes sobrenaturales de la Santa Lanza; así que, optó por entregar el sagrado talismán a Hitler, a cambio claro, de ser su segundo en los días de gloria que el poder de la sangre de Cristo les tenía reservados.
Tal como lo describió en la carta a su amada Claretta, Mussolini reconocía que la forma en que se había apoderado de tan sagrada reliquia, lo imposibilitaba de ser uno de los poderosos Señores de la Santa Lanza; pero confiaba, en que a Hitler si lo engrandecería todo su real poder. Este italiano se consideraba un estadista de primera en un país de segunda, y consideraba a Hitler un estadista de segunda en un país de primera. Basado en este preconcepto, Mussolini calculaba que a la postre él se convertiría en emperador y que Adolfo Hitler terminaría siendo su más intrépido general. Además, Mussolini también contaba a favor de sus planes con la gran admiración que el germano le tenía desde antes del comienzo de la guerra.
En la quinta escena del informe que venía preparando Lemer, se encontraba Hitler con la Santa Lanza en su poder, conociendo además toda su historia y todos sus secretos desde sus días de estudiante en Viena.
Luego de solucionar los problemas de los Balcanes y apoderarse de Yugoslavia y Grecia, el nuevo Señor de la Santa Lanza, aunque sin consenso de sus Guardianes, decidió atacar Rusia y después Gran Bretaña.
Tan grande era la fe que Hitler le tenía al poder de la Santa Lanza, que inició la campaña de Rusia sin contar con los medios necesarios. Pese a ello, en los primeros momentos de la campaña, Hitler consiguió una victoria tras otra, de modo que su fe en la Santa Lanza aumentaba cada vez más. Hitler llegó a pensar que bastaría con forzar la puerta para que se derrumbara el edificio soviético. Los alemanes avanzaron muy rápido hasta las inmediaciones de Leningrado, Moscú y Crimea. En octubre de 1941, Hitler proclamó: El enemigo oriental ha sido batido y no levantara más la cabeza.
Tal era la confianza que Hitler le tenía al amuleto de su antepasado Otón el Grande, que pensaba que con algunas acciones de limpieza seria suficiente para terminar la contienda con la Unión Soviética.
En el sector central del frente, el ejército de Hitler llegó a ocho kilómetros de Moscú, tras un brusco avance de 1100 kilómetros. Los rusos desencadenaron entonces una violenta contraofensiva. Fue preciso que se impusiera toda la fanática voluntad de Hitler para impedir que sus generales retrocedieran. Con esfuerzos desesperados, los alemanes lograron limitar su retroceso a sólo 60 o 70 kilómetros. Con todo, aquel invierno de 1941-1942 fue uno de los periodos claves de la guerra. Este primer fracaso comenzó a minar la fe del pueblo alemán en Hitler, pero no la de él en su amuleto.
Antes del otoño de 1942, las puntas extremas del ataque alemán llegaron a sus límites: en agosto, a la cuenca del río Terek, en la zona caucásica, y el 12 de septiembre a Stalingrado, junto a la curva del Volga.
Una vez mas, Hitler había distribuido erróneamente sus fuerzas de batalla, ya que cada una de sus puntas extremas era demasiado débil para conseguir por sí sola una victoria importante. Comenzando el invierno, las tropas alemanas del Caucaso ya tenían que batirse en retirada. Sin embargo, obsesionado por el deseo de tomar Stalingrado, debido a que llevaba el nombre de su mortal enemigo, Hitler lanzó ciegamente sus mejores tropas de choque, que finalmente tropezaron con una resistencia que asombró al mundo y decidió en gran parte el resultado de la guerra.
La fuerza aérea germana destruyó casi por completo la ciudad.
Los defensores se aferraban desesperadamente a su recinto, luchando en cuevas, en parapetos, entre las ruinas, obedeciendo obstinadamente las ordenes de combatir hasta el último soldado y hasta la última bala.
Hitler se sentía tan seguro de haber vencido, que mediante un comunicado anunció su victoria. Pero, a mediados de noviembre los rusos desencadenaron una feroz contraofensiva, tan excelente y tan bien equipada que terminaron por romper el frente alemán al norte y al sur de Stalingrado.
El VI ejército alemán capituló el 31 de enero de 1943; apenas le quedaron cien mil sobrevivientes. Las fuerzas armadas alemanas experimentaron su máxima derrota desde el comienzo de la guerra. Después del invierno de 1942 a 1943, los alemanes no volvieron a recuperar su poder ofensivo.
El 12 de mayo de 1943, las tropas ítalo-germanas acorraladas por los aliados, capitularon en Túnez.
Solidamente instalados en África, los norteamericanos y los británicos llevaron la guerra al sur de Italia, desembarcando en Sicilia el 10 de julio de 1943.
La sexta escena del informe “Santa Lanza post Mussolini”, presentaba a los norteamericanos también con pleno conocimiento del sagrado amuleto que llevaba impregnada en su punta la Sangre Real de Cristo; y a su servicio de inteligencia guiándolos hasta la Orden de Sicilia.
Un mes entero los norteamericanos buscaron desesperadamente la Santa Lanza y a los Guardianes de sus secretos y de su historia; pero no encontraron nada. Sólo se enteraron de que años antes, Mussolini también había buscado desesperadamente la Santa Lanza y a la Orden de Sicilia.
Por otro lado, los tres grandes: Roosevelt, Churchill y Stalin, se entrevistaron por primera vez en Teherán, entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943. Churchill temía la progresión rusa en Europa, por eso propuso un segundo frente, con un avance desde Italia y los Balcanes, el bajo vientre de Europa. Roosevelt y Stalin hicieron causa común frente a la estrategia europea de Churchill, declarando ambos, que todas las fuerzas disponibles deberían emplearse en la invasión aliada a Francia.
Stalin tenía motivos para temer la teoría del bajo vientre de Churchill, como dilatoria del segundo frente y amenazadora para el avance ruso. A diferencia del estadista británico, Roosevelt no concedía importancia al hecho de que fueran los rusos los que se apoderaran de Europa oriental y central. El presidente norteamericano no tenía confianza en los rusos, pero no perdía la esperanza de convertir a Stalin al cristianismo; en cambio, parecía desconfiado ante un eventual renacimiento del imperialismo británico.
El mando supremo del segundo frente fue confiado al general norteamericano Eisenhower.
El general tomó la decisión definitiva de atacar el 5 de junio de 1944. El sector elegido para el desembarco fue el de la costa normanda.
El 6 de junio, las fuerzas aliadas invadieron Normandía. El ataque aliado fue rápido y devastador. Los alemanes fueron sorprendidos ante el peso del armamento aliado.
La capital francesa fue liberada el 25 de agosto de 1944. Al perder Francia, los alemanes perdieron casi medio millón de hombres.
Era opinión general que Alemania se hundiría en forma definitiva en el otoño de 1944.
Ante esta precaria situación, jefes y oficiales alemanes intentaron promover un golpe de estado. El coronel Stauffemberg colocó una bomba bajo la mesa donde Hitler examinaba los mapas con su estado mayor personal. La bomba estalló y Hitler sufrió heridas de consideración en la cara y en su brazo, que deformaron más su aspecto envejecido, surcando de arrugas y cada vez con más acentuados tic nerviosos.
Fracasada la tentativa de eliminar a Hitler; se llevaron a cabo crueles represalias en Berlín y en otras ciudades.
En diciembre de 1944, Hitler lanzó sus últimas fuerzas blindadas en una ofensiva desesperada en las Ardenas.
Absolutamente inesperado, el golpe sorprendió a los norteamericanos y logró cercar varías divisiones aliadas.
La segunda y última reunión de los tres grandes tuvo lugar en Yalta (Crimea, Unión Soviética) en febrero de 1945, poco antes del fallecimiento de Roosevelt, el 12 de abril de 1945. Roosevelt murió sin tener en sus manos el poder de la Santa Lanza que tanto deseaba.
Durante los días de reunión de los tres grandes, los aliados penetraron por fin en territorio Alemán. El 7 de marzo, las primeras columnas norteamericanas atravesaron el Rin y establecieron sólidas posiciones en toda la orilla derecha del río. El 11 de abril pasaron el Elba y los rusos llegaron a Viena. Aquel mismo día, Mussolini convocó a sus miembros de gobierno, con objeto de organizar el repliegue hacía Suiza.
El 18 de abril se inicia la séptima y última escena que Lemer pudo recrear en Alemania.
Sintiéndose totalmente acorralado y derrotado, Adolfo Hitler envió a Suiza una caja fuerte, extrañamente larga. La caja llevaba en su interior la Santa Lanza y una carta para Mussolini, en la cual el germano le increpaba por haberle dado un amuleto inservible a un imperialista antisemita como él. Hitler había quedado sumamente decepcionado de las historias que se contaban en relación a la Santa Lanza, y en un momento de ira trató de romperla, pero extrañamente, pese a la fuerza con que trató de quebrar la milenaria reliquia, esta no cedió. Temeroso de la sangre judía que bañaba la punta de la Santa Lanza, Hitler decidió enviarla de regreso a Mussolini, en el fondo, lo único que deseaba era deshacerse del amuleto.
Desde mediados de enero, Hitler estaba refugiado en la cancillería, un enorme subterráneo de hormigón. Minado por la fatiga y la angustia, éste se aferró a una última decisión: Un Fuhrer no podía caer con vida en manos del enemigo. De esta manera, el 30 de abril de 1945, se suicidó. Ese mismo día, la caja fuerte enviada por él a Suiza, fue interceptada antes de cruzar la frontera alemana por una tropa norteamericana. Los hombres que la llevaban declararon que era un regalo especial para Mussolini, motivo por el cual, los soldados norteamericanos entregaron la caja al general Eisenhower.
–No está mal –se dijo sonriente el francés –. Después de todo no llevo muchos días en esta misión. –Hizo una pausa –. Ahora veamos que hicieron los norteamericanos con la Santa Lanza.






31
Lleno de triunfo y entusiasmo, Lemer tomó el avión de retorno al país donde todo comenzó, sólo que esta vez no era a Filadelfia donde se dirigía, sino a la capital norteamericana. Mientras disfrutaba del tranquilo vuelo, al darse cuenta que sobrevolaba cielo parisino, intempestivamente Lemer se fijó en su plateado reloj, la fecha.
– ¡No lo puedo creer! –Se dijo totalmente impaciente, al advertir que ya era ocho de septiembre –. Tengo que llamarla –murmuró, al recordar que era el cumpleaños número 27 de Yasmina.
Al llegar a Washington, debido al cambio de hora ya había culminado en Paris el cumpleaños de Yasmina; así que sin saber como disculparse Lemer llamó timorato a su novia española.
–Vos sabes que eres lo que más amo en el mundo –le dijo –, y aunque ahora no te puedo explicar el porque de mi desvarío en el tiempo, te aseguro que cuando retorne a tus brazos y te cuente todo acerca de esta misión que me ha tocado vivir, tú comprenderás y disculparás éste olvido mío.
J’aime et joyeux anniversaire –añadió –.


32
En Kandahar, la tensión de Osama bin Laden había crecido frenéticamente en los últimos días, debido a que la fecha estipulada para el mortal ataque se aproximaba aceleradamente. 9/11 resonaba una y otra vez en su cabeza, al tiempo que no reparaba en maldecir el silencio en que estaba sumida la misión.
El líder de Al Qaeda llevaba días aguardando la llamada de Hanan Qadir. Había pasado eternas horas frente al teléfono aguardando la confirmación del lugar que sus hombres debían asaltar, y sin embargo, todo era silencio. Pero cuando todo el plan parecía derrumbarse a causa de no saber en que lugar yacía resguardada la Santa Lanza, una nueva esperanza nació para los extremistas musulmanes. El amanecer del nueve de septiembre trajo consigo buenas nuevas para Osama y su Organización.
Al alba, antes de la plegaria de la mañana, un timorato miembro de seguridad se acercó diligente a los aposentos de Osama bin Laden, quien debido a lo preocupante de la situación no lograba conciliar el sueño; así que no tuvo reparos en atender al llamado. Se trataba de una esperada llamada telefónica. Lo que Osama tanto había estado aguardando.
-Soy Hanan Qadir, señor –reportó el esbirro –. Le tengo noticias.
-¿Ya sabes dónde está la Santa Lanza? –Preguntó impaciente el líder de Al Qaeda.
-No señor –respondió con menos confianza Hanan Qadir –. Pero definitivamente está en Washington.
-Explícate.
-El investigador privado que la Orden del Fénix contrató para que diera con el actual paradero de la Santa Lanza ha llegado a Washington después de un largo y surtido tours por Europa. Es evidente que allá descubrió que la reliquia que se le ordenó buscar se encuentra en la capital norteamericana, sino porque otro motivo habría llegado hasta aquí.
-¡Estás especulando! –Exclamó Osama, lleno de furia –. Tantos días y tantos hombres para confirmar una sola cosa y aún no obtienes resultados. Y no conforme con ello me llamas para contarme tus malditas especulaciones. –Hanan estaba temblando –. Ya hablaremos tú y yo cuando todo esto se resuelva. Por ahora tienes hasta la noche de hoy para decirme lo que quiero escuchar. –Dicho esto, Osama terminó la llamada, dejando sin aliento a Hanan Qadir.



















33
La mañana siguiente, de vuelta en la misión que lo envolvía y absorbía por completo, Lemer, respaldándose en la segunda entrega de dinero que había recibido, decidió no reparar en gastos ahora que estaba tan cerca de armar el rompecabezas. Sin embargo, en Washington las cosas no se veían tan simples como en la histórica y reveladora Europa. Pero a pesar de ello, el entusiasmo de éste intrépido francés no mermó en ningún momento. Todo lo contrario, ahora la adrenalina era cada vez mayor, pues el círculo se estaba cerrando y era él quien tenía que encontrar la última pieza.
Sólo sabiendo que fueron los norteamericanos los que encontraron y se llevaron de la Segunda Guerra Mundial la Santa Lanza, Lemer resolvió iniciar su búsqueda de la última escena del rompecabezas en el Pentágono. Pero debido a que era domingo tuvo que esperar hasta el siguiente día, lunes diez de septiembre, para ser recibido por un agente militar dispuesto a compartir datos históricos con él. Sin embargo, no deseando desperdiciar su tiempo, Lemer contactó con un militar norteamericano retirado que combatió en la Segunda Guerra Mundial, de nombre Thomas Calley, al cual fue a visitar a su residencia en las afueras de Washington.
Quizás por las formas tan diversas de las avenidas, o quizás por la increíble semejanza de las casas, Lemer tardó en dar con la dirección del ex soldado norteamericano. Llevaba un estimable tiempo buscando, hasta que de pronto toda duda quedó dirimida; pues en una intersección de dos avenidas flanqueadas por un parque y por una gruesa columna de árboles, yacía extrañamente llamativa la residencia que buscaba. Era una casa de doble planta como la mayoría a su alrededor; pero que en su color difería de todas, pues el verde militar de sus paredes desentonaba con los colores pasteles de todas las casas contiguas. Al acercarse lo suficiente, pisando sin darse cuenta el crecido césped, y tratando de no tocar el Mercedes Benz negro que yacía en la entrada de la casa, Lemer pudo advertir con una inesperada empatía que a través de los cristales de la ventana se lograba distinguir un uniforme militar de gala que seguramente Thomas Calley había usado en las ceremonias de agasajos luego que su país se alzara con la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Después de unos breves segundos, Lemer retiró su mirada del grueso e imponente maniquí que lucía sobre su figura el verde uniforme y que en su cuello ostentaba una dorada medalla sujetada en un listón rojo, y para su funesta sorpresa notó que estaba siendo observado por el señor de la casa, quien con el ceño fruncido llevaba aparentemente unos cortos instantes advirtiendo la presencia del francés.
Tratando de disimular la vergüenza que había producido en él tan inesperado encuentro de miradas, Lemer se presentó ante éste ex combatiente como un escritor que pretendía develar a sus lectores los más ocultos misterios que dejó la última gran guerra. Al principio el norteamericano no se inmutó ni mucho menos ante las palabras y frases que el francés prorrumpía en pos de convencerlo a que éste le relate algún hecho histórico del cual se había enterado o en el mejor de los casos que le había tocado vivir durante el transcurso de la guerra. Pero cuando el francés, conciente de que no estaba logrando su propósito, le mostró los datos que había recopilado en el Vaticano, Milán y Berlín, el ex combatiente se maravilló, cedió y se dispuso a relatarle viejas historias que pululaban entre los soldados norteamericanos que lograron entrar a suelo Alemán y que aún después de medio siglo eran contadas con suma emoción en las diversas reuniones en que éstos se congregaban.
Sospechando que iba a ser una larga platica, Lemer ingresó invitado por su receptor a la residencia que más bien parecía una pequeña trinchera militar, y se acomodó lo más que pudo en el rústico sofá que Thomas Calley le señaló.
-Cuando entramos a la guerra –la nostalgia era evidente –, al llegar a Europa nos topamos con panfletos que señalaban a Hitler como el portador de la Santa Lanza. En estos volantes que caían del cielo por todas partes, los alemanes contaban que gracias al poder de la lanza que atravesó el costado de Cristo, ellos tenían asegurada la victoria. Desde luego, estas historias atemorizaban a algunos soldados, sobre todo a los creyentes; pero afortunadamente no todos lo eran.
A medida que nos íbamos adentrando en terreno enemigo, quizás para tranquilizarnos, nos llegó la noticia de que nuestro presidente codiciaba la Santa Lanza y, que estaba resuelto a apoderarse de ella y así despojar a Hitler del poder que tanto ostentaba.
Por nuestra parte, nosotros, simples soldados, tratábamos de no dar crédito a tanta propaganda. Nosotros preferíamos concentrarnos en evitar que nos maten los nazis. Sin embargo, después de tomar Alemania, junto con la feliz noticia de la muerte de Hitler, comenzó a pulular la noticia de que un grupo de nuestros soldados habían interceptado cerca de la frontera, una extraña caja en la que Adolfo Hitler trató de entregarle a Benito Mussolini la Santa Lanza.
-¿Usted sabe que sucedió con esa caja? –Preguntó extasiado el francés.
El círculo estaba a punto de cerrarse.
-Lo último que supimos es que el general Eisenhower, considerándola un trofeo de guerra se la entregó al nuevo presidente.
-¿Tiene alguna idea de dónde se exhibe la Santa Lanza? –Lemer aún no perdía las esperanzas.
-No sé si la exhiben –respondió dubitativo Thomas Calley –. Pero en todo nuestro país sólo existe un lugar donde podría reposar apacible la Santa Lanza –se detuvo un momento –. Me refiero a las instalaciones del Pentágono.



34
En los precisos momentos en que el francés culminaba su conversación con el ex soldado norteamericano; Ralf Kruger, informado de las actividades de Lemer por Homero Karisteas, llamó a Hanan Qadir.
-Después de varios días en Europa, el investigador que contratamos ahora continuará su indagación en el Pentágono; así que ahí tienes tu respuesta. –El remordimiento lo consumía –. Tal como lo sospechábamos, el Pentágono es la actual residencia de la Santa Lanza.
-Lo sabía –repuso emocionado y satisfecho el musulmán –. Has hecho bien, ahora tu Orden estará a salvo.
Emocionado por recibir la confirmación del actual paradero del emblema de poder cristiano, dentro del plazo establecido, Hanan Qadir llamó a Osama bin Laden y le informó la novedad.
-Su espía Ali Mohamed tenía razón, señor. La Santa Lanza aún está oculta en el Pentágono –Reportó presuroso Hanan Qadir. Luego suspiró aliviado, pues en Norteamérica aún era nueve de septiembre –. Después de tantos años aún no ha sido movida del lugar donde Eisenhower la dejó oculta.
-Buen trabajo Hanan –cada palabra denotaba contentamiento –. Aunque te has pasado del límite que te otorgué; sin embargo eso ahora no tiene importancia. Alá ha dispuesto el final del imperio norteamericano. Se les terminaron los días de gloria.


35
La mañana siguiente, mientras se dirigía presuroso al Pentágono, Lemer se topó en las inmediaciones de tan vasta construcción con un grupo de musulmanes, quienes aunque vestían ropa casual norteamericana no podían esconder sus rasgos árabes. Mirándolos con extrañeza, debido a que parecían estar estudiando el área, el francés continuó su camino. Este grupo de musulmanes era la docena de esbirros que Al Qaeda había designado para el mortal ataque en Washington. Y ahora, a tan sólo un día de la fecha estipulada, ellos ya habían recibido la información que tantos días habían aguardado. El Pentágono era el lugar que ellos debían asaltar en pos de apoderarse de la Santa Lanza.
Por su parte, al adentrarse en las instalaciones de uno de los edificios más seguros de Norteamérica y del mundo en general, Lemer dudó en tratar de asegurarse de que la Santa Lanza efectivamente estaba albergada ahí. Era obvio que si lo estaba no se lo iban a informar a él, simple francés. Además, no eran profesores o historiadores con los que trataría aquí; esta vez eran militares y de la mejor clase.
A pesar de las dudas que lo acechaban, finalmente Lemer asistió a la entrevista que le habían programado gracias a influencias de Homero Karisteas. Ya en la oficina del general norteamericano que había aceptado recibirlo, mientras aguardaba su llegada, el francés no pudo evitar curiosear los alrededores, cuando de pronto, una no muy joven secretaria se retiró de la oficina. Luego de esperar pacientemente que se aleje, Lemer retornó a la oficina. Quizás fue la tensión que causó en él la demora del general norteamericano o posiblemente su irreparable curiosidad, el hecho es que sin evidentes malas intenciones, Lemer se asomó al escritorio y abrió los cajones. En el último cajón, el francés halló unos archivos y sin dudar fisgoneó en ellos. Grande fue su sorpresa cuando encontró entre los informes, un memorando que titulaba: “Bin Laden decidido a atacar a Estados Unidos”. Temeroso de ser descubierto, Lemer no se adentró en las páginas del extenso informe, y en buena hora para él, pues en esos precisos momentos entró raudo a la oficina un robusto y colorado personaje, quien por los atuendos que llevaba puesto, indudablemente era el general que esperaba. Después de estrechar la mano del francés, el prominente militar retirándose las gafas se sentó. Mientras le preguntaba a Lemer el motivo de su visita a Norteamérica, el general fue informado por su secretaria que el Secretario de Defensa lo llamaba por la línea uno. Antes de que el expectante francés pudiese siquiera revelar el motivo de su visita, el general norteamericano se levantó presuroso de su silla y disculpándose fugazmente le invitó a una próxima cita. Creyendo entender la situación, Lemer decidió marcharse convencido de que la Santa Lanza se encontraba en esa magnífica e impenetrable fortaleza. No sólo las historias del ex combatiente norteamericano Thomas Calley habían impulsado a Lemer a considerar esa posibilidad, sino también el hecho de haber comprobado con sus propios sentidos que dicha fortificación era sin duda el mejor lugar para resguardar tan preciable tesoro, tal como en antaño lo había sido la Iglesia de los Santos Apóstoles e inclusive la Haguía Sofía.
Considerando haber armado el rompecabezas, el francés se dio por satisfecho y, retornando a su hotel, decidió llamar a Karisteas para informarle que ya todo estaba resuelto, que felizmente ya había descubierto donde reposaba su preciada Santa Lanza. Que no era Mussolini quien la había disfrutado sino los norteamericanos, quienes gracias a ella habían ganado la Segunda Guerra Mundial y posteriormente la Guerra Fría. Que gracias al poder que emana de la Sangre Real de Cristo impregnada en la punta de aquella lanza, los norteamericanos llevaban varías décadas imponiéndose ante el mundo como un poderoso imperio. Sin embargo, por más que insistió, el francés no pudo comunicarse telefónicamente con Homero Karisteas, el Guardián Protector de la legendaria Santa Lanza.

36
Esa misma noche, sin detenerse por la avanzada hora, ansioso por revelar su trabajo, Lemer volvió a llamar a karisteas, teniendo mejor suerte esta vez.
-¿A qué debo su llamada esta vez? –Preguntó acucioso el griego, al reconocer la vos del francés.
-Ya he resuelto todo el misterio –respondió emocionado Lemer, causando excitación en su contratante –. Me gustaría reunirme con usted cuanto antes y así culminar con la incertidumbre en que se encuentra usted y su Orden.
Karisteas, viejo poderoso más no por ello insensible, no daba crédito a lo que oía. Habían pasado sólo diez días desde que le había encomendado tan imposible misión a aquel aventurero francés, y ahora, de repente éste lo llamaba para decirle que ya todo estaba resuelto.
– ¿Será posible? –Pensó incrédulo, antes de articular sílaba alguna en respuesta –.
¿Quizás sólo esté soñando?
-¿Qué es lo que ha resuelto? –Preguntó desconfiado el Guardián Protector, considerando imposible que la trama que llevaba años y hasta décadas acechando su mente haya sido resuelta tan pronto.
-Ya sé en poder de quien está la Santa Lanza, y sé también en donde está escondida.
-¿Cómo es eso posible? –Interrumpió aprensivo Karisteas, quien simplemente no lo podía creer –. Hace sólo diez días que se marchó usted de acá. Se trata de una broma de mal gusto, ¿verdad?
-Desde luego que no –respondió raudo el francés –. Nunca bromeo cuando estoy en una misión y menos en una tan trascendental y fascinante como ésta. Comprendo su incredulidad, pero por favor no me ofenda. Usted tiene todo mi respeto, jamás pensaría yo en jugarle una broma y menos una tan descabellada.
-Lo siento –una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro –. Pero aún no salgo de mi asombro, pues me parece simplemente increíble que en tan sólo diez días haya podido usted descifrar el enigma que se ciñe alrededor de la Santa Lanza post Mussolini.
-A mi también me sorprende la facilidad con la que he resuelto este caso; pero debo confesarle que no han sido sólo mis habilidades las que me han permitido tener éxito, sino sobretodo la suerte e inclusive la casualidad para estar en los lugares necesarios en los momentos precisos.
-Basta de charlatanería y dígame usted dónde está la Santa Lanza –Karisteas no soportaba más, la intriga lo consumía –, ¿qué siniestro personaje la tiene ahora?
-Sólo le puedo adelantar que se encuentra aquí, en Norteamérica, el resto de la información permítame entregárselo en un informe bien estructurado, tal como acostumbro en mis trabajos.
-Está bien –refunfuñó un tanto –, comprendo su posición; pero al menos dígame en donde está –hizo una pausa –, específicamente por favor.
-De acuerdo señor. –Los ojos del francés brillaban cual diamantes –. Actualmente la Santa Lanza se encuentra hospedada en las instalaciones del Pentágono.
-¿En el Pentágono? –Preguntó confundido Karisteas, aunque en el fondo no le sorprendía aquella posibilidad –. ¿Quiere decir que está en poder del gobierno norteamericano?
-Efectivamente, señor Karisteas. Ahora por favor dígame cuando y donde nos podemos reunir.
Después de ponerse de acuerdo para reunirse a las dieciocho horas del día siguiente en las instalaciones de la Biblioteca Libre de Filadelfia, Homero Karisteas presuroso llamó a sus compañeros Guardianes para informarles las buenas nuevas e invitarles a la reunión que acabaría con tantos años de misterios. Por su parte, Paul Lemer muy emocionado y cautivado por el éxito que sentía logrado, aún cuando sucumbía de ganas por llamar a Yasmina, prefirió aguardar tenerla en frente para contarle detalladamente todo lo ocurrido alrededor de su propia historia con la Santa Lanza.






37
Esa misma noche en Washington, luego de comprar su boleto de avión, tendido en su cama Lemer empezó a darse cuenta de que ahora su vida ya no sería igual. Estaba siendo testigo de hechos históricos de suma importancia que lo colocaban a él en una posición expectante. Tal como en antaño lo hiciesen los Caballeros de la Orden del Fénix, ahora él mismo había ido en busca de la Santa Lanza, y sobre todas las cosas, había tenido éxito.
En Filadelfia, Karisteas tampoco lograba conciliar el sueño. Había pasado años deseando tener en sus manos la reliquia cristiana más antigua y de mayor preponderancia, y ahora, de repente sus más inaccesibles sueños parecían estar a punto de hacerse realidad.
En Atenas, Athan Dalaras y Dymas Vissi ya disfrutaban los albores del nuevo y glorioso día. Mientras se dirigían juntos al aeropuerto, los dos Guardianes de la Santa Lanza aún no salían de su asombro por la noticia que Homero Karisteas, su líder, les había contado por una nueva y sorpresiva llamada telefónica.
En Alemania, Ralf Kruger se sentía más miserable que nunca, y sólo aguardaba la posibilidad de que sea su Orden la que se apodere de la Santa Lanza y no la organización de musulmanes que también estaba tras de ella.
–Lo he hecho por la supervivencia de mi Orden –se repetía una y otra vez tratando de convencerse de que sus acciones habían sido las apropiadas. Mientras se dirigía cabizbajo al aeropuerto, sus manos le temblaban, pues las ganas de llamar a Karisteas para informarle la terrible traición que había cometido, no eran pocas. Sin embargo, decidió mantener su medida y finalmente se embarcó hacía Filadelfia.
En Paris, Pierre Doucet era el más emocionado de los cinco Caballeros, pues él inclusive más que Karisteas, era quien más había soñado con recobrar para su Orden la Santa Lanza y, resurgir así de las cenizas en que Mussolini los había dejado. Al recibir la pronta pero bienaventurada llamada de su líder y enterarse de que al fin habían dado con el paradero del preciado tesoro que por derecho les correspondía, el Caballero francés dejó inmediatamente todo sus quehaceres para sin retrasos enrumbarse a Filadelfia y ser testigo fiel de la reunión que culminaría con setenta años de pesar e incertidumbre.
Mientras los cuatro Guardianes que se encontraban en Europa se dirigían presurosos a Filadelfia, en Norteamérica una fulgurante luna custodiaba la apacible noche de Homero Karisteas, Paul Lemer y la Santa Lanza.





38
Al día siguiente, martes once de septiembre, Estados Unidos amaneció sereno y sin aparentes sobresaltos a la vista, sólo un leve color rojizo en el cielo anunciaba el sangriento día que estaba por vivirse. En la ciudad de New York la calma era igual que la del resto del país, miles se dirigían a sus centros de trabajos y otros miles ya estaban laborando como de costumbre. El tráfico era el mismo de todas las mañanas y, tanto new yorquinos como turistas lo disfrutaban por igual. En el World Trade Center todo parecía igual que cada mañana, los más de cien pisos de cada torre albergaban entre sus paredes a miles de personas cuyas mentes sólo divagaban entre los miles y millones de dólares que circularían por sus manos en este nuevo día, sin imaginar que éste iba a ser completamente distinto.
En Filadelfia, a las siete de la mañana, los cuatro Caballeros de la Orden del Fénix provenientes de Europa ya se encontraban hospedados en tres distintos hoteles de la ciudad que sería testigo de la mayor revelación que esta generación de Guardianes de la Santa Lanza podría recibir. Por su parte, Lemer aún se encontraba en Washington, su vuelo estaba programado para las once de la mañana, hora de Filadelfia.
A las 8:45 de la mañana, hora de New York, un Boeing 767 comercial de American Airlines que viajaba desde Boston hacía los Ángeles, se estrelló contra la denominada Torre Norte, una de las torres gemelas y centro financiero mundial. El avión había sido secuestrado en pleno vuelo por un grupo de extremistas musulmanes que, armados con navajas habían logrado apoderarse del control de la nave. Eran miles las personas que estaban dentro de la torre cuando ésta sufrió el desventurado impacto, y miles de personas más las que advirtieron la terrible escena desde las calles aledañas. De pronto fue miedo lo que se respiró en todo New York, el monumental edificio se llenó de humo rápidamente y la histeria se adueño de todos los new yorquinos. El miedo de una guerra se hizo presente en cuanta persona veía tan escalofriantes imágenes y, mientras los pensamientos navegaban entre musulmanes y rusos, otro avión comercial secuestrado con combustible para un vuelo transcontinental se estrelló contra la Torre Sur, a las 9:03, dieciocho minutos después del primer impacto.
Eran ataques separados pero íntimamente relacionados. Para esta hora ya todo el mundo estaba conectado a la señal de CNN, cadena televisiva que transmitía en directo tan terrible y escalofriante espectáculo. En Filadelfia, los cinco Caballeros de la Orden del Fénix no eran ajenos a la violenta desgracia que se vivía en New York; y aunque sus mentes estaban concentradas en conocer el paradero de la Santa Lanza, sus corazones y frases se expresaban compungidos ante tan brutal y monstruoso ataque.
Todo el mundo veía venir la guerra, la pregunta era ¿contra quién? En New York y en todo Estados Unidos se vivía un miedo general, la seguridad había sido quebrantada y el golpe había sido encestado en el corazón económico del país. Pero, mientras todos corrían desesperados de un lado a otro, sin saber donde esconderse, y mientras todo el país observaba atento el desenlace de la escena en el World Trade Center; se dio otro mortal ataque. Esta vez el escenario fue el Pentágono, el símbolo de las convicciones y del poder de los Estados Unidos. Éste ataque fue rápido y certero. Todos en el Pentágono estaban pendientes de lo que sucedía en New York, nadie esperaba un ataque en tan resguardado lugar. Los más altos líderes militares estaban tratando de comunicarse con el presidente, cuando de pronto, a las 9:43 de la mañana, hora de New York, un fuerte estruendo se oyó en el Pentágono. El impacto fue contra el costado occidental del monumental edificio. Tan fuerte fue que abrió una entrada a las instalaciones interiores. Rápidamente el humo llenó de oscuridad toda la infraestructura cercana al lugar del impacto. Los militares se quedaron nublados por unos momentos, el miedo no les permitió salir pues lo más lógico para ellos fue esperar a que los bomberos apagarán el fuego producido por la fuerte explosión.
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Al enterarse por la señal de CNN de lo ocurrido en el Pentágono, inmediatamente Lemer llamó por teléfono a karisteas, quien debido a lo atroz del día, ya se encontraba reunido en su hotel con sus compañeros Guardianes.
-¿Está usted al tanto de lo que viene ocurriendo en el país? –Preguntó evidentemente apesadumbrado el francés.
-Por supuesto –respondió mortificado el griego –. Acaban de derribar el Pentágono.
-Lo sé, lo sé –repuso Lemer –. Lo peor es que debido a todos estos ataques producidos por aviones probablemente secuestrados, mi vuelo ha sido pospuesto sin nueva fecha confirmada.
-Quizás sea lo más conveniente; pues aparte de no arriesgar su vida, usted tendrá la oportunidad de averiguar si la Santa Lanza ha sufrido algún daño en este ataque perpetrado a su escondite.
-Tiene usted razón –repuso Lemer –. Antes de reunirme con usted averiguaré todo lo ocurrido en el Pentágono. Espero que este ataque no haya tenido nada que ver con la Santa Lanza.
-¿Por qué lo menciona? –Preguntó asustado Karisteas –. Acaso sabe algo que no me ha contado aún.
-No es eso –las manos le temblaban –. Sólo se trata de un mal presentimiento.
-Está bien, le creo –miró a sus compañeros Guardianes –. Todos acá estamos muy nerviosos y preocupados por lo que le puede haber ocurrido a la Santa Lanza –se detuvo a respirar –. Nuestra suerte no puede ser tan mala.
-¿Quiere decir que sus compañeros Guardianes ya están reunidos con usted en Filadelfia? –Su emoción y responsabilidad creció. Pronto conocería a toda una generación de la milenaria Orden del Fénix.
-Llegaron a mi hotel hace sólo unos minutos –respondió Karisteas –, después de enterarse de lo ocurrido en el Pentágono. Ellos confiaban en que usted ya estaría en Filadelfia, pero ahora al igual que yo entienden que lo mejor que nos puede estar sucediendo dentro de tanta desgracia es que usted esté cerca de la Santa Lanza, para que así pueda verificar si no le ha ocurrido nada.
-Perfecto, entonces le llamaré cuando haya averiguado algo.
Después de colgar, Lemer se enrumbó a toda marcha hacía el Pentágono; al llegar encontró todos los alrededores colapsado de policías, militares, bomberos, paramédicos, ambulancias y multitudes de curiosos. Cuando logró acercarse al lugar del impacto, el francés notó que la zona atacada era la misma que el día anterior había estado siendo vigilada y estudiada por el grupo de musulmanes que sin querer él descubrió. Inmediatamente su desconfianza creció, su mal presentimiento lo abarrotó y finalmente no supo que hacer. Lemer temió acercarse en demasía al lugar del impacto o siquiera preguntar algo referente a la Santa Lanza y el Pentágono, pues corría el riesgo de ser considerado sospechoso. En esos fatídicos momentos definitivamente todos estaban sobresaltados y sumamente sensibles.



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De vuelta en su hotel, Lemer preocupado llamó a Yasmina.
-Paul, ¿eres tú? –La angustia la tenía sobresaltada.
-Sí amor –al oírla su rostro se llenó de paz –. Te llamaba para despreocuparte y decirte que dentro de todo estoy bien, aunque…
-¿En que ciudad estás? –Interrumpió muy perturbada Yasmina –. Quiero que vengas.
-Estoy en Washington –respondió Lemer, muy entristecido de notar lo afectada que estaba su amada española –. Por el momento es imposible que deje este país, pues han cerrado todos los aeropuertos. Nadie puede entrar ni salir de los Estados Unidos.
-Paul…
Debido a la congestión telefónica que se había producido alrededor de Norteamérica, la comunicación entre Paul Lemer y Yasmina Watson se cortó intempestivamente.
Quedándose sin mucho por hacer y sintiendo aún temor de ser considerado sospechoso, el francés decidió revisar el informe que pacientemente había preparado para presentarlo ante los Caballeros de la Orden del Fénix. Luego de muchos minutos, Lemer llegó a las hojas que relataban su entrevista con Thomas Calley, el militar norteamericano en retiro. Al adentrarse en aquellas líneas, el temor del francés aumentó notablemente; pues Thomas Calley le había confiado que la Santa Lanza estaba en el Pentágono, al menos probablemente, así que sin duda tendría motivos para sospechar de él; ya que tan sólo un día después de la entrevista, el supuesto escondite de la Santa Lanza es atacado brutal e intempestivamente.
Totalmente nervioso y más por estar lejos de su país, Lemer, luego de no pocos intentos logró comunicarse nuevamente con Karisteas.
Después de oír los temores del francés, el griego entendió su posición y le dijo que lo mejor era que no se mueva de su hotel y que evite comunicarse, pues probablemente todas las llamadas estarían siendo registradas por el servicio de inteligencia.









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Dos días después, mientras el terror aún no se apartaba del pueblo norteamericano, Karisteas, animado por los miembros de su Orden y en especial por el Caballero alemán, llamó por teléfono al mismo general que estuvo dispuesto a reunirse con Lemer en el Pentágono. No pudiendo ser sutil, aprovechando su vieja amistad el Guardián Protector le preguntó al general norteamericano cuales habían sido las pérdidas en el ataque que había sufrido su singular base militar.
-Cosas extrañas están ocurriendo –respondió compungido el general –. Se está filtrando la información sobre una gran pérdida, pero desconozco que puede haber sido.
El arrugado cuerpo de Homero Karisteas sudó como nunca al oír la reservada respuesta del general.
– ¡Él tenía razón! –Exclamó, luego de colgar, logrando que sus compañeros Guardianes se entusiasmaran y preocuparan más todavía. Por su parte, el remordimiento de Ralf Kruger aumentó al saber que los musulmanes habían logrado su cometido.




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Cuando una semana entera transcurrió y nadie se asomó al hotel donde se hospedaba, Lemer consideró que estaba a salvo de cualquier sospecha en relación al ataque perpetrado al Pentágono y decidió volver a la acción.
Aprovechando que prensa de todo el mundo se encontraba en New York y Washington, utilizando sus recursos Lemer se hizo pasar por un periodista francés e inició su investigación. No tardó mucho en corroborar que efectivamente algo muy valioso se habían llevado del Pentágono, lo extraño era que el principal sospechoso era Osama bin Laden, un extremista internacional musulmán que en apariencias nada tenía que ver con la Santa Lanza. En los siguientes días, dejando de lado el ataque al Pentágono, Lemer se dedicó a investigar a Osama bin Laden, el líder de la red extremista internacional más sonada de los últimos días. Grande fue su sorpresa cuando encontró en la página Web del F.B.I. que Osama había tenido un espía dentro de las fuerzas militares norteamericanas.
–Al Qaeda también sabía de la Santa Lanza –pensó extrañado el francés –. ¿Se la habrán llevado ellos? –Se preguntó –.
Con esta nueva y extraña visión de los hechos, Lemer viajó a Filadelfia para reunirse con los Caballeros de la Orden del Fénix, quienes a la espera de su investigador habían aprovechado el tiempo y también habían investigado lo ocurrido el martes once en el Pentágono.



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Al estar todos reunidos en la oficina privada que Homero Karisteas tenía en la Biblioteca Libre de Filadelfia, Paul Lemer fue invitado a exponer los resultados de su investigación denominada “Santa Lanza post Mussolini”.
Lleno de dudas por lo ocurrido en el Pentágono, Lemer inició su exposición mostrando una a una las evidencias recolectadas en Europa, las cuales le permitieron armar el rompecabezas. Mientras relataba como es que Mussolini había logrado dar con el paradero de los Caballeros de la Orden de Sicilia, los Caballeros de la Orden del Fénix le escuchaban apesadumbrados y, por unos instantes lograron olvidar que la Santa Lanza nuevamente se había alejado de sus manos.
El resto del informe de Lemer no sorprendió en demasía a los Guardianes, pues eran historias que ellos ya conocían y de las que sólo esperaban confirmación. Cuando el investigador francés llegó a la parte del último refugio de la Santa Lanza, fue interrumpido apaciblemente por Homero Karisteas.
-Sólo cuéntanos como llegaste a la conclusión de que el Pentágono se convirtió en la última morada de la Santa Lanza.
-En realidad llegué a esa conclusión sólo por instinto –señaló un tanto preocupado, Lemer, causando una leve conmoción entre los Guardianes –. Sin embargo, basé mis conjeturas en el relato de un ex combatiente norteamericano de la Segunda Guerra Mundial, de nombre Thomas Calley, quien me contó que en el ocaso de esa guerra era conocido por todos los soldados el hecho de que un grupo de ellos habían interceptado una pequeña caja fuerte en la que Adolfo Hitler trató de entregarle la Santa Lanza a Benito Mussolini. Según esta historia, el general Eisenhower consideró a esta magnifica reliquia un trofeo de guerra y se la entregó al presidente norteamericano de aquel entonces –los Guardianes asintieron –. De ahí en más, después de comprobar con mis propios sentidos la magnificencia del Pentágono, me fue fácil concluir que es ahí donde la Santa Lanza fue ocultada todos estos años.
-Nosotros, los Guardianes –señaló tímidamente alegre, Karisteas –, hemos investigado incisivamente durante todos estos días lo ocurrido en el Pentágono el día de los ataques extremistas. Ahora, en gran parte gracias a las cámaras de seguridad, sabemos que efectivamente la Santa Lanza se encontraba oculta ahí, pero ya no más; pues el once, mientras todo el mundo contemplaba aterrorizado el ataque a las torres gemelas, y las fuerzas armadas norteamericanas se esmeraban por descubrir quien los estaba atacando, un nuevo avión secuestrado se estrelló contra el Pentágono. Y entonces, un grupo de hombres fuertemente armados que aguardaban en los alrededores la explosión que les abriría la puerta, se dispusieron a penetrar sus instalaciones. Definitivamente aquellos extremistas musulmanes estaban gozosos de estar ante un enemigo tan superior, que inclusive hicieron ademanes con el único propósito de animarse unos a otros. Posteriormente establecieron a toda prisa una delgada formación india. Descubrieron sus ametralladoras de innegable origen norteamericano que seguramente dicho gobierno proporcionó a los afganos en la guerra que éstos sostuvieron con los rusos en la década de los ochenta. El griterío era de una fiereza arcaica. Manado de las entrañas de la desesperación y la excitación. De gargantas que no aguardaban nada de la vida y aspiraban sólo la victoria o la derrota en combate para ser mártires ante la sagrada presencia de Alá. Las graves voces se acompasaron al unísono. Clamaban al profeta que los guíe al servicio. Actuaban como animales salvajes. Parecían dementes. Eran demasiados pocos para la fuerza que aguardaba por ellos dentro del Pentágono. Estaban destinados a convertirse en polvo antes de su tiempo. Ni siquiera llevaban chalecos antibalas. Tal misión resultaba a todas luces un suicidio, tal como el que habían protagonizado sus compañeros al estrellarse contra las torres gemelas e inclusive contra el Pentágono que ahora ellos se disponían a asaltar. Contundentemente la cantidad de militares que yacían dentro del Pentágono superaba con creces el reducido número de los extremistas musulmanes que no superaba la docena. Pero hombres que no le temen a la muerte nunca deben ser despreciados como soldados guerreros. Los chalecos antibalas ofrecen resguardo, pero al mismo tiempo restan movilidad; además, también resulta ser un resguardo tras el que se esconde el temor a la muerte. Sin embargo, a pesar del estimable valor que demostraban tener, no tenían ninguna posibilidad latente. De pronto, cuando el negro y denso humo se disponía cubrir los alrededores, el líder del grupo dio la orden de ataque. Sólo habían pasado breves segundos desde la explosión, pero el tiempo parecía haberse detenido. Era como si cada segundo contase. La docena de extremistas empezó a deslizarse por en medio del vasto jardín. El movimiento de los hombres era voraz. Los corazones se aceleraron al ritmo de la tensión. El suelo retumbó. Se generalizó el griterío. Entonces, al advertir que nadie salía a su encuentro, temerarios, los extremistas musulmanes aumentaron el ritmo de la carrera, blandiendo sus escalofriantes ametralladoras. Pero inclusive en aquellos momentos de sobreexcitación, la escena se veía desfavorable para ellos. Los iban a arrollar. La ventaja era demasiada.
Los extremistas corrieron directo a la muralla que ya no resultaba tan intimidante, dispuestos a atravesarla. Cuando ya estaban encima de la entrada producida por el estruendoso impacto, los otrora dueños del mundo, aunque esta vez en número reducido debido al denso humo propalado por todas las instalaciones, se flexionaron disponiéndose a batirse en retirada antes de luchar. Aprovechando que sólo eran tres de ellos, los extremistas lanzaron toda su artillería contra aquellos infortunados soldados. Este ataque tuvo estrecha relación con los ataques a las torres gemelas. En realidad, fue en el Pentágono donde se dio el verdadero ataque. Los extremistas musulmanes que penetraron las instalaciones del Pentágono, una vez que encontraron lo que se les había ordenado sustraer, salieron como gacelas asustadas, justo cuando los bomberos llegaron. Sólo algunos pocos se dieron cuenta de que algo les estaban robando, pero antes de que lograsen reaccionar, se empezó a transmitir por televisión el derrumbamiento de la Torre Sur, la cual había sido la segunda en ser impactada; pero fue la primera en derrumbarse.
Todo el mundo dirigió su mirada a tan triste espectáculo, y en el Pentágono no fue diferente. Minutos después el mundo presenció en directo el colapso de la Torre Norte. El presidente fue informado del primer ataque justo cuando el segundo avión impactaba con la Torre Sur; pero ni él ni nadie pudieron hacer algo para impedir que tan perfecto plan se lleve acabo. Aquel día los Estados Unidos de Norteamérica perdió algo más que sus muy respetables miles de vidas; pues unos ladrones habían logrado entrar en su zona militar más segura y se habían llevado algo que muchos de sus soldados no sabían que cuidaban.
-Osama bin Laden se la llevó, ¿cierto?
Al oír la interrogante de Paul Lemer, Ralf Kruger entró en pánico.
– ¿Cómo sabe él eso? –Se preguntó consternado.
-Bueno, sí –respondió un tanto extrañado el Guardián Protector –. Osama bin Laden fue quien se llevó la Santa Lanza del Pentágono. Al menos sabemos gracias a las noticias que él fue el promotor intelectual de ese ataque. Las torres gemelas sólo fueron una distracción. El verdadero ataque lo hicieron en el Pentágono.
-¿Cómo es eso posible?
-Todo indica que Osama tenía un espía dentro del Pentágono. Desde luego, él no se quiere adueñar del mundo al adueñarse de la Santa Lanza. Recuerda que la lanza lleva impregnada en su punta la sangre de Cristo y, Osama no es cristiano. Aparentemente, lo único que él pretendió al llevarse el emblema del poder norteamericano, fue decirle a Bush, que su tiempo se acabó; es decir: “el Imperialismo Norteamericano llegó a su fin”.
-Entonces –Lemer miró a todos los Guardianes. Se sentía confundido –, ¿mi trabajo terminó?
-Todo lo contrario señor Lemer, su trabajo recién está por comenzar.
-¿Qué quiere decir?
-Su primera misión fue descubrir el paradero actual de la Santa Lanza, y dado que usted me informó sobre el Pentágono mucho antes de que Al Qaeda la saque de ahí, su trabajo ha sido todo un éxito y por ello usted recibirá lo que le ofrecí. Sin embargo, como usted comprenderá aún no tenemos la Santa Lanza en nuestras manos, así que mi Orden requiere nuevamente de sus servicios.
-¿No entiendo cómo les puedo servir ahora? –Preguntó acucioso el francés.
-Es simple señor Lemer –la emoción embargó a los presentes –, para resurgir de las cenizas que es lo que pretendemos, necesitamos tener en nuestras manos la Santa Lanza, y sólo confiamos en usted para que nos la traiga con bien.

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